martes, 27 de junio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 2







2

Ahora está aquí, en esta habitación maravillosa, presuntamente protegido y a salvo de los desmanes de sus acosadores. Debe relajarse. Él es un árbitro internacional, un colegiado de balón pie. —Lo que ha ocurrido forma parte de los riesgos de la profesión, —piensa—, dentro de unos días ya no se acordará nadie de lo sucedido, ni de mi cara—. Esta idea refuerza su estado de ánimo.
Gamal intentó superar sus dudas. ¿Qué le puede suceder a un árbitro que pertenece a la muy insigne y faraónica asociación egipcia de árbitros, una asociación que no suele expresar su filiación en siglas para no desvirtuar su categoría? Y menos a él, un privilegiado de la fortuna al que sus colegas se suelen referir como el hijo de la gran pirámide. Sabe que es un miembro destacado de la entidad a la que pertenece por derecho propio. Ha sido agasajado por los miembros de junta directiva de su federación. Tiene en su poder todos los galardones que se otorgan en su país a tan digna profesión. No ha de temer nada.
El hombre se sienta junto al escritorio de madera caoba y bambú que preside uno de los laterales de la habitación.  Coloca su diario sobre la superficie satinada de la mesa y se dispone a anotar algunas ideas que le refuercen su autoestima después de los descalabros que ésta ha sufrido en las últimas horas. Ahora se siente cómodamente instalado, refugiado en el anonimato y protegido por las autoridades del país anfitrión. Ésta es la suite para personajes especiales que existe en el mejor hotel —eso dice el catálogo— de Corea del Sur.
A Gamal le gusta el fútbol. Dicho así, como afirmación desnuda, sin adjetivos ni comparaciones, parece una cosa simple. Nada más lejos de la realidad. Para él, el mundo del fútbol es un todo absoluto en torno al que gira su existencia. Ver rodar la pelota supone constatar con alegría que en la superficie del balón se refleja casi todo lo que tiene sentido.
Desde joven ha sentido el sagrado llamamiento del silbato. Cuando se viste de corto para saltar al campo y dirigir un encuentro se transforma vertiginosamente en señor todopoderoso, en valedor de la norma escrita y en fedatario de lo que pueda acontecer. Adopta de inmediato un semblante autoritario, con matices de ironía mordaz y sobre todo, igual que los antiguos faraones de su tierra, adquiere la disposición de alma que posee un juez implacable para hacer valer las reglas del juego.
Nunca se ha creído culpable de nada. Cuando en alguna ocasión en su juventud, tras mover algunas piedras para procurarse un asiento mejor, los escorpiones que dormían bajo ellas habían campado a sus anchas y le habían picado a alguno de sus amigos, llegó a decir que siempre son las disposiciones del destino las que interpretan las circunstancias. Y que por tanto él no era responsable del veneno de los escorpiones ni de su instinto asesino.
Tampoco se cree un cobarde. El día en que se enfrentó a los que le llamaban ventosidad de dromedario, desapareció de su vocabulario esa palabra. Eran cuatro los jovenzuelos de la aldea que siempre andaban mofándose y retándole para que demostrase su hombría. Una mañana les citó para que aquella noche, a las puertas de una mastaba cercana a la aldea, le demostrasen a él lo hombres que eran ellos.
Durante la siesta, se acercó hasta la tumba de la antigüedad que muchos conocían como la cueva del río de la muerte y preparó, junto a la entrada, unas chilabas que colgó del techo con mucha habilidad para que pareciesen espíritus en pena. Deslizó sobre el suelo unos cordeles que tensó y ató a unas tinajas, dentro de las cuales dispuso unas teas encendidas, de tal modo que al pisar el cordel se tumbaran.
Cuando aquella noche estuvo ante la puerta de la mastaba con sus amigos, les indicó que entrasen detrás de él y vieran cómo vencía al espíritu de Amón. Gamal fue adentrándose sorteando los cordeles. Cuando los amigos pisaron los hilos que sujetaban las tinajas, éstas se tumbaron, las teas iluminaron el interior y encendieron las chilabas que colgaban del techo. La visión que se presentó ante los amigos de Gamal fue terrorífica. Mientras, él levantó los brazos, impasible, y gritó:
—Ven aquí, Amón, Dios del fútbol, Dios del juego que aparece en los grabados de tu templo en Tebas, Dios del juego que aparece en los grabados de las tumbas de Menfis y Sakkara. Ven. Manifiéstate…
Los amigos corrieron despavoridos mientras él explotaba en una carcajada demoníaca.
Después de aquello su imagen se agigantó entre sus iguales. El valor para tomar decisiones se le supone desde entonces. Y la tozudez posterior a la toma de decisiones no es algo de lo que presuma sino una característica absolutamente verídica. Que se lo pregunten a sus hermanos cuando se obcecó en colocar huevos de gallina bajo su camastro para demostrarles que no se rompían y que durante la noche desaparecían. A pesar de que cada mañana aparecían restos de cáscaras en el suelo, nunca admitió que algunos se rompiesen. Ni que se comía a escondidas los demás.
Sin embargo hay ocasiones, como las que sucedieron hace dos días, en las que después de tomar una decisión arriesgada, se le atraganta el silbato en la boca y la saliva se convierte en una pasta amarillenta con textura de arena que le impide hablar. Entonces opta por esgrimir la pose de una estatua, una esfinge arbitral que simula al guardián de las pirámides. Los espectadores afectados por su decisión toman esa pose por la efigie de un pasmarote, a la que añaden algún que otro calificativo oloroso. Él ni se inmuta.
Durante el partido entre España y Corea del Sur, el árbitro egipcio tuvo que adoptar en numerosas ocasiones la posición de esfinge. Ahora recuerda especialmente algunas de esas situaciones melodramáticas. En el minuto cincuenta, Gamal anuló un gol a Rubén Baraja alegando que había hecho falta antes. Así lo quiso ver y así lo señaló. En el segundo minuto de la prórroga anuló otro gol legal a Morientes. Consideró que el balón conducido por Joaquín había salido fuera. Él no vio la repetición y aunque la hubiese visto, lo que le mandaba su mente era que el balón había salido fuera. A lo largo de todo el partido cortó varios desmarques de jugadores españoles considerándolos fuera de juego sin que lo fuesen. Se quedaban solos delante del portero y eso no lo podía permitir. En la última jugada del partido, cuando España tenía que sacar córner, dio por finalizado el tiempo reglamentado antes del lanzamiento. No era justo que después de que el equipo anfitrión aguantase tanto tiempo con empate a cero, el equipo visitante, es decir, España, tuviese la oportunidad de ganar el partido en la última jugada.
Fueron buenas decisiones, sobre todo para los intereses de los organizadores. Desde su postura de esfinge pudo ver las caras de los dos entrenadores. A uno le vio rostro de pocos amigos, ira contenida y ráfagas de sudor bajo los sobacos. Al otro le notó una sonrisa felina similar a la de los gatos enjaulados cuando atisban, entre los barrotes de su celda, un espacio suficiente para evadirse del encierro al que están sometidos.
Gamal recuerda puntualmente la jugada del gol de Morientes en el minuto dos de la prórroga. Era un gol de oro. Allí habría acabado el partido con la victoria de España. Al insigne árbitro le viene a la mente que después de señalar que la pelota había salido fuera y que era saque de portería, durante un instante quiso arrepentirse de la acción que acababa de realizar, dudó de la oportunidad de su golpe aleatorio de silbato, de su osadía o quizá tuvo la  certeza del disparate que acababa de cometer. Sin embargo no rectificó. No lo hizo para no convertirse en un fugitivo que huye de las secuelas de sus decisiones, para no verse corriendo a lomos de un dromedario por las dunas del desierto. En el último momento tuvo la certeza de que él poseía la gracia de Dios y que ese poder divino le resguardaba de todo lo humano. También recapacitó sobre lo que quizá le hiciesen aquellas decenas de miles de aficionados de Corea del Sur que gritaban sobre su cabeza.
 —Si estos tíos se comen los perros… ¡qué harían conmigo!


CONTINUARÁ...

