domingo, 28 de febrero de 2016

CRÓNICAS NAVIDEÑAS DE RAÚL REY (Versión BLOG)





CRÓNICAS NAVIDEÑAS DE RAÚL REY



No era una noche cualquiera. Iba a ser mi gran noche y la había esperado con cierta ansiedad. Lo tenía todo previsto y tan sólo quedaban a criterio del azar algunos pequeños flecos, esas nimiedades que siempre escapan al control del más avezado intérprete. Hay que vivir la realidad con un toque de ficción, y también, por qué no, de fantasía, es la forma más inteligente de vivir completamente, sin dejar nada aplazado para arrepentirse después con el recuerdo de lo ya extinguido. Y me lancé a la aventura con toda la fuerza de mis impulsos, pero siendo consciente de que si no tenía éxito, aún me quedaba una alternativa. Quería sorprender y dar una alegría a todos los amantes de la cultura, poetas, novelistas, pintores, fotógrafos e incluso a algún político de los de la nueva ola, que se daban cita en un lugar que en los últimos meses se había puesto de moda como referente cultural de la ciudad.
La ocasión era propicia. Se acercaban las fechas navideñas, un tiempo diferente para los que desean salirse de la rutina ordinaria y en el que las tradiciones se imponen, los recuerdos nos acercan a la esencia de lo que somos, la nostalgia arruga el corazón como una fruta escarchada, y se busca una felicidad compartida con el dorado de la bebida. En nuestro interior renace el alma noble que a lo largo del año a veces queda arrinconada por la necesidad de la lucha diaria para la supervivencia, y acaba imponiéndose a todas las miserias que nos corroen por dentro. Es el momento ideal para que afloren los sentimientos puros, y los gestos de paz y concordia se eleven hacia quienes lo necesitan. Acaso dando, se reciba aún más de lo que se espera.   
El evento de la noche comenzó a la hora prevista. En el Club de lectura del Café Stevia se presentaban dos libros de María Alcaraz: La navaja de Aurora y El arte de convencer: Pablo Iglesias. Jorge González, periodista respetado por todos y al que algunos llaman la voz de Lorca, inició el acto haciendo gala de su magnífica prosodia y resaltando la labor creativa de la autora. Ante la atenta mirada de María, que había concebido el acto como un encuentro entre amigos para terminar el ciclo promocional de uno de sus libros y al que había traído, para su cierre, algunos instrumentos típicos de las pascuas lorquinas para animar la velada, Jorge, hizo una breve semblanza introductoria y antes de cederle la palabra, comentó, sin duda con ironía mordaz, refiriéndose a aquellos escritores que acaban mostrándose hasta en la sopa,  que eran de alabar las iniciativas que ponían punto y aparte para ir dejando paso a nuevos proyectos y no realizar mil presentaciones de un mismo libro. O lo que viene a ser lo mismo, mil vueltas alrededor de un mismo ombligo. Algunos sabían por qué lo decía y las primeras carcajadas se abrieron espacio entre las luces de las llamas de las velas aromáticas que decoraban las mesas. Y extrañamente, noté que una de ellas parecía dejar un girón de humo oscuro en el aire. Pero entonces no le di más importancia.
Tras los primeros aplausos, comenzó a hablar la autora, haciendo un desglose de algunos aspectos significativos de sus libros. Me impresionó su capacidad para conectar con el público, su sinceridad, su sencillez y su conocimiento de la lingüística. Fue poniendo al descubierto anécdotas relacionadas con los libros presentados, esos retales de vivencias y sensaciones percibidas a lo largo del tiempo junto a la literatura, tanto de los momentos creativos, como de los de promoción de la obra, y en algunos casos me pareció comprender que nos contaba cuestiones que eran tan sólo de ella hasta aquellos momentos, nos regalaba anécdotas que formaban parte de su acervo humano y sentimental. Yo ya ansiaba que llegase mi momento para poner en escena lo que había preparado. Mis ojos recorrían los rostros de los allí convocados mientras pensaba en cómo sorprenderles con una actuación única e irrepetible.
