lunes, 10 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 9





9


Encontró a la escriba junto a la entrada de la tienda. Ésta le invitó a pasar. Gamal se acercó hasta ella, le faltaba oxígeno para respirar. No dijo ni una palabra, entró y respiró profundamente, como si estuviese exorcizando a todos los demonios que habían dominado su alma.
La mujer le ofreció alimento y Gamal se sentó en el suelo junto a la fuente de frutos secos, la hogaza de pan y el trozo de queso. Antes de probar bocado se abalanzó sobre la alfombra para coger la jarra de agua y bebió con ansiedad. Luego vertió un poco de agua en las manos. Las frotó y se humedeció el rostro con los ojos cerrados. Al abrirlos de nuevo comprobó que la escriba se había sentado frente a él, que la luz de las velas llenaba de cálidos amarillos la tienda y que el aroma del incienso penetraba en sus pulmones como una medicina reparadora. La mujer comenzó a hablar mientras Gamal mordía el pan y asía el trozo de queso con la mano que no utilizó para su higiene de campaña.
—En tiempos de Akenatón, bajo la luz esmerilada de las estrellas, nació un niño destinado a ser juez en la ciudad de Tebas. Aquel infante fue creciendo bajo la protección de Isis. Los sacerdotes que cuidaban del templo le instruyeron en los saberes de la naturaleza humana y de las extensiones divinas de los hombres.
»A lo largo de los años fue creciendo su conocimiento de las flaquezas y debilidades de los mortales y de la forma de impartir justicia para que el camino de la comunidad egipcia se fuese allanando hacia las estrellas, última morada de los hombres. Pero también fue creciendo en la misma medida su deseo de alcanzar mayor poder y notoriedad entre las élites.
»Cuando los sacerdotes consideraron que estaba preparado para ejercer su función sagrada, le llevaron ante el templo de Isis y consagraron su alma en una ceremonia rodeada del más excelso secretismo, y para la que tuvo que purificarse ayunando durante cinco días. Se hicieron las ofrendas de alimentos y de útiles sagrados, y se le impuso la tiara de lino y el collar dorado, que eran los abalorios que le permitían impartir justicia por delegación del faraón. Tan sólo en caso de duda razonable debía llevar los casos a la corte para que fuese el Dios sobre la tierra quien dictaminase.
»Conforme aumentaba su experiencia al juzgar a los infractores de las leyes impuestas por la tradición y la voluntad faraónica, crecía su sentimiento de infalibilidad y de grandeza. Y así sucedió hasta que llegó un momento determinante para su vida, el caso en que Himen, el juez de Tebas, vería como su destino trascendía la vulgaridad para adentrarse en otra dimensión aún desconocida para él.
»El sumo sacerdote del templo de Isis convocó a todos los ganaderos para que le llevasen su mejor toro para realizar un sacrificio a la diosa con motivo de la segunda luna de agosto. Se seleccionaría al mejor espécimen para ser castrado ante los ojos de la diosa y posteriormente sacrificado en honor a la misma para que ésta siguiera otorgando su benéfica protección a los sacerdotes del templo.
»Concluido el proceso, tras la última y definitiva elección, surgió un conflicto inesperado. Siset, un ganadero cuyo ejemplar no había pasado las primeras rondas de selección, pidió audiencia con el sumo sacerdote y denunció a Tosmet, el ganadero que había presentado al toro seleccionado finalmente para la sagrada ofrenda. Siset, mostrando una ira irreprimible por la injusticia que se estaba cometiendo, aseguró que el toro le había sido robado.
»El tema no era baladí, tenía su importancia. El dueño del toro seleccionado se vería beneficiado por una serie de privilegios que muy pocos de los siervos del faraón podrían haber soñado siquiera en la mejor de sus noches. Pertenecería por derecho a la corte durante toda su vida y por tanto gozaría de fortuna, fiestas y propiedades. Su vida estaría rodeada de lujos, placeres y caprichos. Por consiguiente, no se trataba tan sólo de averiguar la verdad, de castigar el delito, o de restablecer la propiedad al legítimo dueño, también se trataba de interpretar la justicia con las letras de la verdad y de adjudicar los honores que el azar había ofrecido a uno de aquellos humildes ganaderos.
»Planteado el conflicto en términos de justicia suprema, el caso se presentó ante el juez Himen. Éste, rodeado de su pátina dorada, escuchó a los encausados. Tosmet, el ganadero que había sido denunciado por el robo del animal, alegó en su defensa que para demostrar su propiedad sobre el animal, había una característica que nadie conocía: el toro sólo comía hierba durante los días soleados. Siset, el acusador, mantuvo su demanda diciendo que el animal era hijo de su mejor vaca y que la propia diosa Isis le había alimentado desde ternero.
»El juicio se fue calentando y el juez Himen se vio envuelto en una red de acusaciones de ida y vuelta entre los dos ganaderos. La alta dignidad les miraba impasible y escuchaba sus insultos y sus bravatas. Durante unos minutos estuvo intentando ver, en las acciones y en las miradas de los ganaderos, si había alguna señal que le aclarase quién era el verdadero dueño. No hubo nada determinante. Ante la duda tuvo una idea alentadora. Himen alzó la voz y con tono sereno dijo que se sometería al toro a una prueba en el plazo de tres días a contar desde la fecha y que después, vistos los resultados y con la ayuda de los dioses, dictaría sentencia.
