jueves, 29 de junio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 3





3

 
Gamal levanta la cabeza. Respira profundamente. Se siente cómodo en esta suite de no sabe cuántos miles de dólares por noche. Ha llegado a lo máximo en su carrera. Después de este partido no podrá igualar su reputación con otro similar. Por eso hace memoria y recuerda cómo fueron sus comienzos.
El árbitro aprendió el reglamento del fútbol en un curso acelerado impartido por correspondencia. Le resultó sumamente complicado aprender toda la teoría. No le entraba en la mente. Repasaba una y otra vez los textos y no lograba entender la definición que venía en la primera página del primer tema.
El concepto de fútbol decía algo así como: “juego entre dos equipos de once jugadores cada uno”. La palabra juego le rompía los esquemas. ¿Qué podría significar? Dudaba entre si el juego posee materia tangible o si se trata de una manifestación del espíritu. Según las creencias de sus antepasados, en un universo formado por materia y espíritu no hay lugar para el juego, todo está predeterminado, incluso el camino hacia el más allá.  El espíritu es el alma del mundo y es inherente a toda creación. Si se crea una jugada nueva, se le dota de un espíritu que lleva toda el alma del mundo. Y eso no puede ser. Entonces el juego del fútbol se encarnaría en cada ser para darle un alma individual, casi divina.
Por otro lado —anotaba Gamal en su diario— los jugadores han de tener un alma, y esa alma debe ser tratada como tal, teniendo en cuenta todas sus particularidades y singulares manifestaciones. Incluso el público aficionado ha de tener su alma individual y su alma colectiva, ésta última ha de ser un alma que recoja las sensaciones generales de la masa y la moralidad de las virtudes, o flaqueza de las mezquindades. Pero el juego es sí ha de estar carente de la más sublime característica de los hombres, debe ser sólo un compendio de normas que se cumplan escrupulosamente.
Después, el texto definitorio seguía diciendo: “cuya finalidad es hacer entrar un balón en una portería que defiende cada uno de los bandos, impulsándolo conforme a determinada reglas”. Esto último fue lo terriblemente complejo para Gamal. En aquel momento comenzaron a inquietarle las dudas que en algunos instantes le asaltaban como beduinos desarrapados y le robaban el sueño. Cómo comprender bien lo que expresa cada regla. Cómo interpretarlas en milésimas de segundo mientras sucede la acción. Cómo acertar siempre con la decisión correcta. Todas esas preguntas no tenían una respuesta clara.
Al principio de sus estudios le atosigaron tanto las dudas, que estuvo a punto de caer en una depresión y de abandonar para siempre la idea de ser árbitro. Todo cambió el día en que fue iluminado por un rayo divino mientras dormitaba debajo de una palmera. Aquel día de verano el sol se desmayaba sobre las arenas como un manto de fuego. Gamal notó que su cuerpo era traspasado por un rayo de luz venido del más allá, desde la confluencia de las estrellas de la constelación de Orión, donde algunos soñadores localizan el origen de la enigmática civilización egipcia. Y percibió que en su mente se habilitaban todos los mecanismos necesarios para comprender la naturaleza de su función más deseada. Su razón estaba preparada para hacer perfectamente viables sus intenciones de convertirse en un árbitro singular.
Ahora Gamal recuerda aquel momento con nostalgia. Anota en su diario lo que pensó después de apoyar su espalda en el tronco de la palmera y ser consciente de lo que le había sucedido. Recordó que, desde los remotos tiempos de la antigüedad, en los legados trasmitidos, de generación en generación, por sus antepasados, había llegado hasta sus días la grandiosa idea de la caridad. La moral egipcia consagra ese valor con mayúsculas. Y subrayó esa palabra en su mente: caridad. La consideró la idea más importante encontrada en los textos antiguos. —Así que —se dijo mientras masticaba un dátil maduro— debo ejercer la caridad con los equipos desfavorecidos y con los limitados. Tampoco debo menospreciar a los equipos que ejerzan su caridad conmigo.
Transcurrieron los meses y a medida que fue estudiando los cuadernos que le enviaban desde la FIFA, pudo conocer algo sobre la historia del fútbol. Tuvo constancia de que los juegos de pelota eran populares en China y otros países asiáticos ya en los siglos III y IV de la era cristiana. Supo que los soldados romanos practicaron una modalidad de fútbol llamada harpastum y que hay evidencias de juegos parecidos en la antigüedad de naciones como Grecia, México y Japón. También conoció que se considera el gioco del calcio practicado durante el renacimiento italiano como antecedente del fútbol actual. Aunque hay que considerar los orígenes del juego, tal y como lo conocemos hoy, en colegios ingleses durante el siglo XVII. Y fue el 26 de octubre de 1863 cuando en Londres nació el primer organismo que encauza este deporte: Foot-ball Association, le llamaron.
Esta última teoría le pareció más entretenida a Gamal. Le trasmitió los fundamentos y base de las reglas ordinarias básicas. Posteriormente conoció otras cosas que no lo eran tanto y que le causaron una sensación inquietante: la filosofía actual del fútbol, su entorno mediático, el dinero y los intereses que se mueven dentro del firmamento futbolero. Todo un mundo de presiones y de comercio alejado de lo que él entendía como deporte.
A lo largo de los meses se había hecho una idea general de todo lo relacionado con el fútbol. Con todo ese bagaje cultural dio por terminada su formación académica y lo celebró con una gran cena de cordero asado tras recibir el diploma que lo acreditaba como árbitro.
El siguiente paso fue la práctica de lo aprendido. Esto le resultó más sencillo. Todos los días iba al arenal de su aldea y observaba el juego de sus paisanos. Lo hacía entre la nebulosa de polvo que levantaban las tormentas de arena. Un día le pidieron que arbitrara y se atrevió después de pensárselo un poco. Después se hizo habitual el hecho de que él fuese el encargado de pitar los partidos. Para facilitar la tarea se fabricó un silbato con cañas que pulió y agujereó convenientemente. En ocasiones era muy difícil ver las líneas que marcaban en el terreno mediante un surco labrado con una vara de olivo. Por eso se acostumbró a señalar fueras de juego al más leve movimiento de los delanteros.
Su fama como árbitro fue conociéndose por las aldeas vecinas. A menudo le invitaban a pitar partidos de competición entre pueblos de distintas provincias y eso hizo que le acreditaran en la federación. A los pocos años le ascendieron de categoría y pasó de las divisiones regionales a las nacionales. De ese modo pudo conocer gran parte del país que hasta entonces ignoraba. Le fue cogiendo gusto a la labor arbitral. No sólo le suponía una gratificación para su ego personal sino que también le permitía hacer turismo por la geografía de la nación de los faraones. Todo marchaba bien y pronto se vio arbitrando los partidos más importantes de la competición egipcia.



