jueves, 13 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 10





10

Se durmió mientras pensaba en la imagen de la diosa Isis. Recordó las imágenes que de la misma había visto, la incógnita que le planteó aquel extraño jeroglífico sobre la cabeza, la inquietante sensación que sintió al detenerse en sus alas extendidas, como un milano con cuerpo de mujer. Recordó las leyendas que figuraban bajo la imagen, aquellas menciones a la gran maga, gran diosa madre, reina de todos los dioses, fuerza fecundadora de la naturaleza y diosa de la maternidad. Y su mente comenzó a divagar entre palmeras, acacias y sicomoros.
Viajó sobre las extensiones del alto y bajo Egipto, el reino de las dos coronas. Voló sobre la superficie de las aguas del Nilo y se detuvo a contemplar todas las siluetas de los animales que vivían en su entorno. Vio las imágenes sucesivas de las aldeas ribereñas y las jaimas de los campamentos del desierto, apreció la lenta evolución del relieve a lo largo de los siglos y contempló los avances que los nuevos tiempos habían llevado a los pueblos de las zonas mejor comunicadas por carretera.
Su mente era como un pájaro que no tenía fronteras, ni en el aire ni en el tiempo; un pájaro que se dejaba llevar por sus deseos; un pájaro que ahora volaba y volaba sin descanso, cruzaba por encima de valles y de montañas, de ciudades y de países, de océanos y continentes; un pájaro que en este instante sobrevolaba los campos de fútbol donde se disputaban los partidos del mundial 2002. Y se vio arbitrando, impartiendo justicia ante los ojos de la multitud. Después su mente le transportó, en una milésima de segundo, hasta la imagen de un hombre desnudo sobre una cama en una maravillosa habitación de un lujoso hotel de Seúl.
Y ya completamente dormido, en el primer umbral del sueño, visualizó lo que había esperado disfrutar en Seúl.
Se vio a sí mismo tumbado sobre sábanas de seda blanca en una enorme cama de masajes, desnudo, con una pequeña toalla cubriéndole sus vergüenzas. Notó la presencia de dos mujeres orientales a ambos lados de su cuerpo. Las mujeres tomaban aceites de unos pequeños frasquitos y le iban acariciando alternativamente el pecho, los muslos, los brazos… Los ungüentos aromáticos ejercían un intenso poder afrodisíaco. Su interior se transformaba, era poroso, una carne que absorbía el placer como si se tratase de gotas de néctar de los dioses.
Sentía todo su cuerpo erizado. Las manos de las mujeres volaban sobre su piel con un tacto de suave talco. Sus pequeños cuerpos parecían tener toda la dulzura de la naturaleza. Notaba el contacto de sus pieles, el cosquilleo que sus pezones de pera le provocaban en la epidermis. Percibía el toque delicado de sus pequeños senos, firmes como frutas salvajes y tan tersos como la gelatina cuando se la caricia con plumas. Olía el perfume de sus cabellos negros y captaba el tacto de sus mechones en el pecho, en las nalgas, en los pies.
Se excitaba por momentos. Ahora tenía frente a su rostro los muslos y el trasero de una de las chicas. Su mirada extasiada se perdía en las profundidades del sexo de la joven. Notaba cómo le palpaba los genitales igual que si estuviese amasando harina para hacer el pan del placer. Y cerró los ojos para abandonarse al éxtasis. Sus ojos cerrados no veían otra cosa que el paraíso. Las expertas manos de las masajistas estaban a punto de extraer una confitura de frutas exóticas de su miembro cuando percibió, cerca de sus oídos, unos silbidos espeluznantes.
Abrió los ojos y vio, justo en el lugar que ocupaban las bellas jóvenes hasta hacía un segundo, a dos cobras alzadas y amenazantes que le miraban con ojos asesinos mientras movían sus bífidas lenguas a la velocidad del sonido. No podía zafarse de ellas. Estaba inmovilizado. A su alrededor soplaba un viento que parecía llamarle y empujarle hacia los gigantescos reptiles.
El viento le hablaba. Parecía relatarle partes de la historia de su civilización. Quiso levantarse para intentar huir del inminente ataque de los reptiles. Pero eludir la picadura de las cobras fue tarea imposible. Las cabezas enhiestas de los animales se lanzaron al unísono sobre su cuerpo como dos flechas de escamas. Y su piel desnuda e indefensa recibió las certeras dentelladas del veneno. Fue un golpe perfecto, imposible de eludir, un golpe que vio venir con la agonía de un pobre ser inmovilizado por el terror y la fría presencia de la muerte.
Se desvaneció y notó como su cuerpo se elevaba hasta las estrellas. Allí se acomodó junto a otros miles de seres. Era uno más de los espectadores que veían jugar a los dioses al fútbol. Amón, Hathor, Isis, Set, Horus, Osiris, y el resto de divinidades egipcias, se divertían y competían con gracia por conseguir llevar el balón hasta los satélites más lejanos de la constelación de Orión. Era un partido infinito en el que parecía no haber ganador.
El balón con que jugaban era la cabeza de un humano. Pero nunca era el mismo. Se producía un cambio permanente de balón. Las cabezas aún conservaban el estupor de la muerte en sus facciones, como una mueca detenida en el tiempo por el bálsamo aplicado por los sacerdotes antiguos. Pudo reconocer un busto con tremendo realismo, era su cabeza. Reconoció las facciones morenas y sanguinolentas de su rostro, rodaban separadas del cuerpo, eran golpeadas sin cesar por los divinos jugadores entre el júbilo del público y la pasión de los dioses que esperaban su turno con las botas calzadas. Le dolía la cabeza, le iba a estallar…
Y despertó.
Lo hizo bañado en sudor y en ansiedad.
Estaba solo.
El sol contemplaba el paisaje con ojos dorados. Los árboles lamían el aire con sus hojas de esmeralda. No se vislumbraban las hienas que le habían acompañado los días anteriores.
Cerca de Gamal había dos cantimploras. Eran de verdad. Todo había sido un terrible sueño y la realidad se abría paso ante sus ojos como un paisaje reconocible.
Se acercó hasta las cantimploras y cogió la primera. Bebió de su contenido y degustó el sabor cremoso de la leche. Cogió la segunda y paladeó el dulce néctar de la miel. Esta vez no había agua para la jornada. Pero lo más novedoso era que junto a las cantimploras había una azada y un serón con semillas. Metió la mano en el serón y cogió un puñado de granos de trigo. Los acarició en la palma de la mano y los volvió a dejar en el recipiente de esparto.
Reanudó su lento caminar hacia el este. Fueron posando las horas y se levantó una brisa persistente. El terreno iba mejorando y se multiplicaban los arbustos y los árboles. Estaba saliendo de las zonas áridas y acercándose hacia donde la cercana presencia del agua mejoraba la atmósfera y cambiaba el color del suelo. Y no eran espejismos. Podía tocar las acacias, las higueras, los tamariscos… A lo lejos, los sonidos que la brisa producía en los arboles parecían voces con extraños conjuros. Generaban en su mente sombras de personajes que corrían tras un balón sobre terrenos de arena.
Caminó durante toda la mañana recordando su periplo como árbitro y su trayectoria como ser humano. No sabía si habría superado las pruebas de los elementos, ni si merecía seguir vivo. Tampoco estaba seguro de que su camino hubiese llegado a un punto en el cual ya no tendría que afrontar nuevos retos. De lo que sí comenzaba a estar seguro, era que, si tenía la oportunidad, iba a procurar que a partir de ahora todo fuese diferente.
Después de subir una pequeña colina con las renovadas fuerzas que la leche y la miel le daban, Gamal vio a lo lejos la lengua azul del Nilo. Cerca de la ribera del río se abría un oasis de verdor, dentro del cual se atisbaban algunas construcciones de adobe y cañas. Recibió la nueva imagen con alegría y buen ánimo. Fijó sus ojos en lo que parecía una pequeña aldea con formas de vida tradicionales, en la que sus moradores debían vivir del cultivo de hortalizas y cereales, de la pesca en el río, y del cuidado del ganado. Y se dirigió hacia ella.
Conforme iba acercándose también fue distinguiendo con nitidez a algunos de los habitantes de la aldea. Los primeros que vio fueron un grupo de niños que estaban jugando entre las palmeras. Estaban practicando el fútbol, no cabía duda.
Los niños, al ver la silueta de Gamal llegando hasta ellos, se interesaron por la figura desgarbada y vestida de forma estrafalaria, que cargaba una azada, dos cantimploras y un serón. Dejaron de jugar y se dirigieron a su encuentro con la algarabía propia de la novedad. Nada más llegar a la altura del extraño forastero, le preguntaron que quién era y que de dónde venía.
El árbitro dijo que era un hombre que se había perdido y que venía de occidente.
Un niño que llevaba una pelota en la mano le volvió a preguntar:
—¿Cómo te llamas?
—No recuerdo mi nombre.
—¿Y hacia dónde vas?
—Aún no lo sé. He caminado hacia oriente desde hace días. Estoy contento de encontraros. Estoy muy cansado y necesito agua. Y si es posible un lugar donde descansar unos días.
El niño que llevaba la pelota le señaló una de las casas y le dijo que era la suya, que en ella vivía su madre, que era viuda y que ella le daría hospedaje a cambio de las semillas que seguramente llevaba en el serón. Después, mirando a los ojos a Gamal, con un brillo interrogativo y casi suplicante en su mirada, le dijo:
—Después de que hayas descansado… ¿Por qué no juegas con nosotros al fútbol? Como eres mayor, podrías arbitrar el partido y así evitar que nos peleemos cuando no estemos de acuerdo con alguna jugada determinada.
Al escuchar la invitación del niño, Gamal hizo un gesto de horror y le contestó de inmediato.
—No sé lo que es el fútbol. Ni lo que es un árbitro. Y mucho menos quiero aprender nada relacionado con ese juego de los demonios. Perdonadme mi ignorancia.
Luego se dirigió de nuevo al niño de la pelota.
—¿Y dices que aquella casa es la de tu madre?
El niño asintió mientras indicaba a los demás que volviesen al arenal situado entre las palmeras para continuar el juego.
Gamal respiró aliviado. Le parecía haberse sacudido el peso de una montaña de los hombros. Ajustó la azada a su espalda y el serón al brazo izquierdo. Levantó los ojos hacia el frente con valentía, orgulloso de su nueva identidad, y se dirigió con decisión hacia la casa.
Cuando apenas estaba a unos metros de la vivienda, salió de su interior una mujer que le había estado mirando con ojos ilusionados desde que su silueta apareció por el horizonte como un fantasma que regresa de un sueño. En su rostro reconoció la mirada de la escriba, la mujer que le había acompañado las noches anteriores. Una sensación de energía renovada y diferente recorrió todas las células de su cuerpo. Y presintió que había llegado al paraíso.


