miércoles, 15 de marzo de 2017

BABILONIA







BABILONIA

Al escribir, la voz rima nenúfares
en osadías zigzagueantes
con el azar esquivo de nuestras sensaciones,
porque Babilonia no es otra cosa
que un infinito juego de azares,
nos advertía Borges.
La forma del concepto alza un viento de dudas
sobre los campos de las imágenes
para escribir el poema de las tardes lluviosas,
y el silencio nos lleva a una encrucijada
en la que falta luz para salir indemnes.
Aparecen ideas sin medida
que son impermeables a la métrica,
expresiones verbales a disgusto con su espacio
que luchan por servir a la memoria.
En ese tiempo gris de confusión,
todo se opone al ritmo del poema.
Pero tras los primeros rasgos torpes
del gesto de escribir ya no hay otra opción
que la de terminar nuestro poema.
La conciencia del ser y nuestras paradojas
siempre están esforzándose
por dar forma el texto
aunque dependa de un juego de azares.
Las palabras nos sirven
para crear un mundo de ilusiones
iluminado por la lámpara
que humedece el aceite del misterio.
En nuestra Babilonia caben todas las voces
de la historia del hombre y sus silencios.


(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (C)


lunes, 13 de marzo de 2017

EL SECRETO DE LA FALLA DE SAN JOSÉ




EL SECRETO DE LA FALLA DE SAN JOSÉ

Ya hace 52 años y para Antonio es como si hubiese sido ayer mismo cuando vivió un momento que marcó su vida. Acaba de ocultar, en la falla que adorna las fiestas de San José de este año, un pequeño detalle, un tributo al recuerdo, algo que simboliza un hecho del que hoy solo él conoce su trascendencia.
Poco después observa la falla de 2017, una bella torre que simboliza el Big Ben, y comenta con Pepe Plazas que de los hombres que levantaron la falla de 1965, apenas quedan algunos vivos. Sin conocer nada de lo que él acababa de hacer, Pepe le dice que uno de los personajes de la falla lleva ropa de alguien que ha sido incinerado y que la familia ha querido que estuviese en ella. «¿Cuántos secretos se ocultan para que el humo se los lleve?», piensa a la vez que escucha cómo Pepe le cuenta algunas de sus hazañas deportivas. Y luego su mente se remonta hasta muchos años atrás.
Aquella noche mientras contemplaba la falla se frotó las manos, se ajustó los pantalones a la cintura y se vio a sí mismo como uno de los viajeros que partía en aquel tren hacia Francia, camino de la vendimia. Tenía claro que aquel era el único destino que podría facilitar la realización de su sueño. Aquel marzo de 1965 era la segunda vez que participaba en la construcción de la falla que sería quemada en la noche del día 19 en su barrio. Pero en aquella ocasión lo había hecho con una ilusión especial.
Antonio había cumplido 26 años. Era un hombre curtido en el trabajo, fuerte y soñador. Pero hasta el momento no había tenido la suerte necesaria para conseguir sus propósitos. Desde hacía más de cuatro años tenía novia. Estaba muy enamorado, quería casarse y tener una vivienda donde iniciar su vida junto a Elvira. Últimamente ella estaba un poco cansada de la situación y de los castillos en el aire con que Antonio la sorprendía de vez en cuando. Lo había intentado con todas sus fuerzas, sin embargo, la escasez de oportunidades en aquella época, se lo había impedido.
La esperanza de Antonio era ir a trabajar a la vendimia francesa y conseguir el dinero para dar la entrada de un piso. Pero había algo que le atenazaba, no sabía hasta qué punto podía amarle Elvira. ¿Sería capaz de esperarle? Su novia era una mujer muy atractiva y él sabía que había varios hombres detrás de ella, quizá alguno de ellos pudiera ofrecerle algo mejor en el tiempo en el que él estuviese en Francia. Se lo comían los celos cuando paseaba con ella por Lorca y notaba las miradas codiciosas de otros hombres.
