miércoles, 7 de diciembre de 2016

TRIGALES





TRIGALES


En los años sesenta, trigales y barbechos
cubrían el paisaje del valle que surcaba
cuando iba a la escuela,
el mismo donde ahora
no brillan las luciérnagas.
El horizonte alzaba su fiel nomenclatura
sobre plantas y objetos,
definía el color de aquella luz
con la cara de abril en las entrañas.
El sol y los cereales modulaban sin prisa
las líneas del tiempo.
En mayo, las espigas del trigal
decoraban el aire
con sus penachos de oro.
Desde la cumbre de los cielos,
el sol iba ganando la reyerta
que mantenía el trigo con su aroma.
El levante dormía entre las malvas
para ahuyentar al hambre y a las hormigas.
Cada día era nuevo. Y durante el camino
la sed secaba mi garganta
igual que a una hierba
que crecía con los destellos
del cereal maduro. Era sed de palabras.


(La intimidad del pardillo)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


jueves, 1 de diciembre de 2016

LA CASA DE LAS NORIAS





LA CASA DE LAS NORIAS


Hoy recorro la misma senda umbrosa
que me llevaba desde los colegios
hasta la vieja casa de mi abuela materna.
Cuando llego al lugar, un campo polvoriento
da forma al horizonte entre collares
de matojos resecos. Todo es muy diferente
a como lo veía con los ojos
de mis primeros años.
Los perros ya no aúllan,
ni hay un búho en la leñera
junto al pozo excavado a pico y pala
del que se derramaba el milagro del suelo.
Tampoco queda rastro de la noria,
ni del hilo de plata que llevaba a la huerta,
ni de la biografía del abuelo
que jamás conocí. Fueron muy pocas veces
las que crucé el camino
que unía las escuelas de Las Norias
con la casa de piedra donde nació mi madre.
Quizá no fuese por mi culpa.
Y la luz fatigada del pasado
se pierde entre los surcos del recuerdo
al igual que la imagen
de aquella abuela silenciosa,
tan ajena a mis días y a mis noches.


