martes, 17 de julio de 2018

AGUA CREATIVA







AGUA CREATIVA

A tu lado aprendí que el deseo no existe
sin el gesto sensual de tu figura
abriendo las ventanas de la carne
debajo del tejado de la noche.
Comprendí que la mar
habita en esa boca azul
que me seduce para que la bese.
Por eso, hoy desnudo la voz que te reclama
en cada uno de mis poemas,
mojo, en el color de tus labios,
el pincel que dibuja mi pasión
y trazo, sobre el lienzo de la vida,
el mapa de los sueños.
Voy aprendiendo a escribir nuevas metáforas
con las que pueda darte
el matiz delicado
que posee el misterio del poema.
Pero nada de lo que escribo
supera a la imagen que ofreces
cuando dejas caer sobre mi pecho
lágrimas de felicidad
como perlas translúcidas
que portan la esencia de tu alma,
y humedeces mi piel
con la naturaleza del agua creativa
de la que solo tú eres mi fuente.
Realmente, tú eres mi poema.


(SECRETOS DE AMANTES)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


INQUIETUD





INQUIETUD

Tras cada despedida, durante unos minutos,
permanece en mi boca
el sabor del trigo maduro
que me dejan tus labios
hurgando en las neuronas
como elixir de vida y rumor de la noche.
La habitación recuerda todavía
la urgencia de dos cuerpos
al desnudarse a tientas
para olvidar al mundo
y fundirse en las sombras.
Las sábanas retienen los abrazos
y el aroma corpóreo
de nuestra última búsqueda insaciable
de las fronteras del infierno.
Pero el espacio clama por tu ausencia
buscando compensar el vacío que me dejas
con el volumen gris de la almohada,
igual que una metáfora del cuerpo.
El tiempo va dotando a los objetos
de una niebla invisible
que acuna la inquietud de echarte en falta.
Y transcurren las horas
sin que pueda notar el sabor dulce
del cereal que me alimenta.
Tan solo me consuela imaginar
que a ti te suceda lo mismo.



(SECRETOS DE AMANTES)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


lunes, 9 de julio de 2018

PELIGROS








PELIGROS

Cada cita que disfrutamos
es una valiosa oportunidad
para ganar al mundo su indulgencia
por los riesgos de nuestra temeraria aventura.
Juntos vamos gozando los secretos
que compartimos, como una reliquia
de las fuentes del tiempo, hasta saciarnos.
Lo hacemos sin sentir miedo a apurar el alma
del preciado elemento que da forma al amor.
Creemos que el deseo es renovable
como el color bermejo de la aurora.
Pero, después del alba, sale el sol,
y con su pincel invisible
pinta de luz la oscuridad,
cambia el color de todas las ideas
o hiere las vivencias con dardos inquietantes.
Se imponen las obligaciones,
las normas cotidianas, los retos personales,
las injerencias de otros nuevos trinos.
Nos separan los ritmos de nuestros quehaceres
y aparecen las dudas, los temores,
la posibilidad de que el olvido
alimente su cruel carcoma
con la materia del deseo.
Corremos el peligro de perdernos,
de que se nos crucen por el camino
un ladrón de emociones o una musa perversa
que posean licencia del Parnaso
para anular el próximo encuentro con la Luna
y arrojarnos del cielo compartido.


(SECRETOS DE AMANTES)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


domingo, 8 de julio de 2018

DEPÓSITO DE LUNAS






DEPÓSITO DE LUNAS

Me dices, sin recato ni vergüenza,
que tienes un depósito de lunas
cubierto con tu traje de valquiria.
Lo haces con la ironía de una musa
que aprende del poeta a quien inspira.
Busco el significado de los versos
y no sé interpretar la esencia del mensaje
que lanzas a mi subconsciente
como una misteriosa saeta metafórica.
Indago en cada gesto que me brindas,
en cada insinuación, en cada picardía.
Lo hago con la mirada de un león
que agita su memoria y sus sentidos.
Recapacito sobre todos las sutilezas
que puedan existir detrás de las palabras.
Acecho a tu mirada para encontrar el hilo
de la espiral que quieres que recorra.
Agudizo mi ingenio
para intuir el concepto y asimilarlo.
Sigo sin entenderlo y te pregunto
por el sentido del enigma
que ocultas en los versos.
Entonces, acaricias con tu piel erizada
el ritmo gutural de mis latidos.
Me dejo agasajar por las aureolas
de tu piel y las luces de tus besos.
Encuentro todos los significados
que sugiere la Luna en el relieve de tu cuerpo.
Debajo de la sombra del jazmín
guardamos la Luna de julio
sobre tu traje de valquiria.