Antonio nunca había salido de Lorca, incluso cuando tuvo que realizar el servicio militar lo había hecho voluntario en el Regimiento Mallorca 13, con base en la ciudad. Tenía la impresión de que iba a ir al fin del mundo. Había hablado con otros que ya habían hecho la campaña en años anteriores y había aprendido algunas palabras en francés: bonjour, oui, monsieur… No estaría solo y alguno de los veteranos le ayudaría. Iría a ese fin del mundo, comería a base de patatas cocidas, verduras que pudiese coger en los huertos, y lo que Dios le proveyera, pero iba a ahorrar el dinero que necesitaba. Levantó la vista y observó la representación del Apolo XI que culminaba la falla, un artefacto que había visto en la tele y con el que decían que el hombre iba a ir a la luna. «¿No está la luna más lejos? Pues entonces, ir a Francia no será para tanto», se dijo.
Su padre le había dicho que cada cosa que tuviese tendría que ganársela con su esfuerzo. Él estaba dispuesto, pero le costaba mucho dejar sola a Elvira, a merced de los que la miraban con ojos como redes. Pero no había otra salida. Aquella noche le iba a comunicar su decisión.
Durante el tiempo que transcurrió hasta el momento en que estuvo otra vez delante de la falla con Elvira tomada de su mano, Antonio recordó cómo la había conocido en sus años en el colegio Alfonso X, todas las veces que intentó que le hiciese caso, las locuras que tuvo que ingeniar para llamar su atención, incluso la vez que se coló por la noche en una casa deshabitada, en la que decían que había fantasmas, para demostrarle que él no tenía miedo. También recordó lo que había escrito y ocultado entre los vagones de la máquina del tren que simulaba la falla: «que este fuego se lleve todas mis dudas y que me traiga la fortuna que preciso, que se lleve todas las inseguridades de Elvira y que la mantenga siempre a mi lado». Se prometió a sí mismo que si aquello sucedía, iba a cuidar a Elvira como a una reina y nunca pensaría en otra mujer.
Antonio apretó con firmeza las manos de Elvira y le dijo:
—Tengo que decirte algo importante, pero antes tienes que decirme si me quieres.
—Claro que sí, tonto.
—A finales de mayo me voy a ir a la vendimia francesa. No regresaré hasta finales de octubre. Lo voy a hacer para poder conseguir el dinero para la entrada de un piso, poder casarnos y vivir juntos.
Elvira escuchó aquellas palabras entre la sorpresa y la preocupación. Ella también tenía algo importante que decirle. Antonio prosiguió:
—Quiero que me prometas que me esperarás.
Elvira suspiró con la emoción pintada en la mirada porque ella también sentía que estaba en un momento clave de su vida y tenía miedo por lo que pudiese suceder.
—Te voy a esperar, Antonio. Pero no voy a ser la única que te espere.
—¿Qué quieres decir?
—Estoy embarazada. Vamos a tener un hijo. O una hija… Nacerá para finales de octubre.
A Antonio se le cayó el mundo encima. ¿Cómo iba a marcharse entonces? Y lo que era más preocupante: ¿Cómo iban a reaccionar los padres de Elvira? Su madre siempre había manifestado que deseaba una gran boda para su hija, que deseaba verla vestida de blanco ante el altar. Durante unos instantes contempló todas las posibilidades a su alcance. Y luego dijo con mucha decisión:
—Nos casaremos dentro de un mes, sea como sea. Y le pediré a mis padres que te quedes con ellos mientras yo esté en Francia.
—¿Casarnos por la Iglesia? Pero… es que ahora no puedo casarme de blanco.
—No se lo diremos a nadie. Ni siquiera al cura. Dios ya lo sabe y conoce nuestro amor. Estoy seguro de que lo bendice. Será nuestro secreto y arderá con las llamas de la hoguera con que se ilumine la falla esta noche.
Habían pasado 52 años desde aquel momento, toda una vida juntos. Habían criado a sus hijos, habían prosperado y conocido momentos de gran felicidad. Pero en el último año, Elvira había sufrido un gran deterioro de su memoria a consecuencia del alzheimer, ya no podía recordar lo que vivió junto a Antonio. Él había escrito una pequeña memoria contando todo lo que habían compartido. Después, con la última hoja, había confeccionado una flor que llevaba impregnado el aroma de su cariño, de su ternura… Una flor que se convertiría aquella noche en el humo que todo lo sabe y todo se lleva. Antonio tenía la esperanza de que cuando ardiera la falla de 2017, su humo reviviría en Elvira el momento exacto en que se unieron para siempre.

