miércoles, 11 de enero de 2017

CUENTO DE FIN DE AÑO





CUENTO DE FIN DE AÑO

El insaciable tic tac del reloj había dejado atrás las cuatro de la tarde cuando Esperanza salió del salón y se encaminó hacia la puerta. Había terminado su jornada laboral en la Residencia para Personas Mayores de San Diego. Lo había hecho desbordando cariño y con su mejor sonrisa para desear feliz Nochevieja a los ancianos. En algunos había creído ver una soledad parecida a la suya, pero una vez más había logrado esconder sus sentimientos para regalar unos instantes de ternura. A lo largo de sus 60 años había aprendido en sus lecturas que la vida es como un cuento que se regala a los demás sin que casi nadie conozca lo que siente el narrador.
Mientras hacía las compras para su cena intentó encontrar qué motivos tenía para ilusionarse con lo que le pudiera deparar el nuevo año. Su mente estuvo divagando sin resultados coherentes. Tras salir del supermercado, caminó hacia el aparcamiento con la vista perdida en el horizonte. Al llegar al lugar donde estaba aparcado su coche, algo le llamó la atención. Fijado al limpiaparabrisas había un pequeño papel. Dejó las bolsas en el suelo y lo cogió. Era una nota publicitaria. Junto a un nombre y un teléfono, se leía: Futurólogo, Astrólogo, Vidente y Médium. La guardó en su bolso mientras pensaba que tal vez más tarde se decidiera a llamar.
Las horas de la tarde del último día del año parecían no fluir. Siguió dándole vueltas a la misma idea. El espíritu navideño, que había intentado hacer presente a los ancianos, no estaba alojado en su interior. Y necesitaba encontrar algo a lo que agarrase para no caer en un pozo sin fondo. Buscó la nota publicitaria y se decidió a llamar. Un contestador automático le dio la dirección. No estaba muy lejos y decidió ir a pie. Caminar un poco le haría bien.
Nadie le iba a dar una receta mágica. La ilusión para seguir viviendo la tenía que encontrar ella misma. Pero, qué podía perder. Concretó la pregunta que haría: deseaba sentir en su corazón la magia de un cuento de Navidad, encontrar algo que hiciese posible lo más improbable. Era creyente y tenía fe, a pesar de no ser una buena practicante. Conocía lo que significan las palabras paz, amor y solidaridad, aunque algunos de esos conceptos nunca habían colmado su alma. Miró la decoración de las tiendas, percibió los colores de la iluminación navideña en la calle Corredera, en la calle Álamo y en la plaza de España. Y suspiró porque una estrella iluminase su camino para encontrar un estado que le permitiese mirar hacia el futuro con otro ánimo.
Tras cruzar la plaza de España, se adentró en la calle Cava y llegó hasta el portal de una casa de dos plantas. Llamó al timbre y se abrió el portón. Frente a ella había una escalera casi en penumbra que subió con cuidado. Entró en una habitación iluminada con velas y profusamente decorada con objetos esotéricos. En el centro de la habitación había una mesa redonda cubierta con un mantel. Sobre ella había un candelabro. Junto a la mesa había una silla. Se acomodó y esperó a que alguien apareciera.
—¿Hay alguien? —Preguntó con un tono de inquietud.
Entonces escuchó una voz similar a la suya que le dijo:
—Has vuelto al mismo lugar que el año pasado. ¿Es que no entendiste nada de lo que te dije?
—¿Quién eres?
—Soy tú misma dentro de un año.
—Eso es imposible.
—Me pediste poder notar la magia de la Navidad. Y así ha sido, te has encontrado contigo misma dentro de un año. ¿No recuerdas nada de lo que ha sucedido? Seguiste dando lo mejor de ti, viviendo para los demás. Y aunque tu bondad a veces genera incomprensión, ha hecho posible que se te conceda vivir de nuevo un año que ya has disfrutado, para que sigas haciendo lo mismo siendo consciente de ello, para que la ilusión que crees que te falta, pinte de nuevo los rostros de alegría, de paz, de esperanza…
—¿Volver a vivir un año ya vivido? ¿Cómo es posible?
—¿Lo dudas? Cuando esta noche el reloj marque el comienzo del nuevo año, tú tendrás la sensación de que ya hace un año que hablaste contigo misma y desearás que no pase el tiempo que ahora concluye. La magia de la Navidad existe para los que creen en ella. Vive de nuevo y harás posible que en el fondo de tu corazón aparezca una verdad encubierta que aparentemente no existe. Y ahora, márchate. Tu deseo ha sido concedido.
Esperanza se levantó de la silla, bajó las escaleras y salió a la calle totalmente aturdida. Echó a caminar por unas calles ya vacías, era la hora de la cena. Ella tenía que cenar sola. Hacía cinco años que su marido la había dejado por otra más joven, sus hijos tenían su propia vida y cenaban con sus amigos. Entonces recordó que aquella noche se permitía a los ancianos acostarse más tarde para ver las campanadas de fin de año. Y tomó la decisión de acompañarles. Su caminar recobró el dinamismo que le había faltado en las últimas horas.
Al entrar al salón de la residencia, casi todos los ancianos estaban en pequeños grupos, salvo Onofre. El viejo cascarrabias, que no se llevaba bien con nadie, estaba solo, sentado en un rincón. Esperanza se acercó hasta él.
—¿Qué te pasa, Onofre? ¿Quieres que te cuente un cuento de fin de año antes de que den las uvas?
Onofre la miró con una profunda tristeza en sus ojos. Sacó de su bolsillo un pequeño reloj de pulsera y se lo ofreció.
—Era de mi mujer. Ella era la única razón que me hacía esperar con ilusión cada nuevo día. Desde que me falta, solo me queda su recuerdo y tan solo con eso ya no puedo vivir. Quiero que lo tengas. Es todo lo que poseo. No funciona desde que ella me espera al otro lado de la muerte.
A Esperanza se le encogió el alma. Onofre se estaba despidiendo y con aquel regalo le agradecía toda la atención que le había prestado. No sabía qué decir. Tomó el reloj entre sus temblorosas manos. Lo acarició y lo presionó mientras su mente buscaba argumentos para que Onofre se aferrara a la vida. Tras un minuto eterno, abrió la mano y vio que la aguja del segundero se movía.
—Ves, Onofre. Funciona de nuevo. Es la magia de la Navidad. Ella te regala un nuevo tiempo para que mañana sientas la ilusión de seguir vivo y que el recuerdo de vuestra vida no perezca contigo. A mí me regala la ilusión por cuidarte. Nuestro calendario ha vuelto un año atrás.
Por la mejilla de Onofre fueron cayendo doce lágrimas, las mismas que Esperanza notó en el fondo de su corazón y que hicieron brillar de nuevo su entrega a los demás. Ninguno de los dos escuchó el sonido de las campanadas de fin de año. Ya era uno de enero para ellos.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©