martes, 26 de julio de 2016

EL DRAGÓN DE CALABARDINA







EL DRAGÓN DE CALABARDINA

A sus nueve años, Juan aún no conoce cómo son los hilos que sujetan la estructura de este mundo. Vive en un estado permanente en el que se cruzan las percepciones de la realidad y el idílico mundo de fantasía que su madre alimenta con la intención de mantenerle alejado del dolor.
Hoy ha bajado a la playa con su madre y su abuela. Es un día luminoso de finales de julio y la cala de Calabardina es un espejo azul donde se miran las gaviotas. Las olas acercan a la arena el agua templada del Mediterráneo y los bañistas disfrutan del encanto del paisaje, de las imágenes iridiscentes que se reflejan en el agua y de los juegos náuticos.
Juan ha coleccionado algunas algas que ha encontrado en la orilla y con ellas ha confeccionado un pequeño bosque cuyo verdor sobresale de la arena como un destello de esperanza. Ahora busca pequeñas piedras que puedan simular a los habitantes de ese bosque: nomos, hadas, caballeros, animales mitológicos… Mientras los va colocando en su bosque animado, levanta la mirada y observa cómo su madre sonríe sin quitarle la vista de encima. Ella le acurruca cada noche y le cuenta historias donde la bondad y la dulzura acarician su mente igual que paños de seda. Él finge dormirse para que ella crea que viaja por los sueños pero en realidad está esperando que salga de su habitación. Luego presta atención y la escucha llorar en silencio. Es un llanto de amargura, un gemido ahogado en la noche que porta los estigmas de la desesperación.
Ella no lo sabe, pero Juan recuerda cada una de las terribles discusiones que tuvo con su padre antes de que tuvieran que refugiarse en la casa de su abuela. Los gritos y los golpes retumban aún en su cabeza como mazas hirientes sobre su inocencia, provocándole momentos de desconcierto y de incomprensión. Mientras buscaba entre la arena ha encontrado una piedra de color pardo en la que ve las formas de un dragón. E imagina que ese dragón fuese capaz de alejar toda la maldad del mundo de su pequeño bosque de algas. La coge con su mano derecha y la levanta del suelo haciéndola volar por su mundo imaginario. Va soltando bocanadas de fuego con las que quema la ira de un padre posesivo y maltratador. El dragón vuela en círculo sobre su bosque y se posa junto a lo que semeja su casa. Juan inclina la mano y el dragón alza el cuerpo para lanzar una nube de fantasía repleta de algodón dulce y estrellas de cariño con la que cubre a su madre. Él no quiere que sufra más, aunque le sigue el juego y nunca le muestra que es conocedor de su angustia. Confía en el futuro. Un día él será un hombre capaz de hacer olvidar a su madre todo el dolor que lleva dentro.
Juan deja la piedra con forma de dragón en su pequeño bosque y vuelve a mirar a su madre que, bajo la sombrilla, le sigue observando mientras habla con su abuela. «¿Sabrá ella que existen los dragones buenos?» , se pregunta. Los ojos de Juan se alejan en el horizonte hasta detrás de las sombrillas, siguen el curso de la mirada por las casas del pueblo y se detienen sorprendidos en la ladera de la montaña que delimita la cala. Entonces lo ve. Es enorme. Es un gran mastodonte que duerme plácidamente con la cabeza apoyada junto al mar. Ve su dorsal izada sobre el cielo, sus patas y sus garras, el cuerpo con las alas plegadas y la cola encogida. Es un gran dragón, un dragón fuerte y bueno que un día despertará para alejar de su madre todo lo que le hace sufrir. Y respira con impaciencia. Tras ese momento de éxtasis, nota un escalofrío que le recorre la espalda con la terquedad del miedo. Y piensa que ojalá no sea ya demasiado tarde para su madre cuando el dragón despierte y la ponga a salvo.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©