(SECRETOS DE AMANTES)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


lunes, 2 de julio de 2018

EL JUEGO DEL ARO







EL JUEGO DEL ARO

Te agitas con deleite marcando los espacios
que existen dentro de las formas del aire
y mueves la cintura
por debajo del aro de madera
como una adolescente soñadora.
Hay una correlación que excede todo límite
entre lo natural del movimiento,
lo que es percepción unívoca
y todas las pasiones que generas en mi alma.
Tienes un ademán inimitable
en tu forma de ser pura belleza.
De cada giro emanan la humedad
de la selva amazónica
y la pureza virgen de sus aguas.
El vuelo magistral de tu cintura
contiene la nobleza del paisaje
que ofreces a los ojos,
el oro de la brisa tropical
y toda la filosofía del mundo.
En tu juego del aro hay un íntimo lirismo:
la mezcla sensorial del bossa nova
a la que das imagen
como una chica de Ipanema
que pone en movimiento a la poesía,
y la metafísica de la luz
que toma cuerpo en tus ojos.
Por un instante, tu cintura y el aro,
se funden en el infinito
para que pierda la noción del tiempo.


(SECRETOS DE AMANTES)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

LA DAMA DE LOS CIPRESES






LA DAMA DE LOS CIPRESES

A veces, tener constancia de los sucesos no los hace más comprensibles, sino que aumenta su carácter ignoto, mucho más, cuando sus orígenes son muy lejanos y su final, se intuye, no podrá verse en una vida.
La historia que os voy a relatar me tiene en vilo desde que la conozco. Tuve constancia de ella por un hombre que conocía mi afición por los hechos paranormales y acudió a mí buscando explicaciones para lo que le estaba sucediendo. Faustino se llamaba, y era el guarda del yacimiento arqueológico de Los Cipreses. Cuando me contó por primera vez lo que había visto, confieso que no di mucho crédito a sus palabras. Pensé que se trataba de una más de las supersticiones que aparecen siempre en las fechas próximas al día de Todos los Santos.
Faustino se puso en contacto conmigo a través del teléfono. En su conversación se dejaba entrever una exagerada angustia, insistía en que no podía darme más detalles y que, por favor, accediera a atenderle. Le cité en mi despacho y acudió a la hora convenida. Empezó diciéndome que necesitaba hablar de lo que había visto a una persona que fuese capaz de creerle y no pensara que estaba alucinando, o que le tomara por loco. Alguien que fuese un estudioso de los fenómenos paranormales.
Me dispuse a escucharlo. Me contó que lo que había visto era la imagen de una mujer vestida con pieles de animales, de cabello negro, cuyo rostro, brazos y piernas, eran de un color violeta claro, pero lo más desconcertante, si ya de por sí no era suficiente con aquella visión, era que, a la altura del pecho, en el lado del corazón, la imagen era hueca, podía distinguirse lo que había detrás. Me dijo que la había visto más de una vez y que no aparecía siempre en el mismo lugar. Le pregunté si había intentado fotografiar la imagen y me dijo que lo había hecho, pero nunca se apreciaba nada de lo que veía. Y me pidió que fuese al lugar e intentara averiguar qué era aquella extraña aparición.
Al día siguiente, me dispuse a hacer un reconocimiento del terreno. Me acerqué hasta el yacimiento, situado cerca del Polideportivo de la Torrecilla, en el paraje de Oñate, al sur de la Sierra del Pino y cerca de una rambla. Vi que en las proximidades se encontraban el hospital Rafael Méndez y el cementerio de San Clemente. Fui recorriendo el poblado y leyendo los carteles que explicaban la vida de sus antiguos moradores. Se trata de un yacimiento de la cultura del Algar, cifrado en la Edad de Bronce, entre el año 2200 y el 1500 antes de Cristo. Está ubicado en una ladera de la montaña, donde se han descubierto varias casas aisladas sin ninguna construcción defensiva. Las casas tienen forma de herradura y debía servir tanto como vivienda como lugar de trabajo. En sus interiores se aprecian hogares, telares, molinos, tinajas para almacenamiento… Lo más llamativo son los enterramientos: cistas y urnas protegen la inhumación de los cuerpos, que aparecen flexionados, vestidos y rodeados de objetos de metal, cerámicas, y adornos personales. Tomé nota de una de las explicaciones en la que se mencionaba que en esa cultura, el género femenino estaba subordinado al masculino.
Después, aunque no albergaba muchas esperanzas, me acerqué a algunas de las casas habitadas que había cerca de la zona para preguntar si alguien había visto algo similar a lo que me había contado Faustino. En una de ellas, encontré a una mujer muy dispuesta a pasar la mañana charlando. El tema derivó rápidamente hacia lo extraño, algo que entusiasmaba a la señora. Me contó lo que recordaba de lo que había conocido de pequeña por boca de su abuela.