CONTINUARÁ...

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martes, 27 de junio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 2







2

Ahora está aquí, en esta habitación maravillosa, presuntamente protegido y a salvo de los desmanes de sus acosadores. Debe relajarse. Él es un árbitro internacional, un colegiado de balón pie. —Lo que ha ocurrido forma parte de los riesgos de la profesión, —piensa—, dentro de unos días ya no se acordará nadie de lo sucedido, ni de mi cara—. Esta idea refuerza su estado de ánimo.
Gamal intentó superar sus dudas. ¿Qué le puede suceder a un árbitro que pertenece a la muy insigne y faraónica asociación egipcia de árbitros, una asociación que no suele expresar su filiación en siglas para no desvirtuar su categoría? Y menos a él, un privilegiado de la fortuna al que sus colegas se suelen referir como el hijo de la gran pirámide. Sabe que es un miembro destacado de la entidad a la que pertenece por derecho propio. Ha sido agasajado por los miembros de junta directiva de su federación. Tiene en su poder todos los galardones que se otorgan en su país a tan digna profesión. No ha de temer nada.
El hombre se sienta junto al escritorio de madera caoba y bambú que preside uno de los laterales de la habitación.  Coloca su diario sobre la superficie satinada de la mesa y se dispone a anotar algunas ideas que le refuercen su autoestima después de los descalabros que ésta ha sufrido en las últimas horas. Ahora se siente cómodamente instalado, refugiado en el anonimato y protegido por las autoridades del país anfitrión. Ésta es la suite para personajes especiales que existe en el mejor hotel —eso dice el catálogo— de Corea del Sur.
A Gamal le gusta el fútbol. Dicho así, como afirmación desnuda, sin adjetivos ni comparaciones, parece una cosa simple. Nada más lejos de la realidad. Para él, el mundo del fútbol es un todo absoluto en torno al que gira su existencia. Ver rodar la pelota supone constatar con alegría que en la superficie del balón se refleja casi todo lo que tiene sentido.
Desde joven ha sentido el sagrado llamamiento del silbato. Cuando se viste de corto para saltar al campo y dirigir un encuentro se transforma vertiginosamente en señor todopoderoso, en valedor de la norma escrita y en fedatario de lo que pueda acontecer. Adopta de inmediato un semblante autoritario, con matices de ironía mordaz y sobre todo, igual que los antiguos faraones de su tierra, adquiere la disposición de alma que posee un juez implacable para hacer valer las reglas del juego.
Nunca se ha creído culpable de nada. Cuando en alguna ocasión en su juventud, tras mover algunas piedras para procurarse un asiento mejor, los escorpiones que dormían bajo ellas habían campado a sus anchas y le habían picado a alguno de sus amigos, llegó a decir que siempre son las disposiciones del destino las que interpretan las circunstancias. Y que por tanto él no era responsable del veneno de los escorpiones ni de su instinto asesino.
Tampoco se cree un cobarde. El día en que se enfrentó a los que le llamaban ventosidad de dromedario, desapareció de su vocabulario esa palabra. Eran cuatro los jovenzuelos de la aldea que siempre andaban mofándose y retándole para que demostrase su hombría. Una mañana les citó para que aquella noche, a las puertas de una mastaba cercana a la aldea, le demostrasen a él lo hombres que eran ellos.
Durante la siesta, se acercó hasta la tumba de la antigüedad que muchos conocían como la cueva del río de la muerte y preparó, junto a la entrada, unas chilabas que colgó del techo con mucha habilidad para que pareciesen espíritus en pena. Deslizó sobre el suelo unos cordeles que tensó y ató a unas tinajas, dentro de las cuales dispuso unas teas encendidas, de tal modo que al pisar el cordel se tumbaran.
Cuando aquella noche estuvo ante la puerta de la mastaba con sus amigos, les indicó que entrasen detrás de él y vieran cómo vencía al espíritu de Amón. Gamal fue adentrándose sorteando los cordeles. Cuando los amigos pisaron los hilos que sujetaban las tinajas, éstas se tumbaron, las teas iluminaron el interior y encendieron las chilabas que colgaban del techo. La visión que se presentó ante los amigos de Gamal fue terrorífica. Mientras, él levantó los brazos, impasible, y gritó:
—Ven aquí, Amón, Dios del fútbol, Dios del juego que aparece en los grabados de tu templo en Tebas, Dios del juego que aparece en los grabados de las tumbas de Menfis y Sakkara. Ven. Manifiéstate…
Los amigos corrieron despavoridos mientras él explotaba en una carcajada demoníaca.
Después de aquello su imagen se agigantó entre sus iguales. El valor para tomar decisiones se le supone desde entonces. Y la tozudez posterior a la toma de decisiones no es algo de lo que presuma sino una característica absolutamente verídica. Que se lo pregunten a sus hermanos cuando se obcecó en colocar huevos de gallina bajo su camastro para demostrarles que no se rompían y que durante la noche desaparecían. A pesar de que cada mañana aparecían restos de cáscaras en el suelo, nunca admitió que algunos se rompiesen. Ni que se comía a escondidas los demás.
Sin embargo hay ocasiones, como las que sucedieron hace dos días, en las que después de tomar una decisión arriesgada, se le atraganta el silbato en la boca y la saliva se convierte en una pasta amarillenta con textura de arena que le impide hablar. Entonces opta por esgrimir la pose de una estatua, una esfinge arbitral que simula al guardián de las pirámides. Los espectadores afectados por su decisión toman esa pose por la efigie de un pasmarote, a la que añaden algún que otro calificativo oloroso. Él ni se inmuta.
Durante el partido entre España y Corea del Sur, el árbitro egipcio tuvo que adoptar en numerosas ocasiones la posición de esfinge. Ahora recuerda especialmente algunas de esas situaciones melodramáticas. En el minuto cincuenta, Gamal anuló un gol a Rubén Baraja alegando que había hecho falta antes. Así lo quiso ver y así lo señaló. En el segundo minuto de la prórroga anuló otro gol legal a Morientes. Consideró que el balón conducido por Joaquín había salido fuera. Él no vio la repetición y aunque la hubiese visto, lo que le mandaba su mente era que el balón había salido fuera. A lo largo de todo el partido cortó varios desmarques de jugadores españoles considerándolos fuera de juego sin que lo fuesen. Se quedaban solos delante del portero y eso no lo podía permitir. En la última jugada del partido, cuando España tenía que sacar córner, dio por finalizado el tiempo reglamentado antes del lanzamiento. No era justo que después de que el equipo anfitrión aguantase tanto tiempo con empate a cero, el equipo visitante, es decir, España, tuviese la oportunidad de ganar el partido en la última jugada.
Fueron buenas decisiones, sobre todo para los intereses de los organizadores. Desde su postura de esfinge pudo ver las caras de los dos entrenadores. A uno le vio rostro de pocos amigos, ira contenida y ráfagas de sudor bajo los sobacos. Al otro le notó una sonrisa felina similar a la de los gatos enjaulados cuando atisban, entre los barrotes de su celda, un espacio suficiente para evadirse del encierro al que están sometidos.
Gamal recuerda puntualmente la jugada del gol de Morientes en el minuto dos de la prórroga. Era un gol de oro. Allí habría acabado el partido con la victoria de España. Al insigne árbitro le viene a la mente que después de señalar que la pelota había salido fuera y que era saque de portería, durante un instante quiso arrepentirse de la acción que acababa de realizar, dudó de la oportunidad de su golpe aleatorio de silbato, de su osadía o quizá tuvo la  certeza del disparate que acababa de cometer. Sin embargo no rectificó. No lo hizo para no convertirse en un fugitivo que huye de las secuelas de sus decisiones, para no verse corriendo a lomos de un dromedario por las dunas del desierto. En el último momento tuvo la certeza de que él poseía la gracia de Dios y que ese poder divino le resguardaba de todo lo humano. También recapacitó sobre lo que quizá le hiciesen aquellas decenas de miles de aficionados de Corea del Sur que gritaban sobre su cabeza.
 —Si estos tíos se comen los perros… ¡qué harían conmigo!


