miércoles, 28 de septiembre de 2016

INSTANTÁNEA





INSTANTÁNEA


Una foto sentado en una silla
es la primera imagen
que tengo de mis tiernos balbuceos.
En un papel estriado de bordes ambarinos,
hay un niño rechoncho recubierto de grises
que tiene poco más de un año.
Sus ojos miran al futuro
desde el relieve plano
de un rostro inexpresivo,
se diluyen en la profundidad
de un espacio ignoto
junto a la soledad que aquel niño intuía
sería compañera en los tiempos más duros.
Casi sesenta años separan aquel instante
del momento en que escribo.
Ahora que el sol presta su pereza
a esta delgada hierba que espía la nieve,
un hilo de esperanza por alcanzar los sueños
recubre las facciones de aquel niño.
Las palabras se mueven como frágiles algas
al ritmo del reloj de arena
que crece en la cerámica
de cada voz ardida.
El agua del poema se derrama
entre las rejas frías de la urbe
mientras mi voz no olvida sus raíces humildes.
Y la sombra del tiempo
es humo en la fotografía.



(La intimidad del pardillo)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


lunes, 26 de septiembre de 2016

AGRADECIMIENTO





AGRADECIMIENTO


Hay escenas que se enfrían en la mente,
se convierten en meros fotogramas
del paso por la infancia,
que portan el barniz de los olvidos
donde la luz contempla personajes
de los días que forman el pasado.
Son sombras inasibles de una realidad
que combaten por ser presencia adentro
con otras que vi con mis propios ojos.
Son hechos que tuvieron un papel importante
en momentos precisos de mi historia
aunque no los viviera. Por eso rememoro
una escena en la tarde del octubre
que anunciaba el comienzo de mis años.
Un hombre pedaleaba debajo de la lluvia.
Iba desde los míseros campos de los cincuenta
hacia los arrabales de la ciudad de Lorca.
Dieciséis kilómetros de caminos
para buscar una matrona
que me ayudase a ver la luz del mundo.
Se llamaba Matías. No recuerdo su rostro.
Tengo una vaga imagen recubierta de pana
con una voz de tonos muy trabados
en el timbre de las palabras.
Era un hombre sin suerte que terminó sus días
preso de la ignominia y la tristeza.
Sé que en aquel lunes veintisiete
sufrió bajo la lluvia muchas horas
para hacer el favor que le pidió mi padre.
Agradezco su esfuerzo con mezcla de cariño
y dolor por el triste desenlace
que la fatalidad dio a sus años.
En mi poema quedan sus huellas en el barro
como luz generosa, una verdad escrita
sobre la negra hoz que segó su recuerdo.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


sábado, 24 de septiembre de 2016

VEINTISIETE AL VEINTIOCHO DE OCTUBRE





VEINTISIETE AL VEINTIOCHO DE OCTUBRE


Me dicen que llovía intensamente
sobre los tejados de barro,
cañizos y maderos, de una casa aislada
en mitad del valle lorquino.
La noche era fría y oscura,
tenía aún el color de una larga posguerra
aquel otoño del cincuenta y ocho.
La luz porosa de un candil
jugaba con las sombras de la alcoba
mientras se escuchó el llanto
que confirmaba vida para el niño que aún soy.
La matrona, mi abuela y mi madre,
fueron las primeras en verme.
Mi padre luchaba postrado
contra el dolor de todos los fragmentos
en que se habían convertido
la mitad de sus huesos tras ser atropellado.
Él, que apenas sabía las letras de su nombre,
quiso que su primer hijo fuese maestro,
lo más grande que había conocido.
Alguien que comprendiese de dónde procedía,
un hombre que plantara cara a la adversidad
y le cambiase el rostro a la pobreza.
Un hombre fuerte y noble
que enseñase a escribir la palabra ternura.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