 FIN

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lunes, 10 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 9





9


Encontró a la escriba junto a la entrada de la tienda. Ésta le invitó a pasar. Gamal se acercó hasta ella, le faltaba oxígeno para respirar. No dijo ni una palabra, entró y respiró profundamente, como si estuviese exorcizando a todos los demonios que habían dominado su alma.
La mujer le ofreció alimento y Gamal se sentó en el suelo junto a la fuente de frutos secos, la hogaza de pan y el trozo de queso. Antes de probar bocado se abalanzó sobre la alfombra para coger la jarra de agua y bebió con ansiedad. Luego vertió un poco de agua en las manos. Las frotó y se humedeció el rostro con los ojos cerrados. Al abrirlos de nuevo comprobó que la escriba se había sentado frente a él, que la luz de las velas llenaba de cálidos amarillos la tienda y que el aroma del incienso penetraba en sus pulmones como una medicina reparadora. La mujer comenzó a hablar mientras Gamal mordía el pan y asía el trozo de queso con la mano que no utilizó para su higiene de campaña.
—En tiempos de Akenatón, bajo la luz esmerilada de las estrellas, nació un niño destinado a ser juez en la ciudad de Tebas. Aquel infante fue creciendo bajo la protección de Isis. Los sacerdotes que cuidaban del templo le instruyeron en los saberes de la naturaleza humana y de las extensiones divinas de los hombres.
»A lo largo de los años fue creciendo su conocimiento de las flaquezas y debilidades de los mortales y de la forma de impartir justicia para que el camino de la comunidad egipcia se fuese allanando hacia las estrellas, última morada de los hombres. Pero también fue creciendo en la misma medida su deseo de alcanzar mayor poder y notoriedad entre las élites.
»Cuando los sacerdotes consideraron que estaba preparado para ejercer su función sagrada, le llevaron ante el templo de Isis y consagraron su alma en una ceremonia rodeada del más excelso secretismo, y para la que tuvo que purificarse ayunando durante cinco días. Se hicieron las ofrendas de alimentos y de útiles sagrados, y se le impuso la tiara de lino y el collar dorado, que eran los abalorios que le permitían impartir justicia por delegación del faraón. Tan sólo en caso de duda razonable debía llevar los casos a la corte para que fuese el Dios sobre la tierra quien dictaminase.
»Conforme aumentaba su experiencia al juzgar a los infractores de las leyes impuestas por la tradición y la voluntad faraónica, crecía su sentimiento de infalibilidad y de grandeza. Y así sucedió hasta que llegó un momento determinante para su vida, el caso en que Himen, el juez de Tebas, vería como su destino trascendía la vulgaridad para adentrarse en otra dimensión aún desconocida para él.
»El sumo sacerdote del templo de Isis convocó a todos los ganaderos para que le llevasen su mejor toro para realizar un sacrificio a la diosa con motivo de la segunda luna de agosto. Se seleccionaría al mejor espécimen para ser castrado ante los ojos de la diosa y posteriormente sacrificado en honor a la misma para que ésta siguiera otorgando su benéfica protección a los sacerdotes del templo.
»Concluido el proceso, tras la última y definitiva elección, surgió un conflicto inesperado. Siset, un ganadero cuyo ejemplar no había pasado las primeras rondas de selección, pidió audiencia con el sumo sacerdote y denunció a Tosmet, el ganadero que había presentado al toro seleccionado finalmente para la sagrada ofrenda. Siset, mostrando una ira irreprimible por la injusticia que se estaba cometiendo, aseguró que el toro le había sido robado.
»El tema no era baladí, tenía su importancia. El dueño del toro seleccionado se vería beneficiado por una serie de privilegios que muy pocos de los siervos del faraón podrían haber soñado siquiera en la mejor de sus noches. Pertenecería por derecho a la corte durante toda su vida y por tanto gozaría de fortuna, fiestas y propiedades. Su vida estaría rodeada de lujos, placeres y caprichos. Por consiguiente, no se trataba tan sólo de averiguar la verdad, de castigar el delito, o de restablecer la propiedad al legítimo dueño, también se trataba de interpretar la justicia con las letras de la verdad y de adjudicar los honores que el azar había ofrecido a uno de aquellos humildes ganaderos.
»Planteado el conflicto en términos de justicia suprema, el caso se presentó ante el juez Himen. Éste, rodeado de su pátina dorada, escuchó a los encausados. Tosmet, el ganadero que había sido denunciado por el robo del animal, alegó en su defensa que para demostrar su propiedad sobre el animal, había una característica que nadie conocía: el toro sólo comía hierba durante los días soleados. Siset, el acusador, mantuvo su demanda diciendo que el animal era hijo de su mejor vaca y que la propia diosa Isis le había alimentado desde ternero.
»El juicio se fue calentando y el juez Himen se vio envuelto en una red de acusaciones de ida y vuelta entre los dos ganaderos. La alta dignidad les miraba impasible y escuchaba sus insultos y sus bravatas. Durante unos minutos estuvo intentando ver, en las acciones y en las miradas de los ganaderos, si había alguna señal que le aclarase quién era el verdadero dueño. No hubo nada determinante. Ante la duda tuvo una idea alentadora. Himen alzó la voz y con tono sereno dijo que se sometería al toro a una prueba en el plazo de tres días a contar desde la fecha y que después, vistos los resultados y con la ayuda de los dioses, dictaría sentencia.
