martes, 12 de diciembre de 2017

CANICAS






CANICAS

La bola de cristal
rueda sobre la tierra polvorienta
como un planeta lleno de reflejos
con almas arcoíris.
Su sendero es seguido
por los ojos inquietos
de un nuevo desafío,
el gesto ensimismado
de un niño que acaricia en el bolsillo,
con dedos temblorosos,
el resto de las bolas que le quedan.

Ha apostado su favorita.
Observa a su adversario
con la incógnita de su suerte
limándole la vida.
Confía en que no acierte,
en que un súbito impacto
no haga sonar al vidrio
como una vil campana
que anuncie su derrota.

Durante unos dramáticos segundos,
el niño considera lo que puede ganar,
y con mayor congoja,
lo que puede perder en la contienda.
Si gana, puede que aumente su autoestima
y el reconocimiento de los observadores,
aunque algún compañero
lo mire con envidia.
Tal vez logre ganar convencimiento
acerca de que puede
enfrentarse a los retos de la vida
y salir casi indemne ante cualquier fracaso.
Si pierde, dirá adiós a su bello tesoro:
los vibrantes colores de su bola.
Sea cual sea el resultado,
habrá de resignarse
ante la dictadura del destino.

Hoy, gane o pierda su canica,
no seguirá jugando.
Tampoco guardará
las bolas que le quedan
en el otro bolsillo del abrigo.
El frío de las madrugadas
y el uso continuado,
han roto las costuras.

Pero el niño no sabe que muy pronto, 
se perderán los colores de sus bolas
y el límpido cristal de su inocencia.
Deberá pensar a lo grande,
trabajar sin descanso
y seguir siendo humilde,
en el tránsito hacia la realidad
de un planeta, que aún desconoce,
y cuyas luces le deslumbrarán.


(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)