lunes, 24 de marzo de 2014

SIN ESCAPATORIA (Versión blog, Parte 21)




21


En el teatro las cosas no son lo que parecen y a menudo detrás de cada puerta siempre hay una sorpresa. Las puertas se abren y se cierran mientras el público fija sus ojos en quién sale o en quién entra. Las luces del escenario cambian para crear la atmósfera oportuna para la escena que se avecina. En ocasiones hay una música de fondo que anuncia un golpe de efecto. En otras, es el silencio el que crea la expectación. Pero siempre sucede algo imprevisto, o que, de algún modo, prepara a los espectadores para que pongan toda su atención en el personaje que va a entrar en acción.
El que dice llamarse Antoñito Oportunidades no ha esperado a que le autoricen a entrar para abrir la puerta y adentrarse en el camerino tan raudo como le han permitido sus piernas. Luce una sonrisa de oreja a oreja, como si de una máscara de Joker se tratase. Llega al camerino vestido de calle: lleva unos pantalones chinos color beige, suéter de pico de un blanco marfil, colocado sobre una camisa negra, y cubre su pelo con un gorro de negro, que posee un brillo similar al de los cuervos. Porta en la mano una bolsa de viaje donde guarda todo lo necesario para la actuación de esta noche. También lleva la ropa precisa para cambiarse después, y salir del local como un rey de los de antes, acorde con lo que su chulería le permita representar. Una chulería, que sólo es de fachada, porque en el fondo, otro gallo le canta.
—Vaya música de pena tenéis. A quién se le ha ocurrido poner estos tangos melodramáticos del siglo pasado.
—A mí —contesta Ava. ¿Qué pasa?
—Quita eso —dice el recién llegado.
Sin esperar a que Ava haga movimiento alguno, Antoñito se abalanza sobre el radiocasete con la inercia de la energía que trae. La cantante reacciona con celeridad y tira del aparato con violencia. El enchufe salta arrastrando la caja de registro de la red eléctrica donde estaba anclado. En el mismo instante se produce un chispazo seguido de la explosión de todas las lámparas que alumbraban el tocador y que se disponían alrededor del espejo como un collar de luces blancas. Se produce un apagón y solamente queda encendida una lámpara de pie con una luz muy suave y apenas perceptible que había en la esquina del camerino. La oscuridad es casi completa.
Marlén y Ava gritan asustadas. Antoñito saca su mechero y lo enciende. Siente el orgullo de los machos primitivos cuando creen ser la solución necesaria para solventar el miedo que sienten las hembras cuando no pueden ver el peligro que se cierne sobre ellas, algo que parece tener su origen en la oscuridad tenebrosa de las cuevas de la prehistoria. Antoñito no sabría explicarlo, pero se siente un ser superior, un chamán de la cueva en que se ha convertido el camerino en estos momentos.  Se coloca el mechero bajo la barbilla y dice con una voz que simula el eco de una llamada de ultratumba:
—Venid a mí. No os asustéis mis queridas hermanas de las tinieblas. Todo está ya escrito y guardado en los anales del destino. No podréis cambiar vuestro amargo final. Ja. Ja. Ja.
Antoñito ha pronunciado estas palabras con marcado ritmo y voz sobreactuada. Tiene los ojos muy abiertos, como si de un espectro se tratara. Y continúa con la broma.
—Dentro de muy poco, la muerte vendrá a visitar a quien no la espera.
—No seas payaso —dice Ava.
—La muerte traerá una pátina de tragedia para alguien que no se imagina que su final está próximo. Y con esa muerte, se desatarán todos los diablos del infierno, y habitarán las calles del barrio para arrastrar hasta sus brazos a los dueños de la noche.
—Quieres callarte ya —dice Marlén.
—Sí, Queridas brujitas. Sí… Por vuestras bocas correrá la sangre de las víctimas inocentes. Seréis las esposas del diablo, del insigne lucifer que os vendrá a visitar esta noche detrás de una capa. Ya os aviso.
—Como sigas así, yo me voy. Y a ver con quién actúas —amenaza Marlén muy enfurecida.
—Espera. Espera.
Antoñito coge del brazo a Marlén y le habla en tono conciliador.
—No te pongas así. Ahora llamo a alguien que venga a arreglar los fusibles y a cambiar las bombillas. Mientras tanto, poneos cómodas. Lo soluciono en un momento.