EL AMIGO DE VOLTAIRE





EL AMIGO DE VOLTAIRE

Cada día de este invierno de 1756 es más frío y desabrido. Yo no sé qué voy a hacer para que mis huesos tengan un poco de calor. Siempre me digo, Bernard, abrígate antes de salir a la calle, que en Montmartre corren los cuatro aires y se te van a meter en las tripas. Aunque hay uno al que no le vendrían mal esos vientos, ya que de vez en cuando le alojan en la Bastilla a consecuencia de sus impertinencias. Sin embargo, su popularidad aumenta. Y no lo entiendo, anda siempre diciendo que la razón está por encima de todo, que la ciencia alumbrará a los hombres, que hay que respetar a la humanidad y ser tolerante con sus miserias. ¡Majaderías!
Mientras camino voy pensando que si él no escribiera yo tendría sus éxitos. Sus escritos me parecen abominables, los míos, sin embargo, son maravillosos. De modo que algo hay que hacer y no basta con hablar mal de Voltaire a quien le conoce, ni ponerle todas las zancadillas que me vienen a la mente, ni intentar reventarle las tertulias, esas en las que un día defiende una cosa y al siguiente la contraria por el placer de sacarnos de quicio, no, hay que hacer algo.
No soporto que le aplaudan o le rían las gracias, la envidia me corroe por dentro. El otro día, mientras bebía su octavo o noveno café, no recuerdo, le dije que eso era malo para la mente y va y me contesta:
—Intuyo que usted, secretamente, no me tiene mucho afecto. Yo, sin embargo, le respeto. Claro que es posible que alguno de los dos erremos en nuestros sentimientos.
Y se echó a reír. Tengo que librarme de él. Y más ahora que me han dicho que el ilustre parisino tiene el secreto del triunfo. Se lo robaré y ocuparé su lugar.
La calle está húmeda y voy moviendo el bastón de un lado a otro para tantear el terreno que piso y no hundirme en la mierda de caballo que llena las calles de París. Maldigo mi mala vista. La fui perdiendo poco a poco, cada vez que alguno de mis contendientes de letras conseguía un éxito literario: un poema con el que se ganaba a una dama, un relato con el que le daban el premio del barrio, una novela alabada por la gente. Y sobre todo cada vez que veo un libro de Voltaire. Lo mío debe ser consecuencia de la envidia, pero no acabo de reconocerlo. Aunque hoy he decidido apuntarme a la academia de Voltaire para sonsacarle su secreto. Seguro que lo consigo.
Le sigo dando vueltas al mismo tema desde hace una semana. Me pregunto qué es un relato ilustrado. Quiero averiguar por qué aclaman a Voltaire. Él dice al iniciar un texto: Memnon concibió un día el insensato proyecto de llegar a ser un sabio perfecto. Continúa planteando propósitos, fijando objetivos, describiendo las fases que había de cumplir. Después, el protagonista se equivoca en cada uno de sus actos, para terminar en un estado de desesperación, un trance místico, en el que una voz del más allá le da referencia de su simple condición humana, de su naturaleza imperfecta y de sus limitaciones. No lo entiendo.
El otro día, Voltaire decía que no es necesario que un relato tenga un personaje ni una acción. Sigo sin entender nada. ¡Maldición…! Me acaba de caer un cubo de aguas sucias encima de la cabeza. Estas calles están cada día peor. Voy a llegar oliendo mal y se van a reír. ¡Maldita sea mi estampa! Esto es la realidad y no un cuento de fantasía. Por lo menos quizá pueda eludir a los malhechores con esta pinta que me ha quedado después del baño de inmundicias. Si ahora me sacaran una navaja y me quitaran el abrigo sería lo mismo que si imagino ser un sabio perfecto y cualquier indocumentado me deja con el culo al aire.
Sigo caminando igual que un garbanzo negro en la sopa. Me sacudo un poco y busco el borde de la acera. Mi aventura va camino de no tener un final feliz. «¡Agua va!» Gritan desde la ventana. Esta vez estoy ágil y esquivo el chaparrón, pero tropiezo en los adoquines, me trastabillo y casi caigo después de meter un pie en una alcantarilla. Menos mal que ya estoy cerca. Llego al portón y subo los escalones. Intento convencerme de que me va a dar igual lo que diga Voltaire de mi aspecto, pero lo cierto es que me patalea el hígado la posibilidad de ver su sonrisa irónica.
Al llegar, me quito el abrigo y lo cuelgo en la entrada. Entro en la sala de estudio y encuentro a varios de los que han sido atraídos por la escuela de Voltaire. Alguno se mesa la barba por debajo de la nariz. Debo apestar. Me siento y me preparo para la lección. Al momento entra Voltaire. Su pose es solemne. Nos levantamos y nos inclinamos ante el maestro. Le veo fijar su mirada en mí. Y entonces dice:
—En esta sala hay uno que piensa robar mi secreto. Se lo voy a poner fácil. Cuando vuelva a su casa, que mire el bolsillo de su abrigo. Encontrará un tintero y una pluma. Si logra convertir el color de la tinta en la luz que ilumine las aristas de la belleza de la pluma, que me traiga su reflejo y le daré, gustosamente, el secreto que tanto ansía.
¿Lo dirá por mí? Maldigo su sabiduría... Y esta vez sí que no entiendo nada de lo que puedan significar sus palabras. Definitivamente, lo mío no es escribir. Aunque contaré lo que me acaba de suceder, por si le sirve a alguien.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©

