lunes, 24 de julio de 2017

SUSURROS EN EL PORCHE DE SAN ANTONIO






SUSURROS EN EL PORCHE DE SAN ANTONIO

Algunos estudiosos del misterio de la vida y de la existencia, aseguran que existen universos paralelos, que vivimos junto a otros seres en un espacio tiempo confluyente. Y van más allá, dicen que, aunque no los podamos ver, ni sentir, ni tocar, están ahí, atrapados en un bucle inmaterial, para condicionar nuestra vida.
Por naturaleza, somos seres poco dados a creer todo aquello que escapa a nuestra capacidad de entender y razonar. Pero también somos conscientes de nuestras limitaciones, y no podemos asegurar que no sea cierto aquello que aún no somos capaces de ver con los ojos de la lógica física. Isabel así lo creía antes de vivir una experiencia deslumbrante y que cambió su forma de pensar para siempre. Los hechos sucedieron hace unos años, cuando trabajaba en la restauración del Porche de San Antonio.
El monumento conocido como Porche de San Antonio es una puerta medieval de la antigua muralla que rodeaba Lorca. Es una construcción diferenciada de otras porque la puerta está situada en un recodo  del interior de una torre cúbica. Fue reedificado en el siglo XIV y está construido con mampostería reforzada con sillares en los ángulos. Es un vano con tres arquivoltas, una con motivos vegetales; la exterior presenta dientes de sierra. Los capiteles muestran a dos leones de medio cuerpo enfrentados. Hay una escalera adosada al muro que sube hasta una terraza en la que antiguamente había una gárgola formada por una cabeza de dragón con escamas y abierta de fauces. En el interior de la puerta hay un pequeño altar con pinturas del siglo XIV en las que se ve a San Ginés de la Jara. Isabel trabajaba en la restauración de las pinturas cuando comenzó a notar algo extraño.
Conforme avanzaban los segundos, Isabel sentía algo verdaderamente especial. No sabía lo que producía aquella inquietante sensación, pero percibía la cercanía de algo que rozaba su cabello, como si lo estuviese acariciando. Llevaba parte de su melena rubia cogida con una goma y su sedoso cabello caía sobre su nuca igual que una cola de dorado torrente. En aquella tarde de septiembre, el aire estaba en calma y, sin embargo, algo hizo que su pelo se moviese. Instintivamente pasó su mano por el cabello y continuó con su tarea.
Un pincel de fina cerda le servía para ir limpiando de impurezas la superficie de la pared en que parte de la pintura mural estaba dañada. Tenía que ir con mucho cuidado para no desprender los restos de la pintura original. Recogió unas muestras de polvo para analizarlas, ver sus componentes, y posteriormente fabricar un pigmento de similares características con el que recubrir las partes más erosionadas por el paso de los siglos. Estaba depositando la muestra de polvo en un recipiente de plástico cuando le pareció escuchar un sonido. Era una especie de siseo ininteligible. Dio unos pasos hacia atrás y miró a su alrededor. Arriba, los operarios limpiaban de escombros parte de la terraza. En el lateral, junto a la muralla, no había nadie. Miró hacia la explanada que hay frente al Centro de Visitantes de Lorca, Taller del Tiempo. Se quedó pensativa durante un momento. La intensidad sentimental que había sufrido durante los últimos días, la ruptura con su pareja, el mar de dudas que alteraba su mente, sin duda le estaban jugando una mala pasada. Volvió hasta el interior del porche y reinició su trabajo.
El pincel apuntaba hacia una zona donde el muro dejaba escamas oscurecidas cuando su mano comenzó a temblar. De nuevo escuchó aquel extraño siseo. Se quedó inmóvil. Aquellos sonidos parecían venir del interior de la puerta, era como si una misteriosa caja de resonancia estuviese reproduciendo sonidos de otro tiempo. Aguzó el oído y lo pegó a la pared.
—Escúchame primero y luego sigue los designios que te marque tu corazón.
Lo pudo distinguir con cierta nitidez. Era una voz de mujer. Su pulso se alteró y miró varias veces a su alrededor. Después acercó de nuevo su oreja al muro.
—Quizá te sea familiar lo que te voy a contar. Mi padre se oponía a mi relación con Amadeo, un joven cristiano de familia humilde. Mi familia era judía, de posición acomodada durante los primeros años del siglo XIV y no permitía que tuviese trato amoroso con nadie que no profesara nuestras creencias.
»Cada día me sometían a una gran vigilancia y hacían casi imposible que pudiese encontrarme con Amadeo. En una ocasión, aprovechando un despiste de mi madre mientras estábamos en el mercado, convinimos que dejaríamos dentro de la boca de la gárgola que había cerca de la puerta de la muralla, notas con nuestros sentimientos; también nos avisaríamos sobre cuándo y dónde escapar para poder hacer realidad el amor que nos abrasaba a ambos. Pero mi padre había encargado a su aprendiz de talabartero que me siguiese cada vez que yo salía con cualquier motivo. Así fue cómo pudo enterarse del lugar que utilizábamos para comunicarnos y lo hizo destruir en el peor de los momentos. Yo había dejado una nota diciéndole a Amadeo que a la noche siguiente, la víspera del torneo de justas que se iba a celebrar junto al río, me esperase junto al porche, que yo pagaría a los guardias para que me dejasen salir y guardasen secreto. Esa noche nos marcharíamos para siempre de la ciudad camino de un lugar donde nadie supiese sobre nuestros orígenes.
