miércoles, 24 de mayo de 2017

EL FANTASMA DEL PALACIO DE GUEVARA






EL FANTASMA DEL PALACIO DE GUEVARA

Jamás lo hubiese intentado de saber lo que me esperaba. Me costó mucho esfuerzo conseguir un permiso especial para pasar la noche dentro de los muros del Palacio de Guevara, pero mi credencial de investigador de fenómenos paranormales, al final, me allanó el camino. Lo que sucedió después fue espeluznante, tanto que hoy es mi destino el que pongo en vuestras manos.
Me seducía la idea de demostrar lo que se comentaba en algunos círculos de mis colegas. Se decía que, por las noches, en la escalinata de sillería que conduce a la planta principal, se oyen los cascos de un caballo, el de don Juan de Guevara, quien mandara construir el palacio en 1689. El sonido del herraje en los escalones, los latigazos de la fusta y el relincho del caballo, han sido escuchados por algunos. Hay quien apunta que doña Isabel, su esposa, le obligaba a dejar su cabalgadura y a no subir con ella hasta la sala de los Camachos. Pero casi todos los que conocen estos comentarios, no dan credibilidad a lo que yo trataba de demostrar.
Aquella funesta noche de finales de Mayo de 2017, pertrechado con todo mi material técnico, un par de bocadillos y un termo con café, me instalé a la altura del sexto escalón de la escalera de sillería. Iba a ser una larga noche, pero aún no imaginaba cuál iba a ser la dimensión real de la misma.
Mientras observaba mis instrumentos, recordé que recientemente se había descubierto que en 1672, un par de años antes de que los terremotos de 1674 destruyeran parte de la ciudad, casi toda la estructura del edificio estaba en pie, y quedaba por completar el patio de columnas y la escalera principal. Se sabe que don Juan encargó las columnas de mármol en 1690 y que en 1691 contrató  la realización de la escalera. Consecuentemente, antes de 1689 ya se habían realizado obras y habían sucedido un gran terremoto primero, y una epidemia de peste en 1676. Mi intuición me decía que podría haber ocurrido algún hecho que provocase la posterior aparición de caballo y jinete.
Las horas fueron pasando sin que mis instrumentos registraran variación alguna. Tuve tiempo de leer el folleto que se había entregado La Noche de los Museos, el pasado 19 de Mayo, a los visitantes de la pequeña muestra de mobiliario restaurado. En el folleto, entre otras cosas, se especificaban las características de este singular edificio barroco, uno de los más importantes del sudeste español. Me detuve en todo lo que hacía referencia al nombramiento de Caballero de la Orden de Santiago a don Juan de Guevara. Para ello debía ser hidalgo, al menos, por los cuatro primeros apellidos, cristiano viejo, mantener la defensa de la Inmaculada Concepción, y la salvaguarda del honor y la fama, mediante la virtud y el valor personal. Pude comprobar que el nombramiento había sido posterior a las fechas en que ya había parte de la construcción realizada.
Imbuido en estos pensamientos no percibí el momento inicial en que uno de mis instrumentos comenzó a registrar sonidos y a grabarlos en mi ordenador. Cuando el sonido del teclado me sacó de mis pensamientos, un tremendo escalofrío recorrió todo mi cuerpo. En la pantalla fue apareciendo un texto como por arte de magia. Revisé el ordenador y no había duda. No había sido yo el artífice del texto que leí a continuación:
Mi caballo pisará cada noche sobre la tumba que encierra a quien quiso mancillar el honor de mi familia. Así será, desde el día que me ordenaron caballero, por los siglos de los siglos.
A pesar del asombro, me dejé llevar por mi natural curiosidad de investigador. Dispuse un escáner de vacíos y comencé a pasarlo por la escalera. El escáner me señaló una zona al inicio de las escaleras. Inmediatamente, tomé una piqueta, levanté la losa y seguí cavando hasta dar con una tapa de madera que cedió fácilmente, dejando al descubierto una oquedad. Ayudado por una linterna, observé el vano y descubrí los huesos de un cadáver. Junto al cráneo había un cofre de un palmo de largo por unos cuatro dedos de alto. Lo saqué y lo abrí. Dentro de él había un papel enrollado. Leí parte de su contenido, el que estaba en castellano; el resto, aparecía en hebreo y no pude saber lo que decía. Sin embargo, lo que había comprendido me puso muy mal cuerpo.
Hoy ya conozco todos los términos de aquella maldita carta. No puedo contar todo lo que decía, si lo hiciera se cumplirían las amenazas que portaba. Pero sí necesito contar algo muy importante. Tras colocar todo tal y como estaba, esperé a que se hiciese de día para salir de allí con el rollo de papel escondido e ir a traducir las palabras que aparecían en hebreo. Así pude ver que parte del texto significaba:
El día en que otros ojos lean esto, mi espíritu se adueñará de su alma, jamás dormirá hasta que mil lorquinos conozcan donde estoy. Si no me sacan de aquí y me dan sepultura en lugar sagrado para los judíos, quien esto lea ocupará mi sitio y dará a conocer el secreto de don Juan de Guevara.
Hago público mi descubrimiento en la confianza de que las buenas gentes de Lorca no lo permitan, de que pronto pueda dormir tranquilo, mientras el fantasma de don Juan sigue cabalgando con su caballo sobre una tumba ya vacía, o de que, una vez roto el maleficio, su fantasma se esfume para siempre y alcance el descanso eterno. Así podré ocultar el secreto de don Juan de Guevara y salvar mi alma de las llamas. En vuestras manos lo dejo.

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Mariano Valverde Ruiz ©