Al final de la presentación se inició el coloquio acostumbrado en este tipo de actos. Se sucedieron varias intervenciones sobre determinados aspectos de las obras de María Alcaraz y sobre su labor literaria. La curiosidad fue haciendo de las suyas en cada pregunta. Uno de los asistentes comentó que una novela que premia la justicia social como valor irrenunciable, y un ensayo sobre los usos de la oratoria en un personaje de nuestro tiempo, tan controvertido como Pablo Iglesias, eran suficientes motivos como para que se sintiese orgullosa de su labor creativa y para pedir al futuro que le permitiese tener la paz suficiente como para poder dejar volar la imaginación con nuevos proyectos. Todo iba bien. Sin embargo, volví a notar que la llama de una vela se convertía en un girón de humo negro justo en el momento en que yo la miraba.
Terminó la presentación literaria y comenzó la fiesta. Era el momento que había esperado con aparente paciencia, aunque la inquietud me recorría las venas con un voltaje especial de nerviosismo. Se repartieron los instrumentos musicales. Henar también había traído los suyos. Comenzó a tocar y su guitarra acarició la textura de las paredes y los recuerdos de los miembros del club de lectura. La música navideña enlazó los corazones, guitarra y panderetas animaron el cotarro mientras las voces rescataban las palabras que decoraron nuestras infancias y pintaron de ilusión la ansiada espera de los regalos. Sonaron los villancicos de siempre: volvían a bañarse los peces en el río, el niño de Rafael recibía de nuevo su viejo tambor… y afloraron sobre las pieles algunos sentimientos olvidados de la niñez, los deseos truncados de la madurez, y quizá, los anhelos de toda una vida en torno a la paz y la amistad.
No pude remediarlo, me dejé arrastrar por el ambiente que se había creado. Y creo que eso fue mi perdición. Me puse un gorro de los de Casa Noel y me lance sin más a coger el micrófono. Algunos de los asistentes me miraron con curiosidad. Lo vi en las caras de Andrés, Belén, Manuel, Fran, Luis, Henar, Luisa, Isabel, Flory, Juana Mari, Juani, Yoany, Adela y otros que ahora no recuerdo… Comencé a cantar melodías sudamericanas, canciones de Nino Bravo y todo lo que me venía a la memoria… Y claro, no pude oponerme a sus peticiones, fuesen las que fuesen. Sonaron las notas de la famosa canción de Rafael y me puse a cantar “mi gran noche”. Estaba entusiasmado y entre frase y frase, se me escapaban eslogan publicitarios: “periódico El Lorquino, las noticias entran en tu casa sin llamar”, y otros por el estilo. Decía todo lo que se me ocurría. En ese estado, no me había dado cuenta de que la llama de la vela que había llamado mi atención antes, volvió a dejar escapar de su rojo cuerpo un humo negro que tenía un tono amenazador. Cuando comprendí que aquello no era normal, sentí un estremecimiento y cambié la mirada hacia otro lugar. Me puse nervioso y quise remediarlo lanzándome a contar un monólogo sobre la Navidad, algo que llevaba preparado y que podía hacer de memoria.
—En estas fechas cada uno cuenta según le va. Y si no que se lo digan a los del club navideño, a Santa Claus o Papá Noel, y a los Reyes Magos. Se anda con mucha prisa. Todo son nervios y preparativos. Que si el pienso para los renos no llega. Que si hay que dar un recorte a las barbas en el barbero, en el que Santa tiene tarifa plana, que si Melchor necesita unas tijeras de porcelana china. Que si hay que poner la leche para los camellos… ¿Y dónde queda la ilusión? ¿Cómo han cambiado las cosas? Quién se lo iba a decir a San Nicolás de Bari, aquel obispo de Myra que entregó todos sus bienes a los pobres para hacerse monje y ejerció su generosidad con todos los niños. Washington Irving convirtió la imagen de San Nicolás en un grueso hombre mayor, vestido con calzón, sombrero de alas, y en cuya cara lucía una sonrisa bonachona de la que colgaba una pipa holandesa. Aquel personaje llegó a Nueva York en barco y se dedicó a arrojar regalos por las chimeneas gracias un trineo volador. El mismo que desde las campañas publicitarias de 1931 vive en Laponia y hoy tiene un montón de empleados. El caso es que…