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miércoles, 8 de marzo de 2017

¿QUÉ ES POESÍA?





¿QUÉ ES POESÍA?


Ya se lo han preguntado
todos los que la escriben
mientras buscan con celo su verdad
expresando emociones,
dando forma a las negras cicatrices
que va dejando el paso de los tiempos,
construyendo belleza con palabras.
Que nadie tenga claro
el exacto valor del concepto poesía
es la inmortalidad de su misterio.
También es la razón para tentar su magia
y albergar la esperanza de intentar definirla.
Unos buscan ficción en la palabra,
disponerla en oráculos de difícil sentido;
otros quieren contar la ficción de sus ideas,
conferir movimiento a las conciencias;
hay quien la considera
reino de taifas del escepticismo;
quien cree que es un resto del dolor,
o un bálsamo que cura las heridas;
incluso quien escribe
el testamento de una época.
El pasado, el presente y el futuro
se unen en la semilla de cada alma
para ofrecer la luz de los sentidos
al inefable gesto del poema.


(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


lunes, 6 de marzo de 2017

LOS ECOS DEL PLANETA







LOS ECOS DEL PLANETA


Los sonidos del mundo tienen su eco
en la buhardilla donde escribo.
Llegan, como tañidos de campanas lejanas,
el rumor de las olas o el silbido del viento.
A veces traen matices del Muro de Pink Floyd,
los acordes sinfónicos de Mahler
o los alegres trinos de un jilguero.
Pero son, casi siempre, los ecos de los días
que quedan tras la norma de la supervivencia
y el monótono tránsito del tiempo.
Hay sonidos que traen mal augurio,
palabras venenosas que inundan de saliva
los que adoran becerros de metal
y esperan tras la esquina para poder tentarte
con la mitad del cielo.
Escucho con tristeza sus discursos,
el necio sortilegio del vacío,
e imagino otra realidad
en la que no exista el engaño.
Otras veces, los ecos de la calle
relatan aventuras de noches en los pubs,
encuentros que poseen el color
de un neón alquimista,
cambian la luz efímera del deseo
por el oro que más nos recompensa.
Y así hasta cualquier sonido inesperado.
Cuando escribo, los ecos del planeta
reverberan en las palabras.
Todo lo que rodea mis sentidos
forma parte de mí y ahora es vuestro.


