domingo, 30 de octubre de 2016

HALLOWEEN SANGRIENTO EN EL HUERTO RUANO







HALLOWEEN SANGRIENTO EN EL HUERTO RUANO

Las fuerzas de lo oscuro no conocen los límites que el tiempo impone a los humanos. Cualquier hecho, aparentemente inocente, puede desatar la crueldad y la venganza de las fuerzas del mal. Y así sucedió una noche de finales de octubre de 2016 en el palacete de Huerto Ruano.
El día anterior había aparecido una esquela funeraria en el periódico La verdad en la que el espacio para el nombre de la persona fallecida estaba en blanco. En la redacción consideraron que había sido un error de composición y no le dieron más importancia. Pero Cristina supo que había algo más, tuvo una premonición. Días después toda Lorca tembló de espanto.
Cristina, una mujer de cincuenta años, a quien las amigas consideraban algo extraña, intuyó que la misma premonición de peligro que ella había sentido, también se había dibujado en otras mentes. Desconocía en quiénes y por eso fue aquella noche al espectáculo que se organizaba en el palacete. Según se había difundido en la prensa, se iba a poner en escena una leyenda, según la cual, el dueño de la mansión invitaba al desposorio de su hija, pero a lo largo del recorrido por la casa, el público iba a ir de sorpresa en sorpresa, hasta terminar en un cementerio situado en el sótano. La mujer creía poder notar la presencia de las jóvenes inocentes que pensando divertirse acudirían a una fiesta del terror que sería la última de sus vidas. Tenía la esperanza de poder advertirles antes de que fuese demasiado tarde.
Cuando llegó a la puerta principal, dos hojas de madera tallada, separaban a los grupos colocados en fila, del enigma oculto en su interior. El vértigo por lo desconocido animaba a los asistentes y pintaba sonrisas nerviosas en unos y despreocupación en otros. Una vez dentro, el ambiente se llenó de efectos especiales. El aire era espeso, olía a moho y a podredumbre. La oscuridad provocaba que la gente buscase el contacto con los demás. El grupo se iba apiñando y todos los sentidos permanecían muy atentos ante cualquier cosa que se saliese de lo normal. Los ojos giraban en todas direcciones con la inseguridad como motivo. Buscaban las percepciones de lo insólito, la aventura del misterio... Unas luces de flas hacían muy difícil percibir los movimientos de unas figuras cubiertas con sábanas blancas. Aparecían personajes clásicos de las historias de miedo. Era divertido. Pero nadie, excepto Cristina, notó la presencia de una sombra maligna que se elevaba sobre la espalda de una joven.
Tras subir una escalinata de mármol con balaustrada, el grupo penetró en una estancia con una gran cama, alrededor de la misma se realizaba un exorcismo. Las sensaciones de angustia eran agobiantes. Después, empujados por la excitación del miedo a lo diabólico, siguieron caminando en la oscuridad hasta un comedor donde varios cadáveres degustaban trozos de personas con apariencia muy real. La sangre corría por sus bocas como arroyos de gula y desenfreno. Luego, unos cortinajes separaban unos espacios de otros y el grupo comenzó a bajar por unas escalinatas. Cristina volvió a ver la sombra sobre la espalda de otra joven. Intentó acercarse para apercibirla, pero no pudo llegar a su altura antes de que el grupo entrase en un espacio tétrico y sobrecogedor, en el que reinaba un silencio asesino que estremeció hasta a los más incrédulos.
En ese momento, Cristina recordó lo que en su familia había pasado, de generación en generación, bajo el más estricto secreto. Durante las obras del palacete, entre 1877 y 1879, un antepasado de Cristina fue el encargado de dar sepultura al cuerpo de una joven que había sido traído desde el cementerio de Edimburgo. Según le habían contado, en aquella ciudad, durante la juventud de Raimundo Ruano, una joven enamorada de él había sido asesinada en extrañas circunstancias por otro joven despechado. En el momento de la muerte, el mal se apoderó de la joven, y durante un tiempo se sucedieron varias muertes de jóvenes casaderas, todas ellas sin explicaciones coherentes. Cada noche la joven se aparecía a su amado y le suplicaba que siempre la llevara con él. Y que no dejaría de cercenar la vida a jóvenes enamoradas hasta que su muerte no fuese vengada.
Mientras su mente recordaba, el grupo con el que caminaba, preso del silencio, la oscuridad y la tensión nerviosa, se había ido colocando junto a los muros del sótano. Los corazones galopaban al ritmo de los endemoniados. Se comenzó a escuchar el sonido de una gran losa de piedra mientras se desplazaba. Entonces vio cómo la oscura sombra empujaba a una joven que se precipitó hacia el interior de la fosa. Se escuchó un grito desgarrador y la gente reaccionó emulando el grito y agitándose como enloquecida. Cristina notó un golpe en la cabeza y perdió la consciencia.
Pocas horas después, un policía municipal que patrullaba por el recinto, encontró el cuerpo descuartizado de una mujer junto al tronco de una de las palmeras que hay detrás del palacete. A la mañana siguiente, el periódico daba la noticia. Tres jóvenes que habían desaparecido la noche anterior en el Huerto Ruano, habían sido vistas deambulando por la ciudad totalmente desorientadas y repitiendo un extraño mensaje: «el mal nunca descansa. No está loca quien lo presiente, solo está más cerca de encontrase con él». Abría el artículo sobre los sucesos de Halloween, el hallazgo del cadáver de una mujer cuya identificación respondía a Cristina S. T. El editorial abundaba en la desgracia de la mujer y precisaba, según sus amigas, que tenía previsto casarse con el amor de su vida, un hombre al que había conocido en un viaje a Edimburgo, cuando ya apenas tenía esperanzas de enamorarse.
Nada había cambiado con el tiempo. La maldición siguió su curso desde que don Raimundo tuvo que desprenderse del palacete. Su joven enamorada continúa vagando por el túnel del tiempo, y nadie, jamás, podrá evitarlo. Ya lo sabéis. Si visitáis el palacete y estáis enamoradas, mirad hacia vuestra espalda. Os lo aviso.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©




