sábado, 23 de mayo de 2026

PLATERO Y JUAN RAMÓN

 


PLATERO Y JUAN RAMÓN

Los ojos de Platero distinguen lo que algunos ignoran. La mirada del pequeño y peludo asno no ve al poeta universal que ha trascendido sino al hombre íntimo, sensible y melancólico que encontró refugio en su amistad y en la naturaleza que los rodeaba.

Platero no juzga, acompaña en silencio la auténtica verdad del poeta, despoja de máscaras a un ser vulnerable, amante de la belleza efímera. Ve cómo conectan los pensamientos más profundos de un hombre contradictorio con la autentica esencia de la tierra andaluza. Sol y flores, sombra y destino, van de la mano. Cada uno de esos conceptos se adentra en la paz del poema y en la virtud de la palabra escrita.

El borriquito siente un cariño especial por el hombre que lo acompaña, el que le habla pensando que no lo comprende, el que le confiesa cosas que a otros no contaría, el que comparte sus naufragios y sus pequeñas victorias. Platero nota las caricias sobre su lomo y el tacto de la mano que escribe sobre su piel los versos de la luna. También comparte las uvas monastrell y los higos morados como si fuesen el tesoro de los siglos que ha llegado hasta ellos por obra y gracia de la tradición y la necesidad.

Los ojos de Platero son como espejos de azabache, no reflejan a un señorito andaluz, solitario y taciturno, sino a un compañero de aventuras, un confidente que le cuenta sus tristezas y reflexiones, un cautivo de la bondad y el misterio.

Juan Ramón es parte del entorno de Platero. El poeta es un ser que aspira a disfrutar del color de las flores y a discernir entre los recovecos de la luz del crepúsculo. Poco a poco, Platero va descubriendo a un hombre que rechaza la hipocresía y busca la pureza en lo más simple de las cosas.

A veces, Platero ve reír a Juan Ramón con un cascabeleo diamantino que alivia del dolor vital. Lo percibe como un hombre que vuelve a la inocencia perdida, que valora su amistad incondicional, esa que no necesita palabras para poder comprenderse en lo más íntimo de la naturaleza humana. Platero, que no es un personaje sino una proyección hacia el mundo, valora la presencia y empatía del poeta que habla con los animales. Ve a Juan Ramón Jiménez en su versión más humana, más pura y eterna.

Platero tiene en mente dos fechas: 1881 y 1958. Son los años que enmarcan la vida de Juan Ramón, los que señalan el nacimiento y muerte de un Premio Nobel de Literatura. Moguer (Huelva) y Puerto Rico le han visto respirar. La Guerra Civil también vio alejarse a Estados Unidos al poeta que intentaba ganarse la vida en otros países con cierta libertad. Su mujer lo sabe. La mujer que fue su amor y su apoyo constante. La mujer que sufrió en silencio sus cambios de humor y sus depresiones. La mujer a quien debemos ‘Diario de un poeta recién casado’ (1917), un texto que supone un antes y un después en la poesía española. Ese libro es el registro de un viaje a Nueva York para casarse con Zenobia, es el nacimiento de la poesía desnuda y la entrada a la modernidad del verso. Su depuración formal, la combinación de poemas en verso y en prosa, la presencia de aforismos y fragmentos de diario, lo convierten en un libro excepcional. Pone en comparación a la metrópolis frente al océano, que es otro gran protagonista. El mar es símbolo de eternidad y de pureza. El libro descubre una capacidad poco común de trasformar lo cotidiano en experiencia metafísica. Su legado es la base sobre la que se edificó la Generación del 27.

El pequeño asno no olvida que los poemas de Juan Ramón transitan tres etapas: sensitiva, intelectual y verdadera. Tampoco olvida que en él vio el símbolo de la ternura y la compañía, el amigo que comprende, el confidente silencioso. Lo hizo partícipe de la soledad, la crítica social ante la pobreza, la inevitabilidad de la muerte. Y compuso un canto a la vida y a la naturaleza que es, después de la Biblia y El Quijote, uno de los textos más traducidos.

Platero sabe, mientras mira el horizonte de Huelva, que el texto escrito por Juan Ramón Jiménez es la expresión más elocuente de la prosa poética escrita en el siglo XX. Pero no da por hecho que todos los amantes de la literatura lo conozcan, por eso se atreve a recordarlo a traces de las páginas que se leen en la nube de silicio, ese territorio inconcreto que llamamos internet, y que no se parece a unos ojos negros y profundos como los que miran a Juan Ramón cuando el sol rompe el velo del alba.

 

Mariano Valverde Ruiz ©