CONTINUARÁ...

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lunes, 26 de junio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 1




EL ÁRBITRO

1

Un hombre despierta entre las sábanas revueltas de una enorme cama con dosel. Tiene la mirada perdida en lo más profundo de las sombras de la habitación. Está en la suite Embajador de un lujoso hotel de Seúl.
El sudor le cubre toda la piel con una escarcha de angustia. Le cuesta respirar con normalidad e incluso tiene dificultades para poder identificar con precisión cuál es su ubicación en el mundo. Todo lo que ve a su alrededor le parece irreal: lámparas, muebles, cuadros, cortinas… Tanto la amplitud de la habitación como el lujo asiático de la decoración le parecen extraídos de un cuento de las mil y una noches.
Gira la cabeza a ambos lados del cabezal y se apoya en los antebrazos para alzar su tronco sobre la almohada. Reclinado en la cama, en una posición forzada por la tensión del sueño, deja que pasen unos segundos cargados de desconcierto y de ansiedad que se diluyen por las esquinas de la habitación como motas de polvo. Después, poco a poco va recobrando el ánimo, la respiración pausada y la conciencia. Entonces comprende que lleva dos días en esa habitación y que acaba de tener una pesadilla.
El hombre recuerda vagamente algunas de las imágenes del sueño terrible que le ha despertado en medio de una crisis nerviosa. Estaba dentro de una caldera descomunal sujeta a un punto indefinido por cadenas enganchadas a cuatro asas que tenían forma de cráneo abierto. Debajo de la caldera, miles de gigantescas llamas lamían el acero con sus lenguas de fuego. No podía moverse aunque lo intentaba con todas sus fuerzas. El agua le cubría hasta el cuello. Era un agua fétida y viscosa, en cuya superficie nadaban numerosos restos de malas digestiones. Un calor excesivo iba subiendo paulatinamente por sus piernas y avanzando por su cuerpo como una gangrena de brasas.  Notaba unas terribles punzadas a la altura de sus genitales, algo así como si un enjambre de abejorros, estuviesen clavándole, constantemente, los aguijones en las partes más blandas de su aparato reproductor. Alrededor de sus nalgas bullían cientos de pirañas que se lanzaban alternativamente contra sus carnes con una voracidad desmedida. Una serpiente amazónica apretaba su vientre hasta convertirlo en un fino tubo de carne que se retorcía bajo la piel del reptil. Alrededor del pecho tenía una bufanda de espinas. Pero, sobre todo, lo que le había despertado con un grito desgarrador que no parecía haber salido de su propia garganta, era haber sentido el tacto de cientos de miles de manos, que se asían a su cuello y le estrangulaban sin contemplaciones, mientras en sus oídos estallaban miles de improperios de la peor nomenclatura posible.
Ahora, el hombre se levanta con cierta parsimonia y se dirige hacia el bar de la suite para buscar un poco de agua fresca. Comprueba a simple vista que no queda ningún botellín de agua mineral. Sus ojos recorren todas las botellas que se disponen en las bandejas del interior del amplio frigorífico buscando algo que beber, cualquier líquido que le refresque y que consiga aplacar su sed. No suele beber alcohol, su trabajo lo aconseja y su religión lo prohíbe, pero coge una botella de champaña y la descorcha. El tapón golpea las lágrimas plateadas de una lámpara de cristal que cuelga del techo mientras el dorado licor se convierte en un geiser de espuma con el que llena el vaso. Acto seguido levanta el vaso y bebe sin dilación hasta la última gota. Después de eructar ostentosamente se limpia la boca con el brazo y vuelve a mirar con atención todo el conjunto de la habitación. Entonces descubre, junto a un cesto de frutas exóticas, una tarjeta del tamaño de un folio con los bordes dorados y el anagrama del hotel. Camina lentamente, alarga el brazo, la toma entre sus dedos con cierta curiosidad y lee: para Míster Gamal El Ghandour.
La imagen de un beduino de piel morena y cabello negro azabache, delgado, de hombros anchos y brazos largos, se ve reflejada en un gran espejo que hay junto a la entrada a la suite. Se reconoce en esa imagen. Ha recobrado la serenidad. Inspira el aire con fuerza y lo expulsa después con energía renovada. Con la tarjeta del hotel entre sus dedos recuerda que Gamal es su nombre, que es árbitro de la FIFA, que está en un mundial de fútbol, y que hace dos días que pitó un partido entre las selecciones de España y Corea del Sur.
Gamal había tenido que trasladarse de hotel porque durante las horas posteriores al partido entre España y Corea del Sur su anterior hospedaje se había convertido en un infierno. El manejo de la centralita del hotel había supuesto una prueba de fuego para los telefonistas de recepción. Las líneas se colapsaron varias veces con llamadas procedentes de España. El árbitro comenzó a inquietarse tras recibir las primeras comunicaciones, en las que con un castellano perfecto y un tono agresivo le llamaban ladrón. Después, a Gamal le pareció entender que le llamaban obscenamente de forma reiterada y perniciosa, y que utilizaban el vocabulario con todas las variantes ofensivas posibles, aunque no comprendía el significado de las palabras. Entonces, Gamal pidió que no le pasaran más comunicaciones de aquellos que le habían visto con el ojo acusador de la España futbolera. Como los recepcionistas no supieron diferenciar ni la procedencia, ni el espíritu de las llamadas, aquello se convirtió en un carrusel de insultos procedentes de todas partes del mundo, de todos los lugares donde algún aficionado español había visto el partido.
En la puerta del hotel se fueron aglomerando numerosos representantes de los medios, aficionados y curiosos de distinto pelaje. Los periodistas acreditados por los periódicos españoles forcejeaban para conseguir entrevistar al árbitro, que según ellos, le había robado el partido a la selección. Los aficionados hispanos gritaban sin cesar toda clase de insultos contra Gamal y los curiosos se animaban a la fiesta, unos jaleando al árbitro, otros discutiendo con los que le criticaban.
La confrontación entre los aficionados detractores y los defensores de la actuación arbitral se convirtió en un problema de orden público. En pocas horas la multitud había ido en aumento, las discusiones habían degenerado en violencia y la dirección del hotel se había visto obligada a tomar medidas de seguridad alternativas y a llamar a los antidisturbios para controlar la situación. En la calle se había puesto cerco al hotel.
Cuando las autoridades valoraron la magnitud del problema llegaron enseguida a una decisión concreta. No quedó más opción que sacar al árbitro de allí, trasladarle de hotel y realizar posteriormente un comunicado que asegurase que el árbitro había vuelto a su país de origen. Así que, después de algunos contactos con los miembros de la organización del mundial y con las autoridades nacionales, Gamal fue trasladado de hotel en el más absoluto secreto.
Salió de su habitación vestido de gueisa y, acompañado por dos agentes de la policía coreana ataviados con lujosos trajes de ejecutivo, recorrió los pasillos con más miedo que palabras. Una esmerada aplicación de maquillaje de polvo de arroz y el movimiento oscilante de un abanico decorado con flores de cerezo, le cubrían parcialmente el rostro y disimulaban sus facciones. Los agentes le metieron en un coche camuflado y salieron del hotel sin que ninguno de los que se apostaban en la puerta, pronunciando su nombre con instinto asesino, pudiese verle.