jueves, 27 de octubre de 2016

IMAGEN





IMAGEN


Un niño alza los ojos. Cerca de él hay un pozo.
Ve a su padre tirando de las finas cadenas
que mueven las poleas de la cúpula.
Otro hombre está abajo, en lo oscuro,
limpiando el mecanismo que eleva toda su agua.
Junto al pozo hay una figura geométrica.
Tan solo es un pilón donde abrevan las bestias:
una oquedad de piedra llena de agua
que cuando la revivo se convierte en espejo
donde la luz se posa inesperadamente.
Es verano y el sol seca los cereales
con la fuerza incolora de la necesidad.
Desde algún rincón de la memoria
alguien trenza los hilos de la vida
que dieron alimento a aquel niño.
Desde los recovecos del poema,
otros ojos recuerdan con nostalgia
la belleza del cielo, la luz del agua dulce,
el sudor de su padre, la incongruencia del tiempo.



(La intimidad del pardillo) 
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Mariano Valverde Ruiz (c)

lunes, 24 de octubre de 2016

INDENTIDAD





IDENTIDAD


Durante aquellos años
recorría los surcos de la acequia
que llevaba en sus lomos un jardín de retamas
por donde las avispas eran aire entre bojas.
Detenía mis pasos
en un piélago de boj y azucenas
con aspecto de jungla misteriosa
para buscar entre sus tallos
el color de la fábula.
Solía preguntar a los insectos sabios
cómo eran las fronteras de mi mundo,
porque ellos sabían más que yo.
Mientras cogía hierba
para dar de comer a las ovejas,
los conejos, las cabras y los cerdos,
ni tan siquiera intuía
que la realidad cubriría muy pronto
mi pequeño universo
con una identidad de niebla oscura.
Y tampoco pensaba entonces
que un día iba a tener memoria
para recuperar cuanto dejaba atrás:
todo lo que fue búsqueda de un ser
que tuvo que crecer antes de tiempo.


(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)

