jueves, 8 de septiembre de 2016

MILAGRO EN LA VIRGEN DE LAS HUERTAS





MILAGRO EN LA VIRGEN DE LAS HUERTAS


A María y a Antonio les crecía la adversidad igual que la retama en las acequias de su huerta. La crudeza de la vida les seguía machacando y parecía no tener fin el cúmulo de desgracias que les perseguían desde siempre. Pero su mayor dolor lo provocaba aquello que habían observado en su última hija. Lo que jamás esperaban que pudiese ocurrir, iba a suceder aquel 8 de septiembre de 1940.
Ambos procedían de familias humildes de la huerta de Lorca, gentes que malvivían con lo que iban cultivando, con el cuidado de los animales, y sobre todo, haciendo uso del ingenio para procurar su supervivencia. Se habían casado en 1931 en la iglesia de la Virgen de las Huertas, la que conocían popularmente como el Convento. La noche anterior a la boda, María había llevado secretamente a su vecina Rufina parte del ajuar y de los regalos que le habían hecho. Su vecina estaba próxima a contraer matrimonio y apenas tenía nada, además, María sabía que a Rufina le había gustado Antonio antes de que el joven decidiese pretenderla, y de alguna forma se sentía culpable de que Rufina no hubiese sido la elegida. El día de su boda, María, frente al altar de la Virgen, rogó para que la ayudase a salir adelante y a no pasar tantas penurias, pero también se acordó de pedir por Rufina.
Antonio y María vivían con los padres de Antonio en una pequeña casa de una planta que estaba situada muy cerca del Convento. Junto a la vivienda había corrales para los animales y un cobertizo para los aperos de labranza. Durante los primeros años, una prolongada sequía, la dificultad para conseguir agua de riego en el Sindicato de Regantes, las disputas ocasionadas por la convulsión política que vivía España y las luchas entre las clases obreras y la oligarquía, influyeron muy negativamente en su convivencia. Había épocas en que faltaba el dinero y las discusiones eran frecuentes. María era muy creyente y lo fiaba todo a la voluntad de la Virgen y Antonio siempre estaba maldiciendo su miseria y vivía alejado de la fe. Cuando en 1936 estalló la Guerra Civil, Antonio participó en el expolio del Convento y en la destrucción de la imagen de Nuestra Señora la Real de las Huertas que había sido traída por Alfonso X en 1244.  Muy pronto, Antonio tuvo que elegir entre seguir los impulsos que provocaban sus ideas u ocultarse para evitar ir al frente. María le convenció para que permaneciese en un agujero que escavaron debajo de la cama y que cubrieron con unos tablones. En aquel momento, el matrimonio ya tenía tres hijos varones como pequeños polluelos malnutridos.
Durante la guerra, las intrigas se llevaron por delante al padre de Antonio. Su mujer murió a los pocos meses. De los familiares de María solo quedó con vida su hermana mayor, Engracia, que estaba viuda y enferma. Al terminar la guerra, la miseria se había acrecentado aún más y Antonio no podía ver la luz por miedo a las represalias políticas, la persecución era feroz. Y en esas circunstancias nació la pequeña Huertas, a finales de 1939. Entre los vecinos se dispararon las habladurías sobre la concepción de la pequeña. A María no se le conocía ningún contacto masculino y la gente elucubraba sobre quién podría ser el padre. María callaba. Tenía mucho miedo. Durante los últimos tres años había ido cada mañana antes de que saliera el sol a postrarse ante el altar, aunque ya no estaba su imagen venerada, para rezar y rogar a la Virgen que aquella situación angustiosa terminase. Pero no veía salida.
