sábado, 28 de junio de 2014

SENSACIÓN




Donde termina el gesto del lenguaje
la palabra concluye
y la sensación trepa por la piel.
Allí donde es materia nuestro amor
hacen nido los besos más sinceros
al filo del murmullo inexplicable
que almas y labios tejen.
Allí, tras la reyerta prolongada
de las lanzas ocultas del deseo,
el misterio edénico y la luz
erigieron jardín de vibraciones
magnéticas robadas al asombro
de dos amantes presos del enigma
en el claro universo de una lágrima.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c) 

martes, 24 de junio de 2014

METAMORFOSIS





Será hoy, a la luz de esta ciudad nueva
que construimos con nuestras propias manos:
una urbe volátil con muros de caricias.
Ocurrirá hoy, tenlo por seguro,
cuando la oscuridad no nos alcance
y las palabras surjan de las bocas
como luz acolchada.
Y no habrá más silencios
en los tramos complejos de la vida,
ni perdidos regresos
que ofusquen la memoria.
Nada podrá apagar
en fuego que ya arde entre las brasas.
Será la luz del tiempo
quien cree nuevas formas de nacer.
Nos acechará el flujo
de una sangre creativa y renovable
desde la raíz de nuestros ojos.
Formaremos un todo eternamente.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

domingo, 15 de junio de 2014

EL PASAPORTE (Versión completa)




