jueves, 25 de agosto de 2016

EL CANÍBAL DE MAR DE PULPÍ







EL CANÍBAL DE MAR DE PULPÍ

«Te voy a comer», me dijo mientras clavaba sus ojos claros en mi “triángulo de luz”. Yo iba bamboleándome por la arena igual que la reina de Saba por la Carrera Principal en las procesiones de Lorca. Lucía mi biquini nuevo y al escuchar aquellas palabras dibujé una sonrisa libidinosa en mis labios y le lancé una mirada pícara. Tomé aquella expresión, pronunciada en un español de escuela extranjera, como un halago a mi belleza.
No tardó ni un segundo en levantarse de su tumbona y acercarse hasta mí. Llevaba en su mano derecha una novela que por los colores de su portada me pareció una novela de género negro, de esas en las que siempre hay asesinatos y policías que investigan quién es el culpable. Algo que me fascina, por eso elegí esa profesión. Entonces no le di importancia al detalle de que su labio inferior temblaba como un postre de gelatina.
Me invitó a una cerveza. Junto a su tumbona había otra vacía y entre ellas, el mástil de la sombrilla poseía un círculo de madera a modo de pequeña mesa. Hizo una seña y desde el chiringuito se acercó un camarero con dos cervezas. El aire olía a algas y a sardinas a la brasa, en una barca varada junto al chiringuito lucían sus brillantes escamas en un espeto. A cien metros de la playa quedaban los blancos refugios veraniegos de la urbanización de Mar de Pulpí.
Al principio se mostró muy agradable, con una conversación amena y original. Me contó que acababa de llegar de Noruega, que había vivido el último año en una cabaña de un bosque de enebros y que se dedicaba al estudio de los renos. Yo le dije entre risas que si eso le daba para comer. Se puso muy serio y me contestó que esa necesidad la tenía bien cubierta. Lo hizo mientras se mordía el labio inferior y me volvía a mirar de una forma que me causó escalofríos.
Se me pasaron las horas muy rápido. Sin darme cuenta estaba cayendo en sus redes. Me invitó a la última cerveza en su apartamento. Tampoco di importancia a que dijo “la última” y no “la penúltima” como se suele decir cuando se está a gusto con la gente. Subimos hasta la urbanización y nos adentramos por las calles, primorosamente ajardinadas, hasta su apartamento. A la entrada vi que se trataba de un espacio con un gran salón, cocina abierta y dos dormitorios anexos. Frente al salón, un enorme ventanal daba a un solárium desde el que se veía una piscina. Nada más llegar, echó las cortinas privándome de la hermosa vista. Lo justificó diciendo que así nadie nos distraería de lo que iba a ser un encuentro único.
Me dijo que me tumbara en la chaise longue que había frente al televisor y que me pusiera cómoda. Él abrió una botella de vino y se sentó a mi lado. Entonces se puso muy serio y me dijo que tenía hambre. Yo sonreí pensando que había llegado el momento que había estado esperando toda la tarde y que de un momento a otro se iba a lanzar sobre mí. Y lo hizo, vaya si lo hizo. En menos de un minuto me vi boca abajo, con los brazos a la espalda y las manos atadas con una cuerda que sacó de debajo del sofá. Creí que pretendía jugar y le seguí el juego. Suspiré excitada mientras él parsimoniosamente me tapaba la boca con un pañuelo que sacó de su bolsillo. En ese momento escuché cómo un jardinero ponía en marcha el cortacésped. Pareció alterarse con el sonido estridente de la máquina. Le vi dirigirse hacia la cocina, abrir un cajón y sacar un enorme cuchillo. Entonces saltaron en mi mente todas las alarmas.
La semana anterior nos habían llegado a la comisaría de Lorca informaciones de Interpol sobre el posible paradero en la costa murciana de un asesino al que llevaban buscando varios años y al que se le achacaban varias desapariciones de jóvenes de las que jamás se habían encontrado restos. El asesino siempre dejaba en el lugar de los hechos una caja de Almax, un fármaco contra la acidez gástrica. En la repisa del pequeño muro que separaba la cocina del salón había uno.
Hice todo el acopio de serenidad de que fui capaz y conseguí hacerme la sumisa esperando mi oportunidad. Confiaba en mis conocimientos de artes marciales y en las duras horas de entrenamiento para afrontar situaciones de extrema dificultad.  Se fue acercando lentamente. Sus ojos brillaban más que el filo del cuchillo que empuñaba. Yo seguía tumbada boca abajo en la chaise longue. Comenzó a acariciarme los muslos. Era el momento. Me giré bruscamente, flexioné las piernas y le golpeé con fuerza en la cara. Con la sorpresa en sus ojos, cayó hacia atrás y se golpeó contra el muro, después se deslizó por la pared hasta que todo su cuerpo quedó inmóvil en el suelo.
No perdí tiempo y con mucho esfuerzo, conseguí coger el cuchillo y cortar las cuerdas que me ataban las manos. Cuando me vi libre, me quité el pañuelo y le até de pies y manos con los dos trozos en que se había convertido su cuerda. Busqué mi móvil y llamé a la comisaría. Mis compañeros no tardaron mucho en personarse, identificarle, interrogarle y comprobar sus coartadas para los lugares y horas en los que se habían cometido los raptos de las jóvenes. Y resultó que el joven rubio de ojos claros no era quien pensaba. Tan solo era un aficionado a la novela negra que había querido recrear una escena que acababa de leer.
Cuando lo pienso, aún me río del susto que se llevó en aquella situación. Por supuesto no quiso saber nada más de mí y tomó el primer vuelo que había para Noruega desde el aeropuerto de Almería. Y así, por mi celo profesional, me perdí la gran oportunidad del verano para que mi “triángulo de luz” notase el vigor de un ariete nórdico. Cosas de la vida.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©