martes, 4 de marzo de 2014

SIN ESCAPATORIA (Versión blog, Parte 15)



15


A lo lejos se escucha el sonido de una sirena apagándose lentamente. A Marlén le sugiere una despedida, es como si fuese el anuncio del adiós de alguien que ha decidido que su tiempo ha finalizado, o de alguien que se va a encontrar con un final no deseado. En unos segundos, el mal presagio se disuelve entre los tonos acaramelados que salen del radiocasete de Ava: son acordes de romanzas italianas que se van elevando en el aire como una luna melódica y que, poco a poco, se adueñan del camerino convirtiéndolo en un espacio separado del mundo por la música.
Tres golpes secos reclaman la atención de  Marlén y de Ava. A la cantante le suenan como puñaladas traperas contra el clímax que comenzaba a manifestarse entre las dos amigas y que hacía pensar en momentos únicos.  Es la fatalidad del destino la que se deja cortejar por el azar. El portero llama por primera vez esta noche, y no va a necesitar hacerlo dos veces para que desde dentro le contesten, le abran la puerta y le reciban con una sonrisa.
—La cena, señoritas.
Ava recoge el paquete con los envases de comida china que llegan calentitos desde El gran dragón. Deja el envoltorio sobre el tocador, busca en su interior, elige y alarga uno de los recipientes a Marlén.
—Rollitos de primavera. ¡Venga, come y anímate! Que parece que te han puesto la máscara china de la tristeza en la cara.
—La procesión va por dentro—contesta Marlén.
Ava está a punto de forzar la situación para que su amiga hable abiertamente de lo que le afecta, pero en el último momento decide dar un rodeo para que todo fluya con naturalidad.
—Seguro que alguna vez has oído hablar de las máscaras chinas que usan los actores de la Ópera de Pekín para representar el desconcierto ante una situación que se escapa del control, o quizá la agonía que un personaje no es capaz de superar cuando está bajo una presión insoportable.
—Pues no. No había escuchado nunca nada relacionado con esas máscaras chinas de las que hablas.
—Son máscaras especiales, tienen unos poderes desconocidos para los mortales. Los actores las utilizan para poder representar leyendas antiquísimas, como la de Liang Zhu o Los amantes mariposa. ¿Si quieres te la cuento mientras vamos comiendo?
—Vale— contesta Marlén mientras muerde uno de los rollitos de primavera y nota el sabor de las verduras en la boca como un regalo para el paladar —pero tú no tienes una de esas máscaras mágicas.
—Tal vez sí. Quién sabe.
Ava, que ya había comenzado a masticar su ración hace unos minutos, se acomoda en su silla y adopta una postura interesante, igual que si fuese a desvelar el más oculto de los secretos. Realiza los movimientos como una niña que ha crecido entre cuentos y leyendas, forzada por las circunstancias, alguien que ha buscado en la fantasía una salida para alejarse de la realidad asfixiante y tormentosa que ha sido la nota predomínate de su vida. La forma de intentar explicar lo que aún no entiende. Y con una voz estudiada, casi elocuente, comienza a contar la leyenda.
—Zhu Yingtai era una joven preciosa y llena de vitalidad que vivía en Shangyu. La joven era muy inteligente y quería conocer caminos y adentrarse en terrenos que sólo estaban reservados a los hombres. Para poder realizar su objetivo era necesario estudiar muy lejos de su población de origen. La fuerza de sus impulsos la llevan a decidir vestirse de hombre y aparentar que es un joven. Toma esa decisión para poder estudiar en Hangzhou, donde las mujeres no podían acceder bajo ninguna condición.
—¡Qué interesante!
—La joven disfrazada de hombre inicia el viaje hasta el lejano lugar donde se ubica la institución de enseñanza. Durante ese periplo conoce casualmente al joven Liang Shanbo, que también va a estudiar a Hangzhou. El viaje les hace compartir numerosas experiencias y les convierte en amigos, que después se hacen inseparables compañeros de clase, una vez en su destino. La relación se estrecha tanto que cuando la separación a consecuencia  del final de los estudios se hace inevitable, Zhu traza un plan a la desesperada para no perder la compañía del joven Liang.
—Sí. ¿Qué se le ocurre?
—Zhu habla a Liang de una hipotética hermana de 16 años, le ensalza su belleza, su bondad y lo maravillosa esposa que puede ser. Le cuenta cientos de historias sobre la excepcionalidad de su hermana, e intenta hacer que nazca en su amigo una ilusión desbordada por la joven ficticia. Una vez comprobado el interés de Liang, se ofrece para arreglar una boda entre él y su hermana, mediando entre sus padres y los de ella. Pero las cosas se complican aún más de forma imprevista.
—Sigue…
—Cuando Liang viaja hasta la casa de Zhu descubre con asombro que el que creía su amigo es en realidad una mujer. Y entonces se enamora perdidamente de ella, y se da cuenta de que lo que sentía, por el que creía su compañero del alma, no era amistad sino amor, un amor profundo y puro, como jamás había conocido.
—¡Qué bonito!
—Desgraciadamente, Zhu ya había sido comprometida con Ma Wencai, un hombre mayor con quien sus padres habían concertado una boda por intereses familiares desde hacía ya tiempo. La honorabilidad del pacto hacía imposible otra salida. El respeto a las tradiciones y a la autoridad del padre, dejaban a Zhu en manos de un hombre al que no amaba.
—¿Y eso era posible? ¿Cómo se podía condenar a la infelicidad a una persona por muy grandes que fuesen los intereses familiares?