(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


martes, 29 de noviembre de 2016

LEYENDA DE LA GRANADA






LEYENDA DE LA GRANADA

La mayoría de la gente no cree en las leyendas, las considera cuentos ubicados en el pasado que no corresponden a la realidad. Ahora, cuando me dispongo a contar mi experiencia, siento un poco de pudor, porque yo era una de esas personas incrédulas que solo veía en las leyendas simples ejercicios literarios, fantasías ilusorias. Alguna vez había escuchado que, a lo largo de la historia de Lorca, habían sucedido hechos legendarios que no se conocían en la actualidad. Uno de ellos es el que relata la Leyenda de la granada.
Todo comenzó a finales de julio de 2016 en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid, donde se guardan documentos del siglo IX al siglo XIV, muchos de ellos procedentes de la antigua Biblioteca Catedralicia y Real de Toledo. Yo estaba realizando una labor de investigación para mi Trabajo Final de Grado cuando descubrí, por puro azar, un texto del siglo XIII que relataba una leyenda cuyo escenario se ubicaba en la Sierra de Almenara, cerca del castillo de Felí. Me llamó poderosamente la atención porque mis padres son de origen lorquino y me habían hablado de esa pequeña fortaleza.
El texto estaba escrito en castellano antiguo, pero pude entenderlo con facilidad, cuatro años de estudios en Historia Medieval dan para bastante. El autor, un escribano de Alfonso X, describía el lugar exacto de los hechos. Mencionaba que había conocido la historia que narraba por boca de un cautivo, apresado por las tropas del infante Alfonso cerca de un nacimiento de aguas en la ladera de la sierra, en un paraje donde se formaba un pequeño embalse rodeado de pinos, y del que se deslizaba un hilo risueño de agua cristalina que iba a parar a una rambla.
Después contaba que en ese paraje se producían hechos mágicos. Tenían lugar si durante una noche de luna llena de fínales de agosto, en fecha de signos impares, una joven comía una granada mientras daba vueltas alrededor del embalse sin que se le cayese al suelo ni un solo grano de la fruta. Entonces, del interior de las aguas emergía la imagen de Aya, una bella mora que le concedería el deseo que debía repetir al comer cada grano de la granada.
En los siguientes legajos narraba el origen de la leyenda, probablemente de finales del siglo XI. Explicaba que Fátima, hija del jefe de la guardia del castillo de Felí, mantenía una secreta rivalidad con Aya, hija del alcaide árabe, gobernador del castillo, y futura esposa del gobernador del castillo de Tébar. Fátima deseaba todo lo que representaba Aya: lujo, riqueza y posición, ya que su padre la había prometido al hombre que Fátima amaba, y aquello la irritaba sobremanera.
Fátima concibió un plan siniestro. Se hizo muy amiga de Aya y con engaños consiguió llevarla a solas hasta el paraje del nacimiento. Allí le ofreció ser la dueña del mayor tesoro traído por su padre desde Damasco, un secreto que se escondía en el fondo del embalse y que convertiría su belleza en eterna. Le aseguró que había poca profundidad y que su valor solo pertenecería a la joven que lo encontrara. Le pidió en contrapartida que se intercambiase por ella tan solo una noche. Aya, deseosa por descubrir lo que se guardaba en el interior del agua, aceptó. Fátima sacó dos granadas que guardaba entre sus ropas, lanzó una de ellas al centro del embalse y le dijo que debía sacarla junto con el tesoro y comérsela antes de que ella hiciese lo mismo con la otra. Si lo conseguía, su belleza jamás tendría parangón con ninguna otra mujer.
Fátima comenzó a caminar comiendo cada grano mientras deseaba, con todas sus fuerzas, que Aya nunca saliese del agua. Esta, ilusionada, se fue adentrando en el embalse con rapidez y llevada por su ímpetu, resbaló, se hundió, y su cuerpo desapareció entre las aguas mientras las ondas del embalse borraban el reflejo de la luna. Fátima regresó al castillo poco después. Nadie sabía que Aya había salido aquella noche, y nadie pudo explicar su desaparición. Tras infructuosas búsquedas, meses más tarde, el gobernador de Felí se dio por vencido. Al no tener más hijas, acudió al jefe de su guardia para que fuese su hija Fátima la que se entregase en matrimonio al gobernador de Tébar, y así poder cumplir con su palabra.
Años después, las gentes del lugar comentaban que la fortuna de Fátima se había debido a que una dama azul, emergida de entre las aguas, le había concedido el deseo de ser la esposa del rico gobernador del interior de la sierra tras haber comido una granada en una noche de luna llena sin derramar ningún grano. La misma Fátima se ocupó de alentar la leyenda omitiendo el lugar exacto donde había desaparecido Aya, lo que provocó que en cualquier lugar donde hubiese agua se intentase el ritual.
He de admitir que la leyenda me impresionó. Quise conocer el paraje lorquino donde se desarrollaron los hechos y a finales de agosto me desplacé hasta Lorca. Hice las compras necesarias en el mercado de Purias y me fui hasta el paraje de Villa Real, donde tras varias averiguaciones, supe que aún manaba el manantial descrito en la leyenda y que había un embalse dentro de un complejo turístico destinado al golf. Iba decidida a tentar la suerte y pasar allí aquella noche de luna llena. Era 27 de agosto, fecha impar, como precisaba la leyenda. Seguiría el ritual y pediría mi deseo.
Cuando ya estaba alta la luna, saqué la granada y con mis uñas hice una hendidura en la corona y tiré de la corteza para dejar al descubierto los primeros granos. Su rojo púrpura brilló como una premonición a la luz de la luna. Mordí el primer grano y pensé en mi deseo: conocer al hombre de mi vida. Y continué repitiendo el misterioso ritual. No sé el tiempo que transcurrió mientras caminada con sumo cuidado y la vista fija en la granada. Cuando terminé no podía estar segura de haberlo conseguido, pero alcé la vista y miré hacia el interior del embalse. Lo que vi, paralizó mis sentidos. Allí estaba. Era la imagen de una mujer bellísima, vestía con un caftán azulado, y en ese mismo momento, me dijo: «Mira a los ojos al hombre que te regale el corazón de su mejor fruta y hallarás la luz que haga cumplir tu deseo».
A la mañana siguiente me despertaron los gorjeos de los pájaros. Recordé lo sucedido como si se tratase de un sueño. Estaba muy inquieta y las imágenes del embalse, los pinos y el paisaje, se mezclaban con las que mi memoria se obstinaba en recordar. Regresé caminando hasta la casa club del resort, donde había dejado el coche la tarde anterior. Cuando llegaba, en la terraza del restaurante, varios turistas desayunaban. Percibí de inmediato la persistente mirada de un joven, y antes de que yo pudiese evitarlo, se levantó, caminó hasta mí y me dijo: «Te regalo el resto de los latidos de mi pecho si me dices cómo te llamas».
Me quedé completamente sorprendida por su gesto, apenas tuve tiempo para reaccionar. Lo miré a los ojos durante unos segundos, el tiempo suficiente para preguntarme si su sangre tendría el mismo color que el corazón de la granada… Desde ese momento iba a tener toda una vida para saberlo.