EL PASAPORTE



Juan de Mairena había preparado con mucho esmero la última versión del pasaporte.
Estaba satisfecho de su trabajo. Se acercó hasta Don Antonio Machado para enseñarle el resultado final y pedirle opinión antes de ir por enésima vez hasta la frontera. Llegó hasta su lado con un brillo de estrellas en las pupilas y también con la inquietud que en el alumno siempre provoca el respeto hacia el maestro. No se lo pensó dos veces y le dijo:
—Esta vez no habrá problemas. Cada uno de los elementos está en su sitio. El papel es idéntico al del estado. Las fotografías tienen los colores sepia de la memoria. He reproducido los sellos con precisión milimétrica. La tinta no desmerece en nada a la utilizada en la función pública. Vamos, que ni el más avispado guardia de fronteras podrá notar la diferencia entre éste y los expedidos por el régimen.
—No sé qué te diga. No lo tengo claro. Sé que has utilizado todas tus habilidades en la confección de esa obra. Y que, seguramente, has hecho una obra de arte.
—No le quepa duda.
—Pero “el momento creador en arte, que es el de las grandes ficciones, es también el momento de nuestra verdad, el momento de modestia y cinismo en que nos atrevemos a ser sinceros con nosotros mismos”. ¿Crees que estás en lo cierto?
—Certezas hay pocas maestro. Lo nuestro es dudar. Así llevamos muchos años. Y mientras tanto…
—Yo no digo que no tengas razón, que la tendrás, pero convendría plantearse otra vez si estamos dispuestos de verdad a cruzar la frontera. Hay que echar mano del pensamiento de Sócrates, de su ironía, para comprender el volumen de nuestra ignorancia. Y tener en cuenta lo que nos hubiese dicho Kant, que de la existencia de este pasaporte no se puede deducir la esencia, es decir, que sirva para pasar la frontera.
—Maestro, la responsabilidad es nuestra. No estamos en nuestra patria.
—La patria. Ya salió el tema. La gran metafísica de nuestras raíces. La que no admite más duda que aquella que plantea nuestra forma de sentir y de entender la complicidad del entorno.
—¿No es lícito que volvamos a nuestra patria? ¿No sería un hecho consumado, fuera del tiempo mismo, que nos quedemos dónde estamos?
Con preguntas me respondes, Juan. Sin embargo, las respuestas a esas obviedades serían diferentes si las dieras tú o si las diera yo. Y no estamos ahora para retóricas.
—Maestro. Me he esforzado mucho porque creía que usted lo tenía claro. Durante décadas he intentado someter al criterio del agente de aduanas de turno los pasaportes que iba preparando con ilusión y melancolía. Me los han rechazado todos. Pero ahora creo estar seguro de que con éste no pondrán ninguna objeción.
Don Antonio Machado miró con benevolencia la figura fantasmal de Juan de Mairena. Casi se reconcilia con ella. Inclinó la cabeza y se apoyó en el bastón. Por su mente pasaba la certeza de la pérdida definitiva de su patria. Se la habían llevado en un papel que dejó escrito antes de morir. Ahora recordaba el color y la luz de su única patria: “estos días azules y este sol de la infancia”.
Y Don Antonio echó a caminar con su paso lento. Caminó por las calles de Collioure, el pueblo costero del departamento francés de los Pirineos Orientales, en la región Languedoc-Rosellón, donde le llevó el exilio; vio la pensión que recogió sus huesos después de un largo caminar, el mar cercano, la playa de grava, el azul del cielo…Recordó los bosques donde crecen espinos, el sabor de sus lágrimas al volver la vista atrás, revivió su tierra, su vida…
—Insisto en lo del pasaporte y en volver a nuestra patria, maestro— le dijo Juan de Mairena, que le acompañaba con la nostalgia en su andar.
—Nuestra patria, Juan, ya no volverá…Lo que queda de ella ahora es el camino, el peregrinaje hacia una vida y una obra. La España de hoy comienza a parecerse a aquella que nos heló la sangre. Todo el mundo busca su patria sin darse cuenta que la tienen que construir día a día, golpe a golpe, en su propio interior.
—Maestro, hay españoles que defienden la Monarquía Parlamentaria como forma de estado. Defienden una institución que esté por encima de partidismos y que realice un papel de árbitro en el juego político. Buscan los puntos comunes en los que todos los nacidos en la vieja piel de toro puedan reconocerse, y vivir en paz y armonía, en libertad y en democracia. Pero la sociedad se está partiendo, cada vez se agrandan las diferencias entre pobres y ricos, cada cual se agarra al palo de su bandera como a una madera con la que no perecer en el naufragio que la crisis ha provocado.