domingo, 9 de octubre de 2016

EL GUARDIÁN DEL PUENTE DE SAN CRISTÓBAL




EL GUARDIÁN DEL PUENTE DE SAN CRISTÓBAL


Ahora que he colgado el uniforme, la placa y la pistola, puedo contarlo sin incurrir en una amonestación por faltar al secreto profesional. A lo largo de mis años de destino en la vieja comisaría de Lorca no se ha dado un caso como el que voy a relatar. Todavía me tiemblan las manos al recordar la cara del protagonista. Y todo mi cuerpo se estremece con tan solo mencionar lo que pude ver sin dar crédito a lo que mis sentidos percibían.
En la comisaría de la plaza de San Vicente estábamos acostumbrados a muchas cosas, pero la mayoría caían dentro del cesto de lo que puede considerarse rutina policial. Sin embargo, lo que me sucedió aquella noche del 12 de noviembre de 1980, se sale de lo normal y por eso el expediente fue censurado, y se hizo desaparecer de los archivos. Entonces no estaba todo informatizado como ahora y los papeles se amontonaban mediante rudimentarios procedimientos de referencias. El día antes de jubilarme estuve buscando el archivo por los sótanos. Me fue imposible dar con él, por eso voy a echar mano de la memoria para relatarlo.
Recuerdo que era una noche tranquila. Estaba de servicio en la comisaría cuando un hombre de unos treinta y tantos años, delgado, con aspecto de consumidor de estupefacientes, subió las escaleras de la entrada y le oí decir al agente de puertas que le urgía entregarse. El agente lo acompañó hasta mi despacho y con su sorna habitual me dejó caer que el primer “colgado” de la noche pedía fonda. El hombre tenía la cara desencajada, los ojos se le salían de las órbitas y manifestaba un exagerado nerviosismo que no le dejaba articular con coherencia las palabras. Le pregunté que cuál era el motivo de su presencia y me insistió en que tenía que entregarse, que su vida peligraba si no lo hacía.
Cuando le insistí en que se serenara y me contase si es que alguien le había amenazado o si había cometido algún delito que deseara confesar, me dijo que había venido a atracar una tienda en La Corredera, pero no lo había llegado a hacer. Le dije que entonces no podíamos detenerle, aunque después de identificarle, íbamos a consultar su ficha policial. Se puso de rodillas y me suplicó, por todo lo más grande, que lo encerrase. Y que entonces me contaría el motivo. Le dije que no estábamos para bromas. Entonces el hombre tuvo un repentino ataque de histeria y comenzó a golpear todo lo que estaba a su alcance. Ante el alboroto, mi compañero acudió, y entre los dos lo redujimos, lo esposamos y lo bajamos a los calabozos. Allí se tranquilizó. Y entonces comenzó a hablar.
—Mira que me lo habían advertido. A Lorca no hay que ir, que allí está el guardián del puente de San Cristóbal.
—A qué te refieres —le dije.
—Es una vieja historia que corre por ahí entre maleantes y delincuentes. Dicen que hace muchos años había un barbero en la subida al puente de San Cristóbal a quien llamaban el Porranegra. Era fuerte, muy alto y le faltaba un ojo. El hombre, navaja en mano y zapatilla en la otra, perseguía a todo el que llegaba a la ciudad con intenciones de ir contra la justicia y pasar por el puente. Ya me entiende, para robar o hacerse con lo que no es de uno, por el modo que fuese.
—Nunca había escuchado esa historia.
—Pues es cierta. El barbero se hizo famoso entre las gentes de mal vivir. Hasta que recibió su merecido. Una tarde le tendieron una emboscada cerca de las vías del tren y lo mataron por la espalda. Pero hubo algunos que juraron haberle visto años después junto al puente. La voz se fue corriendo por toda la comarca y siempre se evitaba pasar por el puente.
—Ya. Pero eso qué tiene que ver contigo.
—Es que… Es que… Esta noche dejé mi coche en la calle del Charco. Me preparé con lo necesario para forzar la cerradura de la tienda y me dispuse a ir a pie para evitar cualquier sospecha. Cuando comencé a subir la acera que va desde la plaza de la Estrella hasta el puente, noté algo extraño. Hacía más frío del normal. Se estaba cubriendo todo de una niebla gris. Al llegar arriba se apagaron las luces de las dos farolas que hay al empezar el puente y entonces adiviné una sombra frente a mí. Cuando avancé tres pasos me quedé petrificado. Era un espectro de ropajes andrajosos, sin ojos en la cara, sin nariz, con solo cuatro dientes. Tenía los brazos arqueados y los huesos de su mano derecha empuñaban una navaja barbera que brillaba como la luna.
—Ja. Ja. Ja. ¿Qué te has fumado esta noche? No ha debido ser una china, sino un fardo entero.
—Le digo que lo vi, como lo veo a usted ahora. Me crucé de acera y no he parado de correr hasta llegar aquí.
—Lo mejor será que duermas un rato y por la mañana, ya veremos.
Le dejamos allí y nos subimos a las dependencias. La curiosidad me llevó a hacer algunas preguntas a un compañero de Lorca que me confirmó que el Porranegra había existido y que entre 1879 y 1891, fechas de las riadas de Santa Teresa y de San Jacinto, había algunas referencias de él. Me contó que el puente se había terminado en 1875 y que formaban parte de la leyenda comentarios sobre un barbero que era un gran defensor de la justicia. También que su familia emigró a Barcelona después de que le mataran y que el asesino nunca había sido descubierto. El resto de la noche no tuvo nada destacable. Tan solo nos pareció escuchar unos sonidos parecidos al golpeo de una varilla metálica sobre los barrotes de la celda y un gemido ahogado y lloriqueante. Pensamos que nuestro inesperado inquilino estaba purgando sus malos pensamientos.
Eran casi las cinco de la madrugada cuando al bajar al calabozo a dos detenidos por tráfico de drogas que habíamos atrapado en plena faena, nos encontramos un espectáculo dantesco. El hombre que huía del guardián del puente, estaba muerto. Yacía en el suelo boca arriba y desangrado. Su cuerpo estaba lleno de cortes longitudinales. Pero lo más sorprendente es que alguien había escrito, con su propia sangre, que era el último descendiente del asesino del Porranegra.
Al cabo de los años tuvimos que dar por cerrado el caso porque no encontramos explicación para los hechos. Lo comunicamos a la que se había presentado como su mujer en el momento de entregar el cadáver y a la que dijimos que le habíamos encontrado muerto tras huir del puente. Venía acompañada de un joven que bien podía ser el hijo que nunca conoció el fallecido. A la mañana siguiente, nos enteramos de que alguien había llenado con cruces de sal toda la extensión del puente que une la ciudad con el barrio de San Cristóbal.
El caso tuvo consecuencias. A todos los que intervenimos nos cambiaron de destino y nos hicieron firmar un documento en el que declarábamos que aquello nunca había ocurrido. Pero sucedió. Lo vi con mis propios ojos. Y aún hoy, el misterio sigue sin resolver. Cuando paso por el puente se me eriza la piel. ¿Andará por allí el espectro del barbero?