»El día de la prueba el cielo estaba encapotado, las nubes cubrían todo el horizonte con su manto de gris bruma. El toro, hasta ese momento en custodia por los guardias, fue llevado hasta un lugar en el que el pasto era abundante. Allí se convocó a los dos ganaderos para que presenciasen la prueba. Tosmet, al ver el estado del cielo, estaba seguro de que el toro no comería y el tema quedaría resuelto. Siset, el ganadero demandante, llevó con él varios escudos muy bruñidos que portaban diez sirvientes junto con otras tantas antorchas encendidas. Al ser preguntado por el motivo de su singular aparición se limitó a decir que era para que el acto tuviese mayor solemnidad, y que con el debido respeto para el juez, se había permitido llevarlos para mostrar honor y gloria ante tan alta dignidad de la justicia.
»El juez Himen dio orden de que se le quitase el bozal al toro y se le dejase pastar libremente. En ese momento, Siset hizo una seña a sus sirvientes, y estos colocaron a la vez las antorchas delante de los escudos, produciendo un reflejo dorado que iluminó la zona donde se encontraba el toro. El animal caminó algunos pasos, giró la cabeza en varias ocasiones, quiso vislumbrar la inusual expectación de todos los que allí le observaban en silencio, y finalmente, olisqueó la hierba, y comenzó a morder los tallos más frescos. Un rumor de cuchicheos recorrió las filas de los asistentes a la prueba. Tosmet palideció y quiso desaparecer de inmediato.
»El juez Himen no advirtió lo sucedido con las antorchas y los escudos. Su elevada posición se lo impedía. Tampoco vio los movimientos posteriores, cuando los escudos y las antorchas fueron retirados de la posición que tenían, justo en el momento en que se anunció que la prueba había terminado.
»Himen estaba satisfecho. Entonces, se dirigió a los encausados y les hizo colocarse de rodillas ante él. Con voz muy altiva dijo que aquel toro había comido hierba en un día nublado y que, por tanto, no era cierto lo que aducía el demandado, Tosmet, y, por consiguiente, fallaba en favor del demandante, Siset. Continuó diciendo que castigaba a Tosmet, el ganadero que había presentado al toro no siendo suyo, con cien azotes por el intento de engaño, y con entregar todo su ganado, y todas sus propiedades al faraón, para sufragar los gastos del juicio. Del mismo modo premiaba con los beneficios de la corte al legítimo dueño, Siset, tanto para él como para sus descendientes, lo hacía así para resarcirle de su afrenta al serle robado el toro elegido para ofrecer a Isis.
»Posteriormente, el toro fue llevado a los corrales del templo hasta que llegase el día de la ofrenda. Durante los siguientes días el cielo siguió nublado y la luz del sol no se hizo notar. El ambiente era desapacible y lloviznaba en algunas ocasiones. El toro no comía nada. Le arrojaban hierbas frescas y los cereales mejor conservados pero el animal los dejaba en el mismo lugar en que caían. Y así, día a día, el toro seguía sin probar bocado. Los cuidadores advirtieron que había enfermado. Lo comunicaron al sumo sacerdote con gran pesar, y temiendo alguna suerte de represalias, añadieron que ellos no tenían nada que ver en los males que aquejaban al semental.
»Cuando el sacerdote comprobó el estado lamentable del toro, dijo que no servía para el sacrificio. Malhumorado y exhibiendo toda la energía que le propiciaba su posición ante el faraón, dio orden de que se investigase el asunto. Y de que se castigase al dueño del animal. Los guardias buscaron en la corte al ganadero Siset y le detuvieron. Éste, al conocer la causa de su arresto, dijo que el animal no era suyo, que era del otro ganadero, de Tosmet, que todo había sido fruto de una confusión. Que su demanda fue un error a consecuencia de que un sirviente le había engañado.
»El sumo sacerdote fue puntualmente informado y consideró que el juez Himen no había realizado bien su función, y en consecuencia, debía ser llevado ante el faraón para que éste considerara su destitución.
»La audiencia fue muy breve. El faraón asumió como fidedigna la versión de los hechos que le presentó el sumo sacerdote. El juez Himen intentó defenderse diciendo que había dictaminado según lo que había visto. Y el faraón no le eximió de culpabilidad, y le condenó a ser enterrado hasta la cabeza cerca de un termitero para que las voraces carnívoras de Nubia devorasen sus ojos.
Gamal se llevó las manos a la cara al escuchar estas últimas palabras de la escriba. La mujer esperó pacientemente un tiempo prudencial antes de formular su pregunta.
—¿Fue aquélla una decisión justa del faraón?
El árbitro estaba totalmente compungido. Había asociado el error del juez al error propio cometido en el partido España-Corea del Sur, cuando no dio por legal el gol de Morientes, al considerar que el balón conducido por Joaquín había salido del campo, sin que en realidad hubiese sido así.
Gamal, con voz quebrada, repitiendo en su mente las imágenes cruciales del partido, a la vez que imaginando al juez con la cabeza ensangrentada, y las cuencas de sus ojos llenas de termitas, dijo:
—Es de justicia que la verdad triunfe. Quien no sepa impartirla no es digno de erigirse en juez de nada.
Cuando la escriba escuchó aquellas palabras, expresadas, sin duda alguna, desde la sinceridad más absoluta, sus labios dibujaron una blanca sonrisa complaciente. Y le indicó con dulzura:
—Tu corazón ha resuelto el conflicto. Ahora puedes dormir. Tu destino ha de seguir su curso bajo las instrucciones de los dioses de nuestra civilización.
El hombre respiró con alivio y se recostó en el suelo. En pocos minutos estaba totalmente dormido.