—Juan, no hay más democracia que la que permite a cada uno decidir quién le gobierna, y cómo. No debe haber ningún privilegio que perpetúe a nadie en el poder. La República garantiza el derecho de cualquiera a ser el responsable máximo del estado. Y el estado ha de estar fundamentado en la concordia y en la mutua aceptación de la diversidad del otro. El respeto a la diferencia es la base de la paz.
—Pero eso es posible en la España de hoy. Se discute la forma de estado pero no la democracia y el derecho. Los españoles alcanzaron un consenso constitucional en 1978 que les ha garantizado paz y prosperidad durante casi cuatro décadas, la mayor época de libertades que ha vivido nuestro país.
—Juan, hace mucho tiempo que estoy alejado de todo, pero mi forma de ver España es bajo el prisma de la República. Quizá hoy no sea una República como la que pretendíamos entonces. Habrá que diseñarla de otro modo. Además, mi único contacto con la realidad son las cartas que cada día llegan al buzón de mi tumba, cartas cargadas de poesía, de valores, de anhelos, de esperanza…Son cartas que me traen, junto a las flores y los poemas, la bandera tricolor. Nuestra tumba es un lugar de peregrinaje de aquellos que no encuentran una mano que acierte con la herida, una mano que pueda resolver el dilema en el que siempre se ha debatido nuestra tierra: la convivencia.
—Entonces, maestro…¿Qué hago con el pasaporte?
—Juan, estamos bien donde estamos, recordando a todos que el dolor del exilio es el pago que una sociedad da a todos los que no son capaces de entenderse. A unos y a otros, no importan las ideas que tengan, porque no hay una verdad universal en posesión de unos que deje a los otros en la margen opuesta de la realidad. La única verdad de un hombre es su vida y su muerte. Y hemos de hacer posible que la vida sea un camino fructífero de amor, creación y concordia, y que la muerte nos llegue recubierta de dignidad y nos encuentre, como he dicho alguna vez, ligeros de equipaje.
—Visto así maestro, tengo la impresión de que los españoles deben sentarse a hablar, dialogar con sinceridad y respeto, y encontrar el camino a seguir, igual que hacemos nosotros. A veces recuerdo aquella canción, suspiros de España, y me veo en un patio de Sevilla, junto a las rosas y no lacerado por el cainismo que recorre la península como un viento de espinas.
—En eso me pareces mucho, Juan. Yo también amo los mundos sutiles, incluso ahora que me cubre el polvo de un país vecino, como sabes y sientes, y espero que junto a las rosas canten los jilgueros, que lo hagan frente a las conciencias de los hombres que se vuelven contra otros, que canten haciendo que el aire se llene de música y de sueños en cada hogar, en cada rincón de la tierra. ¿Entiendes?
—Sí, creo que sí. Caminemos por ello maestro.
—Caminemos Juan. Aunque lo nuestro sea pasar haciendo caminos sobre la mar. Y que el agua, reflejo del cielo, de las nubes, de la luz, borre nuestras huellas más allá del destino de nuestras pisadas.
—Caminemos para que nos sigan.
—No es ésa la razón. Cada uno debe hacer su camino en solitario, aunque es posible que muchos caminos confluyan en la misma dirección. Entonces es probable que esos caminantes piensen que tienen algo en común: la voluntad de seguir sendas en busca de la felicidad y de la concordia.
—Eso es tan difícil en un mundo marcado por las fronteras, en una realidad en la que es necesario un papel para pasar de un país a otro, de una región a otra, de un mundo a otro. Las diferencias son tan acusadas. Creo que nosotros necesitamos ese pasaporte para volver a nuestra patria.
—No necesitamos pasaporte para volver al lugar de donde nunca nos hemos ido. Las fronteras son un artificio, una invención del hombre para marcar diferencias. Y la no aceptación de la diferencia es la raíz de todos los males. ¿No sé cómo explicártelo para que puedas comprenderme?
Don Antonio Machado dejó que el silencio gobernara por un tiempo la mente de Juan de Mairena. El poeta sabe muy bien la importancia del silencio, su poder metafísico y su facultad para favorecer lo que ninguna otra forma de tiempo es capaz de generar. El silencio fue creciendo en intensidad como si hubiese surgido de entre las paredes de la tumba del pequeño cementerio de Collioure que guarda las cenizas de la voz de “un patio de Sevilla” y ahora emergiera como un soplo de luz abisal por todos los rincones del planeta capaces de comprender las palabras y los silencios. El tiempo se paralizó tras una tapia, junto a un árbol, al lado de una rosa, bajo una lápida, frente a la página de un libro… Y por fin, el silencio dejó paso a las palabras del poeta, que tras mirar con indulgencia a Juan de Mairena le dijo:
—Te  voy a contar una historia. Escucha con atención. Me atrevo a hablar porque creo que lo que te voy a decir es más importante que el silencio que hasta hace un instante presidía nuestro paisaje como un olmo seco del que brota una tierna rama…         —Sí, maestro, soy todo oídos.
—En un lugar sin nombre, de un país cualquiera, vivía un joven que había nacido de una mujer sin denominación específica y de un padre anónimo. Había crecido ajeno al mundo que le rodeaba disfrutando de una infancia en la que la inocencia había puesto una venda a sus ojos. Con el despertar del pensamiento, se dio cuenta de que era distinto. El joven comenzó a ser consciente de su amarga diferencia cuando inició una etapa en la que la curiosidad fue quitando el vendaje de la inocencia a su forma de ver. Durante sus primeras incursiones en otros territorios, observaba a los vecinos y se comparaba con los habitantes de lugares no demasiado lejanos. Todos tenían nombre, cuna y tierra a las que referirse con denominaciones concretas.
—Lo que es normal en todos los casos: la gente tiene nombres, los pueblos tienen nombres, los paisajes tienen nombres…— dijo Juan mirando a su maestro con cara de incredulidad. Don Antonio continuó con su relato.  
—Y empezó a angustiarse porque le miraban con desprecio, incluso con recelo. Para huir de esa angustia, comenzó a caminar sin destino definido. Cada vez que llegaba a un nuevo pueblo permanecía un tiempo en él hasta que se hacía imposible mantener en secreto su falta de identidad. Ante la pregunta: ¿y tú cómo te llamas?, respondía con silencio y volvía  a emprender su camino. Así lo hizo durante mucho tiempo hasta que, un día se vio delante de un puente con una valla amarilla delante, y una valla negra detrás, tras las cuales había varios hombres armados y de facciones amenazantes que estaban pendientes de los caminantes.
—La frontera—dijo Juan.
—Observó que los guardianes daban el alto a quienes se acercaban, pedían documentación y negaban el paso a algunos caminantes. No necesitó mucho tiempo para intuir que él sería uno de los que no podrían pasar al otro lado, que tendría que darse la vuelta y volver al lugar de donde había venido. Miró hacia atrás y no supo por dónde caminar porque sus pasos habían sido borrados por el viento. Miró hacia delante y vio los rostros hieráticos de los guardias de frontera. No tenía salida.
—¿Y entonces qué hizo?
—Entonces se dio cuenta de que bajo el puente corría el agua de un río, un río que quedaba en medio de la frontera entre uno y otro lugar. Y sin pensárselo  dos veces, se tiró al agua y comenzó a nadar en el sentido de la corriente. El río le llevó hasta el mar. Allí, absorto ante el fascinante espectáculo del azul profundo del océano, ensimismado con el vuelo de las gaviotas, envuelto en una brisa templada y armoniosa, empezó a sentir una extraña felicidad, un sentimiento que llenaba su corazón haciéndole comprender que no necesitaba ser como los otros, ni llamarse con ningún nombre concreto, porque supo que al final de su vida, todo, incluso su nombre, se perdería en la inmensidad del azul, y su presencia en este mundo también llegaría hasta los confines del olvido.
—¿Qué verdad más grande? —Dijo Juan mientras levantaba la vista hacia el horizonte y observaba de nuevo el paisaje de la pequeña localidad francesa que es parte de la memoria colectiva de los exiliados.
—Y no son palabras, Juan…no son palabras.
—Maestro. Tu voz nos ha traído de nuevo hasta este cementerio de Collioure, justo hasta la fosa donde nunca faltan los nombres de quienes forman el río de la vida. Hagámosles un hueco en nuestra memoria y olvidémonos del pasaporte. El agua de ese río no tiene fronteras. Es mar. Luego nube. Y más tarde, por algún extraño misterio, de nuevo río…  
—Veo que has entendido, Juan.
Las sombras de Don Antonio y de Juan de Mairena se fueron confundiendo en el paisaje mientras el cartero llegaba de nuevo, un día más, para depositar poemas con el aliento de los sueños de jóvenes poetas en el buzón de la tumba del poeta andaluz.