En el verano de 1940, la pequeña aún no había sido bautizada. María no se había atrevido a confesar la verdad sobre el padre de Huertas y comenzaba a estar segura de que su hija tenía un grave problema: estaba ciega. Se acercaban las fechas en que los vecinos querían volver a sacar en procesión a la patrona de Lorca para rogar por los caídos y por el provenir de las cosechas. La situación de María era extrema, una hermana enferma, cuatro niños pequeños que alimentar y un marido escondido. No le quedaban recursos. La mañana del 7 de septiembre se decidió a confesar su situación al prior del Convento. Era la persona que le había abierto cada mañana para que pudiese rezar a la Virgen.
Entre lágrimas y suspiros, María expuso su situación atenazada por el miedo a que el prior pudiese denunciar a Antonio, que a lo largo de su vida no había manifestado ningún comportamiento religioso y muchos conocían su desafecto por la Iglesia. Tras escucharla, el prior le dijo que confiase en la bondad de la Virgen y que dijese a Antonio que estaba dispuesto a acogerle en la orden franciscana, que de esa forma purgaría sus pecados para con la Iglesia, haciendo una vida de recogimiento y oración. Y que los esperaba a la mañana siguiente, día de la patrona, en la que a solas, antes de la misa que a las once de la mañana se iba a realizar para las autoridades, celebraría el bautizo de Huertas.
María pasó todo el día entre sollozos. Bautizaría a su hija, pero perdería a su marido, al que quería. Además no sabía cómo iba a reaccionar Antonio ante la idea del prior. En la oscuridad de la noche, Antonio y María, ocultos en el agujero de debajo de su cama, debatieron todas las posibilidades. Antonio era partidario de iniciar una huida hacia Francia. María le dijo que no podía alejarse y dejar a su hermana enferma, y además cómo iban a huir con cuatro niños pequeños y pasar desapercibidos. Antonio insistió en que no pensaba entrar en el Convento y que después del bautizo seguiría escondido hasta que las cosas cambiasen.
Eran poco más de las seis de la mañana del 8 de septiembre y frente al altar de la iglesia, estaban Antonio, María con la pequeña Huertas envuelta en una mantilla, dos frailes franciscanos y el prior. Antonio había observado que después de que el religioso echara el agua bendita sobre la cabeza de su pequeña, ésta había seguido con los ojos las manos del prior. Su corazón palpitaba acelerado. Llamó la atención de la niña con arrumacos, comenzó a mover las manos de un lado hacia otro y comprobó que la pequeña seguía con los ojos sus movimientos. Antonio echó a llorar. «Huertitas ve, María, es un milagro…» Los dos cayeron de rodillas delante del altar. Y Antonio prometió que se quedaría en el Convento para siempre si la Virgen cuidaba de su familia. El prior le acogió entre sus brazos y le dijo que pronto habría una nueva imagen. Una réplica de la anterior se había encargado al escultor Sánchez Lozano.
El matrimonio se despidió en el camarín de la Virgen y poco después, Antonio subió por la escalera de la Tota Pulcra. Aquella mañana, cuando María se vio sola en su casa, lloró sin cesar. Lloraba de felicidad porque su hija veía y su marido había encontrado a Dios, y de tristeza porque ya no le tendría a su lado. Se escucharon unos golpes en la puerta. Cuando la abrió, encontró a Rufina con dos grandes cestas. En una llevaba trozos de turrón y botellas de anís que su marido había traído de casa de unos familiares de Alicante. En la otra traía un espinazo de cerdo, tocino, morcillas y cuatro kilos de arroz para que hiciese “arroz y cosa fresca” durante varios días. Rufina la miró a la cara, la abrazó con cariño y le dijo que aquella tarde la esperaba en la puerta de la iglesia, tras la procesión, para vender el turrón y el anís. Que eso le iba a ayudar a vivir desde entonces. María no cesaba de llorar, sus lágrimas eran un reguero de agua bendita. Rufina enjugó sus lágrimas mientras le decía: «Cuando das tu alma sin que te la pidan, la vida te devuelve su agradecimiento cuando más lo necesitas».

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Mariano Valverde Ruiz ©