sábado, 8 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 8









8

A la mañana siguiente, Gamal despertó acurrucado entre sus propios brazos. No había rastro de la jaima que le cobijó la noche anterior. Su cantimplora volvía a estar llena de agua. El sol ya estaba en lo alto del cielo. En el entorno vislumbró a la manada de hielas que parecía seguir su rumbo como si acechasen a una víctima de su propia osadía, alguien que tarde o temprano acabaría sucumbiendo.
El hombre inició de nuevo su camino en dirección hacia el sol naciente. El día era más caluroso que el anterior y pronto comenzó a notar la humedad que su sudor provocaba en una piel ya reseca por la intensidad de las últimas jornadas.
El cansancio hacía mella conforme iban pasando las horas. Ya no bastaba con reconocer las plantas y buscar analogismos entre las hojas de unas y de otras ya que cada vez eran menos frecuentes. Tampoco bastaba con intentar dar nombres nuevos a las tonalidades de la tierra o a las aristas de las rocas que encontraba a su paso. Ni era suficiente con advertir dónde y cuándo encontraba un lagarto, o una langosta, o un ciempiés. Nada era suficiente para que su mente no cejase de ir, una y otra vez, a beber de la fuente del cansancio.
El terreno se hacía cada vez más inhóspito. La temperatura aumentaba muy deprisa y el árbitro intentaba protegerse del sol colocando las manos sobre la frente. Iba contando las gotas de sudor que le resbalaban por la nariz y se desprendían desde la punta de la curva nasal como almas olvidadas e iban cayendo a un suelo que cada vez quemaba más.
Los roquedales sedientos se iban mezclando con otras zonas en las que pisar la arena se hacía casi insoportable. El calor sofocante le asfixiaba al igual que su sed, su dolor y sus remordimientos. Había bebido sin control a consecuencia de las altas temperaturas y ya no quedaba agua en su cantimplora. Sus ojos tenían la mirada lánguida de quien espera que se ejecute la sentencia porque ya hace tiempo que perdió la esperanza de salvarse. 
Pasado el mediodía, ya dentro de las horas soporíferas de la tarde, le era imposible continuar caminando. Se detuvo y buscó con la mirada alguna zona donde poder guarecerse. Estaba en una planicie desolada. No había vegetación, ni tan siquiera una roca grande que proyectase algo de sombra. Empezó a creer que había llegado a su final. Miró con amargura aquel paisaje casi desértico y se le ocurrió una idea para intentar descansar y confiar en la providencia. El suelo era muy arenoso y pensó en cavar un agujero y colocar parte de su ropa haciendo una pequeña loma que le diese sombra.
Se puso a cavar protegiéndose las manos con trozos de tela que arrancó de los pantalones. Cuando consideró que ya era suficiente, dispuso la chaqueta como falso techo del agujero y antes de introducirse en la oquedad arenosa, dirigió su mirada hacia el camino recorrido. A lo lejos vio caminar en su dirección al grupo de hienas. Iban a paso lento, con la mirada fija en la distancia. Vio su imagen reflejada en los ojos de los animales. Y se aterrorizó.
Comenzó a preguntarse cómo sería morir siendo devorado por las hienas. Y se cuestionó toda su vida hasta ese momento. Gran parte de ella había estado destinada a conseguir destacar como un gran árbitro. Había sublimado la mayoría de sus esfuerzos en una carrera hacia la fama y el dinero, escaso para el que ganan las estrellas del fútbol, pero muy abundante para lo que él había conocido en su vida de aldeano. ¿Realmente había tenido sentido? Sabía que había descuidado muchas otras cosas. Pero ahora ya no importaba nada. Iba a morir. Y la muerte le horrorizaba. No sabía si tendría la valentía suficiente para notar las dentelladas de las hienas mientras, aún con vida, fuese impotente para alejarlas del agujero en el que estaba y que podía ser su improvisada tumba.
Su mente se nublaba por momentos, la falta de agua en su organismo hacía que sus ojos resecos no percibieran con nitidez la luz. Apenas tenía energía para recordar alguna oración y poder rezar pidiendo clemencia para sus pecados. Se desmayó dentro del agujero excavado en la arena y perdió el conocimiento.
Así pasó varias horas. El sol cayó del cielo por el lado opuesto al que había salido y los colores del crepúsculo comenzaron a matizar la arena con una melancolía enlutada por los siglos. Su cuerpo notó que las temperaturas habían bajado. Su propio sudor le había guarecido de la deshidratación extrema. Su corazón había reducido los latidos al ritmo necesario para mantenerle con vida.
Despertó en medio de aquella soledad. Aún tenía en los oídos el zumbido silbante del viento, el mismo viento que seguía batiendo la arena, pero ahora con menor intensidad. Estaba solo y aislado en medio de ninguna parte. Completamente solo y sin esperanza. Era una soledad de alma y no de presencia física de otros seres. Que los había. Recordó la imagen de las hienas. Levantó la cabeza y las vio sentadas sobre sus patas traseras a menos de cincuenta metros de donde se encontraba. Su estómago gruñó como muestra de hambre y también de pavor. Tuvo que bajarse los pantalones y alejar de su interior las muestras del miedo. No pudo notar su desagradable olor porque su mente y sus ojos estaban centrados en las hienas. Un puñado de arena hirviente le sirvió de higiene para su esfínter.
Las alimañas del desierto no se lanzaban a por su presa. Esperaban tranquilamente. Entonces giró su cabeza hacia el este y, alumbrada por las últimas luces del crepúsculo y unas pequeñas lenguas de fuego, divisó a unos cien metros de dónde se encontraba, una jaima igual a la que le había proporcionado refugio la noche anterior.

Se dio cuenta de que en todo el día no había pensado en la enigmática figura de la escriba. Recordó que era inusual que un escriba fuese mujer. A lo largo de los siglos, el conocimiento y la cultura habían estado reservados a los hombres. ¿Cómo era posible que una mujer, además de cumplir con su función de proveer alimento al hombre, tuviese los conocimientos que le había demostrado la noche anterior? Pero no quiso detenerse a pensar más, ni quiso creer que la presencia femenina fuese consecuencia de algún oculto embrujo. Las hienas estaban allí, donde muere el crepúsculo, esperándole, y él, con las pocas fuerzas que le quedaban iba a correr hacia la jaima implorando auxilio.

CONTINUARÁ...

NOVELA CORTA
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Mariano Valverde Ruiz (c)