Mariano Valverde Ruiz (c)
Todos los derechos reservados.
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El dedo índice apunta hacia la Luna. La eternidad de un instante está en ese gesto. Buscas el regreso a la patria de la infancia. Una cometa eleva el vuelo bajo la luz del sol. El horizonte no es frontera para los sueños. Quien aprende del vuelo, lo sabe. Presientes que cada día es un viaje a la nada. Las estaciones siempre vuelven al inicio del invierno, al umbral de la muerte. Y, sin embargo, sigues haciendo camino con tus palabras.
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No tengas prisa por salir del bosque. Al otro lado te espera la barbarie. No notarás las caricias del tiempo, el roce de una hoja al caer, los besos del musgo en los pies. Desaparecerá la hospitalidad de la sombra. La noche será mucho más oscura. No comprenderás la ausencia del silencio. Te dolerá el alma. No podrás confiar en nada ni en nadie. Encontrarás a muchos dioses con un mismo propósito. Ninguno de ellos se parecerá a ti. No salgas del bosque si aún no has aprendido a volar alto.
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Cuando quieras encontrarte, busca la brisa del mar. Es una caricia que traspasa los sentidos. La piel no es frontera para su influjo. Hay una suave ternura en el tacto del aire. Su dinámica alivia el alma, reconduce los pensamientos, halla los recuerdos agradables entre las comisuras del olvido. La esencia de la brisa del mar va más allá del dolor, se acerca al límite que separa la paz del infortunio. El poder de la brisa crea una oportunidad para el reencuentro con uno mismo.
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Cada vez somos más y menos diferentes. Hay gente que escribe para no ser leída, que ama sin esperar correspondencia, que aprende de sus errores, que vive en un cuerpo que transforma cada día en un barco, que es inmensa mayoría dentro de su soledad, que se siente un mero espectador de la realidad, que hurga en el pasado para no repetirlo. Hay gente que se pregunta cada hora para qué está en este mundo y encuentra la respuesta en quien tiene a su lado. Por eso somos humanos.
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Recital en el castillo de Terreros. VIII Encuentro Poético y Musical del Litoral Mediterráneo. San Juan de los Terreros, 28 de agosto de 2026.
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El mar mece mi mirada. La belleza baila a su son. Soy parte de las olas. No hay barca que contenga mi alegría. Estoy hecho de agua y soy parte de la corriente del mundo. Me dejó ir a la deriva. La marea tiene piedad con mis sueños. Mis brazos son olas al viento. La sal brilla en mi espalda. Todos los sueños de Ulises toman forma en el cuaderno del aire. Y el cielo se refleja en mis palabras.
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Cada mañana nos espera un camino por recorrer. Hay que hacerlo con un libro en las manos. A cada paso descubriremos una verdad, crecerán la tolerancia y la virtud como antídotos contra la maldad. En el camino encontraremos piedras y zarzales. Habrá que sentarse a la orilla y leer para hallar la forma de eludir los obstáculos. Y no debemos olvidar nunca lo que dijo Platón hace milenios: "La ignorancia es la semilla de todo mal".
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Cada luz tiene su amanecer. Las plantas también son luz. La buganvilla es un fotograma del color y la vida. Un rosa pasional con la luz de un abrazo marca el territorio del aire. El cielo acuna a las flores nuevas. La mañana es dulce como miel del astro rey. La ternura se refugia en la sombra del arbusto. Flores y espinas se besan. El conjunto da nombre a la estética de un verso de Lorca. Pero no estamos en Granada ni es dieciocho de agosto de 1936. Es un día cualquiera a las puertas del jardín del universo. Y amanece con la luz de todos los poemas.
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Acuérdate de lo que yo era cuando no sepas qué decir. Repasa lo que conoces de mi vida. Piensa que hubo mucho más de lo que dije. El consuelo no basta para sentir la ausencia. Sigue tu camino. En él encontrarás la verdad que te hará libre. Cierra los ojos y sueña. Solo tienes un instante para sentir la profundidad de una sonrisa, esa sensación que te hace notar todo lo que te di.