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viernes, 7 de octubre de 2016

EL HORIZONTE




EL HORIZONTE


Cuando era solo un niño
vestido del color de la inocencia,
creía que las lindes del entorno
de aquellos tiernos años en el campo
del valle del Guadalentín
poseían las claves
de un universo unido a mis pupilas
por la magia remota de las nubes.
Ése era todo el mundo
que conocían mis sentidos,
todo el mundo posible.
Tenía su comienzo y también su final
en el mismo horizonte:
una línea que era distinta cada día.
Siempre me estremecía su misterio:
el abismo que daba sepultura
al sol Mediterráneo y sus colores.
Aquella hora lentísima de vencejos y grillos
delimitaba el día de la noche
acercando momentos de oscuridad y miedos
pues tan solo la luz daba sentido
a mi ubicación en el mundo.



(La intimidad del pardillo)
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miércoles, 5 de octubre de 2016

VIRTUD





VIRTUD 


Bajo la sombra fresca de la higuera,
con la espalda en el suelo
y los ojos perdidos entre ramas
de plata envejecida,
espiaba a los gorriones
para aprender las claves
de su jovial destino.
Los contemplaba absorto, fascinado
por la sencillez de sus formas
y la facilidad innata
que poseían para alzar el vuelo
y desaparecer al otro lado
de la línea azul del horizonte.
Observaba los pardos movimientos
de sus alas, sensibles a la voracidad
de todas las tormentas,
su vibrante dinámica,
el coraje que daba cobijo a la estructura
de los adalides del aire.
Reconocía en ellos la gris naturaleza
de los hombres humildes.
Sus plumajes vestían la esperanza
igual que los tejidos de mi cuerpo.
En aquellos instantes
había una virtud que compartíamos:
la insólita bondad de lo que crece
amamantado por leche de almendra
y carne de membrillos curados bajo el sol.
La inocencia pintaba las luces repentinas
que irisaban los pechos de las aves

y las pupilas verdes de mis ojos.


(La intimidad del pardillo)
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lunes, 3 de octubre de 2016

NIEVE





NIEVE


Hay recuerdos que solo pertenecen
a un ámbito de sensaciones
nunca antes compartidas,
como la que produjo el blanco de la nieve
en el invierno de mis cinco años
cuando aquella mañana era un molino de harina
que derramaba grumos del cielo en los bancales.
No sé qué mes tocaba. Quizá fuese febrero
quien hiciese temblar las horas
con los fríos espasmos de la bruma.
Detrás de la ventana miraba el horizonte.
Debajo de la lana envejecida
palpitaba mi piel con el ritmo de un alma
completamente absorta.
Un ave hollaba el río de la nieve.
Sus movimientos eran las formas del misterio,
imágenes en blanco, gris y negro,
que se superponían con cautela
sobre el lienzo uniforme del silencio.
Nunca antes la había visto. Era preciosa.
De repente sonó con estrépito
el ronco aullido de la pólvora
de un cazador hambriento.
La belleza quedó abatida por el plomo.
Y la nieve se tiñó del color del crepúsculo
mientras la muerte daba sus señales de vida.



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