En ese momento se me quebró la voz. Yo estaba de pie sobre el pequeño escenario. Tenía el micrófono en la mano. Mi mirada recorría la sala y entonces la vi con total nitidez. Se elevaba sobre la llama del vaso aromático que ardía sobre la tercera mesa. Era una sombra negra y siniestra. Se trataba de una mujer enlutada, con la cara cubierta por un velo negro. Llevaba un bastón que esgrimía como símbolo de mando. Al principio no reconocí de quién se trataba. Aquella imagen fantasmagórica no podía ser real, tenía que ser producto de mi imaginación, estoy acostumbrado a pensar que la realidad sin un poco de imaginación es menos realidad. Me froté los ojos. Conté hasta diez. Dije dos o tres tonterías para que no se notara mi desconcierto y me dirigí al otro extremo de la sala. Volví a mirar hacia la mesa número tres. Seguía allí, elevada sobre la llama, flotando en el aire como un fantasma. Dejé el micrófono al primero que pasó por mi lado y me quedé observando. La fiesta seguía, pero la presencia de aquel ser era cada vez más evidente para mis ojos. Y entonces pude escuchar sus palabras con claridad.
—¡Silencio! Menos gritos y más obras —dijo aquella presencia irreal.
Un latigazo de asombro me recorrió todo el cuerpo. Reconocería aquella frase entre un millón. Aquellas palabras pronunciadas con el enorme autoritarismo de una tirana, eran la entrada en escena de Bernarda Alba, el personaje de mi gran Federico García Lorca. Quise ver si alguien más la había escuchado. Todo el mundo parecía ajeno a lo que yo estaba viviendo. La mayoría permanecían reunidos en torno a Henar y seguían cantando villancicos. La alegría era desbordante. Las panderetas seguían otro ritmo tan diferente al de las palabras de Bernarda que llegué a plantearme que aquélla era una extraña broma del destino. ¿Qué pintaba allí Bernarda? Aquel escenario no tenía nada que ver con la obra de Federico. El único punto de conexión era mi lejano deseo de interpretar el papel de Bernarda Alba en alguna ocasión. Pero para eso tenía que dejar la ocupación que me había dado el destino en aquel momento y no era posible.
Me acodé en la escalera un tanto aturdido. El personaje de Bernarda Alba me miraba con una fuerza inusitada. Sus ojos traspasaban el velo negro como dos llamas hirientes. Representaba la imagen de la España profunda de principios del siglo XX, la España en que imperaba el fanatismo religioso y sobre todo, el miedo a descubrir la intimidad. La imagen se movió lentamente. La observé mientras se balanceaba sobre la llama. Recordé cómo impuso un luto riguroso de ocho años a sus hijas, y les prohibió que fuesen a cualquier fiesta. Bernarda habló de nuevo:
—¡Silencio!
Parecía querer ocultar su verdad. O que los demás ocultásemos nuestra alegría. Pero no era el caso. Todos seguían disfrutando de la fiesta. Allí no había diferencias entre hombres y mujeres, no existían las barreras con que Bernarda amenazaba a sus hijas cuando les prohibía mirar por la ventana o mirar hacia los lados en misa. Pero Bernarda sí que quería saber lo que ocurría en su entorno y utilizaba a su sirvienta para estar al tanto de los dimes y diretes. ¡Qué hipocresía! Su actitud despreciaba a la libertad, la misma libertad que mostraban los que vivían la fiesta navideña en el local haciendo gala de sus mejores deseos. ¡Qué personaje tan fascinante! Me hubiese gustado interpretarlo en alguna ocasión, pero… me debía a otros menesteres.                              