La señora se puso muy interesada al saber que su historia podía salir en los medios especializados en temas inexplicables. Y entonces comenzó su relato haciendo énfasis en las palabras. Me dijo que su abuela llamaba a la historia “la leyenda de la mujer sin corazón”. Era una aparición que solo se presentaba ante aquellos hombres que habían hecho cosas malas, muy malas, resaltó, y que no habían sido castigados. Se decía que era una leyenda muy vieja, de cientos de años, quizá miles, que se trataba de una mujer maltratada y despechada, que después de morir y ser enterrada, se aparecía para vengar su desgracia en todos aquellos que tratasen mal a las mujeres, que no tenía piedad con nadie. Atormentaba a sus víctimas hasta que ellas mismas perdían la cabeza y terminaban terriblemente.
Cuando escuché aquel relato, hice memoria a ver si, en algún momento, había hecho algo que me pusiese en la lista de la Dama de los Cipreses. Sentí remordimientos por algunas situaciones, pero no recordé nada que pudiese considerar maltrato para con una mujer. Di mi investigación del día por concluida y regresé a la ciudad. Poco tiempo después, Faustino me volvió a llamar.
La segunda vez que lo vi, tenía un aspecto deplorable. Daba la impresión de que estaba sufriendo mucho y apenas había dormido. Su ropa olía a alcohol y a esa mugre misteriosa que rezuman los géneros textiles cuando llevan empapado el sudor de días, un tufo acre que echaba hacia atrás. Su lenguaje era deshilvanado, con lagunas de conocimiento, balbuceante en ocasiones. Me imploró que le ayudase, pero yo no supe cómo.
Me contó que la imagen de la Dama de los Cipreses lo perseguía. Que la encontraba allá donde iba. No podía soportar su presencia y huía de un sitio a otro provocando el desconcierto de las gentes que le veían alejarse corriendo. En su casa, se despertaba sudando, le dolía la cabeza hasta el punto de pensar que le iba a estallar en cualquier momento. Había ido al médico y le había recetado unos fármacos para la ansiedad y para la somnolencia, pero no le estaban haciendo el efecto deseado. Estaba desquiciado. No podía ni trabajar, tenía pánico a acercarse a su lugar de trabajo y no podía decir a sus jefes el verdadero motivo. Había pedido la baja por enfermedad y ponía toda su esperanza en que yo encontrase alguna explicación a lo que le estaba sucediendo.
Lo escuché con calma. Podría ser cierto que viese la imagen de un espectro. Había conocido algunos casos en los que la aparición de seres de otro tiempo cesaba cuando veían cumplido algo importante que habían dejado de hacer cuando estaban vivos. Pero, en el caso que me contaba Faustino, no veía cuál pudiese ser el motivo de la aparición que le atormentaba. Luego recordé la leyenda que me había contado, días atrás, la señora que vivía cerca de la zona donde se encuentra el yacimiento de Los Cipreses. Y me aventuré a indagar en la vida de Faustino.
Le pregunté si en aquellos momentos se ocupaba alguien de él. Me dijo que desde hacía dos meses vivía solo. Su actual pareja, la mujer con la que había convivido los últimos tres años, le había dejado y no sabía dónde encontrarla. Le pregunté el motivo de su abandono. Me dijo que no lo sabía y matizó que cuando la encontrara se iba a enterar. Me alarmó el tono amenazante de sus palabras, en el que latía una violencia larvada y brutal. Y entonces me atreví a comentarle:
—Puede que exista algún hecho relacionado con tu vida que tenga que ver con lo que te está sucediendo. Aunque no seamos conscientes, el mundo tiene otras dimensiones ocultas a nuestros ojos que son difíciles de comprender, y los hechos viajan por las ventanas del tiempo. De ese otro mundo, nos vienen las consecuencias a nuestros actos. No se puede hacer otra cosa que afrontarlas, pues nunca podremos vencer a las fuerzas que nos las mandan. La contestación a lo que voy a preguntarte ha de quedar entre nosotros, si quieres que te ayude. ¿Has maltratado a alguna mujer o le has causado daños físicos o vejatorios?
Me miró muy extrañado por mi pregunta.
—¿Maltratado? No. Yo siempre trato a una mujer como se debe. Aunque me hayan acusado de tratarlas mal.
—¿Cómo?
—Sí. Cuando murió mi primera mujer, la muy pécora, me había puesto una denuncia acusándome de que le pegaba. No era verdad. Ella se golpeaba contra cualquier cosa y decía que había sido yo el causante. Cuando yo estaba delante, lo negaba… ¡Faltaría más! Cuando me llegó la citación, le dije que retirara la denuncia o me las iba a pagar.