NOVELA CORTA
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)



lunes, 26 de junio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 1




EL ÁRBITRO

1

Un hombre despierta entre las sábanas revueltas de una enorme cama con dosel. Tiene la mirada perdida en lo más profundo de las sombras de la habitación. Está en la suite Embajador de un lujoso hotel de Seúl.
El sudor le cubre toda la piel con una escarcha de angustia. Le cuesta respirar con normalidad e incluso tiene dificultades para poder identificar con precisión cuál es su ubicación en el mundo. Todo lo que ve a su alrededor le parece irreal: lámparas, muebles, cuadros, cortinas… Tanto la amplitud de la habitación como el lujo asiático de la decoración le parecen extraídos de un cuento de las mil y una noches.
Gira la cabeza a ambos lados del cabezal y se apoya en los antebrazos para alzar su tronco sobre la almohada. Reclinado en la cama, en una posición forzada por la tensión del sueño, deja que pasen unos segundos cargados de desconcierto y de ansiedad que se diluyen por las esquinas de la habitación como motas de polvo. Después, poco a poco va recobrando el ánimo, la respiración pausada y la conciencia. Entonces comprende que lleva dos días en esa habitación y que acaba de tener una pesadilla.
El hombre recuerda vagamente algunas de las imágenes del sueño terrible que le ha despertado en medio de una crisis nerviosa. Estaba dentro de una caldera descomunal sujeta a un punto indefinido por cadenas enganchadas a cuatro asas que tenían forma de cráneo abierto. Debajo de la caldera, miles de gigantescas llamas lamían el acero con sus lenguas de fuego. No podía moverse aunque lo intentaba con todas sus fuerzas. El agua le cubría hasta el cuello. Era un agua fétida y viscosa, en cuya superficie nadaban numerosos restos de malas digestiones. Un calor excesivo iba subiendo paulatinamente por sus piernas y avanzando por su cuerpo como una gangrena de brasas.  Notaba unas terribles punzadas a la altura de sus genitales, algo así como si un enjambre de abejorros, estuviesen clavándole, constantemente, los aguijones en las partes más blandas de su aparato reproductor. Alrededor de sus nalgas bullían cientos de pirañas que se lanzaban alternativamente contra sus carnes con una voracidad desmedida. Una serpiente amazónica apretaba su vientre hasta convertirlo en un fino tubo de carne que se retorcía bajo la piel del reptil. Alrededor del pecho tenía una bufanda de espinas. Pero, sobre todo, lo que le había despertado con un grito desgarrador que no parecía haber salido de su propia garganta, era haber sentido el tacto de cientos de miles de manos, que se asían a su cuello y le estrangulaban sin contemplaciones, mientras en sus oídos estallaban miles de improperios de la peor nomenclatura posible.
Ahora, el hombre se levanta con cierta parsimonia y se dirige hacia el bar de la suite para buscar un poco de agua fresca. Comprueba a simple vista que no queda ningún botellín de agua mineral. Sus ojos recorren todas las botellas que se disponen en las bandejas del interior del amplio frigorífico buscando algo que beber, cualquier líquido que le refresque y que consiga aplacar su sed. No suele beber alcohol, su trabajo lo aconseja y su religión lo prohíbe, pero coge una botella de champaña y la descorcha. El tapón golpea las lágrimas plateadas de una lámpara de cristal que cuelga del techo mientras el dorado licor se convierte en un geiser de espuma con el que llena el vaso. Acto seguido levanta el vaso y bebe sin dilación hasta la última gota. Después de eructar ostentosamente se limpia la boca con el brazo y vuelve a mirar con atención todo el conjunto de la habitación. Entonces descubre, junto a un cesto de frutas exóticas, una tarjeta del tamaño de un folio con los bordes dorados y el anagrama del hotel. Camina lentamente, alarga el brazo, la toma entre sus dedos con cierta curiosidad y lee: para Míster Gamal El Ghandour.
La imagen de un beduino de piel morena y cabello negro azabache, delgado, de hombros anchos y brazos largos, se ve reflejada en un gran espejo que hay junto a la entrada a la suite. Se reconoce en esa imagen. Ha recobrado la serenidad. Inspira el aire con fuerza y lo expulsa después con energía renovada. Con la tarjeta del hotel entre sus dedos recuerda que Gamal es su nombre, que es árbitro de la FIFA, que está en un mundial de fútbol, y que hace dos días que pitó un partido entre las selecciones de España y Corea del Sur.
Gamal había tenido que trasladarse de hotel porque durante las horas posteriores al partido entre España y Corea del Sur su anterior hospedaje se había convertido en un infierno. El manejo de la centralita del hotel había supuesto una prueba de fuego para los telefonistas de recepción. Las líneas se colapsaron varias veces con llamadas procedentes de España. El árbitro comenzó a inquietarse tras recibir las primeras comunicaciones, en las que con un castellano perfecto y un tono agresivo le llamaban ladrón. Después, a Gamal le pareció entender que le llamaban obscenamente de forma reiterada y perniciosa, y que utilizaban el vocabulario con todas las variantes ofensivas posibles, aunque no comprendía el significado de las palabras. Entonces, Gamal pidió que no le pasaran más comunicaciones de aquellos que le habían visto con el ojo acusador de la España futbolera. Como los recepcionistas no supieron diferenciar ni la procedencia, ni el espíritu de las llamadas, aquello se convirtió en un carrusel de insultos procedentes de todas partes del mundo, de todos los lugares donde algún aficionado español había visto el partido.
En la puerta del hotel se fueron aglomerando numerosos representantes de los medios, aficionados y curiosos de distinto pelaje. Los periodistas acreditados por los periódicos españoles forcejeaban para conseguir entrevistar al árbitro, que según ellos, le había robado el partido a la selección. Los aficionados hispanos gritaban sin cesar toda clase de insultos contra Gamal y los curiosos se animaban a la fiesta, unos jaleando al árbitro, otros discutiendo con los que le criticaban.
La confrontación entre los aficionados detractores y los defensores de la actuación arbitral se convirtió en un problema de orden público. En pocas horas la multitud había ido en aumento, las discusiones habían degenerado en violencia y la dirección del hotel se había visto obligada a tomar medidas de seguridad alternativas y a llamar a los antidisturbios para controlar la situación. En la calle se había puesto cerco al hotel.
Cuando las autoridades valoraron la magnitud del problema llegaron enseguida a una decisión concreta. No quedó más opción que sacar al árbitro de allí, trasladarle de hotel y realizar posteriormente un comunicado que asegurase que el árbitro había vuelto a su país de origen. Así que, después de algunos contactos con los miembros de la organización del mundial y con las autoridades nacionales, Gamal fue trasladado de hotel en el más absoluto secreto.
Salió de su habitación vestido de gueisa y, acompañado por dos agentes de la policía coreana ataviados con lujosos trajes de ejecutivo, recorrió los pasillos con más miedo que palabras. Una esmerada aplicación de maquillaje de polvo de arroz y el movimiento oscilante de un abanico decorado con flores de cerezo, le cubrían parcialmente el rostro y disimulaban sus facciones. Los agentes le metieron en un coche camuflado y salieron del hotel sin que ninguno de los que se apostaban en la puerta, pronunciando su nombre con instinto asesino, pudiese verle.


