domingo, 4 de junio de 2017

EL MAGO DE NOGALTE





EL MAGO DE NOGALTE

El ingenio y la capacidad de supervivencia de los nacidos bajo La Fortaleza del Sol, no tiene límites. La vida de Gervasio es un ejemplo de que los poderes ocultos de la mente, algo que pocos se atreven a explorar, puede cambiar el rumbo que el destino tiene trazado para cada uno de nosotros.
Durante los primeros años del siglo XIX, la ciudad de Lorca se vio afectada por muchas calamidades. El 30 de abril de 1802, la rotura del pantano de Puentes destruyó la parte baja de la ciudad, la llamada Puerta de San Ginés y casi todo el arrabal de San Cristóbal. Después siguieron los tiempos de sequías, una epidemia de fiebre amarilla, los efectos de la Guerra de la Independencia contra los franceses, la desaparición del comercio de la barrilla, hambre, desesperación y despoblación, factores que fueron mermando las oportunidades de sobrevivir de una población abatida por la miseria.
En ese contexto vivía Gervasio, un hombre que a pesar de todo, intentaba conservar un saludable sentido del humor y una visión positiva de las cosas. «No hay mal que cien años dure», solía decir. Poseía una inteligencia natural, no había tenido posibilidad de cultivar su mente pero explotaba los recursos que esta le ofrecía para ganarse el sustento diario. Cuando le preguntaban cómo se las apañaba, solía decir: «Cualquier cosa puede estar a tu alcance, solo tienes que utilizar la parte de tu mente que tienes inactiva». Y si le insistían en que cómo se podía hacer, sentenciaba: «puedes hacer que llueva con solo pensarlo».
Muchas fueron sus ocurrencias y las situaciones que pusieron a prueba su ingenio. Hasta nuestros días ha llegado una de ellas, una historia que fue pasando de boca en boca, contada por los más viejos de la calle Nogalte, a quienes, a su vez, se la narraron sus antepasados. Teniendo en cuenta que pudiera haberse trastocado algún aspecto de los hechos originales, pero dado que la esencia de lo que se cuenta puede ser de interés para muchas personas que atraviesen etapas difíciles en su vida, voy a relatar los hechos tal y como los he conocido.
Cuentan que Gervasio, igual que había hecho durante los siete días anteriores, había dispuesto su tenderete en la acera que conduce hasta la entrada al templo de San Francisco. Había colocado una silla de anea y, frente a ella, un taburete cubierto por una tela de tejido verde y ribetes dorados. Se había acicalado el único traje negro que poseía y se había ceñido una especie de turbante alrededor de su cabeza, que había confeccionado con una sábana blanca que había cortado en tiras. Sobre la tela que cubría el taburete, había colocado un mazo de cartas de la baraja española. Cuando vio llegar a los posibles primeros clientes del día, comenzó a hablar:
—Nadie conoce el poder de su mente. Nadie sabe de lo que es capaz hasta que no tienta al destino, hasta que no se pregunta hacia dónde va o qué le depara el futuro. ¿Sois vos, quizá, alguno de esos hombres?
Varios curiosos se acercaron hasta su improvisado puesto de venta y le preguntaron que qué ofrecía.
—Os ofrezco la posibilidad de que conozcáis los peligros futuros para que podáis evitarlos.
—¿Y qué peligro puedo tener ante mí? —Preguntó uno de ellos.
—Por una moneda de buen metal, lo conocerás.
—¿Caro lo vendéis? —Dijo el otro.
—¿Acaso no vale más vuestra vida? —Contestó Gervasio.
—Ahí está mi moneda —dijo el primero mientras la lanzaba sobre el taburete. —Pero, si me engañáis, os vais a arrepentir toda la vida.
Gervasio lo miró directamente a los ojos con toda la dureza que fue capaz de proyectar. Luego suavizó su expresión y dijo:
—Todo depende de vos. ¿Tenéis confianza en vuestra mente?
—¿Mi mente? ¿Qué es eso?
—Vuestra cabeza, señor. Solo utilizamos una pequeña parte. Hay infinidad de cosas que desconocemos. El poder de vuestra mente no tiene límites, solo es necesario que sepáis buscar en ella y extraer su benéfico rendimiento.
—Extraña forma de hablar. Pero, bueno, se me ocurre pregúntate si podré hacerme rico.