CONTINUARÁ...

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sábado, 8 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 8









8

A la mañana siguiente, Gamal despertó acurrucado entre sus propios brazos. No había rastro de la jaima que le cobijó la noche anterior. Su cantimplora volvía a estar llena de agua. El sol ya estaba en lo alto del cielo. En el entorno vislumbró a la manada de hielas que parecía seguir su rumbo como si acechasen a una víctima de su propia osadía, alguien que tarde o temprano acabaría sucumbiendo.
El hombre inició de nuevo su camino en dirección hacia el sol naciente. El día era más caluroso que el anterior y pronto comenzó a notar la humedad que su sudor provocaba en una piel ya reseca por la intensidad de las últimas jornadas.
El cansancio hacía mella conforme iban pasando las horas. Ya no bastaba con reconocer las plantas y buscar analogismos entre las hojas de unas y de otras ya que cada vez eran menos frecuentes. Tampoco bastaba con intentar dar nombres nuevos a las tonalidades de la tierra o a las aristas de las rocas que encontraba a su paso. Ni era suficiente con advertir dónde y cuándo encontraba un lagarto, o una langosta, o un ciempiés. Nada era suficiente para que su mente no cejase de ir, una y otra vez, a beber de la fuente del cansancio.
El terreno se hacía cada vez más inhóspito. La temperatura aumentaba muy deprisa y el árbitro intentaba protegerse del sol colocando las manos sobre la frente. Iba contando las gotas de sudor que le resbalaban por la nariz y se desprendían desde la punta de la curva nasal como almas olvidadas e iban cayendo a un suelo que cada vez quemaba más.
Los roquedales sedientos se iban mezclando con otras zonas en las que pisar la arena se hacía casi insoportable. El calor sofocante le asfixiaba al igual que su sed, su dolor y sus remordimientos. Había bebido sin control a consecuencia de las altas temperaturas y ya no quedaba agua en su cantimplora. Sus ojos tenían la mirada lánguida de quien espera que se ejecute la sentencia porque ya hace tiempo que perdió la esperanza de salvarse. 
Pasado el mediodía, ya dentro de las horas soporíferas de la tarde, le era imposible continuar caminando. Se detuvo y buscó con la mirada alguna zona donde poder guarecerse. Estaba en una planicie desolada. No había vegetación, ni tan siquiera una roca grande que proyectase algo de sombra. Empezó a creer que había llegado a su final. Miró con amargura aquel paisaje casi desértico y se le ocurrió una idea para intentar descansar y confiar en la providencia. El suelo era muy arenoso y pensó en cavar un agujero y colocar parte de su ropa haciendo una pequeña loma que le diese sombra.
Se puso a cavar protegiéndose las manos con trozos de tela que arrancó de los pantalones. Cuando consideró que ya era suficiente, dispuso la chaqueta como falso techo del agujero y antes de introducirse en la oquedad arenosa, dirigió su mirada hacia el camino recorrido. A lo lejos vio caminar en su dirección al grupo de hienas. Iban a paso lento, con la mirada fija en la distancia. Vio su imagen reflejada en los ojos de los animales. Y se aterrorizó.
Comenzó a preguntarse cómo sería morir siendo devorado por las hienas. Y se cuestionó toda su vida hasta ese momento. Gran parte de ella había estado destinada a conseguir destacar como un gran árbitro. Había sublimado la mayoría de sus esfuerzos en una carrera hacia la fama y el dinero, escaso para el que ganan las estrellas del fútbol, pero muy abundante para lo que él había conocido en su vida de aldeano. ¿Realmente había tenido sentido? Sabía que había descuidado muchas otras cosas. Pero ahora ya no importaba nada. Iba a morir. Y la muerte le horrorizaba. No sabía si tendría la valentía suficiente para notar las dentelladas de las hienas mientras, aún con vida, fuese impotente para alejarlas del agujero en el que estaba y que podía ser su improvisada tumba.
Su mente se nublaba por momentos, la falta de agua en su organismo hacía que sus ojos resecos no percibieran con nitidez la luz. Apenas tenía energía para recordar alguna oración y poder rezar pidiendo clemencia para sus pecados. Se desmayó dentro del agujero excavado en la arena y perdió el conocimiento.
Así pasó varias horas. El sol cayó del cielo por el lado opuesto al que había salido y los colores del crepúsculo comenzaron a matizar la arena con una melancolía enlutada por los siglos. Su cuerpo notó que las temperaturas habían bajado. Su propio sudor le había guarecido de la deshidratación extrema. Su corazón había reducido los latidos al ritmo necesario para mantenerle con vida.
Despertó en medio de aquella soledad. Aún tenía en los oídos el zumbido silbante del viento, el mismo viento que seguía batiendo la arena, pero ahora con menor intensidad. Estaba solo y aislado en medio de ninguna parte. Completamente solo y sin esperanza. Era una soledad de alma y no de presencia física de otros seres. Que los había. Recordó la imagen de las hienas. Levantó la cabeza y las vio sentadas sobre sus patas traseras a menos de cincuenta metros de donde se encontraba. Su estómago gruñó como muestra de hambre y también de pavor. Tuvo que bajarse los pantalones y alejar de su interior las muestras del miedo. No pudo notar su desagradable olor porque su mente y sus ojos estaban centrados en las hienas. Un puñado de arena hirviente le sirvió de higiene para su esfínter.
Las alimañas del desierto no se lanzaban a por su presa. Esperaban tranquilamente. Entonces giró su cabeza hacia el este y, alumbrada por las últimas luces del crepúsculo y unas pequeñas lenguas de fuego, divisó a unos cien metros de dónde se encontraba, una jaima igual a la que le había proporcionado refugio la noche anterior.