CONTINUARÁ

NOVELA CORTA
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

domingo, 18 de junio de 2017

EL ASESINO DE LA CALLE SELGAS




EL ASESINO DE LA CALLE SELGAS

Entre las historias de malvados asesinos que han circulado por el acervo popular de Lorca, hay una que merece especial atención. Son hechos poco conocidos en profundidad, dado el matiz escabroso de los mismos y, quizá, a consecuencia del interés de algunos poderes ocultos por desvirtuar su realidad. Su conocimiento se lo debo a Pedro Colón, un joven policía destinado en la comisaría de la ciudad durante los primeros años del siglo XXI, y que hoy se ha convertido en un gran detective, destinado en la Brigada Central de la comisaría de la calle Génova, en Madrid, y del que pronto tendré que contar algunas de sus hazañas.
El caso es, que un día de otoño de 2001, mientras tomábamos unas cervezas en el antiguo pub El Convento, que nos había servido Diego Jodar, me contó que, curioseando en los archivos, había encontrado el expediente de Atanasio el Rastrojo y me fue contando, a su manera, la singularidad de unos hechos ocurridos a finales del siglo XIX en la calle Selgas, cuando esta era una de las principales calles de la ciudad y conocida como calle de las tiendas.
Pedro Colón me contó que, a principios de 1890, comenzaron a aparecer restos de cadáveres en la calle Selgas, a la que da nombre el periodista y escritor lorquino José Selgas, autor, entre otros, de los libros La primavera, El estío o Flores y espigas. Se trataba de huesos de piernas, brazos, troncos y un cráneo irreconocible. La sensación de terror se fue apoderando de los habitantes que no encontraban explicación para la macabra aparición de aquellos huesos. Algunos hablaban de la acción de algún bromista, otros de la acción de un espíritu atormentado que buscaba venganza. La preocupación fue en aumento y las autoridades comenzaron a investigar.
Se encargó el caso a Fortunato Reina, un policía socarrón y pragmático que solía decir que detrás de cada hecho siempre estaba la mano de un ser vivo y que no creía en la intervención de nada que no fuese de este mundo. Fortunato puso discreta vigilancia en la calle para ver si identificaba al misterioso colocador de restos humanos. Hasta entonces habían aparecido huesos en varios puntos: primero, en la confluencia de Selgas con la calle Álamo; después, cerca del comienzo de la calle Martín Piñero; y más tarde, en una zona próxima a la calle Fernando V. Habían aparecido dentro de cajas de madera o liados en trozos de tela, o dentro de un serón de esparto.
Fortunato advirtió que iban siguiendo un camino determinado. Tras aparecer un cráneo dentro de un cesto de mimbre a la altura de una casa situada a pocos metros del inicio de la calle Paradores, Fortunato inspeccionó con detenimiento el hallazgo y encontró unos pendientes con pequeñas perlas engarzadas con estaño. Después, fue pasando el tiempo sin que aparecieran más restos. Fortunato se centró en conocer a quién pertenecían los pendientes. Durante varias semanas, dos oficiales recorrieron parte de la ciudad mostrando los pendientes hasta que una mujer, que vivía en la calle Cava, los reconoció: «Los vi llevar a mi vecina, pero la pobre María hace más de tres años que murió» dijo al oficial. Fortunato, dando pábulo a su intuición, en vez de hablar con los familiares de la difunta, consiguió una autorización del juez para abrir la sepultura. De ese modo descubrió que había sido manipulada en fechas recientes y, ante su asombro, comprobó que faltaban los restos del cuerpo.
Fortunato se presentó en la casa de la difunta. Le recibió Jacinto, su hijo, un joven que tenía entonces diecinueve años. Ante las preguntas de Fortunato, Jacinto le explicó que su madre había aparecido muerta en extrañas circunstancias, que habían pensado que su muerte se debió a un terrible accidente al ser atropellada por un coche de caballos, pero que él albergaba una duda. Posteriormente, la gente le había dicho que a su madre la rondaba un hombre cuando su padre no estaba en casa, que después desaparecía durante unas horas, y que volvía más tarde con una expresión muy cambiada. Él nunca había notado nada. Fortunato le preguntó si conocía a aquel hombre del que le habían hablado y Jacinto solo le dijo que en una ocasión pudo ver a un hombre que cubrió su rostro al percibir su presencia en la casa. El policía no le dijo nada acerca de su descubrimiento en la tumba de su madre.
Pasaron los días y no continuaron apareciendo restos. Fortunato fue investigando en los alrededores de donde habían aparecido huesos. Sospechaba que su colocación no había sido casual. Así descubrió que los huesos aparecían frente a casas de hombres de buena posición económica, muchos de ellos casados y de reconocido prestigio social. Cuando habló con ellos, todos negaron conocer a la difunta y ninguno supo darle explicación razonable para lo sucedido. Fue en la última casa, justo donde había aparecido la cesta con el cráneo, donde Fortunato notó un cierto nerviosismo en el dueño al mencionar el nombre de María. Le mostró una foto, que le había facilitado su hijo Jacinto, mientras le miraba fijamente. La forzada serenidad le hizo sospechar. Se despidió rogándole que si recordaba haberla visto alguna vez, no dudara en decírselo.
Poco después, todas las noches, más o menos a la misma hora, un coche de caballos pasaba junto a la puerta de Atanasio y arrojaba una cuerda en forma de horca. Aquello fue minando la serenidad de Atanasio que una noche salió al encuentro del carruaje armado con una escopeta e intentó detener al cochero disparando al conductor que iba protegido con un pañuelo cubriéndole el rostro. No pudo conseguirlo, pero a la mañana siguiente se plantó en la comisaría y dio parte de los hechos. Fortunato aprovechó para volverle a interrogar mientras mandaba a que registrasen su casa. En los sótanos de la misma se descubrió una especie de mazmorra, prendas de vestir íntimas de mujer, y un colgante que resultó pertenecer a una joven que había desaparecido dos meses atrás. Aunque la responsabilidad sobre la muerte de María no parecía estar clara, en el caso de la joven desaparecida, las pruebas incriminaban a Atanasio, por lo que Fortunato decidió detener a Atanasio y someterle a un intenso interrogatorio con dureza, intimidación y tortura. Con el paso de los días, el Rastrojo se ablandó y terminó confesando.
Su modo de actuar era sencillo: engatusaba a las mujeres con promesas de convertirlas en ricas, las llevaba a su casa, y allí las ataba y amordazaba en el sótano. Luego ofrecía el disfrute de sus cuerpos a hombres acaudalados y sin escrúpulos. Posteriormente las amenazaba con matarlas si contaban algo a alguien y no dudaba en cumplir su palabra cuando alguna se negaba a volver a ser sometida. El Rastrojo confesó que María le había insinuado que daría parte a la policía y que tuvo que silenciarla. También confesó su responsabilidad en el caso de la joven desaparecida cuyo cuerpo apareció enterrado en las faldas del castillo.
Pero había un tema sobre el que Fortunato tenía curiosidad. ¿Quién había sido la persona que había puesto los huesos de María apuntando a la casa de Atanasio y cómo había sabido de la responsabilidad del Rastrojo? Su primera intuición le llevó a hablar con Jacinto, el hijo de María. Le recibió con una mal disimulada satisfacción. Y le explicó que había conocido las artes del Rastrojo por un amigo a quien le había ofrecido disfrutar de una joven unos meses atrás. Entonces sospechó de él, pero no tenía forma ni medios para demostrar nada. Se le ocurrió ir al cementerio y utilizar los huesos de su madre para señalar el camino que llevaba a su posible asesino. Al fin y al cabo, su madre habría aprobado su acción si conseguía que fuese vengada su muerte. También confesó ser el conductor del carruaje que dejaba la cuerda en forma de horca sobre la acera y frente a la casa de Atanasio, lo que contribuyó a que fuese investigado.
Meses después, Atanasio el Rastrojo fue juzgado y condenado a cárcel para el resto de sus días. Previamente se habían conocido los orígenes y andanzas de aquel malvado asesino que rondaba los cuarenta años, de complexión fuerte, moreno, de piel curtida y estatura media. Era natural de una pequeña aldea de La Mancha, hijo de campesinos humildes y trabajadores, que se dedicaban a la siembra y sementera del trigo. Era un bravucón sin moral ni credo, mentiroso y ambicioso, que se había marchado de su aldea para hacerse rico a costa de lo que fuese. Sus primeros pasos habían recalado en Albacete, donde hizo dinero con negocios turbios y de donde tuvo que huir para evitar un ajuste de cuentas. Después se instaló en Lorca, donde su crueldad y codicia le llevó a convertirse en un asesino despiadado.
Cuando Pedro Colón terminó su relato, ya eran altas horas de la madrugada, casi la hora del cierre del pub El Convento. Me despedí con agradecimiento por la historia que me había contado y quedamos para una nueva ocasión, ya que me aseguró que conocía otros casos que seguro me iban a interesar. A la vuelta a casa, di un rodeo, subí por la calle Álamo y enfilé la acera izquierda de la calle Selgas. Durante todo el trayecto intenté imaginar cómo habían ocurrido las cosas más de cien años atrás. Aún siento el escalofrío que sufrí al pasar por donde estuvo la casa de Atanasio el Rastrojo y pensar en las atrocidades que se habían cometido en sus sótanos. En el lugar más insospechado anida el mal, y es imposible eludir su carcoma.