Relatos
15 de junio de 2014
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz ©       

                         

viernes, 13 de junio de 2014

EL ORO DEL SILENCIO




Cuando te muestras ante los sentidos
y desnudas mis ojos,
la luz subraya los enigmas
que cubren los extremos de tus cejas.
Convierto la belleza con que callas
en palabras hirvientes
para que queden huellas tan visibles
como las oleadas del océano
que llegan a la playa cada día.
Tu mirada profunda
es sima de misterio: me provoca.
Quiero besar la luz de tus mejillas,
es la divinidad de la que soy súbdito.
Si lo permites sé que tocaré
el oro del silencio en tus párpados,
podré alcanzar con poco sacrificio
una serenidad que iguale en ritmo
a un crepúsculo malva derramándose
entre el hueco que dejan
los visillos del viento.



(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)



martes, 10 de junio de 2014

EL ÚLTIMO REDUCTO (Versión completa)




EL ÚLTIMO REDUCTO



Anacleto había tenido un día muy complicado y sólo quería un poco de paz. Su jornada laboral con la empresa de agua clónica había terminado por exasperar su estado de ánimo. No había alcanzado el nivel básico de producción y le habían advertido que a la próxima le rebajarían el sueldo. Esperaba calmarse en su labor nocturna.
Aquella noche, cuando entró en la imprenta Salazar, no pudo contener su ira al ver que los de la secreta habían puesto todo patas arriba. El pobre impresor estaba atado a una linotipia con los pantalones bajados y el culo manchado de tinta roja.
—¿Qué ha pasado?— preguntó muy alterado mientras corría a liberar al diminuto impresor.
—Buscaban el manuscrito del Quijote. Pero no les he dicho nada.
—¿Te han torturado?
—Es lo que hacen con todos. Me han hecho tragar la moral de Nietzsche y los Diálogos de Platón. Me han acusado de esnobismo. Han querido tatuarme una cruz gamada en el pene, pero no han podido porque no había piel suficiente. Y hasta me han amenazado con hacerme ver todos los desmanes que causó el hombre del siglo XXI. Pero he permanecido firme como la estatua de la Gran Confederación de Multinacionales.
—¿No les habrás hablado de mí?
—Les he dicho que trabajaba solo. Además como tú sólo vienes por las noches, no te tienen controlado.
—Mejor. He de pensar una forma nueva de esconder el manuscrito del Quijote. Cervantes no nos perdonaría que el último ejemplar que queda fuese incautado por esos patanes y después destruido en sus calderas de neutrinos.
Salazar se incorporó con esfuerzo. Una vez liberado de sus ataduras, recobró la verticalidad, se subió los pantalones y con voz serena dijo a Anacleto:
—Hemos de aprenderlo de memoria. Lo trasmitiremos oralmente a nuestros hijos y a los amigos que no sean afines al régimen globalizado. Y que estos a su vez lo hagan a sus descendientes.
—Sí, ésa es la solución. Nadie sabe ya ni siquiera lo que conoció de pequeño. Todos tienen las fuerzas justas para poder trabajar, aprender el protocolo de sus puestos de trabajo e irse después a dormir tras pasar por la ordeñadora, esa máquina aséptica que nos saca el semen todos los días para someterlo al proceso de selección anticultura.
De repente se escuchó un golpe seco en la puerta. Después, una voz metálica y fría, se expandió como una ola de amianto por las paredes de la imprenta. Anacleto y Salazar se desvanecieron lentamente y quedaron tendidos en el suelo.
Todo fue muy rápido. Unos soldados embutidos en uniformes negros de tejido antibalas entraron como una exhalación, ataron a los dos hombres que yacían en el suelo, los cargaron a la espalda y los sacaron a la puerta donde esperaba un transporte. Tras depositarlos en el interior del furgón, el que parecía ser el responsable de la patrulla se dirigió a un superior, que esperaba pacientemente junto al vehículo, y se cuadró con marcialidad para dar novedades.
—Los sospechosos han sido neutralizados. El acusado y su cómplice están a disposición de la corte suprema de la Gran Confederación de Multinacionales.
Salazar y Anacleto permanecieron durante tres días en dos celdas aisladas. Les habían puesto unos chalecos de seguridad que impedían cualquier movimiento de los brazos. Sus piernas estaban atadas a las patas de las sillas donde permanecían sentados. Las celdas estaban en total oscuridad. Una gota de agua les caía cada cinco segundos sobre la frente y resbalaba por la cara hasta caer al suelo. El suelo era una rejilla metálica con orificios del tamaño de una almendra. Toda la estancia estaba envuelta en las notas de una música celta que tenía tonalidades épicas y estribillo machacón, y que se repetía cada diez minutos con una insistencia obsesiva. El inicio y el final de la música estaban compuestos por aullidos de lobos que producían escalofríos dramáticos tras la secuencia musical.