»El día de la prueba el cielo estaba encapotado, las nubes cubrían todo el horizonte con su manto de gris bruma. El toro, hasta ese momento en custodia por los guardias, fue llevado hasta un lugar en el que el pasto era abundante. Allí se convocó a los dos ganaderos para que presenciasen la prueba. Tosmet, al ver el estado del cielo, estaba seguro de que el toro no comería y el tema quedaría resuelto. Siset, el ganadero demandante, llevó con él varios escudos muy bruñidos que portaban diez sirvientes junto con otras tantas antorchas encendidas. Al ser preguntado por el motivo de su singular aparición se limitó a decir que era para que el acto tuviese mayor solemnidad, y que con el debido respeto para el juez, se había permitido llevarlos para mostrar honor y gloria ante tan alta dignidad de la justicia.
»El juez Himen dio orden de que se le quitase el bozal al toro y se le dejase pastar libremente. En ese momento, Siset hizo una seña a sus sirvientes, y estos colocaron a la vez las antorchas delante de los escudos, produciendo un reflejo dorado que iluminó la zona donde se encontraba el toro. El animal caminó algunos pasos, giró la cabeza en varias ocasiones, quiso vislumbrar la inusual expectación de todos los que allí le observaban en silencio, y finalmente, olisqueó la hierba, y comenzó a morder los tallos más frescos. Un rumor de cuchicheos recorrió las filas de los asistentes a la prueba. Tosmet palideció y quiso desaparecer de inmediato.
»El juez Himen no advirtió lo sucedido con las antorchas y los escudos. Su elevada posición se lo impedía. Tampoco vio los movimientos posteriores, cuando los escudos y las antorchas fueron retirados de la posición que tenían, justo en el momento en que se anunció que la prueba había terminado.
»Himen estaba satisfecho. Entonces, se dirigió a los encausados y les hizo colocarse de rodillas ante él. Con voz muy altiva dijo que aquel toro había comido hierba en un día nublado y que, por tanto, no era cierto lo que aducía el demandado, Tosmet, y, por consiguiente, fallaba en favor del demandante, Siset. Continuó diciendo que castigaba a Tosmet, el ganadero que había presentado al toro no siendo suyo, con cien azotes por el intento de engaño, y con entregar todo su ganado, y todas sus propiedades al faraón, para sufragar los gastos del juicio. Del mismo modo premiaba con los beneficios de la corte al legítimo dueño, Siset, tanto para él como para sus descendientes, lo hacía así para resarcirle de su afrenta al serle robado el toro elegido para ofrecer a Isis.
»Posteriormente, el toro fue llevado a los corrales del templo hasta que llegase el día de la ofrenda. Durante los siguientes días el cielo siguió nublado y la luz del sol no se hizo notar. El ambiente era desapacible y lloviznaba en algunas ocasiones. El toro no comía nada. Le arrojaban hierbas frescas y los cereales mejor conservados pero el animal los dejaba en el mismo lugar en que caían. Y así, día a día, el toro seguía sin probar bocado. Los cuidadores advirtieron que había enfermado. Lo comunicaron al sumo sacerdote con gran pesar, y temiendo alguna suerte de represalias, añadieron que ellos no tenían nada que ver en los males que aquejaban al semental.
»Cuando el sacerdote comprobó el estado lamentable del toro, dijo que no servía para el sacrificio. Malhumorado y exhibiendo toda la energía que le propiciaba su posición ante el faraón, dio orden de que se investigase el asunto. Y de que se castigase al dueño del animal. Los guardias buscaron en la corte al ganadero Siset y le detuvieron. Éste, al conocer la causa de su arresto, dijo que el animal no era suyo, que era del otro ganadero, de Tosmet, que todo había sido fruto de una confusión. Que su demanda fue un error a consecuencia de que un sirviente le había engañado.
»El sumo sacerdote fue puntualmente informado y consideró que el juez Himen no había realizado bien su función, y en consecuencia, debía ser llevado ante el faraón para que éste considerara su destitución.
»La audiencia fue muy breve. El faraón asumió como fidedigna la versión de los hechos que le presentó el sumo sacerdote. El juez Himen intentó defenderse diciendo que había dictaminado según lo que había visto. Y el faraón no le eximió de culpabilidad, y le condenó a ser enterrado hasta la cabeza cerca de un termitero para que las voraces carnívoras de Nubia devorasen sus ojos.
Gamal se llevó las manos a la cara al escuchar estas últimas palabras de la escriba. La mujer esperó pacientemente un tiempo prudencial antes de formular su pregunta.
—¿Fue aquélla una decisión justa del faraón?
El árbitro estaba totalmente compungido. Había asociado el error del juez al error propio cometido en el partido España-Corea del Sur, cuando no dio por legal el gol de Morientes, al considerar que el balón conducido por Joaquín había salido del campo, sin que en realidad hubiese sido así.
Gamal, con voz quebrada, repitiendo en su mente las imágenes cruciales del partido, a la vez que imaginando al juez con la cabeza ensangrentada, y las cuencas de sus ojos llenas de termitas, dijo:
—Es de justicia que la verdad triunfe. Quien no sepa impartirla no es digno de erigirse en juez de nada.
Cuando la escriba escuchó aquellas palabras, expresadas, sin duda alguna, desde la sinceridad más absoluta, sus labios dibujaron una blanca sonrisa complaciente. Y le indicó con dulzura:
—Tu corazón ha resuelto el conflicto. Ahora puedes dormir. Tu destino ha de seguir su curso bajo las instrucciones de los dioses de nuestra civilización.
El hombre respiró con alivio y se recostó en el suelo. En pocos minutos estaba totalmente dormido.



CONTINUARÁ...

NOVELA CORTA
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)