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Miraba los árboles con los ojos perdidos entre las hojas. Había mucha ternura en aquella forma de ver pasar el tiempo. Era una mujer completa. Sus sentimientos paseaban por la arboleda como duendes de los sentidos. Tenía el don de comprender la relación entre los gestos y la naturaleza. Pero había una extraña tristeza en su forma de mirar. Necesitaba volver a ver a los suyos, a los que quedaron al otro lado de la frontera.
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Cada día que pasaba tenía menos certezas. Estaba más confuso. Sus horas se disolvían en el aire como un azucarillo de feria. Sus pensamientos se deshilachaban igual que una manta vieja. Sus manos generaban una preocupación constante. ¿Hasta cuándo serían útiles? Para vivir plenamente era necesario comprender que de las dos vidas que le ofrecieron al nacer solo le quedaba una. Y no era suficiente.
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La alegría pinta en el mar el color de las olas. El sol decora el día en nombre de la luz. El agua juega con la arena en la playa. Hay un beso que busca su destino a flor de piel. El amor, a su manera, elige ser la fuerza que todo lo une. Y la ternura le sigue el juego.
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No importa el lugar donde vivas. En casi todos los paisajes se puede ser pájaro, es posible amar al aire y a la virtud del vuelo. La voz puede alzarse como una saeta y viajar hasta donde alma y mente se funden en un abrazo. El cielo toma la forma de una senda. Así son los caminos, incluso los que no parecen más que una sombra difusa tras el árbol de los años.
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El mar es una ola. El azul es una gota de agua. La playa es un grano de arena. Todo es hoy y ahora. La belleza habla de amor por la vida. El deseo es la magia que mueve el mundo. No existe el infinito más allá de ti. Lo eterno tiene tu cara. Quisiera ser mar, azul, playa, vida, magia, infinito y eternidad en tus ojos.
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Cada atardecer trae un misterio. La luz del crepúsculo es una gitana del Albaicín. Se escuchan los pájaros cantar al ritmo de taranto. La Luna sale con los colores del poeta de Granada. Hay un lamento que estremece el alma. El eco de los fusiles aún resuena en el barranco. Y el misterio de la tarde escribe el verso inacabado de Federico: Que nadie calle hasta que el alba me despierte.
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El estanque refleja el cielo mientras pasa con la cadencia del tiempo. Intenta describir lo que ve. Es como un pintor realista en su pura esencia. Pero es incapaz de interpretar lo que el cielo dispone. Las nubes cambian de forma como las cosas humildes. Lo hacen para sacar provecho a su anatomía. Todo lo que ves estuvo en la imaginación de quien pintó el cielo en el agua de una charca y luego lo hizo realidad.
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Hubo pasos sin huellas, fotos de desconocidos, imágenes encontradas en un rincón, tapadas con trapos viejos. Hubo espejos con grietas, miedos antiguos, silencios oscuros, instantes sin salida, silbos de un viento que se lo llevaba todo. Y yo era un niño sin nada a lo que agarrarme, salvo mi voluntad por aprender.
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Quise hacer con ellos lo que nadie hizo conmigo: darles la voz de la experiencia, advertirles de los riesgos de no escuchar a quien ha sufrido el mal de la ignorancia. Góngora decía: "Las palabras, cera; las obras, acero". Se refería a que las palabras son frágiles y se quiebran pronto, pero las obras perduran. Espero que ellos lean mi ejemplo y que, con su experiencia, no descubran que tenían que haberme escuchado más de lo que lo hicieron.
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Cada amanecer trae un suspiro bajo el color del horizonte. La sombra deja paso a la luz. Se impone la canción de los pájaros sobre el silencio. Y el tiempo, ese truhan de la eternidad, me hace notar el dolor de la artrosis cuando intento escribir. Lo que sentí con el abrazo de la noche quedará en el olvido. Para siempre.
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