Con la deriva de mis pensamientos, se me estaba olvidando cuál era mi objetivo principal aquella noche. Yo quería sorprender a los allí reunidos, y de momento, el único sorprendido era yo. Lo que estaba viviendo y lo que había hecho hasta aquel instante, no encajaban. Necesitaba un golpe de magia. Que se manifestara el poder del espíritu navideño en toda su esencia. Que desapareciera la oscura materia del tiempo y se impusiera la luz misericordiosa de la esperanza. Por un momento me pregunté dónde estaban los míos. Y noté la afectividad de los que estaban alrededor. Nada parecía cambiar, pero las cosas iban a dar un giro insospechado. Nunca imaginé lo que iba a suceder a continuación.
Las vibraciones de mi primera actuación en el escenario, cuando monologaba los orígenes de Santa Claus y Papá Noel, habían llegado, por obra y gracia de la magia navideña, hasta Casa Noel. No había contado hasta ahora cuál es mi verdadera ocupación. Mi monólogo puede haber dado una pista. No es, como sospecháis, la de actor, trabajo para Papá Noel. Mi jefe se había enterado de que me había escapado de Laponia sin culminar mi tarea diaria de envolver regalos para la noche del veinticuatro de diciembre. Y de inmediato mandó a buscarme.
En estos días estamos muy liados con los preparativos de la Navidad y además, después tenemos que ayudar al jefe a repartir sorpresas por medio mundo. Yo me había escapado del trabajo porque llevaba millones de paquetes envueltos y también quería entregar un regalo en persona a los contadores de sueños que se reúnen en Stevia. Un regalo muy especial, mi mejor interpretación, porque siempre he querido ser actor. Y claro, aquello no estaba en los planes de Papa Noel, que había previsto enviarles carbón por Nochebuena, para que se acordasen de escribir que la sonrisa de un niño es la blanca paloma de la felicidad, y no de buscar una gloria personal, tan voluble y efímera como la imagen de Bernarda Alba, que ante el sonido que se acercaba por el cielo, se esfumó del café igual que había venido, por el humo que desprendía la llama de la vela aromática de la tercera mesa.
Todo fue muy rápido. De repente escuché unos cascabeles tras los ventanales del Café y salí para bailar en la acera al ritmo que marcaban, porque era lo que me pedía el cuerpo. Y, sorpresa, los cascabeles eran del trineo de los empleados de Papá Noel. Era a mí a quien buscaban. Me habían enviado un transporte tirado por renos para que me llevara urgentemente hasta Laponia y pudiese terminar de realizar el trabajo del día. No podía oponerme, así que cumplí con mi obligación, me puse una bufanda e inicié el viaje de regreso. 
En pocos segundos estaba en Laponia, intentando envolver el regalo que iban a dejar en la casa donde duerme en la tierra mi otro yo, el personaje que canta “mi gran noche” en Café Stevia. Le puse un lazo, una sonrisa y la magia de un deseo: Que la luz de las estrellas guie el camino de los sueños mientras regalas al mundo la magia del teatro.
Después continué mi trabajo hasta que el cansancio me venció y me dormí agotado por las emociones del día. Las consistencias del tiempo y del espacio se diluyeron mientras dormía. Ya sabemos que, en ocasiones, nada es lo que parece, y una vez más se cumplió la sentencia literaria que juega con la realidad y la ficción para dar a los hechos una dimensión especial.
Cuando desperté, junto a mi ventana había un paquete. Lo abrí y los aplausos sonaron entre vítores. Me pareció entrever que se alzaba, una y mil veces, el telón del teatro, y que no cesaban las peticiones de un público entregado para que comenzase de nuevo la obra de mi vida. Era mi regalo. Era actor. Y había interpretado a Bernarda Alba. Los aplausos no terminaban nunca. Abrumado busqué el ordenador y lo abrí para compartir la enorme alegría que suponía ver mi sueño realizado. Entré en una red social. En la primera noticia que se leía en Facebook se hablaba de que un obrero de Casa Noel había desaparecido mientras repartía regalos y que se buscaba un aspirante para el puesto, alguien que llevase la bondad como hábito de vida y que compartiera la alegría como modo de ganarse el sustento diario. Me quedé meditando durante un instante. Sólo podía ser yo. Y me apunté, sin pensarlo dos veces.