RELATOS BREVES
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz ©                           
                            
 



viernes, 16 de junio de 2017

CANCIÓN EN LA QUINTA






CANCIÓN EN LA QUINTA

Esta canción es para ti. Nace en una noche olvidada de los años ochenta cuando el rumor de la Movida ya se estaba apagando y se hace letra junto a los muros de La Quinta. Tú le pones nombre a su banda sonora. Es el sonido del mundo que conocemos interpretado con las notas que emergen de una antigua melodía: la de los latidos que deja el corazón cuando siente el paso impetuoso del tiempo.
No importa quien la canta. Igual que la magia inexplicable de las emociones, su tono parece llegar desde las inmensidades de un gran desierto, o desde los glaciares del Ártico, o desde las montañas alpinas, o quizá, desde las recónditas selvas tropicales. Llega con el aire perfumado de pétalos de amapolas y doradas espigas. Se adentra en los sentidos con el orgullo del agua, el tacto de la nieve o la imagen de una aurora boreal. Desde el interior de la garganta sube con una escalera de armónicos sentimientos hacia el valle donde la luz es naturaleza que viste los campos de Lorca. Y se deja acariciar por el aire como una mota de polvo que ahora es vida.
Esta canción es para ti. Suena como la brisa que mece los árboles junto a la Plaza de Calderón y peina las hojas que caen al agua de la fuente de Colón. Vibra como la espuma que baja por el arroyo imaginario del Guadalentín mientras las arenas de su cauce escuchan su mensaje. Es relieve frente a la costa de Calnegre, una bruma blanca que acuna al sol tras la sierra de Tercia, cascada de suaves ocres bajo la cumbre de la torre Alfonsina, o ramas de un árbol milenario que envía el tiempo a darte sombra.
No creas que no lo sé. Igual que tú, yo también tiemblo con la luz del paisaje, con el color de las nubes, con los reflejos del sol, con la música de los besos, con la profundidad del universo. Igual que tú, yo también tengo miedo de que todo acabe, de que no haya tiempo que compense las palabras que no se han dicho, los gestos que no se han interpretado con acierto, los silencios que claman con gritos ensordecedores que se nos escapa la vida sin que pueda remediarse. 
Sí, esta canción es para ti, ahora, cuando las ruinas acampan por el paisaje de La Quinta donde nuestras manos compusieron los sonidos del éxtasis. Ahora, cuando cuesta decir el argumento que el amor teje en las venas, cuando quizá estés muy lejos aunque la rutina te tenga cerca. Ahora, aunque camines a miles de días de aquellos momentos que te ruborizaban. Ahora, que tal vez sigas volando en un globo de fantasía sobre las latitudes del océano de los años. Ahora, que quizá sigas soñando con alcanzar la cima del mundo o construyas tu choza en el interior de una selva desconocida, o seas una piedra al borde del sendero que conduce a tu felicidad, o, simplemente, una nota de piano que trisca el aire para hacerse un hueco y morar cerca del corazón.
No me preguntes por qué. Escucha su melodía y hazla tuya. Habla de todo lo que tiene sentido, de la dicha y la renuncia, del dolor y la esperanza, de las horas compartidas, del misterio de los silencios, de las encrucijadas del corazón, del sin sabor de la incomprensión, de la fatiga en la mirada, de las estrellas en los ojos, de cuanto es vida… Y crece hacia el interior, aunque la melodía se escuche entre las paredes de los edificios, al borde de las aceras, junto a los semáforos, entre las plantas de las Alamedas…  No preguntes por qué debes saborear ahora esta canción si siempre la has sentido aunque no hayas escuchado la música que interpreta o comprendido la dimensión del significado de su letra. Todo lo que nace se transforma para seguir siendo aquello que fue tan solo una mirada. O un susurro tras la oreja cuando el volumen de la música alejaba las palabras de los labios. O una mano arriesgada en territorio inexplorado.
Esta canción es para ti. Notarás que su estribillo es diferente cada día, cada noche. No te sorprendas si puedes entenderlo, porque igual que la música, tú también cambias de registro, pero, a pesar de los años, permanecen en tu interior los acordes primordiales con los que te sentiste única.
Esta canción es para ti. Escúchala y déjate llevar, baila con sus notas, permite que tus manos toquen el cielo, que lleguen hasta la inmensidad del infinito, y que luego se dejen caer, exhaustas, sobre mi pecho.
Esta canción es para ti porque tú eres quien compone sus notas, y yo, tan solo, las escribo en el aire para que las recuerden las aves cada mañana junto al balcón de tu dormitorio.


RELATOS BREVES
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz ©

                
    



domingo, 4 de junio de 2017

EL MAGO DE NOGALTE





EL MAGO DE NOGALTE

El ingenio y la capacidad de supervivencia de los nacidos bajo La Fortaleza del Sol, no tiene límites. La vida de Gervasio es un ejemplo de que los poderes ocultos de la mente, algo que pocos se atreven a explorar, puede cambiar el rumbo que el destino tiene trazado para cada uno de nosotros.
Durante los primeros años del siglo XIX, la ciudad de Lorca se vio afectada por muchas calamidades. El 30 de abril de 1802, la rotura del pantano de Puentes destruyó la parte baja de la ciudad, la llamada Puerta de San Ginés y casi todo el arrabal de San Cristóbal. Después siguieron los tiempos de sequías, una epidemia de fiebre amarilla, los efectos de la Guerra de la Independencia contra los franceses, la desaparición del comercio de la barrilla, hambre, desesperación y despoblación, factores que fueron mermando las oportunidades de sobrevivir de una población abatida por la miseria.
En ese contexto vivía Gervasio, un hombre que a pesar de todo, intentaba conservar un saludable sentido del humor y una visión positiva de las cosas. «No hay mal que cien años dure», solía decir. Poseía una inteligencia natural, no había tenido posibilidad de cultivar su mente pero explotaba los recursos que esta le ofrecía para ganarse el sustento diario. Cuando le preguntaban cómo se las apañaba, solía decir: «Cualquier cosa puede estar a tu alcance, solo tienes que utilizar la parte de tu mente que tienes inactiva». Y si le insistían en que cómo se podía hacer, sentenciaba: «puedes hacer que llueva con solo pensarlo».
Muchas fueron sus ocurrencias y las situaciones que pusieron a prueba su ingenio. Hasta nuestros días ha llegado una de ellas, una historia que fue pasando de boca en boca, contada por los más viejos de la calle Nogalte, a quienes, a su vez, se la narraron sus antepasados. Teniendo en cuenta que pudiera haberse trastocado algún aspecto de los hechos originales, pero dado que la esencia de lo que se cuenta puede ser de interés para muchas personas que atraviesen etapas difíciles en su vida, voy a relatar los hechos tal y como los he conocido.
Cuentan que Gervasio, igual que había hecho durante los siete días anteriores, había dispuesto su tenderete en la acera que conduce hasta la entrada al templo de San Francisco. Había colocado una silla de anea y, frente a ella, un taburete cubierto por una tela de tejido verde y ribetes dorados. Se había acicalado el único traje negro que poseía y se había ceñido una especie de turbante alrededor de su cabeza, que había confeccionado con una sábana blanca que había cortado en tiras. Sobre la tela que cubría el taburete, había colocado un mazo de cartas de la baraja española. Cuando vio llegar a los posibles primeros clientes del día, comenzó a hablar:
—Nadie conoce el poder de su mente. Nadie sabe de lo que es capaz hasta que no tienta al destino, hasta que no se pregunta hacia dónde va o qué le depara el futuro. ¿Sois vos, quizá, alguno de esos hombres?
Varios curiosos se acercaron hasta su improvisado puesto de venta y le preguntaron que qué ofrecía.
—Os ofrezco la posibilidad de que conozcáis los peligros futuros para que podáis evitarlos.
—¿Y qué peligro puedo tener ante mí? —Preguntó uno de ellos.
—Por una moneda de buen metal, lo conocerás.
—¿Caro lo vendéis? —Dijo el otro.
—¿Acaso no vale más vuestra vida? —Contestó Gervasio.
—Ahí está mi moneda —dijo el primero mientras la lanzaba sobre el taburete. —Pero, si me engañáis, os vais a arrepentir toda la vida.
Gervasio lo miró directamente a los ojos con toda la dureza que fue capaz de proyectar. Luego suavizó su expresión y dijo:
—Todo depende de vos. ¿Tenéis confianza en vuestra mente?
—¿Mi mente? ¿Qué es eso?
—Vuestra cabeza, señor. Solo utilizamos una pequeña parte. Hay infinidad de cosas que desconocemos. El poder de vuestra mente no tiene límites, solo es necesario que sepáis buscar en ella y extraer su benéfico rendimiento.
—Extraña forma de hablar. Pero, bueno, se me ocurre pregúntate si podré hacerme rico.
Gervasio comenzó a barajar las cartas, separó tres de ellas y las colocó boca abajo formando un triángulo. Después levantó una de ellas y la puso boca arriba.
—El as de bastos. Si meditáis profundamente sobre vuestra voluntad para afrontar los retos, veréis que poseéis una gran fortaleza que os hará afrontar con éxito la idea que tenéis en mente.
El hombre se sorprendió al escuchar aquello. Había pensado montar un negocio para curar pieles y venderlas fuera de Lorca. Gervasio levantó la segunda carta.
—El tres de copas. Deberéis pedir prestado parte del dinero que necesitaréis para el negocio que deseáis, pero una vez puesto en marcha, os lo compensará con creces.
En ese momento, una dama que llevaba su cabeza cubierta con un pañuelo negro, caminaba hacia el templo y se acercó al grupo con curiosidad. Gervasio levantó la tercera carta.
—El dos de espadas. Tendréis que vencer a dos duros adversarios: la incredulidad de vuestra familia y vuestro apego a la holganza. De usted depende. Crea en usted y alcanzará su objetivo.
El hombre se quedó muy pensativo.
—Cierto. Son los dos temores que me paralizan. ¿Cómo lo ha sabido?
—Del mismo modo que sé que la mujer que nos está observado siente un tremendo dolor y busca consuelo en la intimidad de la iglesia a la que acude todos los días a esta hora.
La dama se alteró visiblemente y reinició su camino hacia la puerta de San Francisco. El hombre que había preguntado a Gervasio, dijo al otro:
—Puede que algo mágico ampare a este hombre. Bien vale lo que le he dado.
Los dos hombres se alejaron mientras compartían sus pensamientos acerca de lo que acababa de ocurrir.
Transcurrieron más de dos horas desde que la dama desapareció por la puerta de la iglesia hasta que apareció de nuevo y fue caminando lentamente hasta donde se encontraba Gervasio, que estaba, aparentemente, en estado de profunda meditación.
—¿Puedo preguntarle algo, buen hombre?
—Una moneda de buen metal vale mi palabra.
La mujer sacó una moneda de su bolso y la colocó sobre el taburete. Y luego preguntó:
—¿Cuándo desaparecerá mi dolor?
—Tomad esa moneda que habéis dejado. Cerrad el puño con todas vuestras fuerzas e intentad mantenerlo cerrado. Antes de que se escuche la siguiente campana del reloj de la iglesia, la mano se os abrirá y la moneda caerá sin que podáis evitarlo.
La dama hizo lo que Gervasio le pedía. Al poco tiempo, sus dedos se abrieron como los pétalos de una flor que no puede vencer a las fuerzas de la naturaleza, y la moneda cayó sobre el taburete.
—Lo veis, vuestra mano no os ha obedecido. El poder de la mente ha conseguido que penséis en otra cosa hasta que el dolor en vuestra mano ha sido más grande que el de vuestra alma. Ya no tenéis dolor. ¿Verdad?
—No. Ya no me duele dentro. Parece cosa de magia. No lo entiendo. Pero quizá después vuelva el dolor. Estoy segura. Y entonces, ¿Cómo podré evitarlo?
—Cada vez que sintáis ese dolor que os angustia, colocad una moneda en vuestra mano y presionadla como os he enseñado. Pensad en mí, estéis donde estéis, notaré vuestra llamada y acudiré en vuestra ayuda. Pero, además, debéis hacer algo más.
—¿Algo más? —Preguntó la dama con inquietud.
—¿Recordáis al hombre que estaba consultándome cuando llegasteis? Buscadle y decidle que el año que viene, por estas fechas, le esperaré aquí para que me entregue la mitad de la fortuna que va a ganar con su negocio, deberá venir de vuestra mano. Que crea firmemente en lo que digo, porque si no, jamás va a ver el día de sus alabanzas porque el miedo al poder de las fuerzas ocultas, le consumirá.
Una vez pronunciadas aquellas palabras, la dama se alejó tras asegurarle que así lo haría, que descuidara, que procuraría que el hombre regresara y cumpliera con sus demandas.
Con el paso del tiempo, Gervasio fue comprobando cómo sus predicciones se iban cumpliendo de una u otra forma y que, además, en su bolsa jamás faltaban monedas para vivir dignamente. Él mismo comenzó a creer que el poder de la mente obra los milagros más peregrinos, y consigue los objetivos que cada uno se proponga, siempre y cuando, los demás también lo crean.

