martes, 18 de marzo de 2014

SIN ESCAPATORIA (Versión blog, Parte 19)



19


Un acordeón, un piano y dos violines, dibujan un decorado en el que se pueden imaginar dos jóvenes danzando sobre un suelo de madera con movimientos estudiados y sensuales. Si seguimos imaginando vemos a su alrededor una atmósfera de humo, aromas de vino, perfumes muy potentes y luces escasas. Una voz varonil habla de que hasta el cielo se ha puesto a llorar. La voz canta los sinsabores de la experiencia y el desarraigo, la amargura, y también, por qué no, el optimismo con que hay que afrontar la vida. Es una mezcla elegíaca de la lucha por la subsistencia.
Los tangos argentinos tienen muchas tablas a la hora de interpretar que la vida es una danza pasional y sin concesiones, un ejercicio de equilibrio entre la realidad y la ficción; podría decirse sin temor a equivocarse, que son puro teatro. Utilizar las mismas expresiones, sin añadir más matices, resultaría acertado si hablásemos de Ava. Pero no sería suficiente para definirla. La cantante atesora todos los elixires de la experiencia. Hasta hoy, su vida ha sido una constante de lucha permanente, contra todo y contra todos. También contra ella misma. Conocerse, comprenderse y aceptarse, han sido los grandes caballos de batalla de su existir. Domar esos caballos le ha costado mucho más que conseguir trabajo y dinero; mucho más que obtener todos los recursos necesarios para poder llevar una vida independiente; mucho más que mantener la cabeza fría en los momentos decisivos; y mucho más que reunir el dinero suficiente para poder hacer frente a los múltiples gastos que su estado físico le ha demandado.
Ava conoce a la perfección todo lo que se mueve en el mundo de las clínicas de estética. Comenzó muy joven a necesitar del concurso de especialistas en la materia. Con los años fue frecuentando a todos los gurús de la imagen que pueblan la capital. Hace ya varios años que la ciudad Madrid se le quedó pequeña para sus necesidades. Muchas veces tuvo miedo, también poco dinero, pero la angustia pudo más. Buscó soluciones por toda España. Después conoció algunas de las mejores clínicas europeas. Y finalmente, terminó viajando hasta Tailandia, donde encontró lo que buscaba desde el principio: que comprendiesen el dolor que le causaba no ver en el espejo a quien sentía por dentro.
Su vida en Madrid tampoco ha sido nada fácil. Aunque ha podido sobrevivir con cierta dignidad, una dignidad que sólo entiende ella, ha tenido etapas de bonanza y otras en que ha estado muy cerca del infierno. Ahora tiene una cierta estabilidad en cuanto a lo económico, lo justo para vivir. Sin embargo, las nubes de la incertidumbre se ciernen sobre su vida cada vez que piensa en su vejez. De momento no le acucia la urgencia,  pero lo cierto es que los años no perdonan, y Ava comienza a sentir la necesidad de buscar una salida más estable para su futuro. Busca la tranquilidad sentimental y la seguridad que nunca ha tenido, antes de que, como dice Gardel, las nieves del tiempo plateen su sien. Por eso presta atención a todo lo que llega a sus oídos e intenta imaginar lo que a ella le reportaría.
La cantante escucha los tangos que suenan en su radiocasete mientras se arregla el vuelo de las pestañas con mucha parsimonia. Alza la cabeza para poner rímel y ondular los abanicos de los ojos y pregunta a Marlén de forma aparentemente ocasional, como si no diera importancia a las palabras.
—¿Y de qué va ese proyecto de teatro alternativo?
Marlén, que ahora mira su silueta en el espejo con cierta desgana, no da mucha importancia al posible sentido de la pregunta y la contesta de forma superficial. Ella no cree que Jeromo sea capaz de montar un negocio. Ni que ése sea su objetivo final. Sólo se limita a resumir lo que recuerda de lo que le ha contado su antiguo novio.  
—Es algo así como un teatro múltiple en un edificio de viviendas, un espectáculo en el que en cada habitación se desarrolla una obra diferente. Los espectadores se pueden mover por el local con total libertad.
—Pero eso ya existe. No. Yo conozco un sitio en Chueca con esas características. Está en una de las calles que confluyen con la de Hortaleza, no recuerdo ahora cómo se llama. Y que, por cierto, está teniendo mucho éxito. Ya sabes que el barrio no es lo que era.
—Y que lo digas.
—Se ha convertido en símbolo de modernidad, en vanguardia, en ejemplo de tolerancia.
—Y en estandarte de la libertad —apostilla Marlén con mucho énfasis.