Se dio cuenta de que en todo el día no había pensado en la enigmática figura de la escriba. Recordó que era inusual que un escriba fuese mujer. A lo largo de los siglos, el conocimiento y la cultura habían estado reservados a los hombres. ¿Cómo era posible que una mujer, además de cumplir con su función de proveer alimento al hombre, tuviese los conocimientos que le había demostrado la noche anterior? Pero no quiso detenerse a pensar más, ni quiso creer que la presencia femenina fuese consecuencia de algún oculto embrujo. Las hienas estaban allí, donde muere el crepúsculo, esperándole, y él, con las pocas fuerzas que le quedaban iba a correr hacia la jaima implorando auxilio.

CONTINUARÁ...

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miércoles, 5 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta).Parte 7





7

Gamal se atragantó con el bocado que masticaba al oír la funesta advertencia de la escriba. Y se dispuso a escuchar.
—Hace varios siglos, cerca del lugar donde estamos ahora, había dos aldeas que estaban una a cada uno de los lados del Nilo. La aldea situada en la margen derecha se llamaba Nadir y la de la margen izquierda Ibz. Cada una de ellas poseía una gran colmena de abejas. Las colmenas estaban situadas en las riberas del río, dentro de las zonas donde crecían numerosas plantas, árboles y hierbas con flores aromáticas. Había abundantes flores que las abejas libaban para producir el dulce alimento que conocemos como miel.
»El devenir de las aldeas era observado desde sus altares estelares por los Dioses Amón y Hathor. Las divinidades veían con curiosidad cómo los habitantes de esas pequeñas poblaciones intentaban conseguir la mayor cantidad posible de miel para asegurar parte del sustento de sus familias. Para ello no renunciaban a nada. Incluso había grupos de jóvenes que se arriesgaban a cruzar el río en viejos bajeles para robar algún panel de las colmenas de la aldea vecina. Aquellos asaltos creaban una enemistad permanente entre los pueblos.
»Los dioses decidieron elegir cada uno a un pueblo y establecer una competición que resolvería el problema. Dispusieron las reglas que tendría el juego. Fijaron el tiempo que duraría la competencia en dos estaciones. Y acordaron que el premio para el dios ganador sería reinar durante una década en todo Egipto, mientras que el dios derrotado vería como todos los habitantes de su aldea perecían a causa de una enorme plaga de hormigas rojas del desierto.
»Amón, divinidad del aire, dios tebano de piel rojiza y azul que a veces aparecía en forma de animal con cabeza de carnero llevando un tocado con plumas y un disco solar en la base, estaba satisfecho con el desafío. Sabía que al poseer una influencia tan decisiva sobre el aire, haría posible que las abejas de su aldea viajaran con mayor velocidad, y por el contrario, intentaría oponer un aire adverso al vuelo de las abejas competidoras. Las mismas ventajas y dificultades serían también para los habitantes de cada una de las aldeas contrincantes. Durante varias jornadas, Amón estuvo preparando a los habitantes de Nadir, la aldea de la margen derecha, para partir con ventaja en el juego.
»Desde el otro trono estelar, Hathor, divinidad cósmica, diosa del amor y la danza, diosa de las artes por excelencia, preparaba su estrategia para la aldea de la margen izquierda. Los habitantes de Ibz notaban la presencia permanente de la diosa, que aparecía como una vaca con cuernos que sujetan un disco solar. Hathor era muy respetada por todos. Como diosa madre producía el alimento y daba vida al árbol celestial.
»Ambos dioses hicieron una selección entre los habitantes de cada una de sus aldeas. Fueron eligiendo a los jóvenes más osados y a los ancianos más sabios. Había que hacer compatibles fuerza y habilidad, también inteligencia y sabiduría en el cuidado de las abejas.
»Y comenzó el juego.
»Durante las primeras lunas la competición fue muy pareja. Las cantidades de miel obtenida de cada colmenar eran similares. Y la calidad del alimento era muy parecida. Apenas había diferencias en el producto del trabajo aunque sí las había en la forma de obtenerlo. La actividad era frenética en el entorno de las aldeas.
»Todas las noches se reunían los viejos de cada aldea para dialogar sobre la forma de aumentar el rendimiento de las abejas. También discutían sobre la forma de dificultar la producción de la aldea enemiga. En ambos lados de la contienda se crearon especialistas en la defensa de las colmenas y comandos encargados de asaltar las colmenas del adversario.
»Los dioses disfrutaban con la competición. Discutían con pasión sobre las aptitudes de cada cual o las miserias humanas que demostraban frecuentemente. Algunos de los seleccionados de cada bando se creían con más derechos que otros, se sentían señalados por los dioses y menospreciaban a otros con toda clase de insultos.  Los ancianos de cada comunidad tenían que solucionar todos los problemas que ocasionaban los egoísmos y las envidias que se suscitaban entre los jóvenes. Los problemas aumentaban cuando había por medio algunas miradas sugerentes de las mujeres en edad de merecer.
»Los habitantes de Nadir, que como ya te he dicho, era la aldea de la margen derecha del Nilo, y estaba apadrinada por Amón, dios del aire, hizo crecer muchas plantas de romero, irrigó los terrenos de arbolado y esperó pacientemente a la floración de sus naranjos para que el azahar hiciese aumentar la producción de sus abejas.
»Los que vivían en la aldea de la margen izquierda, los jóvenes y viejos de Ibz, cuya protectora era Hathor, además de cuidar todas las plantas que de forma natural crecían en las riberas del río, sembraron trigo y cebada para que la mayor producción se concentrase en el tiempo de floración de los cereales que luego servirían de alimento para el pueblo y para el ganado.
»Siguieron pasando las lunas y concluyó el tiempo de la primera estación. Los dioses comprobaron el estado de sus aldeas y convinieron que estaban en igualdad. Cada uno retiró de sus equipos a los más cansados y los sustituyó por otros que habían mostrado ganas de colaborar.