RELATOS BREVES
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz ©
    


  

EL DESCONSUELO DE NÁUCRATE





EL DESCONSUELO DE NÁUCRATE

El sol ha derretido las alas de su hijo Ícaro
y el lecho del mar acoge su cuerpo sin vida.
Ahora, las manos de Náucrate
buscan en todos los portales
de la isla de Creta
el vacío que deja el hueco de la noche,
quieren tocar la sima donde yace
el fruto de su amor.
La desesperación alimenta su búsqueda,
palpa la negritud de los espacios
que la alejan de lo imposible
y se apoya en los muros
sin mancillar las piedras.
Camina con su alma por el suelo,
ausente, como sombra de las lágrimas
que brotan de sus ojos.
Un reguero de rosas troceadas
decoran las facciones de su rostro.
La expresión silenciosa de su gesto
marca todos los límites
de su desgracia.
El dolor se reencarna en su piel,
en las rosas, el cielo, el mar y el infinito.
La noche, inalterable, no ofrece más consuelo
que el frío que deja al borde de sus manos
como una tumba gris de sal marina.


(OTRA REALIDAD)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

miércoles, 31 de mayo de 2017

PAISAJE CON PLUMAS




PAISAJE CON PLUMAS



Dar un paseo para alejarse de su realidad diaria le ayuda a encontrase consigo mismo. Hace unos minutos que salió de su despacho, atravesó la Plaza de San Pedro y se encaminó con decisión hasta las afueras del Vaticano. Ha tenido noticias de una trama para nombrar cardenal a un miembro de la Curia que debe estar alejado de todos los escándalos financieros y de cualquier sospecha de pecados capitales.
El obispo camina absorto en el paisaje: observa los muros centenarios de los edificios, las estatuas, las señales que siglos de historia han dejado en las calles de Roma, el vuelo de las palomas, el color de la tarde. Su pensamiento se serena a medida en que se acerca a su calle favorita, una calle casi desconocida para los turistas, sin apenas importancia, pero que a él, por ser la confidente de sus decisiones más importantes, le catapulta hacia otra dimensión: la de su memoria.
Hace pocas semanas que han convertido esta calle de la Ciudad Eterna en peatonal. A Justiniano le gusta el aspecto que presenta hoy la vía pública que más asiduamente frecuenta porque ahora puede caminar por todo el ancho de la calzada con total tranquilidad. Antes debía contentarse con ir paseando por la acera mientras mantenía los sentidos atentos a los coches que circulaban en ambas direcciones. El tráfico es peligroso en Roma y nunca se sabe qué puede pasar si un coche se salta una señal e invade la acera.
Ahora disfruta del paseo sin tener que estar al cuidado de que algún conductor desaprensivo le pueda atropellar y mandar a la otra vida. O afrontar en el mejor de los casos, tras sufrir un golpe violento del que milagrosamente pueda recuperarse, volver a encontrase con los ojos perdidos y coaccionados por el miedo a ver la realidad que late más allá de los muros del Vaticano. Está tan acostumbrado a disfrutar de la belleza que atesora la Santa Sede, la Capilla Sixtina, la Catedral de San Pedro y todas las obras de arte que decoran cada rincón del Vaticano, que no quisiera irse de esta vida sin contemplarlas una vez más.
Las últimas horas han sido inquietantes. Ha llegado a sus oídos la posibilidad de ser nombrado cardenal. Es una oportunidad que le asusta por los condicionantes que conlleva, pero que halaga su ambición y refuerza su necesidad de sentirse protegido. Una filtración procedente del secretario de Su Santidad asegura que su nombre está en la lista que va a ser sometida al criterio del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica. Por eso, hoy más que nunca, necesita caminar y reflexionar sobre si ha de dar el paso que le lleve un poco más cerca de la Silla de San Pedro.
La calle por donde pasea está decorada con esmero. Han instalado mobiliario urbano a lo largo de la travesía: bancos de madera con vetas cobrizas y fijaciones metálicas al suelo; farolas con fustes de altorrelieves oscuros y tulipas rosadas que a la caída del sol ofrecen una luz melancólica; maceteros con arbustos enhiestos que muestran en sus hojas un verde luminoso y parterres con flores de invernadero que ofrecen al caminante un paisaje multicolor.
A Justiniano le agrada andar por esta calle igual que lo hacía durante su infancia por los campos de la Toscana. Normalmente lo hace como un espectador atento a su entorno, observa y admira a la vez que se deja envolver por un estado de meditación relajada. El aroma de la tierra de los parterres y el color de las flores le transporta a aquellos años en que su mayor preocupación era conocer la naturaleza de las plantas. Hoy camina muy despacio, pesadamente, con la cruz de los años a cuestas, mientras analiza su entorno con la mesura de un alma consecuente con su época y con la carga histórica de su rango eclesiástico. Igual que un armario de dormitorio clásico, íntimamente va guardando en su memoria las imágenes que encuentra a su paso y también los pensamientos que esas imágenes han generado en lo más profundo de su alma solitaria.
Justiniano descubre durante sus paseos ideas y emociones que no imaginaba estaban dentro de sí, larvadas, escondidas en un bucle del tiempo. En algunas ocasiones son pensamientos repetidos a lo largo de los años y que las circunstancias no han variado en su esencia. En otras descubre cosas que le entusiasman o le inquietan. Y hay veces en las que comprueba hechos que le provocan verdaderas sacudidas sentimentales, tanto como lo hacen los argumentos de las tragedias griegas a las que suele asistir como espectador siempre que tiene ocasión.
Ahora recuerda el tema de Antígona de Sófocles. La fatalidad siempre asombra al ser humano. Justiniano se cuestiona el sacrificio de Antígona, la inutilidad de su comportamiento, de su obstinación, también de su lucidez. Todas esas cuestiones pesan como una losa marmórea sobre el destino del hombre. En Antígona se enfrentan dos nociones diferenciadas del deber. Por un lado el deber para con la familia, el respeto a las normas religiosas. Y por otro el deber civil de respeto a las leyes del estado y a la obediencia al poder establecido. De algún modo se siente identificado con los paradigmas del argumento. Pero no termina de ver con claridad un final aceptable por su propia naturaleza, esa esencia que inunda su interior como un agua de la que beben sus pensamientos.  
En estos tiempos, piensa mientras mira una planta de margaritas, la tragedia no se vive en los teatros sino en la vida real. Ya no es solo en el tercer mundo donde se masca el dolor. La crisis ha producido que sea también en las acomodadas sociedades del sur de Europa donde la tragedia cobre visos de cotidianeidad. Quedarse sin hogar, sin trabajo, padecer hambre, ser excluido de la sociedad, marginado de los derechos fundamentales, caer presa de la dictadura del mercado, se han convertido en hechos cotidianos, son algo rutinario, intrascendente. Y no lo son tanto por el dolor en sí que provocan, sino por la asombrosa normalidad de su presencia en cualquier parte del mundo. Ante esta situación, la indefensión de los humanos que no forman parte de la élite, es materia de uso común. Justiniano inspira con profundidad y se consuela pensando que siempre queda la oración, el amparo de la fe, la resignación ante los designios de Dios y la esperanza para los seres limpios de espíritu.
Las imágenes de las personas que se encuentra al paso no son las de la indigencia, el dolor absoluto o la desesperación. A simple vista, por la calle donde pasea, no se ven mendigos que muestren su pobreza extrema. Pero quizá los hombres y mujeres con quien se cruza y que ve pasar a su lado con un ritmo frenético en sus movimientos, vestidos con ropas de marca, complementos de diseño y móviles de última generación, tengan la esencia de la pobreza oculta bajo los pliegues de sus pieles: la del alma. Y esa es otra clase de pobreza, la más severa.