(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


sábado, 25 de febrero de 2017

JUSTICIA DIVINA








JUSTICIA DIVINA


La sala de espera del juzgado número siete de Madrid había quedado casi vacía cuando llamaron a Engracia para que pasara al despacho del juez instructor que seguía la causa 2006M/98. La mujer había sido citada para una vista previa a fin de que prestara declaración y corroborase, desmintiera, o alegase algún nuevo detalle, a lo que en su día manifestó a los agentes que hicieron el atestado. Estaba acusada de homicidio.
Engracia no estaba nerviosa. Una extraña paz había serenado su ánimo. Desconocía los procedimientos judiciales y había acudido sin abogado con la confianza puesta en que la justicia siempre está del lado de los inocentes. Ella se sentía de ese modo. Vestía completamente de negro como señal de luto por sus seres queridos. Llevaba viviendo en Madrid desde que tenía 19 años cuando su padre, empleado de Renfe, había sido trasladado a la estación de Chamartín. Había nacido en Lorca una soleada mañana del mes de marzo y en esa ciudad murciana había pasado su infancia y adolescencia, los años más felices de su vida. Ahora ya había cumplido los cuarenta y ocho años. Desde que se casó, sus ocupaciones habían sido su casa, su marido y su hija. La fatalidad del destino la había dejado sola. Primero, una tarde en el Retiro desapareció su hija, y después, una noche de invierno se llevó a su marido.
—Tome asiento —le dijo el secretario del juzgado.
El juez, un hombre de unos treinta y cinco años, llevaba poco tiempo destinado en la sala y cubría la baja por enfermedad del juez titular. El hombre permanecía hierático, sentado tras la mesa de trabajo. Tenía a su derecha un enorme paquete de expedientes. Miró a Engracia con una actitud neutral y distante. Empujó sus gafas con el dedo corazón de la mano izquierda y se dispuso a iniciar el procedimiento. Primero se aseguró de la identidad de Engracia. Luego le hizo las advertencias judiciales pertinentes sobre su situación en la causa. Después le preguntó si deseaba la presencia de un abogado a lo que la mujer contestó que la verdad no tenía más que un camino. Acto seguido el juez preguntó al secretario si estaba dispuesto para tomar nota textual de lo que manifestara Engracia, a lo que el secretario asintió.
—Bien, señora, he leído la declaración que usted realizó el día de autos. ¿Tiene usted algo que añadir?
Engracia presionó con las dos manos el bolso que apoyaba sobre sus rodillas.
—Yo no quería matarlo. De verdad se lo digo, señor juez. Escúcheme. Desde que ese individuo fue condenado, desde aquel día que lo sacaron del juzgado con las esposas en las muñecas y se lo llevaron a prisión, yo no le había visto. Y de eso hace ya 18 años. Pero cuando el otro día, a la hora de la comida, lo vi en televisión saliendo de la cárcel, tan tranquilo, tan contento, como si no hubiese sucedido nada de lo que tuviese que avergonzarse, me dije: tengo que hablar con él.
—Sea precisa, por favor.
—Lo que le voy a contar no es una excusa, se lo digo con franqueza, señor juez. Yo tenía que saber qué sintió al hacerlo, tenía que saber por qué le robó la vida a mi niña, a mi inocente pajarillo, por qué la apartó de mí antes de que fuese una mujer.
—Continúe.
—Desde que me falta, yo no he vivido. Desde que ese hombre me la arrebató como un cuervo negro, mis días y mis noches han sido de ese color. He sufrido sin cesar preguntándome entre lágrimas cómo serían su mirada y su sonrisa cada cumpleaños, me he vuelto loca al no poder recordar el tacto de su piel ni la esencia del perfume de su pelo, me he imaginado entre sollozos las notas del colegio que nunca tuvo, o los juegos infantiles con sus amiguitas. He tejido entre suspiros su primer traje de noche para cuando fuese mujer. Nunca podré enseñarle los secretos de la vida, ni arroparla cuando regrese de su primera cita. Ni conoceré a mi yerno. Ni besaré a mis nietos. Tantas cosas…
—Céntrese en la causa.
—Eso hago, señor juez. Yo no quería matarlo pero tenía que hablar con él. Ya se lo he dicho. Así que me vestí aquella mañana, tomé unos recuerdos de la habitación de mi niña, los metí en el bolso y salí a la calle. Primero fui al cementerio de La Almudena. Le puse unas flores a mi marido y un ramito de margaritas a la cruz con el nombre de mi muñequita, la que dispuse junto a la tumba de mi marido para recordar juntos a los dos soles de mi vida. Recé lo que supe, allí, mirando al cielo, porque ni siquiera tengo unos restos de su pequeño cuerpo a los que poder rezar. Ese individuo me los negó al quemar su cadáver, no se sabe dónde. ¡Pobre niña! ¡Qué bonita estaría hoy! No quiero ni imaginarme el dolor que sintió, la incomprensión, el asombro… ¡Lástima de mi niña! Y fui a buscarle.
»Por un amigo al que había llamado antes de salir de casa, supe que ese individuo se había instalado en un albergue de Carabanchel y que iba a estar allí durante un tiempo. Durante el camino me encomendé a todos los Santos. Les pedí que me otorgasen claridad de juicio y mucha paciencia para controlar mis reacciones. Tenía que ir, ya se lo he dicho, señor juez. Tenía que hablar con él. En su día le sentenciaron a treinta años y para cuando saliera, si salía, quizá yo ya estuviese muerta. Pero ahora, con esa nueva disposición, que viene de no sé dónde, le dejan libre. No lo comprendo. Yo creo en la justicia, pero…
—Continúe, cíñase al tema, por favor.
—Ya. Ya. Me dijeron que nunca se arrepintió, que no tenía conciencia de haber hecho nada. No lo entiendo. ¿Cómo es posible en un ser humano?... Cuando llegué al albergue pregunté por él. Dije que era una amiga. Me indicaron que estaba en la última planta del edificio. Subí las escaleras. Llamé a la puerta. Cuando abrió y lo tuve frente a mí, le miré con toda la fuerza de dieciocho años de agonía. No sé qué creyó. Se lanzó hacia mí como un poseso, me sorprendió y me hice hacia un lado. Él resbaló, se dio de costado contra la barandilla y cayó por el hueco de la escalera.
—¿Se ratifica en su declaración?
—Sí. Se lo juro, señor juez. Esa es la verdad. Yo iba a enseñarle en ese momento la foto de mi hija y fui a buscarla en el bolso. Es una foto que nos hicimos un día antes de que la secuestrase, e iba a preguntarle por qué la mató y dónde está mi niña.
Engracia abrió su bolso.
—Esta es la foto. Mírela señor juez. ¡Qué guapas estamos! Sus ojos dicen: te quiero mamá. Mírela señor juez y dígame si ve lo mismo que yo… Sonríe como si supiese que ahora es cuando se ha hecho justicia.
A Engracia se le encogió de nuevo el alma. El secretario sacó los folios de la impresora y se los pasó al juez. Este se los puso delante y le pidió que firmase debajo. Ella tomó el bolígrafo que le facilitó el secretario y firmó. El juez, con la misma expresión hierática, le dijo:
—Esperará usted en la habitación contigua hasta el momento en que disponga sobre su situación. Comprenderá que los hechos que declara deben probarse. Su declaración no la exonera. Mi deber es advertirle de que los abogados de la familia del fallecido mantienen que usted le empujó y además piden una indemnización. Deberé embargar sus bienes de forma preventiva. ¿Comprende, señora?
—Haga usted lo que crea oportuno. Si existe justicia, ya se ha cumplido.
Cuando Engracia salió del despacho del juez y fue conducida a la habitación adjunta no notó la frialdad con que le indicaron dónde debía sentarse, ni observó la forma en que la miraron. En su mente solo había una imagen: la de su niña. Una imagen que había quedado detenida en el tiempo para siempre. Igual que la verdad.