Antoñito sale al pasillo y llama al encargado de la sala con grandes gritos que retumban en las paredes como llamadas de auxilio. Cuando la voz atiplada del encargado le contesta desde algún lugar del fondo del pasillo, Antoñito le dice lo que ha ocurrido y le pide que lo arregle con urgencia. Después respira desahogado y vuelve a entrar en la habitación. Dentro del camerino, Ava y Marlén, se han acomodado en dos sillas situadas cerca de la luz de pie que ofrece una escasa penumbra a los rincones de la esquina.
—Ven y siéntate junto a nosotras. Ahora vamos a conversar en serio. Tengo que pedirte algo. —Dice Ava.
—Ya estamos —contesta Antoñito mientras se sienta en otra silla— ¿Tú dirás?
Ava guiña un ojo a Marlén mientras ésta se mueve nerviosa en la silla porque no sabe exactamente qué es lo que pretende Ava.
—Yo sé que conoces a mucha gente, o al menos, eso es lo que decías ayer. Además se te ve un tío cumplidor y con recursos. No te costará nada conseguir lo que me hace falta. ¿Tú me podrías en contacto con quien quisiera prestarme un dinerito que necesito para una operación de cirugía estética? Es poca cosa. Cien mil eurillos de nada.
Antoñito abre la boca como si no hubiese comido en una semana.
—Tú crees que si supiese quien tiene esa cantidad disponible para prestarla así como así, vamos, sin muchas garantías, iba a estar yo aquí. Los habría pedido yo y los habría invertido en algún negocio, que ideas no me faltan. Eso que me dices es casi imposible.
—¿Casi?
—Totalmente imposible. Se sale de mis posibilidades.
—Podías preguntar por ahí. Intentarlo al menos. Puede que alguien conozca a alguien que a su vez conozca a quien pueda prestármelo. Yo te estaría muy agradecida. De verdad de la buena. Inmensamente agradecida y te compensaría los esfuerzos generosamente.
—Ya.
—Es que no sabes cómo lo necesito. A mi edad tengo que cuidarme mucho. De ello depende mi trabajo. 
Marlén ha escuchado la conversación con el corazón en un puño. La imagen de Jeromo amenazándola ronda su cabeza como una guillotina con forma de chupa de cuero y botas con chapas metálicas. Y de repente, como si de la banda sonora del exorcista se tratara, comienza a sonar el teléfono móvil de Marlén en el otro extremo de la habitación. Se levanta y va hasta donde está el bolso. Introduce la mano y saca el teléfono. Lo abre y ve en la pantalla el número de Jeromo. Un escalofrío le recorre la espalda.
 —Disculpadme. Tengo que cogerlo.
Marlén sale al pasillo, camina durante unos pasos, se apoya con el hombro en la pared y pulsa la tecla verde del aparato.
—Sí. ¿Qué quieres ahora?
—Princesita, ¿cómo va todo? Ya ves que tu Rey no se olvida de ti. ¿Has hablado ya con tu palomito?
—No le he visto aún. Estoy en el trabajo.
—No me vengas con escusas. El tiempo se acaba. Y ya me estás mosqueando. Recuerdas lo que hemos hablado. No me gustaría tener que encargar un trabajito a alguno de mis amiguetes. Ya sabes que conozco a lo más granado del talego. Mueve el culo y consígueme el dinero. Pero ya…
Al otro lado del auricular se escucha el sonido de la desconexión del teléfono. Marlén se queda apoyada, tal y como estaba, durante unos segundos. Por la cara no le corre ni una gota de sangre. Está entre la espada y la pared. Su mente no es capaz de encontrar la solución adecuada. Oprime con fuerza el teléfono y vuelve sobre sus pasos al camerino.  Entra sin percibir que Antoñito y Ava conversaban en tono de confidencia, y se sienta en la silla que ocupaba antes de salir, como si todo su cuerpo pesase una tonelada. O se le estuviese cayendo el mundo encima.

Detrás de ella entra el encargado de la sala con un electricista. Saluda y les indica que faltan sólo unos minutos para que se inicie el espectáculo de esta noche. Dirige la mirada a Ava y le recuerda que ella va en primer lugar. Luego le urge para que, en el momento que estén colocadas las luces, se termine de arreglar. A Marlén y a Antoñito, les apremia para que estén dispuestos de inmediato, recordándoles que la actuación de la cantante sólo durará unos minutos y que seguidamente, sin más dilación, han de actuar ellos. En consecuencia, les sugiere que, cuando salga Ava del camerino para su interpretación, hagan el calentamiento oportuno para que su actuación sea lo más convincente posible.


CONTINUARÁ...

Novela corta
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