miércoles, 15 de agosto de 2018

LA VENUS DE LA QUINTILLA







LA VENUS DE LA QUINTILLA


Hace dos milenios, en la época del emperador Augusto, existía una villa romana situada cerca del margen derecho del río Guadalentín, a escasos metros del rico manantial que nace al pié del Cejo de los Enamorados. En ella vivía Pomponio, un acaudalado comerciante que estaba casado con Berenice, una joven muy bella, para quien los dioses habían reservado un destino especial.
La villa, dispuesta en dos terrazas, contaba con estancias pavimentadas, baños, paredes con estucado de colores brillantes, habitaciones para el servicio y otras dependencias. La construcción, que Pomponio había mandado erigir años atrás como vivienda habitual, disfrutaba de una privilegiada situación junto a la Vía Augusta que unía Cartagonova con Andalucía a través de Eliocroca, como se conocía entonces a nuestra Ciudad del Sol. En la zona abundaban los recursos cinegéticos y madereros que eran muy apreciados en la cercana ciudad. Las plantas silvestres de las laderas aromatizaban el aire y daban al paisaje el carácter de un pequeño paraíso donde la vida transcurría plácidamente.
A Berenice le gustaba adentrarse en las faldas de la sierra para disfrutar de la naturaleza y recolectar flores. Solía pasear deleitándose con el tacto de tomillos, romeros y lentiscos. Se detenía a contemplar las flores de la jara y dejaba que sus sueños se impregnaran del misterio que atesoran las hermosas plantas silvestres, tan bellas como ella. Una mañana descubrió que un joven la estaba observando mientras caminaba, sus ojos asombrados destellaban la nobleza de sentimientos que se adivinaba en la forma de mirarla y que Berenice notó muy dentro de sí. El joven, con un semblante decidido, se acercó hasta ella, le dijo que se llamaba Lucius, le regaló un tallo de romero que arrancó mientras se aproximaba, dio gracias a los dioses por haberle permitido conocerla, y la invitó a que compartiera con él unas horas mientras estaba cazando conejos.
Desde aquel día, ambos procuraban encontrase para conocerse, reír, jugar con cualquier cosa, dando rienda suelta a la imaginación, y disfrutar del paisaje y de su juvenil vitalidad. Sin que fuesen capaces de percibir cómo ocurrió, se enamoraron perdidamente y sellaron aquella realidad con besos impregnados del sabor de los lentiscos. Las caricias con las que se agasajaban ponían en guardia a los pájaros porque presentían que algo extraordinario iba a ocurrir en cualquier momento.  Los gestos de ambos iban más allá de lo habitual en dos jóvenes de su época, canalizaban todas las esencias con las que se construyen las grandes historias de amor. Las complicidades, la pasión y la entrega fueron dominando sus almas hasta convertir el tiempo que pasaban juntos en imprescindible para seguir viviendo. Aquellos encuentros furtivos, a escondidas del mundo y del resto de sus realidades, se hicieron cada vez más intensos.
Sin embargo, los días de Berenice en la villa, junto a su marido, se hicieron cada vez más insoportables. Una extraña tensión la atenazaba y cada vez era más difícil disimular lo que la incendiaba por dentro. Sabía que lo que estaba viviendo con Lucius no estaba bien, que no sería aceptado por nadie, que corría el peligro de ser repudiada y terriblemente castigada por su falta de lealtad. Por otro lado, se sentía culpable por engañar a su marido de aquella forma, un hombre bueno, al que tenía cariño por haberla colmado de parabienes y atenciones desde que la hizo su esposa. Pero era incapaz de abandonar su relación con Lucius, no podía oponerse a la pasión que latía en su corazón cuando estaba con él, cuando notaba su cuerpo, el aroma de su piel, la fuerza de sus miembros varoniles, la delicadeza de sus palabras, el sabor de sus besos y la potencia del abrazo de su alma. Y ocurrió lo que nunca imaginó pudiese suceder. Aquella tensión terrible en la que vivía, fue minando su salud lentamente, hasta que, debilitada por la ansiedad, unas fiebres la postraron en el lecho. Pomponio, alarmado por la salud de su joven esposa, hizo llamar a los mejores sanadores de la zona para que la cuidasen. A pesar de todo, la salud de Berenice fue empeorando con el tiempo, agravada por la imposibilidad de volver a encontrase con Lucius, ya que Pomponio no se separaba de su lado.
Lucius iba cada día al lugar de sus encuentros y le inquietaba mucho que Berenice no acudiese. En las últimas ocasiones en las que habían estado juntos, la había visto extraña. La misma intensidad que mostraba para entregarse a él, se tornaba después en un estado de melancolía que le preocupaba, pero para el que nunca obtenía respuestas a las demandas de que le contase qué le ocurría. El joven mantenía sus encuentros con Berenice en secreto, no se los había contado a nadie para evitar que llegasen a oídos de Pomponio. Pero, ante las ausencias de Berenice, se atrevió a abordar a una de sus sirvientas en el mercado y preguntarle por su señora. Entonces conoció el estado por el que atravesaba su amada, e intentó verla apoyándose en la complicidad de su sirvienta, a la que prometió colmarla de riquezas cuando fuese llamado para servir al emperador en Roma. Sin embargo, y a pesar de todos los intentos que hizo para convencerla de que le permitiese entrar disfrazado a la villa cuando Pomponio no estuviese, le fue imposible ver a su amada. Su angustia fue en aumento día a día, hasta que conoció el fatal desenlace de la vida de Berenice.