RELATOS
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sábado, 27 de febrero de 2016

LA ESENCIA DEL AIRE







Mi palabra es aire, ya lo sabes,
un flujo de sonido comprensible
por medio de los códigos de signos
que inventaron nuestros ancestros.
Toda su esencia cabe
en la voz de quien te habla
con las mismas palabras
que nombran los valores de la vida
para que puedas comprenderlos.
Pero su verdadera trascendencia
reside en el mensaje, en la idea,
en ese cromatismo de la imagen
que traslada la auténtica verdad
de quien busca su nombre
en el brillo del aire
y entiende lo que no está en las palabras.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


FIEBRE Y MARTIRIO de Manuel Susarte y Jesús Boluda




FIEBRE Y MARTIRIO
Manuel Susarte y Jesús Boluda
Relatos
R & S EDICIONES (2015)

Escribir relatos es atesorar la intensidad de una historia en pocas páginas. Es un arte difícil, pues debe responder a un planteamiento, a un nudo y a un desenlace, y todos esos elementos esenciales han de estar reflejados en su justa medida. No todos los escritores se atreven con ese reto, pero afortunadamente hoy es un género cada vez más cultivado. Prueba de ello es Fiebre y martirio, el libro que nos dejan Manuel Susarte y Jesús Boluda.
Escrito a dos voces, intercalando obras de uno y otro autor, el libro nos presenta un compendio entretenido, de temáticas variadas, formado por doce relatos que describen personajes diversos, historias que se aproximan al espacio incierto que separa la realidad y la ficción.
Al inicio, con Fiebre, conocemos el origen del Gin Tonic, y sin dilación, se nos habla del Niño de Mula, para después, en una singular epístola, viajar a los tiempos de Cristo. Más tarde nos adentramos en las confesiones de un maltratador, en Hades descubrimos un perturbador relato sobre la muerte y nos sorprendemos con Secreto de confesión, un relato negro que pinta de rojo la divina providencia. Seguimos leyendo y nos vemos transitando Carreteras solitarias en las que la huida de la conciencia del asesino se cruza con la venganza de la víctima, o envueltos en relatos inquietantes que viajan de la anécdota a la tragedia, como La tostada. Nos sumergimos en Oniros, el mundo de los sueños y la psicología, un relato impactante que desvela una terrible realidad y nos conmovemos con Una niebla profunda. De El monstruo no haré comentarios que condicionen su lectura, pero no dejará indiferente a nadie. Y se nos helará la sangre con Martirio, una página funesta de la historia del mundo.
Fiebre y martirio es un libro que nos hará pasar unas horas entretenidas y donde los lectores podrán descubrir a dos nuevos narradores del fértil panorama literario de la Región de Murcia.

RESEÑAS
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jueves, 25 de febrero de 2016

PALABRA DE HOMBRE






La palabra de un hombre
es un grafismo etéreo que se nutre
con la voz metafísica del tiempo.
Su materia proviene
de la metamorfosis del silencio,
esa transformación de los pliegues
más ocultos de nuestra soledad.
Su volumen ocupa
la exacta dimensión
del relieve del aire.
La imagen que proyecta esa palabra
se condensa, sin miedo,
en las volutas de humo
que desprende la hoguera fugaz de la existencia.
Y su huella es una marca de ceniza
que se derrama
sobre la superficie
del último suspiro de ese hombre.
Así es, no tengas duda,
tan voluble y efímera
como la voz sincera de un condenado a muerte
que no sabe el momento exacto
en que se aplicará la sentencia final.
Por eso escribo cada una de mis palabras

como si fuese la última.


(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)




AMANECE








Amanece de nuevo.
El canto de los pájaros reclama
al día. El aire llena de colores la hierba
y diluye al rocío. Las aristas
blancas del mar se rompen
en la escollera negra de mi costa.
El fuego de los astros se desliza
como verdad que abunda en el paisaje,
devuelve la luz viva a todo el orbe,
acaricia, fecunda de esperanza.
La pasión rompe el tul profundo de mis horas,
camina por las dunas amarillas,
borra su condición distante y ciega.
El mundo se recoge en un abrazo
y converge en dos cuerpos
bajo la celosía del alba. Desde aquí
observo cómo crecen las palabras,
disipan las tinieblas y alcanzan la silueta
de la mujer amada justo donde
mi soledad completa su desnudo.


(De El fuego del instinto. Ed. Vitruvio 2006)      

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domingo, 14 de febrero de 2016

