lunes, 1 de enero de 2018

EL AFILADOR






EL AFILADOR


Por caminos y sendas de ganados,
iba de casa en casa con su silbo oferente,
su figura grotesca y sus chistes manidos
por la jerga del pueblo.
Siempre pedía poco
a pesar de que alardeaba
de conseguir cortar las rocas,
restañar los cacharros, pulir fuentes de hierro
y dar a los cuchillos costumbres de señores.
Entre desolación y desencanto,
dejaba sus deseos trasnochar en sus coplas
al abrigo del vino,
o los dormía al raso con la fragilidad
de una emoción recluida.
A veces olvidaba
cuáles eran los vínculos
que unían su presente al aroma de la felicidad,
dónde estaban los nexos
que le daban su fuerza,
o cómo debía pintar su rostro
con el color de las nostalgias
para aislarse del frío.
Pero, mientras mantuvo la cordura,
nunca dejó de reírse de sí mismo.



(La intimidad del pardillo)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)



CONSEJOS DE PAYASO






CONSEJOS DE PAYASO


En los años sesenta,
mientras el tiempo daba forma al sol del verano,
conocí a un payaso de un circo ambulante
a quien la vida le hizo sabio.
Debajo de una carpa
de miserables trapos,
ofrecía espectáculo circense
en una árida loma de Los Jopos.
Me hizo reír con gestos imprevistos
y parodias de su desgracia.
Me enseñó a transformar en instantes dichosos
las sombras del pasado,
a extraer de cualquier adversidad
los pétalos de la belleza
que jamás se marchitan.
Ahora me pregunto si atravesar el día
sin consumirse dentro de las llamas
del fuego de las vanidades,
es un arte recóndito
que conocen tan solo los payasos,
los hombres que perfuman con el aire grotesco
de una sonrisa irónica,
las sombras contrapuestas de las flores marchitas.


(La intimidad del pardillo)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)




EL MONSTRUO DEL CHARCO






EL MONSTRUO DEL CHARCO


Una noche de invierno,
tras terminar el día de trabajo,
camino de mi casa,
pasé bajo los arcos de los porches
para evitar los charcos de la acera,
pero al cruzar el parque
me encontré con la Luna.
Aquella tarde había caído una tormenta.
El albero estaba cubierto por el agua
y el reflejo del cosmos.
Recordé una lejana noche de primavera
cuando mi solitaria infancia
regresaba del cine de Los Jopos
al paraje rural donde vivía.
Mis ojos descubrieron en el fondo del charco
un ser fantasmagórico
que se alzaba dispuesto a devorarme.
Durante la película,
el gigante asesino del tren Transiberiano,
había terminado con la vida
de todos los viajeros.
El monstruo sorbía los sesos de los hombres
por un círculo rojo que llevaba en su frente.
Volví a sentir el miedo a lo desconocido
y a reconocer mi vieja cautela
ante el abismo de lo oscuro.
Me estremecí al pensar en el azar ilógico
con el que se mezclan los sueños,
nuestra vida y la muerte.


(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)



EL TRILLO







EL TRILLO


Cada palabra escrita
me permite poder nacer de nuevo,
ser hijo predilecto de una idea
a la que doy forma a mi antojo.
Mis manos, como si fuesen cuchillas
de un trillo sobre la era,
cortan los tallos
y separan la paja
de las semillas de oro.
El tiempo las avienta
y las devuelve al suelo
para que se acomoden en el folio
con formas caprichosas.
Hallo cierto valor en esta forma
de amarse en lo creado,
en construcciones alfabéticas
hechas con la materia del recuerdo.
Pero siempre hay algo que me inquieta:
nunca podré cambiar lo que ya fue.
Mi infancia, como mies segada antes de tiempo,
sigue trillándose
en la era del pasado
y aún no está preparada
para extraer harina con la que alimentar
las palabras no escritas.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)



sábado, 23 de diciembre de 2017

FELICITACIÓN NAVIDEÑA





Sintamos juntos el tacto del afecto en una nueva NAVIDAD, un tiempo de reencuentros, de recuerdos de las huellas de los que se fueron y de sentir la ilusión por los que vendrán. Notemos las manos que se estrechan con la piel de la amistad, la felicidad que moja los ojos del cariño y altera los latidos del corazón. Celebremos la luz de oro que baja de las estrellas dejando peces de terciopelo entre la nieve. Os deseo muy feliz Navidad y que la magia de estos días se proyecte en el nuevo año haciendo posibles todos los sueños.



  

martes, 12 de diciembre de 2017

CANICAS






CANICAS

La bola de cristal
rueda sobre la tierra polvorienta
como un planeta lleno de reflejos
con almas arcoíris.
Su sendero es seguido
por los ojos inquietos
de un nuevo desafío,
el gesto ensimismado
de un niño que acaricia en el bolsillo,
con dedos temblorosos,
el resto de las bolas que le quedan.

Ha apostado su favorita.
Observa a su adversario
con la incógnita de su suerte
limándole la vida.
Confía en que no acierte,
en que un súbito impacto
no haga sonar al vidrio
como una vil campana
que anuncie su derrota.

Durante unos dramáticos segundos,
el niño considera lo que puede ganar,
y con mayor congoja,
lo que puede perder en la contienda.
Si gana, puede que aumente su autoestima
y el reconocimiento de los observadores,
aunque algún compañero
lo mire con envidia.
Tal vez logre ganar convencimiento
acerca de que puede
enfrentarse a los retos de la vida
y salir casi indemne ante cualquier fracaso.
Si pierde, dirá adiós a su bello tesoro:
los vibrantes colores de su bola.
Sea cual sea el resultado,
habrá de resignarse
ante la dictadura del destino.

Hoy, gane o pierda su canica,
no seguirá jugando.
Tampoco guardará
las bolas que le quedan
en el otro bolsillo del abrigo.
El frío de las madrugadas
y el uso continuado,
han roto las costuras.

Pero el niño no sabe que muy pronto, 
se perderán los colores de sus bolas
y el límpido cristal de su inocencia.
Deberá pensar a lo grande,
trabajar sin descanso
y seguir siendo humilde,
en el tránsito hacia la realidad
de un planeta, que aún desconoce,
y cuyas luces le deslumbrarán.


(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


viernes, 8 de diciembre de 2017

INDIOS Y VAQUEROS






INDIOS Y VAQUEROS


Los campos de mi infancia
eran territorio cheyenne en la llanura
que recorría la rambla Biznaga.
Su relieve de polvo, barbechos y sembrados,
se alejaba sin prisas
hacia la consistencia del paisaje
de una niñez de indios y vaqueros
como los que salían en el cine.
Imitábamos sus batallas.
Fabricábamos rifles de madera,
pistolas con raíces, flechas con sarmientos,
aderezos de plumas y sombreros de paja.
Con pólvora onomatopéyica,
disparábamos balas y cañones.
Unos eran los buenos
y a otros les tocaba el papel de los malos.
Luchábamos en contra del tiempo y de la luz,
sin misericordia para los muertos.
Y así íbamos pintando de colores
la piel de lo vivido.

Nuca supimos
que la vida no era un juego,
como dijo el poeta Gil de Biedma,
ni que la muerte era destino sin retorno
tras la dura derrota.

Hoy, la levedad del relato,
ata mis manos a la tierra
con las cuerdas del signo de la vida.
A lo lejos,
un promontorio de haces de paja y de cañizos,
es el fuerte que me protege
del temblor de la carne
y del fanal que alumbra la nostalgia
por los años ya huidos
tras la carga del Séptimo de Caballería.



(La intimidad del pardillo)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)