»Pasaron las jornadas entre esfuerzos y estrategias sin que ninguna de las aldeas lograse destacar en la cantidad de miel obtenida. El tiempo de la segunda estación iba llegando a su final. Mientras tanto, a muchísimas jornadas de distancia, allí donde el Nilo bebe de sus fuentes, habían comenzado las lluvias de temporada antes de lo previsto por las predicciones obtenidas en los sacrificios realizados por el faraón. El río bajaba con mayor caudal y comenzaron a inundarse algunas zonas de las riberas. Aunque la gran crecida no se esperaba aún, todo hacía indicar, que el proceso por el cual se purificaban las tierras de Egipto, se había iniciado.
»Las colmenas estaban en lugares relativamente elevados para el nivel normal del río, a salvo de las crecidas de los últimos años. No obstante algunos ancianos se preocuparon de que la impredecible cantidad de aguas del río pudiese afectar a sus colmenas. La aldea de Nadir confió en la tradición y en que durante los últimos años las aguas no habían subido hasta sus colmenas. La aldea de la izquierda, Ibz, creyó conveniente levantar un muro de sacos de tierra alrededor de la zona donde estaban sus colmenas.
»Cada día se vigilaba cuánto subía el nivel del agua y se comparaba con las anotaciones obtenidas en crecidas anteriores. Se hacían cálculos y ofrendas a los dioses para que permaneciesen a la expectativa por si se tenía que recurrir a su magnanimidad.
»Cuando llegó la gran crecida era plena noche. Los aldeanos dormían y los dioses estaban distraídos con otra clase de juegos, algunos de ellos poco moralizantes pero de gran disfrute. Antes de dejarse llevar por el frenesí, Amón y Hathor habían convenido que a la mañana siguiente darían por terminado el juego, medirían los rendimientos de cada colmena y proclamarían vencedor al que más cantidad de miel tuviese. Procederían tal y como establecieron al principio.
»Y sucedió lo imprevisto. Lo que nadie esperaba, ni tan siquiera había soñado que pudiese ocurrir.
»Un enorme cocodrilo, que había seguido la inercia de las aguas, olió los animales de la aldea de Ibz y se dirigió hacia donde el olfato le indicaba. Excitado por la cercanía de sus presas y por la voracidad del hambre que habían provocado varios días sin comer, se movió con energía entre las aguas revueltas y los cañaverales hasta llegar al muro de sacos terreros. La misma energía que ansiaba sentir la sangre dentro de sus enormes fauces fue la que, de varios golpes, ocasionó el derribo de los sacos, dejando una brecha abierta por la que pronto comenzó a penetrar el agua.
»La gran crecida llegó en las horas siguientes. Fue la mayor que había habido en la última década. La desproporcionada cantidad de agua que el Nilo trajo, anegó por completo las colmenas de Ibz, ahogando a las abejas, y arrastrando los productos de su trabajo hasta un lodazal cercano, donde se hundieron para siempre. Sin embargo las colmenas de Nadir apenas se vieron afectadas.
»Cuando se levantó el sol los aldeanos desperezaron y comprobaron la dimensión de la crecida. Los dioses también vieron lo que había sucedido. Amón se proclamó vencedor. Y reclamó a Hathor el precio de su derrota. Por tanto Amón debía reinar durante las próximas estaciones en todo Egipto y Hathor vería impotente cómo las hormigas rojas del desierto iban llegando a cientos de millones hasta la aldea y devoraban, uno a uno, a todos sus habitantes. En pocos días la aldea de Ibz quedó totalmente en silencio, fue arrasada por la voracidad de las hormigas. Los esqueletos de los hombres y mujeres que antes soñaban con alcanzar una vida mejor, eran ahora el refugio de las ratas y los nidos de las serpientes.
La escriba concluyó su relato marcando el tono de sus palabras con un aura de misterio. Sus ojos negros miraban fijamente la expresión de Gamal. La mujer hizo un breve silencio y casi sin dar tiempo para que el árbitro procesara en su mente todo lo que le había contado, alzó la voz y le preguntó:
—¿Consideras justo el resultado?
El hombre se mantuvo durante unos minutos callado. La amenaza de que su vida dependía de su atención le había mantenido con los cinco sentidos en cada una de las palabras que la escriba había pronunciado. No esperaba un interrogatorio sobre la valoración de su contenido, sino más bien, un ejercicio de su memoria sobre detalles del texto.
Al cabo de unos minutos de profunda meditación, Gamal dijo:
—Hay dos factores que han influido en el resultado y que no estaban en las reglas del juego. El primer factor es la inusual crecida del Nilo, su intensidad no estaba prefijada. El segundo y más esencial, fue la actuación del cocodrilo. Nadie contaba con la decisión privada del animal, una decisión motivada por cuestiones, meramente individuales. La decisión del reptil alteró considerablemente el resultado del juego. ¿Qué hubiese pasado si el cocodrilo no rompe la barrera de sacos? No lo sabemos. Pero es posible que el agua no hubiese inundado las colmenas de Ibz y por tanto la diosa Hathor no tenía por qué ver a sus aldeanos siendo víctimas de la adversidad.
—Ya, pero ésa no es la cuestión. La pregunta es si consideras justo el resultado de que la aldea de Nadir, y por consiguiente el dios Amón, ganasen el juego.
—Eran quienes más miel tenían, ¿No?
—Sigues sin contestar.
Al árbitro le corrían chorros de sudor por la frente. No se atrevía a ser más concreto. Un tremendo escalofrío le recorrió la espalda como si de un latigazo se tratase. La temperatura había bajado ostensiblemente. Dentro de la jaima hacía mucho frío. Gamal temblaba tanto como las velas que daban luz a las dos imágenes de Amón y de Hathor. Los dioses presidían la estancia en la que apenas quedaban  algunos restos de la comida que había servido la escriba. En el ambiente se respiraba un intenso olor a incienso y otros aromatizantes, esencias que ardían en tres bandejas colocadas en un triángulo que dejaba a la escriba en el centro.
—Lo más justo hubiese sido repetir el juego en las estaciones siguientes —se atrevió a decir Gamal con una voz dubitativa e implorante.
La escriba le miró con cierta benevolencia y le dijo:
—Esta noche podrás dormir tranquilo. Acuéstate en el suelo, que tu cuerpo sienta de cerca el poder de la tierra, serénate y presta oído a las vibraciones del planeta.



CONTINUARÁ...