CONTINUARÁ

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domingo, 18 de junio de 2017

EL ASESINO DE LA CALLE SELGAS




EL ASESINO DE LA CALLE SELGAS

Entre las historias de malvados asesinos que han circulado por el acervo popular de Lorca, hay una que merece especial atención. Son hechos poco conocidos en profundidad, dado el matiz escabroso de los mismos y, quizá, a consecuencia del interés de algunos poderes ocultos por desvirtuar su realidad. Su conocimiento se lo debo a Pedro Colón, un joven policía destinado en la comisaría de la ciudad durante los primeros años del siglo XXI, y que hoy se ha convertido en un gran detective, destinado en la Brigada Central de la comisaría de la calle Génova, en Madrid, y del que pronto tendré que contar algunas de sus hazañas.
El caso es, que un día de otoño de 2001, mientras tomábamos unas cervezas en el antiguo pub El Convento, que nos había servido Diego Jodar, me contó que, curioseando en los archivos, había encontrado el expediente de Atanasio el Rastrojo y me fue contando, a su manera, la singularidad de unos hechos ocurridos a finales del siglo XIX en la calle Selgas, cuando esta era una de las principales calles de la ciudad y conocida como calle de las tiendas.
Pedro Colón me contó que, a principios de 1890, comenzaron a aparecer restos de cadáveres en la calle Selgas, a la que da nombre el periodista y escritor lorquino José Selgas, autor, entre otros, de los libros La primavera, El estío o Flores y espigas. Se trataba de huesos de piernas, brazos, troncos y un cráneo irreconocible. La sensación de terror se fue apoderando de los habitantes que no encontraban explicación para la macabra aparición de aquellos huesos. Algunos hablaban de la acción de algún bromista, otros de la acción de un espíritu atormentado que buscaba venganza. La preocupación fue en aumento y las autoridades comenzaron a investigar.
Se encargó el caso a Fortunato Reina, un policía socarrón y pragmático que solía decir que detrás de cada hecho siempre estaba la mano de un ser vivo y que no creía en la intervención de nada que no fuese de este mundo. Fortunato puso discreta vigilancia en la calle para ver si identificaba al misterioso colocador de restos humanos. Hasta entonces habían aparecido huesos en varios puntos: primero, en la confluencia de Selgas con la calle Álamo; después, cerca del comienzo de la calle Martín Piñero; y más tarde, en una zona próxima a la calle Fernando V. Habían aparecido dentro de cajas de madera o liados en trozos de tela, o dentro de un serón de esparto.
Fortunato advirtió que iban siguiendo un camino determinado. Tras aparecer un cráneo dentro de un cesto de mimbre a la altura de una casa situada a pocos metros del inicio de la calle Paradores, Fortunato inspeccionó con detenimiento el hallazgo y encontró unos pendientes con pequeñas perlas engarzadas con estaño. Después, fue pasando el tiempo sin que aparecieran más restos. Fortunato se centró en conocer a quién pertenecían los pendientes. Durante varias semanas, dos oficiales recorrieron parte de la ciudad mostrando los pendientes hasta que una mujer, que vivía en la calle Cava, los reconoció: «Los vi llevar a mi vecina, pero la pobre María hace más de tres años que murió» dijo al oficial. Fortunato, dando pábulo a su intuición, en vez de hablar con los familiares de la difunta, consiguió una autorización del juez para abrir la sepultura. De ese modo descubrió que había sido manipulada en fechas recientes y, ante su asombro, comprobó que faltaban los restos del cuerpo.
Fortunato se presentó en la casa de la difunta. Le recibió Jacinto, su hijo, un joven que tenía entonces diecinueve años. Ante las preguntas de Fortunato, Jacinto le explicó que su madre había aparecido muerta en extrañas circunstancias, que habían pensado que su muerte se debió a un terrible accidente al ser atropellada por un coche de caballos, pero que él albergaba una duda. Posteriormente, la gente le había dicho que a su madre la rondaba un hombre cuando su padre no estaba en casa, que después desaparecía durante unas horas, y que volvía más tarde con una expresión muy cambiada. Él nunca había notado nada. Fortunato le preguntó si conocía a aquel hombre del que le habían hablado y Jacinto solo le dijo que en una ocasión pudo ver a un hombre que cubrió su rostro al percibir su presencia en la casa. El policía no le dijo nada acerca de su descubrimiento en la tumba de su madre.
