jueves, 13 de marzo de 2014

SIN ESCAPATORIA (Versión blog, parte 17)





17

Las circunstancias de la vida son imprevisibles. Llegan, te sorprenden y ponen patas arriba el equilibrio de tus días. Para afrontarlas se necesita una buena dosis de calma y de intuición y, a pesar de ello, no siempre se acierta en la elección del camino a seguir. A menudo, el azar ofrece diferentes itinerarios, y es preciso elegir por cuál de ellos se continúa la senda. En esa decisión se juega el futuro, lo queramos a no. Marlén se encuentra frente a una de esas circunstancias que marcan el rumbo de los hechos. Y acaso el de su vida.     
—¿Tú has hecho alguna vez algo en contra de tu voluntad?—Pregunta Marlén manteniendo la mirada fija en los ojos de Ava. Intenta analizarla en profundidad, saber si de verdad puede confiar en ella.
—Claro que sí, nena. ¿Por qué me lo preguntas?
—Se me ha ocurrido de pronto.
—Muchas veces la vida te obliga a realizar cosas que hasta ese momento ni siquiera han pasado por tu cabeza. Recuerdo una vez que tuve que acostarme con el dueño de un cabaret para poder asegurarme un mes de actuaciones diarias. El muy vicioso tenía unos caprichos muy exquisitos. Le gustaba vestirse de nazi, con uniforme negro, botas altas de cuero, cinturón de pistolera y gorra militar de plato. Se peinaba el pelo hacia atrás y se colocaba una esvástica alrededor del brazo derecho. A mí me exigía que me pusiese un vestido a rayas, como esos que se ven en las películas del Holocausto, los que llevaban las presas, ya sabes. Me decía que yo era una judía en un campo de exterminio y él, el comandante del puesto. Que tenía mi suerte en sus manos. Y luego, los papales que en principio eran de esperar representáramos cada uno, se cambiaban por completo. Me incitaba a que le insultase, le pegase, le ultrajase y le quemase las plantas de los pies con un cigarrillo. Así se excitaba el muy borrico. Luego me pedía que me pusiese a mirar por la ventana con el vestido subido hasta la cintura, mientras el cerdo, el muy enfermo, el repugnante personaje, se masturbaba mirándome el culo, sin tocarme siquiera.
—¡Qué cosas!
—Y que lo digas. ¿Tú has hecho algo parecido alguna vez?
—Nunca.
—Y tu Inocencio. ¿Te pide cosas especiales?
—No. Es muy normalito. ¿Por qué me lo preguntas?
—Por nada—contesta Ava, mientras en su mente se dibuja la posibilidad de una fantasía con Marlén e Inocencio. Y luego continúa.
 —Oye, puedo hacerte una pregunta que siempre me ha intrigado. ¿Qué sientes cuando actúas con otro hombre?
—Es complicado. No soy de piedra. A veces intento pensar en lo que de verdad tiene sentido para mí. En otras, sólo puedo dejarme llevar.
—Bueno. Debe de ser muy difícil. Tanto como sincerarse cuando te quema algo por dentro. ¿Me vas a decir de una vez lo que te pasa o no?
Marlén respira con profundidad y baja la vista. Ya no puede disimular más su estado y decide sacarlo fuera. Las palabras le salen de la boca igual que volutas de incertidumbre.
—Estoy metida en un buen lío. Y no sé qué hacer. ¿Te acuerdas de Jeromo?
—Sí.
—Pues esta tarde ha aparecido como si hubiese salido de detrás de una cortina y me ha dicho que tengo que pedirle a Inocencio 100.000.- euros.
—¿Qué? ¿Y para qué los quiere?
—Según él, para montar un negocio de teatro alternativo.
—¿Montar un negocio? Si ése no ha trabajado en su vida.
—Ya.
—Pero…¿Tu novio tiene ese dinero?
—Estoy segura de que no. Jeromo dice que se lo pida a su familia. Pero eso no es todo, me ha dejado bien claro, que si es necesario empleará la violencia.
—Ése es capaz de todo. ¿Y qué piensas hacer?
—No lo sé. Había pensado que tú me ayudases a encontrar una solución.
—Una solución. No hay nada más que una. Pídele el dinero a Inocencio.
—No lo tiene. Y no se habla con su familia. Además, cuando se lo pida, ¿qué va a pensar de mí? Creerá que le estoy utilizando. Y me fastidia que lo piense siquiera. Además, no se lo merece.
—Y si buscamos otra persona a quien pedírselo. No sé, al dueño de La nuit, que ése debe de tener mucho dinero.
—No me atrevo. Ese tipo tiene cara de ruin y de aprovechado. Me exigiría cosas a cambio que no estoy dispuesta a darle. Tú me entiendes.