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martes, 4 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta).Parte 6





6


Gamal despierta tumbado en el suelo. Está apoyado sobre la tierra seca y polvorienta de una zona desconocida para él. Ha dormido junto a una enorme palmera de la que se derraman algunos dátiles maduros.
Va vestido con el mismo traje que llevaba puesto cuando viajó desde Seúl hasta El Cairo, el mismo con el que ha permanecido veinticuatro horas en una silla y el mismo con el que le han transportado mientras dormía hasta este alejado lugar de la civilización y del consumo.
Todavía resuena en su oído el timbre de la voz que le anunció su inmediato reto. Era como si le estuviesen hablando desde ultratumba.
Gamal se incorpora y ve cómo pasan las hormigas con hojas y grano camino del hormiguero. Tiene algunas enganchadas al pantalón que sacude con cuidado. Mira a su alrededor. Ve una enorme superficie de tierra con arbustos entre los que reconoce sicomoros, tamariscos, y árboles como acacias y algarrobos.
A pocos metros de él comprueba que hay una manada de hienas sesteando bajo una higuera. A lo lejos ve trotar a varios asnos salvajes. Y un chacal le mira fijamente subido en una pequeña colina. Las montañas son de escasa altura y se ven desgastadas por la influencia de la erosión de los siglos. El viento y la lluvia son los obreros más eficientes que existen.
Se gira en redondo y no divisa nada que haga suponer la cercana presencia de población autóctona o visitante. Tampoco ve caminos ni veredas por los que guiarse. Ni senderos de ganado.
Una avispa zumba cerca de su oreja. Se sacude con la mano con cierta violencia. La avispa persiste en su acoso y Gamal se ve obligado a dar unos pasos para poder eludir la insistencia del insecto. Es entonces cuando ve que junto al tronco de la palmera hay una cantimplora. Se acerca y la coge. La abre. Huele y bebe con cuidado. Paladea y reconoce el sabor insípido del agua. Vuelve a beber un trago largo. Luego mueve la cantimplora para comprobar que está casi llena. —Debe tener algo más de un litro—, se dice. No se atreve a beber más por si tarda en encontrar un lugar donde rellenar el contenido.
Levanta los ojos y nota cómo el sol golpea con fuerza a la tierra. Sus rayos más cálidos están aún por llegar hasta todos los rincones de la superficie que tiene frente a sí. Su fuerza también va a aguijonear a Gamal, quien decide en este momento, tal como le habían indicado, iniciar el camino hacia el sol naciente, hacia el este.
Camina durante todo el día sorteando todos los obstáculos del relieve que va encontrándose. Va racionando el agua de que dispone con la esperanza de encontrar algún nacimiento, alguna fuente o algún pozo donde abrevar.
La caída del sol está muy próxima y no ha encontrado a nadie. Sólo tierra. Tierra y vegetación. Tierra y fauna. Apenas tiene agua, está fatigado, casi desesperado y… acaba de ver a lo lejos lo que le parece una jaima. Ese avistamiento representa la posibilidad de encontrar quien le provea.
A lo largo del día ha tenido varías visiones que luego resultaron ser sólo espejismos. Le sucedió con la caravana de dromedarios que resultó ser una fila de sicomoros movidos por el aire. Más tarde creyó ver la imagen de un gigante haciéndole señas para que se acercase, una imagen de presencia salvadora que en realidad era un algarrobo del que colgaban sus frutos como láminas de tejido. Ya no se fiaba de ninguna de sus visiones.
Fue acercándose poco a poco hacia la imagen que sus ojos le ofrecían, iba arrastrando los pies como pequeñas escobas que rizaban la arena. Había protegido su calzado con dos trozos del forro interior de la chaqueta que ahora llevaba anudada al cuello y en forma de turbante sobre su cabeza.
Al llegar a la altura de la imagen, descubrió asombrado una nueva presencia. Era la figura femenina de una mujer ataviada al estilo tradicional que le conminó a que se sentase en el interior de la jaima. Se presentó como una escriba enviada para proteger sus noches del frío y de las alimañas. También le dijo que debía ponerle una prueba que había de superar para poder despertar a la mañana siguiente. Le dijo que no temiese y que debía comer de lo que encontrara servido sobre una alfombra.
Había frutos secos, pan y queso. También había una jarra de agua. Gamal comenzó a comer sin pensárselo dos veces. Mientras comía, la escriba se sentó con los pies cruzados delante de él, y con una voz modulada y dulce, comenzó a contarle una historia. Le dijo que debía prestar toda la atención de que fuese capaz porque en ello le iba la vida.



CONTINUARÁ...

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domingo, 2 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 5