   

            

viernes, 16 de septiembre de 2016

ESENCIA





ESENCIA


La memoria traslada los recuerdos
desde los territorios cercanos a la costa
hasta las acuarelas balsámicas del mar.
La luz del agua levantina
se refleja en mi rostro,
busca su esencia
y halla en el diccionario de las voces silentes
la palabra que nutre
la pasión y la magia de lo auténtico.
Escribo sobre arena
el nombre de quien acepta sin prisa
el reto de ser algo más que otro ser humano,
un ser que sobrevive
sobre el limo de los bancales,
entre la tierra seca y los rastrojos.
Levanto la mirada y veo a lo lejos
a alguien que se convierte
en pequeña porción de océano:
agua de mar que piensa, vive y ama.
Queda sobre las olas la imagen disidente
de alguien que se pregunta cada día
cómo llegar a ser un hombre libre.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


lunes, 12 de septiembre de 2016

CERTEZA






CERTEZA


Hoy las luces del tiempo transforman la presencia
del azul lejanísimo del mar
en el color del cielo más cercano.
El horizonte de mi vista
se convierte en laderas de montañas,
en altos edificios y en viejas sensaciones
próximas al paisaje de mi lugar de origen,
alejadas de mi presente cotidiano.
Y pretendo buscar una certeza
libre de toda influencia negativa
que dé más coherencia a lo que escribo.
Dudo de la verdad que rememoran
las letras que fraguaron mis primeras lecciones
sobre las prioridades de la vida.
Recelo de la tierra erosionada
que me vio levantarme
en la naturaleza de mi origen
como un sarmiento débil
o un tallo de cebada expuesto a los vientos
y a merced de la lluvia.
Ha pasado la vida, ha cambiado el paisaje
y sigo sin saber por qué soy como soy.
Sé que todas mis dudas son la única certeza
que da sentido a quien escribe este poema.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


sábado, 10 de septiembre de 2016

ENTRE AGUAS






ENTRE AGUAS


Contemplo desde cerca
la belleza del mar Mediterráneo.
Estoy junto a las rocas,
en la playa del tiempo.
Al otro lado de los montes,
el aire mece con alas de gaviota
el agua diamantina
que fascinó mis sueños infantiles.
La nostalgia confunde
aquella luz primera,
llena de esparto y sal,
con la textura verde de las algas
que junto a mi cortijo
cubrían el estanque
como escarcha en el cieno.
Ahora se entremezclan, sin notarlo,
aguas dulces de un pozo
que regó la tristeza
y aguas del mar que aguarda
con los brazos abiertos
a que llegue el instante
de soldar mis cenizas
con sus cristales de yodo.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)