Pasaron los días y no continuaron apareciendo restos. Fortunato fue investigando en los alrededores de donde habían aparecido huesos. Sospechaba que su colocación no había sido casual. Así descubrió que los huesos aparecían frente a casas de hombres de buena posición económica, muchos de ellos casados y de reconocido prestigio social. Cuando habló con ellos, todos negaron conocer a la difunta y ninguno supo darle explicación razonable para lo sucedido. Fue en la última casa, justo donde había aparecido la cesta con el cráneo, donde Fortunato notó un cierto nerviosismo en el dueño al mencionar el nombre de María. Le mostró una foto, que le había facilitado su hijo Jacinto, mientras le miraba fijamente. La forzada serenidad le hizo sospechar. Se despidió rogándole que si recordaba haberla visto alguna vez, no dudara en decírselo.
Poco después, todas las noches, más o menos a la misma hora, un coche de caballos pasaba junto a la puerta de Atanasio y arrojaba una cuerda en forma de horca. Aquello fue minando la serenidad de Atanasio que una noche salió al encuentro del carruaje armado con una escopeta e intentó detener al cochero disparando al conductor que iba protegido con un pañuelo cubriéndole el rostro. No pudo conseguirlo, pero a la mañana siguiente se plantó en la comisaría y dio parte de los hechos. Fortunato aprovechó para volverle a interrogar mientras mandaba a que registrasen su casa. En los sótanos de la misma se descubrió una especie de mazmorra, prendas de vestir íntimas de mujer, y un colgante que resultó pertenecer a una joven que había desaparecido dos meses atrás. Aunque la responsabilidad sobre la muerte de María no parecía estar clara, en el caso de la joven desaparecida, las pruebas incriminaban a Atanasio, por lo que Fortunato decidió detener a Atanasio y someterle a un intenso interrogatorio con dureza, intimidación y tortura. Con el paso de los días, el Rastrojo se ablandó y terminó confesando.
Su modo de actuar era sencillo: engatusaba a las mujeres con promesas de convertirlas en ricas, las llevaba a su casa, y allí las ataba y amordazaba en el sótano. Luego ofrecía el disfrute de sus cuerpos a hombres acaudalados y sin escrúpulos. Posteriormente las amenazaba con matarlas si contaban algo a alguien y no dudaba en cumplir su palabra cuando alguna se negaba a volver a ser sometida. El Rastrojo confesó que María le había insinuado que daría parte a la policía y que tuvo que silenciarla. También confesó su responsabilidad en el caso de la joven desaparecida cuyo cuerpo apareció enterrado en las faldas del castillo.
Pero había un tema sobre el que Fortunato tenía curiosidad. ¿Quién había sido la persona que había puesto los huesos de María apuntando a la casa de Atanasio y cómo había sabido de la responsabilidad del Rastrojo? Su primera intuición le llevó a hablar con Jacinto, el hijo de María. Le recibió con una mal disimulada satisfacción. Y le explicó que había conocido las artes del Rastrojo por un amigo a quien le había ofrecido disfrutar de una joven unos meses atrás. Entonces sospechó de él, pero no tenía forma ni medios para demostrar nada. Se le ocurrió ir al cementerio y utilizar los huesos de su madre para señalar el camino que llevaba a su posible asesino. Al fin y al cabo, su madre habría aprobado su acción si conseguía que fuese vengada su muerte. También confesó ser el conductor del carruaje que dejaba la cuerda en forma de horca sobre la acera y frente a la casa de Atanasio, lo que contribuyó a que fuese investigado.
Meses después, Atanasio el Rastrojo fue juzgado y condenado a cárcel para el resto de sus días. Previamente se habían conocido los orígenes y andanzas de aquel malvado asesino que rondaba los cuarenta años, de complexión fuerte, moreno, de piel curtida y estatura media. Era natural de una pequeña aldea de La Mancha, hijo de campesinos humildes y trabajadores, que se dedicaban a la siembra y sementera del trigo. Era un bravucón sin moral ni credo, mentiroso y ambicioso, que se había marchado de su aldea para hacerse rico a costa de lo que fuese. Sus primeros pasos habían recalado en Albacete, donde hizo dinero con negocios turbios y de donde tuvo que huir para evitar un ajuste de cuentas. Después se instaló en Lorca, donde su crueldad y codicia le llevó a convertirse en un asesino despiadado.
Cuando Pedro Colón terminó su relato, ya eran altas horas de la madrugada, casi la hora del cierre del pub El Convento. Me despedí con agradecimiento por la historia que me había contado y quedamos para una nueva ocasión, ya que me aseguró que conocía otros casos que seguro me iban a interesar. A la vuelta a casa, di un rodeo, subí por la calle Álamo y enfilé la acera izquierda de la calle Selgas. Durante todo el trayecto intenté imaginar cómo habían ocurrido las cosas más de cien años atrás. Aún siento el escalofrío que sufrí al pasar por donde estuvo la casa de Atanasio el Rastrojo y pensar en las atrocidades que se habían cometido en sus sótanos. En el lugar más insospechado anida el mal, y es imposible eludir su carcoma.