»Sin embargo todo fue muy distinto. Mi padre me encerró en mi habitación y encargó a unos amigos de su aprendiz que le diesen una gran paliza a Amadeo y le advirtieran del destino que le aguardaba si permanecía en Lorca un día más. Nunca volví a ver a Amadeo. Los años me fueron consumiendo mientras cedía a la voluntad de mi padre. Hasta que ya no pude soportarlo más. No recuerdo ni cuándo ni cómo fue, pero abandoné el mundo de los vivos mientras me prometía que nunca dejaría que otra mujer se plegase a los designios de la tradición en contra de sus verdaderos sentimientos. ¿Tú sabes a qué me refiero, verdad? Tu padre detesta al hombre al que amas, porque no profesa tu religión y es mucho mayor que tú. Te amenaza con retirarte su afecto y desheredarte. Pero, ¿acaso no serás una desheredada de ti misma si renuncias a tu amor por complacer a tu padre?
Después de aquella enigmática pregunta, se hizo el silencio.
Isabel intentó escuchar de nuevo. Por más que lo intentó, no pudo percibir ni una sola palabra. Tuvo la impresión de haber estado soñando, de que todo era fruto de su subconsciente. Nada parecía haber ocurrido mientras la tarde ya se iba desplomando sobre los brazos del crepúsculo. Y sin embargo, todo su cuerpo se estremecía con una extraña ansiedad.
La jornada de trabajo tocaba a su fin. Se apoyó en la pared para intentar calmar su inquietud. Su mente era un hervidero de pensamientos. Acababa de escuchar, con otras palabras, en otro tiempo y con otros personajes, cómo la racionalidad de otros se opone a los intereses del corazón. Incluso había escuchado algo que ella misma se había planteado a veces: abandonarlo todo y fugarse con su pareja. Sabía que, de esa forma, renunciaba a un futuro cómodo, incluso a su trabajo y a la independencia que le facilitaba, pero, a cambio, iba a disfrutar, los años que le quedasen de vida a su pareja, de una felicidad segura. Y recordó con amargura las últimas palabras que le había dicho a su novio. Decidió que, aquella misma noche, le iba a llamar, y le iba a decir la auténtica verdad que había condicionado sus palabras. Tal vez aún no fuese demasiado tarde.
Cuando las primeras sombras cubrieron el interior del Porche de San Antonio, Isabel escuchó de nuevo el siseo de una voz joven de mujer que se lamentaba amargamente. Era el susurro de la brisa, un intermitente y monótono zureo de palomas que impregnaba los muros de palabras.
—Amadeo, amor mío, ¿por qué no me buscaste aunque te fuese la vida en ello?
Para Isabel, aquella noche fue la más larga de su vida. Al llegar a casa, se armó de valor, y marcó el número de teléfono de su pareja sin obtener respuesta. Lo hizo varias veces y el teléfono seguía sin dar señal. Demetrio, su pareja, ya no podía cogerlo, había sufrido un accidente de coche y estaba en el hospital en estado de coma. Su pronóstico era muy grave, aunque los médicos no descartaban que pudiese recuperarse. Sin que nadie más que él pudiese percibirlo, una voz lejana y misteriosa repetía una y otra vez en la mente de Demetrio el mismo mensaje:
—Sí te quiere. Te ha dicho que todo había acabado porque así se lo habían exigido. Te ha mentido para no hacerte daño. Perdónala y vuelve con ella.
Ya de madrugada, Isabel, que no había conseguido conciliar el sueño, comenzó a llamar a todos los que conocía y que podían saber algo sobre el paradero de Demetrio sin conseguir noticias de él. Desesperada y con la convicción de que aquello no era normal, que debía haberle sucedido algo, se atrevió a llamar a la policía. Cuando dio el nombre completo de su pareja, le confirmaron que se encontraba en el hospital, que aún no habían podido localizar a nadie de entre sus familiares, que conocían sus datos por la cartera que se encontraba entre los efectos personales que habían recogido y que, aunque estaba vivo, su estado era muy grave.
Con el alma en un puño, Isabel se desplazó hasta el hospital Rafael Méndez. Le permitieron entrar a la UCI. Se acercó hasta su amor mientras sus ojos eran un mar de lágrimas. Le llamó por su nombre varias veces, a pesar de que le habían dicho que no sentía nada. Caminó hasta el lateral del lecho donde Demetrio estaba postrado y conectado a los aparatos que le mantenían con vida. La mano de Isabel tomó con ternura la mano de Demetrio. Y como algo inexplicable, algo que solo comprenden las almas que vagan a nuestro alrededor, los dedos de Demetrio se movieron ligeramente para que Isabel comprendiese lo que ninguna palabra de cualquier idioma puede expresar siquiera.

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Mariano Valverde Ruiz ©