PLATERO Y JUAN RAMÓN
Los ojos de Platero distinguen lo que algunos ignoran. La mirada del pequeño y peludo asno no ve al poeta universal que ha trascendido sino al hombre íntimo, sensible y melancólico que encontró refugio en su amistad y en la naturaleza que los rodeaba.
Platero no juzga,
acompaña en silencio la auténtica verdad del poeta, despoja de máscaras a un
ser vulnerable, amante de la belleza efímera. Ve cómo conectan los pensamientos
más profundos de un hombre contradictorio con la autentica esencia de la tierra
andaluza. Sol y flores, sombra y destino, van de la mano. Cada uno de esos
conceptos se adentra en la paz del poema y en la virtud de la palabra escrita.
El borriquito siente
un cariño especial por el hombre que lo acompaña, el que le habla pensando que
no lo comprende, el que le confiesa cosas que a otros no contaría, el que
comparte sus naufragios y sus pequeñas victorias. Platero nota las caricias
sobre su lomo y el tacto de la mano que escribe sobre su piel los versos de la
luna. También comparte las uvas monastrell y los higos morados como si fuesen
el tesoro de los siglos que ha llegado hasta ellos por obra y gracia de la
tradición y la necesidad.
Los ojos de Platero
son como espejos de azabache, no reflejan a un señorito andaluz, solitario y
taciturno, sino a un compañero de aventuras, un confidente que le cuenta sus
tristezas y reflexiones, un cautivo de la bondad y el misterio.
Juan Ramón es parte
del entorno de Platero. El poeta es un ser que aspira a disfrutar del color de
las flores y a discernir entre los recovecos de la luz del crepúsculo. Poco a
poco, Platero va descubriendo a un hombre que rechaza la hipocresía y busca la
pureza en lo más simple de las cosas.
A veces, Platero ve
reír a Juan Ramón con un cascabeleo diamantino que alivia del dolor vital. Lo
percibe como un hombre que vuelve a la inocencia perdida, que valora su amistad
incondicional, esa que no necesita palabras para poder comprenderse en lo más
íntimo de la naturaleza humana. Platero, que no es un personaje sino una
proyección hacia el mundo, valora la presencia y empatía del poeta que habla
con los animales. Ve a Juan Ramón Jiménez en su versión más humana, más pura y
eterna.
Platero tiene en
mente dos fechas: 1881 y 1958. Son los años que enmarcan la vida de Juan Ramón,
los que señalan el nacimiento y muerte de un Premio Nobel de Literatura. Moguer
(Huelva) y Puerto Rico le han visto respirar. La Guerra Civil también vio
alejarse a Estados Unidos al poeta que intentaba ganarse la vida en otros
países con cierta libertad. Su mujer lo sabe. La mujer que fue su amor y su
apoyo constante. La mujer que sufrió en silencio sus cambios de humor y sus
depresiones. La mujer a quien debemos ‘Diario de un poeta recién casado’
(1917), un texto que supone un antes y un después en la poesía española. Ese
libro es el registro de un viaje a Nueva York para casarse con Zenobia, es el
nacimiento de la poesía desnuda y la entrada a la modernidad del verso. Su
depuración formal, la combinación de poemas en verso y en prosa, la presencia
de aforismos y fragmentos de diario, lo convierten en un libro excepcional.
Pone en comparación a la metrópolis frente al océano, que es otro gran
protagonista. El mar es símbolo de eternidad y de pureza. El libro descubre una
capacidad poco común de trasformar lo cotidiano en experiencia metafísica. Su
legado es la base sobre la que se edificó la Generación del 27.
El pequeño asno no
olvida que los poemas de Juan Ramón transitan tres etapas: sensitiva,
intelectual y verdadera. Tampoco olvida que en él vio el símbolo de la ternura
y la compañía, el amigo que comprende, el confidente silencioso. Lo hizo
partícipe de la soledad, la crítica social ante la pobreza, la inevitabilidad
de la muerte. Y compuso un canto a la vida y a la naturaleza que es, después de
la Biblia y El Quijote, uno de los textos más traducidos.
Platero sabe,
mientras mira el horizonte de Huelva, que el texto escrito por Juan Ramón
Jiménez es la expresión más elocuente de la prosa poética escrita en el siglo
XX. Pero no da por hecho que todos los amantes de la literatura lo conozcan,
por eso se atreve a recordarlo a traces de las páginas que se leen en la nube
de silicio, ese territorio inconcreto que llamamos internet, y que no se parece
a unos ojos negros y profundos como los que miran a Juan Ramón cuando el sol
rompe el velo del alba.
Mariano Valverde
Ruiz ©

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