RELATOS BREVES
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viernes, 16 de junio de 2017

CANCIÓN EN LA QUINTA






CANCIÓN EN LA QUINTA

Esta canción es para ti. Nace en una noche olvidada de los años ochenta cuando el rumor de la Movida ya se estaba apagando y se hace letra junto a los muros de La Quinta. Tú le pones nombre a su banda sonora. Es el sonido del mundo que conocemos interpretado con las notas que emergen de una antigua melodía: la de los latidos que deja el corazón cuando siente el paso impetuoso del tiempo.
No importa quien la canta. Igual que la magia inexplicable de las emociones, su tono parece llegar desde las inmensidades de un gran desierto, o desde los glaciares del Ártico, o desde las montañas alpinas, o quizá, desde las recónditas selvas tropicales. Llega con el aire perfumado de pétalos de amapolas y doradas espigas. Se adentra en los sentidos con el orgullo del agua, el tacto de la nieve o la imagen de una aurora boreal. Desde el interior de la garganta sube con una escalera de armónicos sentimientos hacia el valle donde la luz es naturaleza que viste los campos de Lorca. Y se deja acariciar por el aire como una mota de polvo que ahora es vida.
Esta canción es para ti. Suena como la brisa que mece los árboles junto a la Plaza de Calderón y peina las hojas que caen al agua de la fuente de Colón. Vibra como la espuma que baja por el arroyo imaginario del Guadalentín mientras las arenas de su cauce escuchan su mensaje. Es relieve frente a la costa de Calnegre, una bruma blanca que acuna al sol tras la sierra de Tercia, cascada de suaves ocres bajo la cumbre de la torre Alfonsina, o ramas de un árbol milenario que envía el tiempo a darte sombra.
No creas que no lo sé. Igual que tú, yo también tiemblo con la luz del paisaje, con el color de las nubes, con los reflejos del sol, con la música de los besos, con la profundidad del universo. Igual que tú, yo también tengo miedo de que todo acabe, de que no haya tiempo que compense las palabras que no se han dicho, los gestos que no se han interpretado con acierto, los silencios que claman con gritos ensordecedores que se nos escapa la vida sin que pueda remediarse. 
Sí, esta canción es para ti, ahora, cuando las ruinas acampan por el paisaje de La Quinta donde nuestras manos compusieron los sonidos del éxtasis. Ahora, cuando cuesta decir el argumento que el amor teje en las venas, cuando quizá estés muy lejos aunque la rutina te tenga cerca. Ahora, aunque camines a miles de días de aquellos momentos que te ruborizaban. Ahora, que tal vez sigas volando en un globo de fantasía sobre las latitudes del océano de los años. Ahora, que quizá sigas soñando con alcanzar la cima del mundo o construyas tu choza en el interior de una selva desconocida, o seas una piedra al borde del sendero que conduce a tu felicidad, o, simplemente, una nota de piano que trisca el aire para hacerse un hueco y morar cerca del corazón.
No me preguntes por qué. Escucha su melodía y hazla tuya. Habla de todo lo que tiene sentido, de la dicha y la renuncia, del dolor y la esperanza, de las horas compartidas, del misterio de los silencios, de las encrucijadas del corazón, del sin sabor de la incomprensión, de la fatiga en la mirada, de las estrellas en los ojos, de cuanto es vida… Y crece hacia el interior, aunque la melodía se escuche entre las paredes de los edificios, al borde de las aceras, junto a los semáforos, entre las plantas de las Alamedas…  No preguntes por qué debes saborear ahora esta canción si siempre la has sentido aunque no hayas escuchado la música que interpreta o comprendido la dimensión del significado de su letra. Todo lo que nace se transforma para seguir siendo aquello que fue tan solo una mirada. O un susurro tras la oreja cuando el volumen de la música alejaba las palabras de los labios. O una mano arriesgada en territorio inexplorado.
Esta canción es para ti. Notarás que su estribillo es diferente cada día, cada noche. No te sorprendas si puedes entenderlo, porque igual que la música, tú también cambias de registro, pero, a pesar de los años, permanecen en tu interior los acordes primordiales con los que te sentiste única.
Esta canción es para ti. Escúchala y déjate llevar, baila con sus notas, permite que tus manos toquen el cielo, que lleguen hasta la inmensidad del infinito, y que luego se dejen caer, exhaustas, sobre mi pecho.
Esta canción es para ti porque tú eres quien compone sus notas, y yo, tan solo, las escribo en el aire para que las recuerden las aves cada mañana junto al balcón de tu dormitorio.