—A mí me encanta pasear por las calles, ir de tiendas. Encuentras cosas divinas. Muy originales y con mucho gusto. Y no te digo nada del ambiente que hay por las noches. Tú ya lo conoces. Hay marcha en la mayoría de las calles y en todas las plazas: la de Chueca, ya sabes, la del autor de Zarzuela, junto al metro, la del Rey y la plaza Vázquez de Mella. Sabes con quién sales pero nunca imaginas con quién te vas a recoger. Chueca se construye y se reconstruye a sí mismo como un barrio dinámico. Y dicen que antes era un barrio peligroso, donde la delincuencia y la droga corrían como el agua.
—Quién lo iba a decir. Aunque algo queda de ello.
—Bueno, lo que te decía. Si ya existen locales como el que me dices, ¿dónde está la novedad? —Pregunta Ava con mucho interés.
—Jeromo piensa incluir en el programa unas diferencias que considera “especiales” con respecto a cualquier local conocido. Consistirán en unos servicios que no aparecerán en la cartelera y que se ofrecerán con mucha discreción a determinados clientes, para que luego, el boca-boca, haga el resto. Jeromo quiere satisfacer los deseos inconfesables de los clientes con pasta, los que no se detienen ante nada.
—¡Vaya! Y tú has pensado, que si el proyecto le sale bien, podría ser un tema interesante. Habría nuevas oportunidades para nosotras.
—Yo creo que a Jeromo sólo le importa el dinero. Debe de andar metido en un aprieto y lo necesita con urgencia. Todo lo demás son paparruchas. Sé que está dispuesto a cualquier cosa. Y la verdad, tengo miedo de lo que pueda hacerme a mí, y también a Inocencio.
Sonidos porteños envuelven ahora el camerino. Es Gardel quien canta con el clásico balanceo de su voz por las cortinas del aire: Mi buenos aires querido, cuando yo te vuelvo a ver…
Ava se detiene en las palabras de la canción e imagina una vida que nunca tuvo, la vida de una artista de éxito en los años buenos, en aquellas temporadas en que los veranos se convertían en extraordinarios recorridos por los teatros de América del sur.
—Recuerdas cuando los artistas se iban a triunfar a Buenos Aires. Eran otros tiempos, unos años en los que las cosas del arte estaban tan mal en este país que había que irse fuera para triunfar.
—Como empieza volver a ocurrir ahora —añade Marlén.
—Los impuestos a la cultura han aumentado. Se acabaron las subvenciones. La gente va menos a los locales. Dicen que el número de espectadores en los teatros ha descendido notablemente. También en los cines. Y que la cosa no va a quedar en un descenso ocasional. Caerán locales, espectáculos, y ya verás dónde terminamos algunas…
—Se están cargando la cultura —dice Marlén.
Ava se ha vuelto un instante del espejo para mirar a la cara a Marlén. Deja el peine sobre el tocador y dice:
—Hay que ser optimista.
—Sí. Ya verás cómo pronto estamos en el back-stage de alguna superproducción de Hollywood, rodeadas de guapos actores, y de ayudantes de dirección que van de aquí para allá, pendientes de nuestros caprichos.
Las dos ríen con cierta tristeza la ironía mordaz de Marlén.
—Eso, como dos princesas.
—Ya me conformaba yo con que el trabajo siguiera saliendo aquí, aunque fuese lo justo para ir tirando. Y lo de princesas. Bueno, no todas las niñas quieren ser princesas, ni jugar a las muñecas —matiza Ava volviéndose de nuevo hacia el espejo.
Una guitarra rasga ahora el aire con su melancólico sonido. Gardel sigue transportando la atmósfera del camerino a tiempos pretéritos. Ava se encuentra cómoda con la situación. Es consciente de que puede influir sobre Marlén. Pronto tendrá que salir a escena y cuando regrese será el turno de Ava. Después no sabe cómo se presentará la madrugada. Es en este momento cuando tiene que actuar como si de una de las brujas de Macbeth se tratara.  
—No hemos concretado nada sobre tu asunto. Deberíamos pensar en algo. Aunque sólo sea la forma que debes de utilizar para pedirle el dinero a Inocencio.
A Marlén, que durante los últimos minutos se había relajado, le cambia la cara. En ese instante, se escuchan los nudillos de una persona tocando en la puerta como si fuesen el tañido de una campana de buenas nuevas. Las dos giran la cabeza hacia la puerta. Y elevándose sobre el tono en que canta Gardel: la noche que me quieras / desde el azul del cielo / las estrellas celosas / nos mirarán pasar, una voz de hombre con un tono completamente diferente al del argentino, se escucha al otro lado del camerino.

—Ya estoy aquí. Ha llegado el gran maestro del espectáculo. Por la puerta grande de la escena ha entrado Antoñito Oportunidades. ¿Puedo pasar?   


CONTINUARÁ...

Novela corta
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Mariano Valverde Ruiz (c)  

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