Justiniano camina con una mano en el bolsillo y la otra paralela a sus hábitos. Ha bajado la vista hacia el suelo en un acto de humildad ante la belleza de la creación y la bendición de la vida. En ese instante le sale al paso una de las palomas que desde las cornisas de los edificios se dejan caer hasta el suelo para picotear las migajas que les lanzan algunos viandantes. La paloma da vueltas a su alrededor con un zureo incesante. Salta, alza levemente el vuelo y se vuelve a posar en el suelo unos metros más adelante. El ave de plumas brillantes, espera a que Justiniano llegue hasta su altura y después persiste en sus movimientos enérgicos. Parece que intentase llamar la atención del caminante con su insistencia.
El obispo no se siente aludido, se desentiende de la paloma y sigue su camino plácidamente instalado en su interior y atento a lo que alumbre el designio de su pensamiento. Vuelve a reflexionar sobre el mensaje de Antígona: la fatalidad de la vida. El personaje de Sófocles se opuso al poder establecido para dar sepultura a los restos de su hermano y de ese modo impedir que su alma vagase eternamente por los infiernos. Su acto le costó la vida. Y con el devenir del argumento, también tuvieron un final trágico los días de varios personajes de su entorno familiar. Antígona es una tragedia provocada por la defensa de un ideal. Justiniano piensa en todas aquellas tragedias que la defensa de la fe ha provocado a lo largo de la historia. Por primera vez siente la necesidad de dudar sobre si ha sido necesario derramar tanta sangre para imponer la norma eclesiástica. ¿Realmente era ese el mensaje que dejó Jesucristo?
Cerca de Justiniano, la paloma sigue con su zureo, sus movimientos y su llamada de atención. A lo lejos otras aves se aproximan a una fuente y hunden sus picos en el agua. El obispo levanta los ojos y eleva la vista hacia el cielo. En su interior existe la necesidad de pedir perdón. Casi sin proponérselo ve cómo su brazo se ha movido hasta hacer la señal de la cruz sobre su rostro. Recuerda a los pobres de espíritu que no son capaces de admitir sus culpas y mucho menos, de realizar cualquier penitencia para expiarlas. Intenta centrase en la idea de la pobreza de espíritu. La paloma, obstinada en su propósito, salta de nuevo y vuela hasta la altura de su cara provocando que tenga que detenerse. El prelado la mira con curiosidad. La paloma se posa a sus pies. Ambos están detenidos, frente a frente, mirándose a los ojos.
Justiniano no ve en esta a la paloma bíblica que llevó la hoja de olivo hasta Noé, tampoco ve a la paloma de Picasso, y mucho menos al ave poética que equivocó la dirección del vuelo en el poema de Alberti. Solo ve a una paloma común. Una de las miles de aves que frecuentan algunas de las plazas de Roma, que son atracción para los turistas y tormento para los funcionarios del ayuntamiento de la capital italiana. Sin embargo, después de unos segundos de atenta mirada, comienza a pensar que esta paloma quizá tenga algo especial. No sabe lo que es. Considera que tal vez se trate de la dulzura de sus pequeños ojos. O quizá sea la profundidad con que mira los suyos. La intensidad de las pupilas del ave le empieza a hacer sentir de forma diferente, comienza a encontrase con una disposición no usual en él, un sentimiento cercano a la duda que quiere plantearle las cosas partiendo de que probablemente no exista una verdad absoluta. Intuye que la paloma desea comunicarse con él, cree que le mira como si quisiera hablarle del dolor del mundo y de la necesidad de combatirlo. O al menos modificar los comportamientos de quienes pueden atenuarlo.
Justiniano murmura con voz cansada.
—El dolor del mundo. Menudo tema.
Y se pregunta:
—¿Dónde está la raíz de ese dolor? ¿Cuáles son sus causas? ¿Acaso es la propia naturaleza humana la que origina el dolor que frecuenta todos los rincones del planeta?
El obispo  comienza a meditar sobre esas cuestiones mientras busca con los ojos un banco donde sentarse y dejar volar con serenidad sus pensamientos. La paloma da vueltas sobre sí misma. Ejecuta pequeños saltos, aletea un instante y se posa de nuevo sobre el suelo dejando franco el paso al personaje al que sigue. El obispo reinicia su camino dirigiéndose hasta un banco del mobiliario urbano que está muy próximo. La paloma va detrás de sus pasos discretamente, haciendo el camino en zigzag. La escena es ocasional e intrascendente. Ninguna de las figuras que pasean por la calle ha percibido la situación que la paloma y el religioso están protagonizando.
Justiniano se sienta en el banco, acomoda los pliegues de sus hábitos y deja escapar el aire de sus pulmones como si de una ráfaga de inquietud se tratara. La luz de la tarde comienza a declinar y las farolas matizan el color del ambiente con sus tonos rosados. A lo lejos, el crepúsculo tizna de morado las cornisas de los edificios, las nubes y el cielo. Es un color que se asemeja a los distintivos de la élite religiosa que representa quien ahora sigue con los ojos las evoluciones de la paloma que vuelve a estar cerca de sus pensamientos y de su realidad.
El obispo repite pausadamente.
—El dolor del mundo.
 Vuelve a su pensamiento esa idea con mayor intensidad.
—El dolor es inabarcable, tan inmenso, tan poco delimitado…
Y respira como si fuese la impotencia lo que ha llenado sus pulmones.
—Habría que creer que el dolor que afecta a la mayor parte de los habitantes de este planeta no es un virus contagioso como el causante de la gripe que asola la Ciudad Santa en este octubre. Y habría que considerar esa creencia como cuestión de fe.
Justiniano considera en ese momento que parte de ese dolor es provocado por un error cuantitativo a la hora de buscar el camino de la felicidad. La felicidad, piensa, es uno de los objetivos de los hombres en la tierra. Y continúa murmurando para su espectadora, la paloma.
—Si no se acierta en la senda a seguir para llegar a la felicidad se es presa fácil del dolor. La fe y Dios allanan ese camino.
Justiniano cree necesario seguir predicando por todo el planeta que en la humildad como actitud y referencia está parte del nutriente que alimenta la felicidad.
—La fe  —reitera su mente y pronuncia en voz baja—, la fe.
Levanta los ojos de nuevo hacia el cielo.
—Es necesario revitalizar el vocabulario de la fe, ese lenguaje que comienza a desplegarse en las conciencias de los hombres cuando concluyen las palabras y la lógica llega a un túnel sin salida. La fe es la única sutura que cierra las heridas de alma. Hemos de tener claro que llegará el día en que seamos cómplices de la fe para aferrarnos al último soplo de nuestra vida con cierta dignidad. Mientras tanto, estoy seguro de que su dimensión y también la esperanza que provoca, conviven con nosotros sin que lo percibamos, está en nuestro interior siempre en estado latente.
Justiniano se inclina sigilosamente hacia la paloma, la mira a los ojos y siente la tentación de hablarle como si se tratase de un ser humano. Algo le detiene. Es la idea de que él fuese elegido por Su Santidad para el rango cardenalicio. Desconoce los informes que de su trayectoria como pastor de almas tenga el Papa. También desconoce las presiones que la Curia Vaticana pueda estar ejerciendo en los nombramientos, y sobre todo, en aquellos informes que puedan llevar acarreado un control parcial sobre algunos de los aspectos más sensibles en el gobierno de la Iglesia, todos aquellos aspectos que implican la preponderancia de la tradición sobre la apertura hacia los retos que los nuevos tiempos han puesto frente a la Iglesia.
Justiniano vuelve a mirar a la paloma y esta vez sí se atreve a hablarle directamente como a un interlocutor del que espera respuestas.
