domingo, 9 de octubre de 2016

EL GUARDIÁN DEL PUENTE DE SAN CRISTÓBAL




EL GUARDIÁN DEL PUENTE DE SAN CRISTÓBAL


Ahora que he colgado el uniforme, la placa y la pistola, puedo contarlo sin incurrir en una amonestación por faltar al secreto profesional. A lo largo de mis años de destino en la vieja comisaría de Lorca no se ha dado un caso como el que voy a relatar. Todavía me tiemblan las manos al recordar la cara del protagonista. Y todo mi cuerpo se estremece con tan solo mencionar lo que pude ver sin dar crédito a lo que mis sentidos percibían.
En la comisaría de la plaza de San Vicente estábamos acostumbrados a muchas cosas, pero la mayoría caían dentro del cesto de lo que puede considerarse rutina policial. Sin embargo, lo que me sucedió aquella noche del 12 de noviembre de 1980, se sale de lo normal y por eso el expediente fue censurado, y se hizo desaparecer de los archivos. Entonces no estaba todo informatizado como ahora y los papeles se amontonaban mediante rudimentarios procedimientos de referencias. El día antes de jubilarme estuve buscando el archivo por los sótanos. Me fue imposible dar con él, por eso voy a echar mano de la memoria para relatarlo.
Recuerdo que era una noche tranquila. Estaba de servicio en la comisaría cuando un hombre de unos treinta y tantos años, delgado, con aspecto de consumidor de estupefacientes, subió las escaleras de la entrada y le oí decir al agente de puertas que le urgía entregarse. El agente lo acompañó hasta mi despacho y con su sorna habitual me dejó caer que el primer “colgado” de la noche pedía fonda. El hombre tenía la cara desencajada, los ojos se le salían de las órbitas y manifestaba un exagerado nerviosismo que no le dejaba articular con coherencia las palabras. Le pregunté que cuál era el motivo de su presencia y me insistió en que tenía que entregarse, que su vida peligraba si no lo hacía.
Cuando le insistí en que se serenara y me contase si es que alguien le había amenazado o si había cometido algún delito que deseara confesar, me dijo que había venido a atracar una tienda en La Corredera, pero no lo había llegado a hacer. Le dije que entonces no podíamos detenerle, aunque después de identificarle, íbamos a consultar su ficha policial. Se puso de rodillas y me suplicó, por todo lo más grande, que lo encerrase. Y que entonces me contaría el motivo. Le dije que no estábamos para bromas. Entonces el hombre tuvo un repentino ataque de histeria y comenzó a golpear todo lo que estaba a su alcance. Ante el alboroto, mi compañero acudió, y entre los dos lo redujimos, lo esposamos y lo bajamos a los calabozos. Allí se tranquilizó. Y entonces comenzó a hablar.
—Mira que me lo habían advertido. A Lorca no hay que ir, que allí está el guardián del puente de San Cristóbal.
—A qué te refieres —le dije.
—Es una vieja historia que corre por ahí entre maleantes y delincuentes. Dicen que hace muchos años había un barbero en la subida al puente de San Cristóbal a quien llamaban el Porranegra. Era fuerte, muy alto y le faltaba un ojo. El hombre, navaja en mano y zapatilla en la otra, perseguía a todo el que llegaba a la ciudad con intenciones de ir contra la justicia y pasar por el puente. Ya me entiende, para robar o hacerse con lo que no es de uno, por el modo que fuese.
—Nunca había escuchado esa historia.
—Pues es cierta. El barbero se hizo famoso entre las gentes de mal vivir. Hasta que recibió su merecido. Una tarde le tendieron una emboscada cerca de las vías del tren y lo mataron por la espalda. Pero hubo algunos que juraron haberle visto años después junto al puente. La voz se fue corriendo por toda la comarca y siempre se evitaba pasar por el puente.
—Ya. Pero eso qué tiene que ver contigo.
—Es que… Es que… Esta noche dejé mi coche en la calle del Charco. Me preparé con lo necesario para forzar la cerradura de la tienda y me dispuse a ir a pie para evitar cualquier sospecha. Cuando comencé a subir la acera que va desde la plaza de la Estrella hasta el puente, noté algo extraño. Hacía más frío del normal. Se estaba cubriendo todo de una niebla gris. Al llegar arriba se apagaron las luces de las dos farolas que hay al empezar el puente y entonces adiviné una sombra frente a mí. Cuando avancé tres pasos me quedé petrificado. Era un espectro de ropajes andrajosos, sin ojos en la cara, sin nariz, con solo cuatro dientes. Tenía los brazos arqueados y los huesos de su mano derecha empuñaban una navaja barbera que brillaba como la luna.
—Ja. Ja. Ja. ¿Qué te has fumado esta noche? No ha debido ser una china, sino un fardo entero.
—Le digo que lo vi, como lo veo a usted ahora. Me crucé de acera y no he parado de correr hasta llegar aquí.
—Lo mejor será que duermas un rato y por la mañana, ya veremos.
Le dejamos allí y nos subimos a las dependencias. La curiosidad me llevó a hacer algunas preguntas a un compañero de Lorca que me confirmó que el Porranegra había existido y que entre 1879 y 1891, fechas de las riadas de Santa Teresa y de San Jacinto, había algunas referencias de él. Me contó que el puente se había terminado en 1875 y que formaban parte de la leyenda comentarios sobre un barbero que era un gran defensor de la justicia. También que su familia emigró a Barcelona después de que le mataran y que el asesino nunca había sido descubierto. El resto de la noche no tuvo nada destacable. Tan solo nos pareció escuchar unos sonidos parecidos al golpeo de una varilla metálica sobre los barrotes de la celda y un gemido ahogado y lloriqueante. Pensamos que nuestro inesperado inquilino estaba purgando sus malos pensamientos.
Eran casi las cinco de la madrugada cuando al bajar al calabozo a dos detenidos por tráfico de drogas que habíamos atrapado en plena faena, nos encontramos un espectáculo dantesco. El hombre que huía del guardián del puente, estaba muerto. Yacía en el suelo boca arriba y desangrado. Su cuerpo estaba lleno de cortes longitudinales. Pero lo más sorprendente es que alguien había escrito, con su propia sangre, que era el último descendiente del asesino del Porranegra.
Al cabo de los años tuvimos que dar por cerrado el caso porque no encontramos explicación para los hechos. Lo comunicamos a la que se había presentado como su mujer en el momento de entregar el cadáver y a la que dijimos que le habíamos encontrado muerto tras huir del puente. Venía acompañada de un joven que bien podía ser el hijo que nunca conoció el fallecido. A la mañana siguiente, nos enteramos de que alguien había llenado con cruces de sal toda la extensión del puente que une la ciudad con el barrio de San Cristóbal.
El caso tuvo consecuencias. A todos los que intervenimos nos cambiaron de destino y nos hicieron firmar un documento en el que declarábamos que aquello nunca había ocurrido. Pero sucedió. Lo vi con mis propios ojos. Y aún hoy, el misterio sigue sin resolver. Cuando paso por el puente se me eriza la piel. ¿Andará por allí el espectro del barbero?

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Mariano Valverde Ruiz ©