Durante los tres días no tuvieron más alimento que el agua que habían conseguido atrapar con la lengua. Tampoco habían conseguido conciliar el sueño, las oscilaciones del volumen de la música y la insistencia torturadora de las gotas de agua hacían totalmente imposible dormir. Cada dos horas, con una precisión digital, la música dejaba su canal libre para que una voz grave les preguntara:
—¿Dónde está el último libro?
Y luego añadía:
—Cuando nos digáis el paradero de esa obra subversiva que llamáis El Quijote, os dejaremos volver a vuestra vida normal. No habrá represalias.
Después, un agudo sonido que dañaba los oídos se instalaba en las celdas haciendo que Salazar y Anacleto apretaran los dientes para intentar paliar el terrible dolor que les ocasionaba.
El cuarto día de cautiverio los dos presos fueron llevados delante del tribunal. La sala era completamente circular. Se les colocó en el centro de la misma y se les ató los brazos a un gancho que colgaba del techo. Frente a ellos, en una silla elevada, estaba el juez. Y junto a él, a ambos lados, se sentaban dos ayudantes que controlaban los aparatos de sonido y grabación de la vista. Se les leyó un texto en el que se les informaban que por estar al margen de la ley establecida no tenían ningún derecho. Que debían contestar a las preguntas que les hiciese el tribunal y que de no hacerlo continuarían su reclusión de por vida.
El juez se dirigió a Salazar sin más preámbulos.
—¿Dónde está el libro que lleva por título Don Quijote de la Mancha?
Salazar miró de reojo a Anacleto y éste comprendió. Después se humedeció los labios y se dispuso a hablar.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…
Salazar continuó hasta terminar el primer párrafo de la novela. Cuando lo hizo, Anacleto, que había escuchado con mucha atención, repitió íntegramente el texto sin ningún error. El juez, sorprendido, no entendió el sentido de la respuesta. Y se limitó a decir:
—Veo que ese lugar es difícil de recordar. Pero tenemos todo el tiempo necesario para que vuestra memoria nos diga el lugar exacto donde se encuentra  el libro. Así que…adelante. No voy a repetir la pregunta, porque me consta que ya la sabéis.
Los dos hombres respiraron con cierto alivio. Salazar continuó párrafo tras párrafo y Anacleto fue repitiendo cada uno de ellos con asombrosa fidelidad al texto. Así transcurrió todo el día. El juez y sus ayudantes se fueron turnando para escuchar la declaración de los acusados. A la noche se les notaba ya un cierto interés en la obra, y aunque sabían que era un material prohibido, y un texto ciertamente peligroso, no quisieron precipitar los interrogatorios sometiendo a los acusados a las torturas del potro, el quebrantahuesos, las agujas de sal, las inyecciones de drogas psicotrópicas y el quita uñas. Pasadas las doce de la noche, el juez ordenó que les llevaran a la celda, que el interrogatorio seguiría al amanecer del día siguiente. En ese momento Anacleto acababa de terminar de repetir el final del capítulo XII.
Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó un tan gracioso coloquio como fue grave el que pasó entre sus señores.
Durante las horas de la noche previas al descanso, el juez y sus dos ayudantes se vieron inmersos en una inquietante conversación a causa de las ideas que el libro había sembrado en sus conciencias. No entendían el significado último de aquella obra que perseguían desde décadas por tratarse del último libro sobre la tierra del que habían tenido noticias, sabían que existía una copia manuscrita del autor, y tenían órdenes estrictas de sus superiores para hacerlo desaparecer.
El juez hizo repetir la grabación del texto que hablaba sobre la libertad y que se guardaba en el archivo de la causa:
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.
Tras la audición, uno de los ayudantes dijo que el libro era un canto a la libertad y que de ningún modo se podía permitir la difusión de un mensaje que podría poner en riesgo el estatus dominante de la Gran Confederación. Además, dijo:
—Entre sus páginas se esconden mensajes subliminales terroríficos, como el rechazo a la modernidad y al progreso.
—Y no sólo eso— apostilló el otro ayudante —entre aventura y aventura, hay un riesgo inminente, el cultivo de la imaginación. Ya sabemos que la imaginación lleva a la ficción con facilidad, y de la ficción a intentar transformar la realidad, solo hay un paso.
El juez asintió y fue más allá en su juicio:
—El personaje parece tener un espíritu justiciero, es rebelde a los cánones establecidos en la sociedad e intenta cambiar al mundo. Aunque lo quiere hacer para mejorarlo, según él, claro está…
Dicho esto se echó a reír con amplias carcajadas a las que se unieron los dos ayudantes.
—Vámonos a dormir. Mañana seguiremos con el proceso. Tarde a temprano nos dirán dónde está el libro…y entonces haremos con él una buena fogata.