—¡Que sea la voluntad de Dios!— exclama.
La paloma se le queda mirando fijamente. Permanece quieta. Está situada tan solo a dos pasos de sus zapatos. Justiniano recuerda el motivo principal de su paseo. Y el obispo le pregunta:
—¿Tú qué opinas sobre lo que acabo de pensar? Si la voluntad de Dios me pone en el camino de la sucesión de Pedro… ¿debo aceptar esa distinción y esa responsabilidad?
La paloma vuela entonces hasta la fuente cercana. Bebe agua y levanta el vuelo otra vez hasta colocarse de nuevo cerca del obispo.
—No dices nada. Sigues a mi lado con la complicidad de dos seres un tanto etéreos en su forma de dialogar. Das vueltas alrededor del mí y callas. Intuyo en tu silencio que debo dejar que los hechos sucedan sin que participe en su fragua o condicione el resultado. Intuyo que eso es lo que quieres que haga y que estoy en lo cierto al considerar la voluntad de Dios.
La paloma se limita a picotear el suelo y mover el cuello alternativamente de izquierda a derecha.
—Las cosas deberían ser más sencillas. La vida debería resultar una concatenación de situaciones que se fuesen resolviendo por sí solas.
Justiniano recuerda cómo era su vida en la aldea de la Toscana donde vivía con su familia. Era hijo de un panadero que soñaba con que su hijo fuese un gran hombre de negocios. Un capitalista. Un gran capo. Cada vez que su padre le sorprendía curioseando las flores del campo se llevaba una dura reprimenda. Entonces acudía al consuelo de su madre. Y bajo su tutela refugiaba sus flaquezas y sus debilidades, también sus miedos. La madre era una mujer muy devota. Todos los días iba a misa y era gran amiga de cura párroco.
Habían transcurrido pocos años desde el final de la Segunda Guerra Mundial y los efectos de la ideología fascista perduraban en las zonas rurales de Italia. Mussolini había creado escuela. Además los tentáculos de la Cosa Nostra llegaban a la Toscana con la misma facilidad que a Milán o Florencia. Durante la juventud de Justiniano, en la época más compleja y mísera de los años cincuenta, la situación de la economía de su familia atravesó una situación delicada a consecuencia de disputas entre dos facciones que querían controlar la exigua economía local. Tuvieron que alinearse en una de las facciones. Las atrocidades se sucedían sin cesar. Los asesinatos quedaban sin resolver y los escarmientos para quienes no se plegaban a las órdenes de la facción dominante eran terribles. Recuerda cómo a Giuseppe, el carpintero, le llevaron arrastrando por toda la calle con un cartel atado a la espalda que decía: si mañana no he pagado, me ofrezco como puta a Don Chimo. La madre de Justiniano empezó a temer por la vida del muchacho, ya que no confiaba en el carácter de su hijo, y comenzó a hablarle, siempre que había ocasión, de las bondades de la vida religiosa.
Una tarde llegaron a oídos de Don Chimo que un joven había podido ver cómo le daban pasaporte a un pistolero de la familia rival. Sus hombres le dijeron que habían visto cerca del lugar al hijo del panadero, olisqueando flores, como siempre. Don Chimo ordenó que le hiciesen una visita al chico para ver si había visto algo, y que le aconsejaran la conveniencia para su salud de que olvidase cualquier cosa que pasara por su cabeza.
Los secuaces del capo fueron directamente a su casa. No estaba el panadero pero sí su mujer, quien les recibió vestida de mantilla y con el misal en la mano. Cuando los mafiosos preguntaron por su hijo, a la mujer le comenzaron a temblar las piernas.
—¿Qué ha hecho?
—Nada. Señora. Solo queremos darle un consejo. El otro día estaba en el campo, cerca del pozo, y no queremos que pueda sucederle algún accidente. Que al distraerse mirando… cualquier cosa… pueda caerse y hacerse daño. Entiende señora. ¿Podemos verle?
—No sé dónde está. Pero no duden ustedes de que yo misma le daré el recado. Pierdan cuidado.
Cuando los esbirros de Don Chimo se marcharon, a la madre de Justiniano le faltaron piernas para correr en su búsqueda, e ir con él a ver al párroco. Por el camino ambos hablaron de lo sucedido y convinieron que Justiniano iría a Roma para internarse en un seminario y desaparecer temporalmente del pueblo.   
De esta forma comenzó su vida religiosa, obligado por las circunstancias. No pudo dedicar su futuro a la contemplación de las flores y al cuidado de las plantas. Por la cabeza de Justiniano pasa ahora una idea descabellada: la posibilidad de que todos los seres humanos, por el solo hecho de nacer, pudiesen disfrutar de los derechos fundamentales reconocidos internacionalmente. Y sobre todo del derecho a ser lo que cada uno quiera en la vida. Sabe que es pura utopía. Pero cree que en caso de ser posible todo sería diferente para el futuro de la humanidad.
La tarde se demora en su irrefrenable búsqueda de la noche. La paloma sigue contemplando el rostro pensativo de Justiniano. Parece adivinar lo que pasa por su mente. Es la tristeza de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial que tuvieron que vivir sus padres. Y son los largos veranos de estudio en el seminario, años impregnados por la sustancia de la metafísica, de la ética, de la historia, que fueron macerando sus carnes lejos de su pueblo.
Recuerda las cartas que recibía de su madre en las que le hablaba de la codicia de los vecinos y de la desgracia de su familia. En una de ellas le contó que había visitado el pueblo un señor que se había hecho pasar por intermediario de la banca Vaticana y que tras confiar en él, en sus promesas de alta rentabilidad para su dinero, en sus proyectos para salir de la pobreza y en sus cálculos demostrativos que aseguraban unos rendimientos maravillosos que podrían destinar para su vejez, le habían dado los pocos ahorros de que disponían. Aquel hombre desapareció días después con el dinero de muchas familias. Nunca se supo nada de su paradero. La madre le contaba en otra carta que se quedaron en la miseria más absoluta, puesto que incluso le dieron dinero que estaba destinado a los impuestos comerciales de la mafia. Su padre no pudo hacer frente a las deudas con Don Chimo y se suicidó. Cuando leyó aquella noticia lloró amargamente y maldijo la suerte de su padre. La madre le seguía contando que después de la ruina, puesto que tuvo que escriturar su casa y el horno a Don Chimo, pudo refugiarse en la iglesia como ayudante del cura. Ahora la acusaban de mantener amores prohibidos con el sacerdote y tenía que marcharse del pueblo.
Justiniano dejo caer una lágrima que rodó lentamente a través de su mejilla hasta caer al suelo cerca de donde estaba la paloma. El ave se acercó hasta él y frotó sus plumas en el pantalón. El obispo recompuso la expresión de sus facciones y volvió hasta el banco para sentarse de nuevo. Dejó que sus ojos se fijaran en las personas que pasaban por la calle. Intentó pensar cómo habrían sido sus vidas. Él, a pesar de todo, no se arrepentía de haber dedicado la mayoría de sus sesenta y seis años a la Iglesia. Desde su responsabilidad había seguido la evolución de la sociedad durante los años.
Ahora esa visión se llenaba de deseos. Le gustaría ver que la sociedad global no es el resultado de un constante marketing agresivo de las multinacionales, ni que todos los pueblos son el objetivo prioritario de una política de desarrollo que se ampara en el provecho de los que más tienen. También le gustaría que la explotación de los recursos de la naturaleza o de los productos y mercancías que se generan, no estuviesen por encima del bien común y del objetivo de erradicar la pobreza, el hambre y la miseria del mundo.
—Amiga paloma, la riqueza está siempre bajo la óptica de un egoísmo ciego y depredador. Me gustaría creer que cuando la necesidad buscase auxilio en cualquier hombre, este no dejase las manos dentro de los bolsillos, ni el teléfono descolgado.