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domingo, 4 de junio de 2017

EL MAGO DE NOGALTE





EL MAGO DE NOGALTE

El ingenio y la capacidad de supervivencia de los nacidos bajo La Fortaleza del Sol, no tiene límites. La vida de Gervasio es un ejemplo de que los poderes ocultos de la mente, algo que pocos se atreven a explorar, puede cambiar el rumbo que el destino tiene trazado para cada uno de nosotros.
Durante los primeros años del siglo XIX, la ciudad de Lorca se vio afectada por muchas calamidades. El 30 de abril de 1802, la rotura del pantano de Puentes destruyó la parte baja de la ciudad, la llamada Puerta de San Ginés y casi todo el arrabal de San Cristóbal. Después siguieron los tiempos de sequías, una epidemia de fiebre amarilla, los efectos de la Guerra de la Independencia contra los franceses, la desaparición del comercio de la barrilla, hambre, desesperación y despoblación, factores que fueron mermando las oportunidades de sobrevivir de una población abatida por la miseria.
En ese contexto vivía Gervasio, un hombre que a pesar de todo, intentaba conservar un saludable sentido del humor y una visión positiva de las cosas. «No hay mal que cien años dure», solía decir. Poseía una inteligencia natural, no había tenido posibilidad de cultivar su mente pero explotaba los recursos que esta le ofrecía para ganarse el sustento diario. Cuando le preguntaban cómo se las apañaba, solía decir: «Cualquier cosa puede estar a tu alcance, solo tienes que utilizar la parte de tu mente que tienes inactiva». Y si le insistían en que cómo se podía hacer, sentenciaba: «puedes hacer que llueva con solo pensarlo».
Muchas fueron sus ocurrencias y las situaciones que pusieron a prueba su ingenio. Hasta nuestros días ha llegado una de ellas, una historia que fue pasando de boca en boca, contada por los más viejos de la calle Nogalte, a quienes, a su vez, se la narraron sus antepasados. Teniendo en cuenta que pudiera haberse trastocado algún aspecto de los hechos originales, pero dado que la esencia de lo que se cuenta puede ser de interés para muchas personas que atraviesen etapas difíciles en su vida, voy a relatar los hechos tal y como los he conocido.
Cuentan que Gervasio, igual que había hecho durante los siete días anteriores, había dispuesto su tenderete en la acera que conduce hasta la entrada al templo de San Francisco. Había colocado una silla de anea y, frente a ella, un taburete cubierto por una tela de tejido verde y ribetes dorados. Se había acicalado el único traje negro que poseía y se había ceñido una especie de turbante alrededor de su cabeza, que había confeccionado con una sábana blanca que había cortado en tiras. Sobre la tela que cubría el taburete, había colocado un mazo de cartas de la baraja española. Cuando vio llegar a los posibles primeros clientes del día, comenzó a hablar:
—Nadie conoce el poder de su mente. Nadie sabe de lo que es capaz hasta que no tienta al destino, hasta que no se pregunta hacia dónde va o qué le depara el futuro. ¿Sois vos, quizá, alguno de esos hombres?
Varios curiosos se acercaron hasta su improvisado puesto de venta y le preguntaron que qué ofrecía.
—Os ofrezco la posibilidad de que conozcáis los peligros futuros para que podáis evitarlos.
—¿Y qué peligro puedo tener ante mí? —Preguntó uno de ellos.
—Por una moneda de buen metal, lo conocerás.
—¿Caro lo vendéis? —Dijo el otro.
—¿Acaso no vale más vuestra vida? —Contestó Gervasio.
—Ahí está mi moneda —dijo el primero mientras la lanzaba sobre el taburete. —Pero, si me engañáis, os vais a arrepentir toda la vida.
Gervasio lo miró directamente a los ojos con toda la dureza que fue capaz de proyectar. Luego suavizó su expresión y dijo:
—Todo depende de vos. ¿Tenéis confianza en vuestra mente?
—¿Mi mente? ¿Qué es eso?
—Vuestra cabeza, señor. Solo utilizamos una pequeña parte. Hay infinidad de cosas que desconocemos. El poder de vuestra mente no tiene límites, solo es necesario que sepáis buscar en ella y extraer su benéfico rendimiento.
—Extraña forma de hablar. Pero, bueno, se me ocurre pregúntate si podré hacerme rico.
Gervasio comenzó a barajar las cartas, separó tres de ellas y las colocó boca abajo formando un triángulo. Después levantó una de ellas y la puso boca arriba.
—El as de bastos. Si meditáis profundamente sobre vuestra voluntad para afrontar los retos, veréis que poseéis una gran fortaleza que os hará afrontar con éxito la idea que tenéis en mente.
El hombre se sorprendió al escuchar aquello. Había pensado montar un negocio para curar pieles y venderlas fuera de Lorca. Gervasio levantó la segunda carta.