Gervasio comenzó a barajar las cartas, separó tres de ellas y las colocó boca abajo formando un triángulo. Después levantó una de ellas y la puso boca arriba.
—El as de bastos. Si meditáis profundamente sobre vuestra voluntad para afrontar los retos, veréis que poseéis una gran fortaleza que os hará afrontar con éxito la idea que tenéis en mente.
El hombre se sorprendió al escuchar aquello. Había pensado montar un negocio para curar pieles y venderlas fuera de Lorca. Gervasio levantó la segunda carta.
—El tres de copas. Deberéis pedir prestado parte del dinero que necesitaréis para el negocio que deseáis, pero una vez puesto en marcha, os lo compensará con creces.
En ese momento, una dama que llevaba su cabeza cubierta con un pañuelo negro, caminaba hacia el templo y se acercó al grupo con curiosidad. Gervasio levantó la tercera carta.
—El dos de espadas. Tendréis que vencer a dos duros adversarios: la incredulidad de vuestra familia y vuestro apego a la holganza. De usted depende. Crea en usted y alcanzará su objetivo.
El hombre se quedó muy pensativo.
—Cierto. Son los dos temores que me paralizan. ¿Cómo lo ha sabido?
—Del mismo modo que sé que la mujer que nos está observado siente un tremendo dolor y busca consuelo en la intimidad de la iglesia a la que acude todos los días a esta hora.
La dama se alteró visiblemente y reinició su camino hacia la puerta de San Francisco. El hombre que había preguntado a Gervasio, dijo al otro:
—Puede que algo mágico ampare a este hombre. Bien vale lo que le he dado.
Los dos hombres se alejaron mientras compartían sus pensamientos acerca de lo que acababa de ocurrir.
Transcurrieron más de dos horas desde que la dama desapareció por la puerta de la iglesia hasta que apareció de nuevo y fue caminando lentamente hasta donde se encontraba Gervasio, que estaba, aparentemente, en estado de profunda meditación.
—¿Puedo preguntarle algo, buen hombre?
—Una moneda de buen metal vale mi palabra.
La mujer sacó una moneda de su bolso y la colocó sobre el taburete. Y luego preguntó:
—¿Cuándo desaparecerá mi dolor?
—Tomad esa moneda que habéis dejado. Cerrad el puño con todas vuestras fuerzas e intentad mantenerlo cerrado. Antes de que se escuche la siguiente campana del reloj de la iglesia, la mano se os abrirá y la moneda caerá sin que podáis evitarlo.
La dama hizo lo que Gervasio le pedía. Al poco tiempo, sus dedos se abrieron como los pétalos de una flor que no puede vencer a las fuerzas de la naturaleza, y la moneda cayó sobre el taburete.
—Lo veis, vuestra mano no os ha obedecido. El poder de la mente ha conseguido que penséis en otra cosa hasta que el dolor en vuestra mano ha sido más grande que el de vuestra alma. Ya no tenéis dolor. ¿Verdad?
—No. Ya no me duele dentro. Parece cosa de magia. No lo entiendo. Pero quizá después vuelva el dolor. Estoy segura. Y entonces, ¿Cómo podré evitarlo?
—Cada vez que sintáis ese dolor que os angustia, colocad una moneda en vuestra mano y presionadla como os he enseñado. Pensad en mí, estéis donde estéis, notaré vuestra llamada y acudiré en vuestra ayuda. Pero, además, debéis hacer algo más.
—¿Algo más? —Preguntó la dama con inquietud.
—¿Recordáis al hombre que estaba consultándome cuando llegasteis? Buscadle y decidle que el año que viene, por estas fechas, le esperaré aquí para que me entregue la mitad de la fortuna que va a ganar con su negocio, deberá venir de vuestra mano. Que crea firmemente en lo que digo, porque si no, jamás va a ver el día de sus alabanzas porque el miedo al poder de las fuerzas ocultas, le consumirá.
Una vez pronunciadas aquellas palabras, la dama se alejó tras asegurarle que así lo haría, que descuidara, que procuraría que el hombre regresara y cumpliera con sus demandas.
Con el paso del tiempo, Gervasio fue comprobando cómo sus predicciones se iban cumpliendo de una u otra forma y que, además, en su bolsa jamás faltaban monedas para vivir dignamente. Él mismo comenzó a creer que el poder de la mente obra los milagros más peregrinos, y consigue los objetivos que cada uno se proponga, siempre y cuando, los demás también lo crean.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©