La paloma vuelve a saltar, mueve las alas y zurea con elocuencia. Justiniano vuelve a inclinarse y le sigue hablando.
—¿Crees que estoy un poco chiflado? No. No te rías. No te lo tomes a broma. La utopía no es imposible. Te lo digo en serio.
El nuevo gesto de acercamiento de Justiniano pone en guardia a la paloma que alza el vuelo y se posa a unos metros del obispo. Desde el interior de un parterre, junto a un rosal de pequeñas flores amarillas, mira a Justiniano con cierta indiferencia. El religioso interpreta en ese gesto que el ave intenta mostrarle la flor postrera, fuera de temporada, que engalana el tallo espinoso del rosal.
—Palomita. Querida hermana de este viejo. No sé si sabes que en esta calle, los rosales, recientemente trasplantados para la decoración de los espacios interiores que los parterres separan del resto de la calzada, ofrecen al paseante sus últimas flores antes de que el otoño marchite los pétalos y deshoje las ramas. Los transeúntes pasan junto a los rosales sin tener constancia de lo efímero de su tiempo, de su corta existencia, de que su belleza desaparecerá con la primera helada.
El ave no se inmutó ante las palabras de Justiniano.
—Esas rosas son preciosas. Poseen toda la carga melancólica del paso del tiempo y el peso de la fugacidad de la vida. Pero, ya ves. Hoy no queda tiempo para el romanticismo. ¡Qué tristeza!
Justiniano se levanta del banco. Avanza unos pasos y se dirige hacia donde está la paloma.
—Se nos olvida una de las cosas esenciales de la vida: la contemplación de la belleza que nos procura la naturaleza. No nos acordamos de cultivar el sentido más cercano a la esencia del hombre: la sensibilidad. Y sin embargo, sí se potencian otras facetas del hombre más primitivas y destructoras. ¿Tú sabes a qué me refiero, verdad?
En ese instante, Justiniano tiene un presentimiento. Ata los cabos que han quedado a merced del azar en su cabeza y resuelve el enigma de la extraña actitud de la paloma. De repente sonríe con una expresión de enorme paz y exclama con euforia.
—¡Ya lo entiendo! Tú eres más que una paloma. Tú eres la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo. ¡Dios mío!
La paloma, incomprensiblemente, alza el vuelo y se posa sobre su hombro. Justiniano apenes se atreve a moverse.
—Tú eres la sabiduría. ¡Cómo no pude verlo antes! Perdóname. Soy un pobre hombre. Un pobre siervo de Dios. Un pobre mortal que arrastra su miseria por las calles.
Justiniano entra momentáneamente en un estado de turbación. Es una mezcla de exaltación mística, de trance visionario y de sublimación de las ideas de máxima humildad. Aunque comienza a hacer un poco de frío, por su frente caen unas gruesas gotas de sudor. En esas gotas se compendian todas las fases por las que ha pasado su religiosidad. Le tiembla la voz y el alma. Casi no articula las palabras. No sin esfuerzo acierta a suplicar a la paloma.
—Te pido perdón, con toda la humildad de que soy capaz, por mis osados pensamientos. Quién soy yo para poder opinar sobre la vida, la sociedad, la fe, la felicidad… No soy más que cualquier otra persona de las que me encuentro frente a frente cada día.
La paloma salta de su hombro hasta el banco.
—Yo no soy mejor que todos los hombres que conozco, ni que los que no quise reconocer aunque estuviesen a mi lado, ni que los que no pude comprender. Ni siquiera soy mejor que los que mi memoria se encargó de entregar al fuego fatuo del olvido. Solo soy un pecador. Un pecador con algo de conciencia.
El obispo comprende que la paloma hace bien en recordarle quién es y que pertenece a la Congregación para la doctrina de la fe, que es secretario de la misma. La Congregación es heredera de la Inquisición, bien lo sabe. Con todo lo que de San Benito tiene. Sabe que bajo el nombre de la antigua institución se cometieron cientos de injusticias a lo largo de los siglos. Pero hoy no es así.
Al ser miembro de la Congregación, Justiniano tiene la obligación de oponerse a todo lo que atente contra la nota doctrinal del Vaticano, y a la vez, difundir la línea espiritual que emana de la Santa Sede. Es un trabajo que le obliga a mantener una actitud de realismo ético. Ha de ver los hechos bajo el prisma, siempre verdadero, de la moral cristiana. Y pedir que le guíe la conciencia ante orientaciones dispersas o demasiado ambiguas, posiciones discutibles y subjetivismos culturales o políticos. Debe permanecer siempre fiel a la doctrina ante cuestiones como el aborto, el uso de anticonceptivos, el matrimonio homosexual, el celibato. Y ha de estar muy atento a las posibles influencias en los fieles de cuestiones poco cercanas a la fe o consideradas decadentes, desde la razón cristiana, como la eutanasia.
El obispo se tranquiliza. Se siente reconfortado. Interpreta los movimientos de la paloma como expresiones de conformidad con sus pensamientos y sus actitudes. Cree por unos instantes que es un iluminado, un buen alumno de las enseñanzas que dimanan de la paloma. Y un estado de euforia comienza a recorrer todo su organismo haciendo que su lengua tenga mayor fluidez.
—Escucha paloma. Los hombres por naturaleza, reivindicamos nuestras preferencias morales. Intentamos vincular esos conceptos a un marco religioso o ético. Cada uno quiere su propia religión hecha a la medida de sus deseos y de sus miedos, o para dar explicación a lo no entendible. Eso no es sano. Si cada hombre hace lo que desea en la vida no es posible la salvación. Hoy prevalece la pluralidad y los intentos de desviar la atención sobre el principio de la fe. Y fe no hay más que una. Se cree o no se cree. ¿Verdad, paloma?
Justiniano considera por unos momentos sus fundamentos religiosos. Los considera medianamente sólidos. Pero también se interroga sobre si es consecuente con las normas que mandan ayudar al prójimo, ejercer la caridad, mantener siempre una actitud bondadosa y frecuentar el cultivo del espíritu. Y termina preguntando a la paloma.
—¿Realmente comulgo con lo que defiendo? ¿O son otros quienes con menos parafernalia dan lo que predico? ¿Tienes tú la respuesta?
La paloma vuela desde el banco hasta una farola cercana. Las sombras de la noche comienzan a ser visibles. La farola ofrece una luz melancólica, casi mágica. La paloma siente la necesidad de buscar un lugar adecuado para pasar la noche. Sacude con fuerza sus alas y alza el vuelo. Justiniano la ve desaparecer tras los edificios. Se ha quedado con la duda que le trajo hasta este lugar: qué haría si fuese ordenado cardenal, merece el nombramiento. No se lo ha preguntado a la paloma. Busca la respuesta dentro de él.
Tras un breve paréntesis en el que intenta recomponer su figura egregia, vuelve a la rutina de su paseo. Da media vuelta y emprende el camino de regreso. Nuevas figuras humanas se van cruzando con su imagen de anciano reflexivo. Cada uno sigue su camino. Observa que nadie se detiene para besarle la mano. Camina con su impostura a cuestas, una derrota que no pesa. En sus ojos se refleja una tristeza profunda. La libertad de la existencia es solo un cuento bajo la luna. Antígona fue presa de sus convicciones y pagó con su vida. Él ha sido víctima de las circunstancias, de su pasado, y ahora solo espera la inercia de una mano tendida que le salve de la soledad. Entonces comprende que su rostro es el de la paloma que ha estado junto a él toda la tarde, ese ave que se ha alejado entre luces rosadas hacia una oscuridad desconocida.
El anciano obispo piensa que quizá aún no sea tarde para encontrarse definitivamente consigo mismo. Cuando llegue a su despacho tal vez se plantee renunciar a todo, abandonar la sede Vaticana y marcharse a una misión en África, el gran continente olvidado. Y allí ayudar a quien le escuche y quiera aprender a no oponerse a los designios de su naturaleza.


RELATOS
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)