RELATOS BREVES
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sábado, 26 de noviembre de 2016

DÍA DEL MAESTRO







C. E. I. P. San Cristóbal, 27 de noviembre de 2016

Los maestros enseñamos que la identidad de una persona se forja en su infancia, la única patria posible, a la que regresamos a lo largo de la vida para ser conscientes de que estamos vivos. Pero antes que maestros, hemos sido niños, y por eso sabemos que la búsqueda de la felicidad es nuestro mayor reto, que el esfuerzo es necesario para conseguir cualquier objetivo, y que el conocimiento nos convierte en cómplices del desarrollo de los valores humanos.
Al conducir la formación de nuestros alumnos entregamos todo lo que somos, estamos sembrando en territorios, a veces desconocidos, con la esperanza de que los frutos que otros recogerán, nos hagan sentir que ha valido la pena vivir nuestra vocación con generosidad. Siempre con nuestra mejor disposición, intentamos que cada uno ponga de relieve lo mejor de sí, construya su futuro y nuestra sociedad.
Nunca estaremos seguros de haber acertado en nuestra tarea, pero tal vez nos sintamos colmados con un gesto positivo, una mirada atenta, una palabra inteligente… Y cuando el silencio dibuje de respeto los recuerdos de lo aprendido, cuando solo seamos una página en la historia de los abuelos que rememoren su infancia en el colegio San Cristóbal, quizá entonces, alguien escriba con la tinta imborrable del cariño: gracias maestros.
Mientras tanto, cada día, seguiremos ayudando a que cada niño encuentre su camino y mire hacia el futuro con esperanza.

                                                      Fragmento del diario de un maestro.
                                                      Mariano Valverde Ruiz


         

domingo, 20 de noviembre de 2016

JUEGOS DE INFANCIA





JUEGOS DE INFANCIA


En las zonas rurales de los años sesenta
no teníamos nada
que nos atara a un rol de dependencia,
con la imaginación y cualquier cosa
llenábamos el tiempo de los juegos.

Cambiábamos secretos por cajas de cerillas
para jugar al alza y tapa.
Después de cazar ranas con lazadas de esparto,
las soltábamos dentro de una acequia
para poder votar por la que más saltaba.
Nos divertía ver la rueda de los gatos
cazando a los ratones.
Aún era más hermoso
descubrir la emoción de la aventura,
dejarse iluminar por noches de cereza
y degustar el vértigo de la naranja hurtada
aunque nos delataran los aromas
de su piel en las manos.
Buscábamos los pliegues de las ramas
tumbados en la hierba
mientras colonizábamos la luna.

Los campos dormitaban en verano
bajo el sol de poniente.
Los enjambres de avispas
bullían entre zarzas y matojos.
Era el tiempo del tiro al avispero
con misiles de barro
para ver crepitar sus junglas peligrosas.

Nos gustaba observar las luces del otoño
a través de las cañas de un refugio
mientras buscaban fonda los gorriones
para contar estrellas del crepúsculo.

El invierno tenía el color de la hoguera
y el discurso de la imaginación.
El viento alzaba nubes
que como zinc volátil
iban dando a las noches su manto de misterio.

Así pasaban días, semanas, meses, años,
breves transparencias de la infancia
que iban alejándose en el tiempo
sin que lo percibiéramos.
Se nos iba perdiendo para siempre
la otra media verdad de nuestras vidas.



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viernes, 18 de noviembre de 2016

LA VIEJA ESCUELA






LA VIEJA ESCUELA


Ya no existen las aulas de la escuela
en que aprendí a leer. La vieja construcción
de piedra y barro solo es un recuerdo
junto a las palas. Una mosca zumba
por el aire ofreciendo el testimonio
del uso que le dábamos
a la vegetación de leños y acibaras.
Era una escuela rural de posguerra
sin aseos, con viejos pupitres y un botijo
cerca de la pizarra. El maestro
bajaba en una Vespa desde Lorca
para enseñar a niños de todas las edades.
Su sustancia, quizá la que no ves,
es una franja abierta en lo tangible
de las palabras, pura libertad.
Los atriles del tiempo ya convergen
en la hosca cerradura del plumier,
en la tiza y la voz de aquel maestro,
en simples estrategias de enseñanza
que llenaron mis ojos de ilusión por saber.
La alegría de ser y de nutrirse
del eco del lenguaje aún permanece,
es una fortaleza levantada en el aire
que se alza desde las ruinas
de aquellos ventanales abiertos a otro mundo.