—Pues así era. Y no había solución. Pero eso no es todo. Cuando Liang conoce el compromiso matrimonial de Zhu, se deprime tanto que entra en una agonía cabalgante que le va deteriorando físicamente, por meses, por semanas,  por días. En ese momento, Liang estaba ejerciendo funciones de Magistrado en la comarca para permanecer cerca de su amada, aunque ya no abrigaba muchas esperanzas, conocedor de las tradiciones ancestrales de su pueblo. Definitivamente enferma, y muere de tristeza, y de amargura, cuando la primavera buscaba sus mejores galas para recibir al verano.
—¡Pobrecillo! ¿Y Zhu qué hace?
—El día del enlace de Zhu, ésta se prepara para unirse a un hombre que no quiere, y lo hace con la profunda desolación de saber que su verdadero amor a muerto. Su corazón es sólo un trozo de carne que late y hace que fluya la sangre por su cuerpo, pero nada más. No puede oponerse a los deseos de sus padres, no es dueña de su destino. Y empujada por los preparativos se deja llevar hacia el lugar donde está prevista la ceremonia.
—¿Qué otra cosa podía hacer?
—Nada. Pero de camino al enlace surge algo extraordinario. Un remolino de viento impide que el cortejo nupcial lleve a Zhu más allá del lugar donde se encuentra la tumba de Liang. Amparada en el caos que el vendaval ha originado, Zhu escapa de la procesión para ir hasta la tumba para presentar sus respetos a Liang, algo que le habían prohibido tajantemente y bajo amenazas. Cuando llega a la tumba del joven amado, se produce un hecho sin precedentes.
—¿Qué? Dime… No hagas ese silencio tan dramático. No ves que he dejado de comer para escuchar tu historia.
—La tumba se abre, deja entrar a Zhu en su interior y tras eso…
—¡Por dios! No me digas que…
—¿Qué?...
—Venga. Termina…¿Qué pasa?
—Una pareja de mariposas sale de la tumba. Son dos mariposas de colores arcoíris con unas alas profusamente recubiertas de interminables juegos de matices y formas. La belleza en su más pura expresión. Son Zhu y Liang que vuelan en un aire eterno, una atmósfera que ya es suya. Son Zhu y Liang que ya jamás volverán a separarse, y que así disfrutarán de su amor, mientras exista el aire y el cielo.
A Marlén le caen dos enormes lágrimas por la mejilla. Tiene el corazón en un puño. Casi no puede tragar saliva.
Ava respira con profunda satisfacción.
En el radiocasete una mujer canta: No tengo edad para amarte, no tengo edad...
—¡Qué bonito es el amor! ¿Verdad, Marlén?... Por cierto, hace unos días que fue el día de los enamorados. Y aunque sepa que es un invento de los grandes comercios para vender más, a mí me gusta que me hagan algún detalle. No sé. Cualquier cosa…Este año no tuve suerte. Pero tú seguro que sí. ¿Con qué te sorprendió tu chico?
—Nada especial. Una cena en un restaurante italiano. Se escuchaba música como ésta, música de baladas de los años sesenta y setenta, canciones llenas de romanticismo. Ahora me parece estar allí, y ver los ojos de Inocencio, tan relucientes como los quinqués con los que se iluminaban las rosas rojas que me regaló.
—¡Vaya, vaya! Entonces, es que estáis bien. No comprendo tu actitud compungida. Y esa turbación que me demuestras toda la noche.
—Es que… No es eso…
Marlén intenta desviar la atención de Ava y busca una excusa.
—Ya te he dicho que esta noche no me encuentro bien.
—Si salta a la vista. No es necesario que me lo jures.
Ava termina de comer y se coloca delante del tocador. Va dispuesta a seguir maquillándose. Está un tanto enfurecida por la falta de sinceridad de Marlén. Ésta se queda nuevamente a solas consigo misma. Piensa en la posibilidad de que tal vez todo sea un farol de Jeromo, una fantasmada de brabucón de  barrio, y que no se atreverá a hacerle ningún daño a Inocencio si no le consigue el dinero que pide para su alocado proyecto. Pero… ¿Y a ella, qué le podría hacer?
Suena otra vez el móvil de Marlén. Lo busca y lo saca del bolso. Ve que es de nuevo Inocencio. Un icono le señala que está dejando un mensaje de voz.
—¿No vas a contestar? Tu chico debe de estar muy preocupado.
—¿Cómo sabes que es mi chico?
—Quién iba a ser con tanta insistencia. Antes he visto que tenías cinco llamadas perdidas.
Marlén no confirma ni desmiente que se trate de Inocencio. Se limita a escuchar el mensaje de voz. Luego comenta.
—Parece que está aún ocupado con el trabajo. Y que le queda bastante para terminar. Es posible que no le vea esta noche. Quizá sea mejor así.
Ava vuelve la mirada hacia su amiga y se queda mirándola fijamente a los ojos. Marlén se siente, en cierto modo, aliviada. Piensa que tal vez sea conveniente contarle a Ava lo que sucede. En la conversación es posible que encuentre una salida. Pero y si ésta va con el cuento a Jeromo, y si la traiciona. Pasan así unos segundos intensos en los que la mirada de ambas se ha quedado en una encrucijada de distintos viales.
La música que sale del viejo radiocasete vuelve a inundar el silencio: Me muero por estar contigo. Me muero por besar tu boca. Tu boca que tanto esperé…

Y ahora, ni las lejanas sirenas que aúllan tras la ventana del camerino, ni los golpes del azar en la puerta, son capaces de sacar a las dos de un ensimismamiento que sólo las palabras concretas son capaces de romper.   


CONTINUARÁ...

Novela corta
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Mariano Valverde Ruiz (c)

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