—El tres de copas. Deberéis pedir prestado parte del dinero que necesitaréis para el negocio que deseáis, pero una vez puesto en marcha, os lo compensará con creces.
En ese momento, una dama que llevaba su cabeza cubierta con un pañuelo negro, caminaba hacia el templo y se acercó al grupo con curiosidad. Gervasio levantó la tercera carta.
—El dos de espadas. Tendréis que vencer a dos duros adversarios: la incredulidad de vuestra familia y vuestro apego a la holganza. De usted depende. Crea en usted y alcanzará su objetivo.
El hombre se quedó muy pensativo.
—Cierto. Son los dos temores que me paralizan. ¿Cómo lo ha sabido?
—Del mismo modo que sé que la mujer que nos está observado siente un tremendo dolor y busca consuelo en la intimidad de la iglesia a la que acude todos los días a esta hora.
La dama se alteró visiblemente y reinició su camino hacia la puerta de San Francisco. El hombre que había preguntado a Gervasio, dijo al otro:
—Puede que algo mágico ampare a este hombre. Bien vale lo que le he dado.
Los dos hombres se alejaron mientras compartían sus pensamientos acerca de lo que acababa de ocurrir.
Transcurrieron más de dos horas desde que la dama desapareció por la puerta de la iglesia hasta que apareció de nuevo y fue caminando lentamente hasta donde se encontraba Gervasio, que estaba, aparentemente, en estado de profunda meditación.
—¿Puedo preguntarle algo, buen hombre?
—Una moneda de buen metal vale mi palabra.
La mujer sacó una moneda de su bolso y la colocó sobre el taburete. Y luego preguntó:
—¿Cuándo desaparecerá mi dolor?
—Tomad esa moneda que habéis dejado. Cerrad el puño con todas vuestras fuerzas e intentad mantenerlo cerrado. Antes de que se escuche la siguiente campana del reloj de la iglesia, la mano se os abrirá y la moneda caerá sin que podáis evitarlo.
La dama hizo lo que Gervasio le pedía. Al poco tiempo, sus dedos se abrieron como los pétalos de una flor que no puede vencer a las fuerzas de la naturaleza, y la moneda cayó sobre el taburete.
—Lo veis, vuestra mano no os ha obedecido. El poder de la mente ha conseguido que penséis en otra cosa hasta que el dolor en vuestra mano ha sido más grande que el de vuestra alma. Ya no tenéis dolor. ¿Verdad?
—No. Ya no me duele dentro. Parece cosa de magia. No lo entiendo. Pero quizá después vuelva el dolor. Estoy segura. Y entonces, ¿Cómo podré evitarlo?
—Cada vez que sintáis ese dolor que os angustia, colocad una moneda en vuestra mano y presionadla como os he enseñado. Pensad en mí, estéis donde estéis, notaré vuestra llamada y acudiré en vuestra ayuda. Pero, además, debéis hacer algo más.
—¿Algo más? —Preguntó la dama con inquietud.
—¿Recordáis al hombre que estaba consultándome cuando llegasteis? Buscadle y decidle que el año que viene, por estas fechas, le esperaré aquí para que me entregue la mitad de la fortuna que va a ganar con su negocio, deberá venir de vuestra mano. Que crea firmemente en lo que digo, porque si no, jamás va a ver el día de sus alabanzas porque el miedo al poder de las fuerzas ocultas, le consumirá.
Una vez pronunciadas aquellas palabras, la dama se alejó tras asegurarle que así lo haría, que descuidara, que procuraría que el hombre regresara y cumpliera con sus demandas.
Con el paso del tiempo, Gervasio fue comprobando cómo sus predicciones se iban cumpliendo de una u otra forma y que, además, en su bolsa jamás faltaban monedas para vivir dignamente. Él mismo comenzó a creer que el poder de la mente obra los milagros más peregrinos, y consigue los objetivos que cada uno se proponga, siempre y cuando, los demás también lo crean.

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EL DESCONSUELO DE NÁUCRATE





EL DESCONSUELO DE NÁUCRATE

El sol ha derretido las alas de su hijo Ícaro
y el lecho del mar acoge su cuerpo sin vida.
Ahora, las manos de Náucrate
buscan en todos los portales
de la isla de Creta
el vacío que deja el hueco de la noche,
quieren tocar la sima donde yace
el fruto de su amor.
La desesperación alimenta su búsqueda,
palpa la negritud de los espacios
que la alejan de lo imposible
y se apoya en los muros
sin mancillar las piedras.
Camina con su alma por el suelo,
ausente, como sombra de las lágrimas
que brotan de sus ojos.
Un reguero de rosas troceadas
decoran las facciones de su rostro.
La expresión silenciosa de su gesto
marca todos los límites
de su desgracia.
El dolor se reencarna en su piel,
en las rosas, el cielo, el mar y el infinito.
La noche, inalterable, no ofrece más consuelo
que el frío que deja al borde de sus manos
como una tumba gris de sal marina.


(OTRA REALIDAD)
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