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jueves, 10 de noviembre de 2016

EL FUNERAL DE WALT




EL FUNERAL DE WALT

Siempre me ha asustado la muerte, por eso cuando mi jefe de sección en Globo News me mandó a cubrir la noticia del funeral de Walt en el Forest Lawn Memorial Park Cementery, sentí una oculta repulsión. Para intentar superarla me acogí a una idea que me había rondado la cabeza durante mucho tiempo.
Yo tenía la impresión de ser un profano en la materia. Me lo confirmó la lectura de un escrito sobre ciencia y tecnología de la vida que advertía del hecho siguiente: «quien no tiene padrinos no se bautiza». La frase estaba impresa en un folleto explicativo del evento al que asistía. En aquel momento pensé que sin padrinos, sin benefactores que abran caminos, uno puede que tenga la sensación de no poder ir a ninguna parte, de permanecer siempre en el lugar de origen, ese rincón donde quedan los humanos sin ningún tipo de ambiciones.
—¿Una taza de té?
—Sí, gracias —contesté a la azafata, que con su amable ofrecimiento me distrajo momentáneamente de mis pensamientos.
En la sala había mucha gente. Eran personas de todo tipo y condición, pero abundaban las de aspecto adinerado. Estas mostraban ante las otras sus poses altivas, distantes, un donaire insultante que marcaba las diferencias. Resultaba interesante observar las expresiones de sus rostros. Un cronista mal informado habría descrito aquel acto como un funeral convencional. No lo era. Poseía unos matices especiales, algo que solo conocían algunos privilegiados. Aunque casi todos celebraban una fiesta de despedida «por un tiempo» del personaje al que veneraban.
Detrás de una vitrina cúbica se exponía un tubo cilíndrico de tres metros de alto por un metro de diámetro. El cilindro estaba conectado mediante unos cables a un cuadro metálico salpicado de luces de colores. Tenía el aspecto de una atracción de feria de los años ochenta. Sin embargo, estábamos ante uno de los centros de más avanzada tecnología y aquel cilindro era el depósito que contenía el cuerpo criogenizado de Walt, es decir, conservado a baja temperatura para ser reanimado en el futuro.
En uno de los laterales de la sala, habilitado ex proceso para el acto, sobre una mesa cubierta con un tejido de color rojo bermellón, había un libro blanco en el que los asistentes que lo desearan, podrían anotar sus datos personales, dirección y oferta económica, para optar al sorteo del ADN del cuerpo de Walt.
Los albaceas «por un tiempo» de Walt, habían previsto que lo más oportuno era sortear una sola porción del ADN previamente tratado para que pudiese ser utilizado en la clonación de un nuevo Walt. El resto de las muestras obtenidas se venderían en porciones a los mejores postores.
La aureola mediática de Walt, que los padrinos habían publicitado como un ser excepcional, había provocado una codicia sin precedentes. Sus parientes más próximos refunfuñaban presos del mal humor, ya que no iban a ser ellos los que administraran la fortuna que se estaba generando. No tenían opción a la herencia. Walt no estaba legalmente muerto. Tras un tiempo, Walt volvería a la vida y podría disfrutar de las rentas obtenidas. Así lo habían manifestado los promotores del proyecto. El viejo Walt, al fin, había conseguido unos padrinos que le llevasen al éxito eterno, unos mecenas que le salvasen del ostracismo.
Mientras tomaba unas notas, percibí la mirada de dos jóvenes ejecutivos que me estaban observando con interés. Uno de ellos, tras charlar con su compañero, se acercó hasta mí y me dijo:
—Está usted de enhorabuena. Antes de que se produzca el sorteo del ADN, elegimos a un asistente para ofrecerle el mismo destino que a Walt. Y usted reúne las condiciones.
Sin más, me puso sobre la mesa unos papeles.
—Firme este contrato y dentro de «un tiempo» será el hombre más rico del mundo.
Sorprendido, me puse a leer el documento, en el que, con letras grandes, se explicaba todo el proceso de criogenización, la operación de marketing que harían con mi persona y una estimación de la fortuna que obtendría. La cifra era mareante. Al final del documento había un apéndice en letra muy pequeña con el título de cláusulas complementarias. Me puse las gafas y con mucho esfuerzo pude entender lo que decía: «en el imprevisible caso de fallo en el proceso de reanimación, quien dispondrá legalmente de la renta generada, será la empresa PADRINOS ETERNOS, manifestando el contratante en este acto su renuncia a todos sus derechos y a los de sus herederos. La cápsula se mantendrá conectada indefinidamente. Por tanto, la muerte como tal, no se contempla».
Levanté los ojos y sonreí amablemente a mi oferente. Le dije que prefería seguir con mi vida anodina y esperar una muerte segura mientras afrontaba lo que me deparase mi existencia. Frunció el ceño y se marchó sin decir nada.
Por un momento dudé si había hecho bien, si había rechazado la oportunidad de mi vida, tener unos padrinos, conseguir el éxito y seguir viviendo de las rentas, como había soñado muchas veces. Pero había visto con claridad algo que hasta entonces no sabía: el éxito genera una renta que siempre cobran los padrinos. Además, y si mi personalidad, mi memoria y mis sentimientos, mi alma, en definitiva, no está almacenada en la química cerebral… ¿Quién sería yo si el proceso no resultase ser un engaño?

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