Durante la madrugada, el juez se enfrentó a una terrible pesadilla. Se encontraba ante sus superiores para responder de una acusación de prevaricación. Había permitido un proceso judicial contra uno de los dirigentes del segundo escalón de la Gran Confederación a sabiendas de que, moralmente, no debía encausar a ningún representante del poder establecido. La acusación era por abuso de su posición como responsable de propaganda al promover una campaña para que los trabajadores consumieran más productos dietéticos. Pero, el drama del sueño, era que el juez no podía defenderse, había perdido la fluidez verbal y el conocimiento de las palabras. Sólo acertaba a pronunciar un galimatías de letras desordenadas que no tenían ningún sentido. Sus superiores pensaban que se estaba burlando de ellos y que por consiguiente debía ser castigado con la degradación y el envío a una mina de azufre en el Sahara.
Cuando el juez despertó estaba bañado en sudor. Estaba decidido a conceder la palabra a los acusados hasta que terminasen con su alocución. Y así fue. Durante los días siguientes Salazar continuó pronunciando las frases y Anacleto repitiendo metódicamente hasta que después de una semana, a media tarde de un día lluvioso que dibujaba los cristales con minúsculas cascadas de agua sobre un horizonte gris y plomizo, Salazar dijo:
Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna. Vale.
Salazar volvió la mirada hacia Anacleto, que ya estaba repuesto de la tortura de los primeros días, pues les habían dado de comer y dejado dormir para que pudiesen seguir con su exposición. Le guiñó un ojo, a lo que su compañero de cautiverio contestó inclinando la cabeza en un signo de afirmación. Después dijo al Juez en tono muy elocuente, enfatizando cada palabra:
—El manuscrito del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha está enterrado en la tumba de su autor, Don Miguel de Cervantes, en la iglesia del Convento de las Trinitarias Descalzas, en el barrio de Las Letras de Madrid.
Una profunda sonrisa de satisfacción recorrió la cara del juez. Dio las órdenes pertinentes a sus ayudantes para que se encaminaran hacia el convento y le trajesen el manuscrito. Advirtió que no hubiese ninguna filtración a la prensa, que le fuese entregado en mano, y que él se encargaría de custodiarlo antes de entregarlo a sus superiores y proceder a su destrucción. Por su mente pasaba otra idea. Aquel libro le serviría para aumentar su vocabulario y su fluidez verbal, algo que consideraba esencial en su posición para su seguridad futura. Realizaría una copia que entregaría a sus superiores y se quedaría en secreto con el original para su exclusiva propiedad. Nadie sabría jamás de su existencia hasta su muerte, momento en el cual lo legaría a uno de sus hijos con el encargo de que permaneciera alejado de cualquiera que quisiese cultivar su imaginación. Se levantó de su sillón, indicó a los guardianes que pusiesen en libertad a los acusados y declaró terminada la vista.
Cuando Salazar y Anacleto se vieron libres y lejos de su lugar de cautiverio, se abrazaron como dos almas gemelas, como un Quijote y un Sancho que habían vencido a los gigantes, que no eran molinos, precisamente. Salazar preguntó a Anacleto si recordaba bien todo el texto. Anacleto le contestó que la fuerza de la costumbre en su trabajo le había enseñado a pasar el tiempo inventando reglas para agilizar su memoria. Y le aseguró que recordaba cada detalle de la obra como si la tuviese escrita delante de sus ojos.
Caminaron después entre bromas y buena ventura por la suerte que les había sonreído. Pensaron en sus dulcineas y en sus hogares. Y convinieron en comenzar a elegir las personas a las que iban a trasmitir el texto de forma oral, para que nadie pudiese hacer desaparecer el contenido del libro. Había dejado de llover y se divisaba en el horizonte la estatua de la Gran Confederación de Multinacionales. Salazar señaló hacia el frente y dijo:
—Oye, no es aquello la pirámide del conocimiento.
Anacleto sonrió ante la ocurrencia de Salazar y le contestó:
—No. Es el árbol de la vida. Pronto le crecerán las ramas y se ocultará el tronco para que las aves hagan sus nidos y vuelvan a llenar el cielo de pájaros.
 Eran el último reducto de la literatura.

10 de junio de 2014
Relatos
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viernes, 6 de junio de 2014

CRECE LA LUZ





Crece la luz,dibuja la belleza.
Amanece sobre tu nombre.
Los lienzos de las olas más románticas
abrazan la mullida arena. El mar
respira ya empapado de tu espuma.
Millares de gaviotas juguetonas
perfilan sus estelas en el viento,
rizan las nubes, tiemblan con el aire
y entretienen sus picos en el agua.
El viento despereza, temeroso,
indeciso a lamer el lecho tibio
donde somos resaca de noche desmedida.
Queda el brillo amatista de los astros
en el suave regreso de tu piel.
Guardo la levadura de los besos
en la luz de tu boca. Eternamente.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
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Mariano Valverde Ruiz (c)