Berenice no pudo percibir la llegada de la muerte para llevársela a otro mundo, su estado de extrema debilidad se lo impedía. Tan solo pudo desear, con las pocas fuerzas que le quedaban antes de perder la consciencia, volver a encontrase con Lucius en esta vida o en otra, y hacerlo en un lugar en el que no tuviesen que esconderse de nadie, donde tan solo la naturaleza fuese testigo de su amor. 
Pomponio, que amaba profundamente a su mujer, se sintió tremendamente apenado. Clamaba a Júpiter por la pérdida que le había infringido, por haberse llevado, en la plenitud de su vida, a una mujer tan hermosa, cuya presencia había supuesto los mejores años de su viva, una secuencia de momentos llenos de alegría y de bienestar. Llevado por el recuerdo de su gran amor y con la intención de que su memoria tuviese siempre presente a la mujer que tanto adoraba, mandó hacer un mosaico en la villa con la imagen de Berenice, una obra en la que apareció representada como “la navegación de Venus”.
Un día, Pomponio descubrió a Lucius cerca del sepulcro de Berenice con un ramo de margaritas silvestres. La figura dolorida del joven, le llamó la atención, puesto que no recordaba a ninguna persona que tuviese relación con Berenice que no le hubiese manifestado su pesar. Aquella tarde, preguntó a su sirvienta que quién era aquel joven que llevaba flores a la tumba de su esposa. Lo describió de la mejor forma que pudo mientras observaba la expresión facial de su criada, en la que pudo notar un nerviosismo inquietante. La sirvienta fue incapaz de mentir a su amo y le confesó la verdad de todo lo que había ocurrido a sus espaldas.
Pomponio recibió la noticia con estupor e indignación. Era lo último que habría pensado escuchar. Todo su cuerpo se tensó mientras digería la realidad.  El dolor y la ira lo transformaron en un huracán agresivo que buscó a Lucius hasta encontrarlo. Sin mediar palabras, arremetió contra el joven con toda su fuerza. Ambos se enzarzaron en un combate a vida o muerte que los llevó hasta las proximidades de una columna miliaria. El combate prosiguió hasta que un golpe de la espada de Pomponio hirió a Lucius, quien cayó al suelo y comenzó a perder el conocimiento.
Lucius percibió la imagen de Berenice apareciendo tras un velo de bruma. Vio su mano izquierda tocar las espigas doradas mientras el aire ululaba y acercaba a sus sentidos una lenta melodía que penetraba en su cuerpo como una ola de dulzura. No era consciente de ello, pero una extraña paz le embriagaba hasta convertirse en esencia de su pausado movimiento. No podía aspirar la pureza del aire ni notar el bálsamo del oxígeno en sus pulmones. Caminaba hacia un punto lejano que parecía estar muy cerca del pulso que marcaba su anhelo.
El recuerdo lo llevó de nuevo a percibir el tacto de la piel de Berenice, a notar la mies nutritiva que colmaba sus deseos de ternura, que le hacía enervar su hombría, que ponía de manifiesto toda la intensidad de su deseo y cada una de las verdaderas razones por las que había aprendido a ser hombre. Siguió caminando entre los trigales que decoraban la huerta y los campos, cerca del río y de la Vía Augusta. El paisaje se perdía en el horizonte como una ola infinita que acariciara el terreno. Iba hacia su encuentro, hacia la unión definitiva entre alma y cuerpo, hacia lo que los dioses le habían negado, hacia el punto exacto en el que confluyen todas las inercias que nadie puede separar en la cosecha permanente del tiempo.
La notaba cada vez más cerca, podía sentir su aliento, su templada caricia, podía escuchar los tonos de su voz armoniosa y reparadora, percibir la gracia de sus requiebros… el signo milagroso de su juvenil alegría… el brillo diamantino de sus ojos… Su corazón parecía navegar a bordo de una barca impulsada por velas blancas, una barca que flotaba sobre los campos amarillos de Eliocroca, una barca que se movía impulsada por el aire que ella soplaba con suavidad y que fluía cerca del mismo silencio, lejos del dolor, de la amargura, de la muerte.
Extendió los brazos para sentir de nuevo el tacto de las espigas, de los frutos de su pasión, de los encuentros prohibidos que ya nadie les podría quitar. Su recuerdo era imborrable. Estaba en el aire, en la tierra, en los trigales… La eternidad era su dueña y los esperaba. El tiempo ya tenía a Berenice en su regazo. Él pronto llegaría hasta ella. Lucius lo sabía. Su cuerpo había quedado junto a la columna miliaria. Su sangre humedecía la base de la piedra tallada en el siglo II antes de Cristo. El hilo bermejo de su vida se había unido a la mano de Berenice poco después de que la espada de Pomponio segase su vida. Ahora ya nadie podría impedir que su amor fuese eterno. Y el mismo aire que lo había visto morir y que movía los trigales con una parsimonia ancestral, detuvo su caminar en el lugar exacto en que todo ya era para siempre.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©