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domingo, 19 de febrero de 2017

OCHO LETRAS







OCHO LETRAS


Cuando escribo «te quiero»
la realidad sigue con su trama:
insiste en distraer mis sentimientos
con los ruidos mecánicos del mundo,
las normas ortográficas
y la tradición poética.
Cuando escribo «te quiero»
no lo hago porque mida un heptasílabo
ni pretendo evitar asonancias cercanas
o deseo eludir rimas internas,
lo hago porque tú eres
la esencia del origen de la tierra
y su luz se proyecta por tus ojos.
Cuando escribo «te quiero»
nunca cuestiono qué es materia poética
ni copio a usurpadores de palabras
para darte mi cuerpo con una flor de píxeles.
Cuando escribo «te quiero»
tan solo necesito que las palabras porten
el ritmo de mis venas, que digan la verdad,
que no mienta su métrica.
Cuando escribo «te quiero»
la metapoesía busca entre tus caderas
el origen del éxtasis.
Pero mientras lo escribo,
nuestro tiempo consume para siempre
el instante de amarte sin palabras.



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BOOMERANG





BOOMERANG


Igual que si de un sueño se tratara,
imagino que escribo lo que siento.
Sé que hoy ya no soy quien fui ayer,
ni siquiera presiento lo que diré más tarde
y desconozco quién seré mañana.
Miro hacia mi pasado
y alguien cuya mirada me es ajena
camina tras las huellas de mi sombra
portando candelabros para mi funeral.
Sus perezosas llamas
se balancean sobre la cumbre de los cirios.
Forman la imagen tétrica
del fuego pertinaz de la existencia
y del humo que todo lo reclama.
Me espera la hora de los condenados
por todas sus palabras.
Y aunque la muerte siga tras mis pasos,
cada vez más cercana,
imagino que siento lo que escribo
como si de mi vida se tratara.
El eco del silencio camina tras mi voz.
De sus huellas se nutre el boomerang
que lanzan los poemas y acaba con mi vida.



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