domingo, 24 de julio de 2016

EL PICO DE "LA AGUILICA"





EL PICO DE “LA AGUILICA”

Necesitaba encontrarse consigo misma y había echado a caminar por el sendero que sube hasta el Pico de “la Aguilica”. No entendía qué le estaba sucediendo, faltaban solo unos días para que cumpliese los cuarenta años y la cercanía de esa frontera le había abierto una brecha en el corazón. Se sentía triste, meditabunda, planteándose a menudo todo lo que había sido su vida hasta ahora. No tenía muy claro si realmente habían merecido la pena todas las decisiones que había tomado por el camino, sobre todo las relacionadas con sus relaciones afectivas.
Aquella mañana había saltado de la cama mucho antes de que amaneciera. Toda su familia dormía en la casa de verano que habían comprado en la ciudad de Águilas a principios del año anterior. Su marido y sus hijos permanecían ajenos a lo que la había desvelado durante casi toda la noche y había provocado la necesidad de pasear por la Playa de Levante antes de que los bañistas colocaran sus cuerpos bajo el sol. Desde la playa se había encaminado hacia el mirador más carismático de la ciudad, pensaba que desde la altitud podría ver más cerca las profundidades de su alma.
Mayte llegó hasta el mirador mientras una suave brisa mecía con dulzura sus cabellos dorados. Dejó navegar su vista por el paisaje que tenía frente a sí. Un juego de colores morados y anaranjados pintaban la línea del horizonte sobre el mar. El rumor de las olas acariciando las rocas componía una música acogedora. El amanecer estaba próximo y se podían distinguir los barcos de pesca faenando en los caladeros próximos a la costa pero las luces del alba no desvelaban sus dudas y sus inquietudes.
Desde la pequeña atalaya situada sobre las rocas se podía ver cómo el mar confluía con la ciudad en un abrazo azul que olía a sal y a vida. Esos aromas transportaban a Mayte veinte años atrás. El mirador era propicio para dejar volar la memoria hasta los años en que la juventud se convertía en una pequeña barca dispuesta a navegar sobre las aguas de los sueños. Mayte sabía que ahora era mucho más realista, menos dada a dejarse llevar por romanticismos. Observó la ciudad, el puerto pesquero y al fondo, la silueta del castillo de San Juan. No había habido demasiados cambios en la fisonomía del paisaje. Águilas seguía siendo una ciudad agradable, de gentes afables y acogedoras, donde la cordialidad permitía alegrase de estar viva. Y recordó cómo desde sus playas soñaba con navegar hasta el último confín del mundo, atesorando experiencias y aventuras. Sus ojos se detuvieron en una barca que estaba varada en la playa y eso le trajo un recuerdo grabado en su mente a base de emociones y que nadie conocía, aunque quizá debiera confesarlo alguna vez.
Había pasado tanto tiempo. Un tiempo durante el cual había permanecido larvado el recuerdo de la noche más larga de su vida, la noche en que sus sentidos alcanzaron el cielo. Bastó tan solo una mirada directa entre ojos afines, luego un gesto inexplicable en que dos energías complementarias se tocaron ante la profundidad de dos almas sorprendidas. Después bailaron sin perderse un momento la mirada, como si nada ni nadie les rodeara, ajenos a la música, escuchando la melodía de sus corazones, electrizados por el magnetismo de sus cuerpos…
Fueron pocas las palabras que emplearon, las justas para identificarse. Él le dijo que era de Madrid y ella le comentó que era de Lorca y que estaba de vacaciones. Después fueron las manos las que hablaron. Salieron de la discoteca y fueron hasta la playa mientras sus besos iban haciendo una alfombra de dulce gelatina. Se tumbaron en la arena, junto a una barca volteada. La luna de julio decoró sus pieles con el rocío plateado de la noche, con la pasión y la entrega que dos cuerpos conformaron hasta convertirse en un manantial de gemidos que ruborizó a las olas que lamían la arena.
Tras veinte años, ninguna noche había podido igualar a aquélla. Se habían despedido con las luces del alba. Él regresaba a su ciudad. Y ella, confundida por la experiencia, no acertó a pedirle su teléfono, algo que hubiera sido esencial para su futuro unos meses después, antes de decidir casarse con su actual marido. Ahora solo le quedaba el recuerdo del hombre que la hizo navegar por el cielo y la mirada angelical de su primera hija. «¿Por qué tendrían derecho a saberlo? ¿Acaso cambiaría algo? Es mejor que sigan sus vidas. Él y mi hija», decidió apoyada en la roca. Ya nadie sabrá nunca su secreto porque iba a dejarlo escondido junto al pico del águila que aquella noche les había contemplado, como una sombra pétrea, hacer de sus cuerpos una gota salada de vida. Debía conservar su secreto y continuar con su vida, nadie tenía derecho a mancillar su recuerdo. Se sintió reconfortada y satisfecha. Al fin y al cabo, ya había tocado el cielo, aunque solo hubiese sido una vez en su vida. Y eso era suficiente.


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Mariano Valverde Ruiz ©