—Le podemos preguntar si conoce a personas dispuestas a invertir en un buen negocio. O personas que tengan contactos y que nos puedan solucionar la papeleta.
—Es que. No puedo contárselo a nadie.
—¿Cómo?
—Que Jeromo me ha advertido que si se lo cuento a alguien me atenga a las consecuencias.
—¡Vaya!
—Y si se lo cuento, como si fuese cosa mía, al chico ese que hace el pase contigo. Me han dicho que conoce mucha gente.
—No sé. Es una posibilidad remota y también me la estaría jugando. No puede llegar a Jeromo ni una palabra sobre el asunto. Si no estoy perdida.
—Podría inventarme algo diferente, aunque la cantidad a pedir sea la misma. Tal vez podría funcionar si le digo que necesito dinero para una intervención de cirugía estética.
—Ya. Pero tendríamos algo que ofrecer en garantía para ese préstamo. Y no tengo nada con que avalarlo.
—Ya pensaremos en algo. Y si no, ya sabes, no quedaría otra que decírselo a Inocencio y esperar a ver qué solución tiene él.
Ava se levanta de la silla y se dirige hasta donde está su radiocasete. Con movimientos ágiles y precisos toca las teclas para sacar el disco de melodías románticas italianas que estaba sonando. Busca en su bolso otro disco entre varios de los que iban sujetos con un elástico. Luego cambia el ritmo y el color de la música. El disco elegido es una selección de los mejores tangos argentinos.
—Vamos a espabilarnos, nena. Que pronto llegará la hora de mi actuación y he de tener el tono necesario para salir al escenario y comerme a los espectadores con mi arte.
—Si tú tienes la cuna del arte. ¿No seas tonta?
Ava ríe alagada por la ocurrencia de Marlén. Tiene la impresión de que su humor ha mejorado. La mente de Ava se ha puesto a cavilar. Está pensando en cómo sacar tajada del tema sin perder la amistad de Marlén.
—Lo bueno que tiene ser tonta es que no necesitas mucho esfuerzo para saber quiénes son los listos.
Las dos estallan en sonoras carcajadas. Ava pulsa el botón inicio del radiocasete y tararea los acordes del primer tema antes de que suene la música. Se vuelve hacia Marlén y le pregunta sin darle opción a que se deje llevar por la energía del tango.
—No me has dicho nunca con claridad cuáles son los sentimientos que tienes hacia Inocencio.
—Ni yo misma los conozco. Estoy cómoda con él. Y eso, de momento, me es suficiente.
—¿Y de Jeromo, te queda algo en algún rincón del corazón? Tuviste con él una historia muy tórrida, y esas cosas marcan.
—Eso terminó. Además, le tengo miedo.
—No sé. No sé. Te veo en los ojos una cierta confusión.
—¿Tú crees?
—En el amor nada es lógico. Nadie lo entiende. Y nadie entenderá la complejidad de los sentimientos humanos.
Llaman a la puerta. Al sonido de los golpes le sigue una voz atildada que pregunta.
—Señorita Ava, el iluminador me pide que le pregunte si para la actuación de hoy va a querer una luz de candilejas, o una luz de frente, en el escenario.
Sin necesidad de acercarse a la puerta, Ava contesta con soltura.
—Que sea la misma iluminación que utilicé ayer. Quiero que se vea muy bien el vestido que voy a llevar.
El hombre que habla detrás de la puerta pregunta de nuevo.
—¿Le preparo la banda de sonido del tema que va a interpretar?
—Sí. Por supuesto. Quiero que esté lista antes de que me den la voz de llamada para ir al escenario. Y que el sonido en la sala sea tan bueno como en el paraíso.
—Pierda cuidado señorita.
Marlén escucha los pasos del encargado de la sala alejarse rítmicamente por el pasillo exterior al camerino. Dentro, la música de los tangos argentinos sigue marcando el paso de las dos amigas, que ahora comienzan a pensar en agilizar los preparativos para la actuación. Ava persigue en su mente las ideas que el problema de Marlén le está sugiriendo. Se muestra un tanto ausente.
—¿Es que has estado en el paraíso para saber cómo es su sonido? Dice Marlén para llamar la atención de Ava.

—Por supuesto que no. Es un término que se utiliza en los teatros a la italiana. El paraíso es el último piso de esos teatros. Desde allí hay una acústica muy buena. Los que disfrutan con el sonido más que con la proximidad a la escena, prefieren el paraíso. Pero en este garito no hay paraíso, es más bien un infierno, un abismo del que tú y yo formamos parte ahora.  


CONTINUARÁ

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