5


El viaje ha resultado completamente agotador para Gamal. Primero fueron sucediéndose varios vuelos con escalas en distintos aeropuertos y sus correspondientes transbordos para seguir el rumbo marcado hasta la ciudad de El Cairo. Luego fue aumentando el efecto de la tensión acumulada durante los últimos días a causa de la incertidumbre. Más tarde pusieron la guinda sobre su estado nervioso todos los requerimientos y las enérgicas imposiciones de sus acompañantes.
Después de aterrizar, los dos hombres que le escoltaban le han conducido con urgencia por las instalaciones del aeropuerto: zona tres de vuelos internacionales, área de recogida de maletas y por último la aduana. Tramitados los documentos de entrada al país, los sabuesos le han llevado en volandas hasta la puerta de salida del terminal de carga, donde les esperaba una furgoneta con los cristales tintados. Y le han metido dentro de un empujón, sin más contemplaciones.
Todo el tiempo del traslado ha ido preguntándose hacia dónde le llevaban y quiénes eran aquellos hombres de aspecto tan desalentador, aquellos perros de presa, de los cuales no recibía más que indicaciones secas y, por más que insistía, nunca obtenía ninguna respuesta a sus preguntas.
Ahora ya lo sabía. Iba a ser sometido a un juicio especial bajo el más absoluto secretismo.
Gamal está en una habitación cerrada situada en algún lugar clandestino de la capital egipcia. Éstas son instalaciones gubernamentales vinculadas a los servicios especiales. Ha sido atado con cáñamo trenzado a una silla ubicada en el centro de la habitación. El habitáculo es un rectángulo totalmente vacío, de paredes grises hechas con aglomerado y yermas de decoración. Frente a él tiene una gran pantalla de televisión. A su espalda hay un cristal blindado que no deja pasar la imagen. Sobre el dintel del marco que encuadra el cristal de seguridad hay un pequeño altavoz. Una luz blanca y persistente cuelga sobre su cabeza, y junto al cable de la lámpara, se desliza hacia el suelo, como minúscula áspid, la cabeza de un micrófono unido a un extremo de plástico negro. El resto de la habitación está totalmente vacía.
Su cuerpo suda profusamente como consecuencia del calor y de la tensión nerviosa que sufre, y que está a punto de colapsarle, y de dejarle tan tieso como a una sardina envasada al vacío. El cordaje de las ataduras le oprime el pecho mucho más que su congoja. Le han inyectado un fármaco para mantenerle despierto durante el periodo en que dure su internamiento.
Sus ojos, vidriosos y amoratados, perciben las imágenes reiteradas que emite el televisor que tiene a dos metros de su cara. Lleva casi veinte horas viendo el último partido que arbitró en el mundial 2002. Se sabe de memoria cada una de las jugadas y de los movimientos de todos los jugadores, tanto con balón como sin balón.
No puede más. Ha suplicado en varias ocasiones que le suelten, que él no ha realizado nada de lo que tenga que arrepentirse. Sólo ha obtenido el silencio por respuesta tras el eco de sus palabras. Su voz parece no existir ante la oscilación machacona del sonido ambiente del partido.
Aunque su mente se ha distraído con la preocupación creciente sobre qué le va a suceder, o con la asfixia agobiante y el bochorno que riega su cuerpo de un líquido pegajoso, también ha tenido tiempo de reconocer cada uno de los errores que cometió en aquel encuentro de cuartos de final. Se ha lamentado para sí, pero sabe que es incapaz de remediar nada de lo sucedido.
Después de tantas horas, se escucha un chasquido metálico y por el altavoz suena una voz grave y autoritaria.
—Gamal… ¿Te das cuenta de que has desacreditado la imagen del pueblo egipcio? ¿Te das cuenta de que te has cagado en el honor de todos tus hermanos?
—Lo siento… Lo siento profundamente… Yo no quería…
—Eres un irresponsable.
—Yo no quise que sucediese nada que manchara el honor del pueblo egipcio, fue el cielo quien lo quiso.
—No busques escusas. Tú y sólo tú has permitido que en medio mundo sólo se hable de tu mala actuación. Y claro, la gente no dice el árbitro, dice el árbitro egipcio y eso implica que tu mierda nos salpica a los demás… ¿Comprendes?
—Sí.
—Has dañado muchísimo la imagen, ganada con milenios de sangre y esfuerzo, de nuestro gran país. Has hecho enfurecer a nuestros antepasados. Las tumbas del Valle de los Reyes se están moviendo ahora mismo con la energía que la ira provoca en sus moradores. Desde algún lejano lugar de las estrellas nos llegan claros mensajes de reprobación. Nuestro pueblo no puede admitir tu actuación ante los ojos de todo el mundo.
—Ya he dicho que lo siento mucho. Pité lo que mis ojos vieron. Pero algo hizo que mi percepción no fuese le correcta. Y fue algo que se me escapa, que mi capacidad de entender no puede descifrar.
—El único responsable eres tú.
—No. No soy totalmente responsable. Aunque tenga una parte de culpabilidad. Lo arreglaría,  pero no sé qué puedo hacer para recompensar a los que se sientan dañados.
—El gobierno teme que el número de turistas descienda dramáticamente y los recursos del estado se vean muy mermados. Tememos que desde otras latitudes ya no se vea a nuestra civilización como uno de los pilares del saber y la justicia. Es posible que hasta se cuestione el origen humano de las pirámides. Habrá quien asegure que con lo que llevas en tu genética no se pudo construir nada trascendental.
—Estoy muy fatigado y abrumado por todo esto. De verdad que…
—No nos explicamos cómo te atreviste a poner en duda la justicia suprema que siempre ha caracterizado al hacer de los hombres nacidos entre las dunas del desierto y las riberas del Nilo.
—No sé qué decir…
—Desde los templos de Tebas hasta la capital y desde el mar Rojo hasta el desierto libio, corren toda clase de comentarios. Se multiplican los alegatos reprobatorios y las peticiones para que se te imponga un castigo ejemplar.
—Perdón. Pido perdón con todo mi ser.
—Así que cuando termine este juicio sumarísimo serás sentenciado según el saber de nuestra civilización.
—Vuelvo a rogar perdón. Y lo hago antes de conocer qué se dictaminará sobre mi proceder.
—Tus actos han sido objeto de juicio por todo el mundo. También por nuestros jueces. Un tribunal te escucha detrás de estos cristales que tienes a tu espalda. Ese tribunal hablará cuando tenga una sentencia. El veredicto ya está acordado. Eres culpable.
—Perdón. Ruego al tribunal el perdón que todo hijo de las dunas tiene derecho a percibir una sola vez en su vida. Y lo solicito ahora. Aunque admitiré y acataré el castigo que se me imponga. Pero solicito la benevolencia de quienes me escuchen y se apiaden de la flaqueza de mi condición humana.
—El tribunal hablará por mi boca cuando tenga una sentencia. ¿Tienes algo que alegar en tu favor?
—Yo —dudó Gamal intentando encontrar las mejores palabras—, yo… estoy en manos de los dioses. Su suprema voluntad guiará mi destino. Aceptaré mi castigo.
—Pues bien —dijo la voz en un tono aún más solemne al iniciar la argumentación de la sentencia—, no se trata sólo de que cumplas el castigo que se te imponga, que por seguro debes tener, se trata, sobre todo, de que dentro de ti realices un viaje para expiar tus culpas, un viaje interior que haga aflorar la luz de la sabiduría con que nos agasajaron los dioses desde nuestros antepasados hasta nuestros días.
—Haré lo que se me diga. Seré digno de nuestros ancestros.
—Si es así, si estás humildemente dispuesto a transformar la naturaleza de tu espíritu, te concederemos la oportunidad de hacerlo.
Gamal guardó silencio e inclinó la cabeza en señal de sumisión. La palabra oportunidad le había creado expectativas favorables pero aún mantenía una inquietud nerviosa por conocer su futuro inmediato. Estaba expectante ante las siguientes palabras de la voz y se mantenía tenso a pesar del cansancio. Tenía miedo por la posible dimensión del castigo, aunque un sentimiento de gratitud se iba abriendo paso, cada vez con más fuerza, desde las más ocultas cavidades de su corazón hasta los alvéolos que empujan el aire con que se afina la voz, para poder decir:
—Gracias.
—Pero te adelantamos que será muy duro. Tendrás que poner a prueba tu capacidad de supervivencia, y también de regeneración de los verdaderos valores de nuestra cultura. Te someterás al juicio de los elementos. Tierra, fuego, aire y agua, decidirán tu futuro.
—Estoy dispuesto. Llevo muchas horas en ayuno. Este estado hace que aflore a la superficie de mi mente la esencia de mi espíritu. Me someteré al designio de los elementos.
—Así será pues. Cada uno de los elementos te pondrá a prueba de forma imperceptible para ti. Deberás superar sus pruebas para poder sobrevivir. Tu vida está en juego. No habrá otra salida. O logras ganar la batalla contra la injusticia o ingresarás en el reino de los muertos. Si lo haces, no tendrás opción para obtener la inmortalidad, ni la vida extraterrena.
—Así lo haré.
—Para terminar, tan sólo una advertencia. No camines nunca hacia donde el sol se oculta, hacia donde espera la barca de Ra para cruzar la gran balsa de la sombra.
Después de estas palabras se hizo el silencio en la habitación. La pantalla del televisor dejó de emitir las imágenes repetidas del partido España - Corea del Sur. El rectángulo del aparato quedó inundado por una duna de puntos blancos y grises que dejaban su superficie salpicada de manchas, era un territorio indefinido, abisal, en el que la profundidad de la mirada de Gamal se perdía por completo en un horizonte sin fronteras.



CONTINUARÁ...

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