—¿Y qué sucedió?
—Que la atropelló un coche. Fue una lástima. Yo la quería, a mi modo. Me quisieron acusar, pero no encontraron pruebas. Nunca se supo quién fue el causante de su muerte.
Observé que a lo largo de esta parte de la conversación, a Faustino le costaba mantener la mirada fija. Hablaba como para sí. Como si intentase convencerse a él mimo, más que a su interlocutor.
—¿Y qué hiciste después?
—Pasado un tiempo, hice mi vida con otra mujer, la que ahora me ha abandonado. ¿Cuándo la encuentre, me va a decir por qué se ha ido?  ¡Y cómo sea por otro…!
—Las mujeres son libres de elegir, debe comprenderlo.
—No lo soporto… pero esto… ¿qué tiene que ver con lo que me sucede?
—Hay una leyenda que asegura que la Dama de los Cipreses atormenta a quienes son culpables de maltrato.
—Tonterías. Esa aparición debe ser algún tipo de embrujo que me están haciendo. Quiero que me libre de ella.
—No sé qué puedo hacer, ya se lo he dicho. Es posible que la solución esté en usted mismo. Es su subconsciente el que le mortifica. Todo está en la mente, incluso el sentimiento de culpabilidad. Puede que haya hecho algo y su mente no quiera reconocerlo. Puede que le produzca lo que le ocurre. Se lo digo por buscar algo de lógica al asunto. Tranquilícese, busque en su interior y afróntelo… Es cuanto le puedo decir.
Faustino salió de mi despacho peor de lo que había entrado. Le vi una mirada perdida que me turbó. No se despidió, solo, antes de cerrar la puerta, me dijo:
—Yo no he hecho nada.
—Entonces, nada tiene que temer —lo tranquilicé.
Todo hubiese quedado en una sencilla historia, si no fuese porque, tres días después, leí en la prensa que habían encontrado su cuerpo sin vida a dos metros de una cista funeraria del yacimiento de Los Cipreses. La noticia señalaba que se trataba de un suceso muy extraño. No había señales de intervención humana en el lugar y al cuerpo de Faustino le habían arrancado el corazón. El forense había dicho que los desgarros que presentaba no habían sido producidos por ningún objeto cortante, que parecía que le habían arrancado el corazón con las manos, algo aparentemente imposible.
Un sudor frío e inquietante me recorrió el cuerpo. Y me dio por pensar. ¿Y si realmente existía la figura vengadora de la Dama de Los Cipreses? ¿Y si se trataba de un ente milenario que vagaba por el tiempo dando cuenta de los maltratadores? Bajé la vista y seguí leyendo.
El periódico daba una pequeña biografía de Faustino. Mencionaba la muerte de su esposa y decía que su pareja actual, que se encontraba en un piso tutelado y bajo identidad falsa, había declarado a la policía que, Faustino la había amenazado con hacerle lo que a su esposa, si denunciaba que le pegaba cuando no hacía lo que él esperaba. La mujer terminaba dando gracias al cielo por haberle librado de él.
Como estudioso de los fenómenos paranormales, he de decir que algo, misterioso y sobrenatural, intervino en el fatal desenlace de Faustino. Siempre hay un velo de misterio que cubre lo tangible de los hechos, algo que no deja pasar el aire que envuelve lo inexplicable… Pero da que pensar. He vuelto en varias ocasiones al yacimiento de Los Cipreses pertrechado con mi instrumental técnico, para hacer mediciones, captación de flujos energéticos y aplicación de sensores de imagen a baja intensidad. Nunca había ocurrido nada, hasta que un día, la pantalla de mi portátil, a la que estaban conectados los sensores, registró un sesgo de imagen violácea. Se me aceleró el pulso y miré alrededor. A unos cincuenta metros, el encargado de una obra en las pistas de La Torrecilla, estaba mirando hacia el yacimiento de Los Cipreses con mucha atención.

RELATOS BREVES
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domingo, 3 de junio de 2018

INEXPLICABLE







INEXPLICABLE

Ella duerme en mi lecho de sintagmas
con la dulzura de su nombre
acariciando los sentidos.
Respira los efluvios de mis besos,
los jirones del fuego pasional
que acaba de arrasar, con su materia,
toda la soledad del mundo.
Busco el procedimiento más perenne
para guardar los signos
que mejor definan los rasgos
de este momento irrepetible.
Compongo el fotograma
del marco que acota la imagen,
y pido a la memoria
de una cámara digital
que sea tan perpetua
como los petroglifos del desierto de Nazca.
Quisiera pintar con sus formas
un cuadro impresionista
en la bóveda del cielo
o escribir su belleza
en la lengua matriz de todos los idiomas.
Pero no hay palabras adecuadas
para describir lo inefable.



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