lunes, 15 de abril de 2019

UNA HISTORIA FEUDAL

UNA HISTORIA FEUDAL


Lo quería con toda la esencia de su ser,
como al agua del río y de la lluvia,
como al aire que respiraba,
como al pan y la sal
que alimentaba su felicidad.

Él era un hombre bueno
que la amaba sin egoísmos,
que respetaba sus deseos,
que la dejaba ser quien era,
como a una flor silvestre
que crece hacia la luz,
y nunca comprendió por qué lo perseguían
las palabras del prior
y los asesinos del conde.

Ahora se quedaba su cuerpo, para siempre,
debajo de la tierra,
para dar nombre a la soledad
y al resto de sus días.
Su imagen se perdía en las entrañas
de las almas del bosque
recubierta con las hojas de un cedro.

Volvió la vista hacia donde había dejado
dos flores troceadas
por la fuerza de su amargura,
con la tristeza dentro del color de sus pétalos,
con la impotencia de los pobres
y el destino de los vasallos
humillados ante la muerte.

La venganza y el dolor por lo ya inevitable
marcaban sus sentidos
con una herida no deseada.
Su belleza era tan culpable
como la atroz codicia de los hombres
que le habían robado el manantial de sus abrazos.

El resto de su vida
se diluyó en el horizonte
como una niebla opaca
que cubría el color, la luz y la verdad,
igual que la esperanza
de conseguir justicia para un crimen impune.

La sombra del futuro,
vestida con la brisa
que portaba el viento crepuscular,
se adueñó de su alma
para darle la fuerza de la lucha.
Las formas del pasado
ya eran la oscuridad de su memoria.
El color del otoño reflejaba en su cara
la tristeza del bosque.
Y juró que jamás la poseerían
las miradas lascivas del conde y del prior.


(Otra realidad)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


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