VELO DE NOVIA EN MALDIVAS






VELO DE NOVIA EN MALDIVAS


Sara pasea por la playa de Vaadhoo, una de las maravillosas arenas de las islas Maldivas. La noche es pura delicia para los sentidos de una mujer sensible. Levanta los ojos y observa que la cúpula del cielo está profusamente estrellada. Sin embargo, las estrellas que se ven sobre la fina capa de agua que acaricia las arenas no tienen correspondencia con las que brillan en el cielo. En la tierra son otra clase de estrellas las que juegan con la imaginación de una escritora como la que ahora detiene sus pasos y reposa sobre la arena. Hace tiempo que no encuentra la inspiración necesaria para escribir un cuento romántico.
Mira el mar buscando algo que vaya más allá de la realidad. Deja que sus ojos se mezan con las olas y con las luces que emanan del relieve ondulado del océano. Ella sabe que la bioluminiscencia en el agua es debida al fitoplancton, pero imagina que también podría tratarse del velo de novia de un hada enamorada del cielo. Coge un puñado de arena y lo lanza al aire. Ve cómo cae la arena húmeda al suelo sin otra opción posible.  Sara tiene la certeza de que lo más importante en un cuento es lo que sucede en realidad y no a quién sucede lo que se cuenta. Y se pregunta si la sensación de abatimiento que recorre su cuerpo realmente la está sintiendo ella, o es una apreciación del hada enamorada que le hubiese gustado ser.
Se levanta de nuevo y camina lentamente sobre el suave relieve de la arena. Su cuerpo se mueve con delicadeza, y con ella, sin que lo perciba, lo hace el otro cosmos que la acompaña: el cielo iluminado en el agua. No tiene palabras para explicar lo que siente, y tampoco quiere, le basta con sentir, muy dentro de ella, algo que ninguna otra mujer compartiría con las demás. Tras un instante de vacilación, su imaginación le sugiere el encuentro entre el hada y el cielo.
La dulzura que intuye no es real. Lo sabe. Pero piensa que podría describir las sensaciones de la novia en un texto. Lo haría con menos de quinientas palabras y sus lectores disfrutarían de un microcuento. O podría plasmar la experiencia vivida por los dos amantes en un texto que llegase a las dos mil palabras para que pudiese entrar en el canon de un cuento breve. Y tal vez, ser más osada y llevar la narración hasta un límite máximo de treinta mil palabras, para poder presumir de un cuento extenso con un final muy emotivo…  Está soñando de nuevo con la fantasía y por un instante ha olvidado su realidad. Se detiene y respira con cierta resignación. 
Tras unos segundos en que el cosmos parece darse la mano con las aguas del mar, retoma su primera intención. Tiene que dejarse llevar por su mente. Mira de nuevo hacia el agua. Lo que ve podría describirlo como el traje de novia olvidado por el hada enamorada un momento antes de entregarse a su amante: el cielo. Su cuento podría comenzar así. Quizá pudiera narrar una descripción de los hechos que sucedan entre el cielo y el hada y que formasen parte de un argumento conmovedor en que el amor triunfase a pesar de la adversidad. Pero ¿cómo conservar la intensidad y la tensión del relato? Levanta los ojos hacia el frente y ve que en el horizonte, la oscuridad amenaza con ser testigo de la boda que imagina, para después llevarse a la novia hasta las profundidades del olvido. Y se entristece.
No quiere ni pensarlo. El final no puede ser tan dramático. Ha debido tenerlo claro antes de lanzarse a contar su cuento. Debe comenzar de nuevo, darse otra oportunidad. Y sin embargo, la marea de la melancolía la ha atrapado en su largo paseo. Ya no tiene escapatoria. Pronto será una parte más de ese velo de novia que se deshilacha entre las fauces de la negra bruja que desde que rompió con la única persona que la podía comprender, alzó su vuelo desde el horizonte, para alcanzarla en cualquier rincón del planeta. Sigue huyendo del error que marcó su felicidad. Ella nunca vestirá su cuerpo con el velo de novia que el cielo le ofreció en las primeras frases de su cuento. Y lo sabe. Pero aún puede hacer que el hada de su historia viva las mismas sensaciones que su corazón hubiese sentido junto a los brazos del cielo, igual que si se tratase de su propia experiencia junto al que pudo ser el amor de su vida.


RELATOS BREVES
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lunes, 8 de febrero de 2016

DON ALONSO VIVE de José Andreo Moreno





DON ALONSO VIVE
José Andreo Moreno
Novela
Editorial UNO (2014)

La escritura es un acto de valentía y quizá también, de rebeldía ante una realidad que no complace. Pero por encima de todo, es un camino de creación que conduce hacia la senda verdadera, tanto al autor como al lector. José Andreo lo pone de manifiesto en su primera novela: Don Alonso vive. El autor lorquino acerca a la actualidad la esencia de la literatura de Cervantes y se atreve a recrear una historia sorprendente.
Don Alonso Quijano despierta tras cuatro siglos y se enfrenta a la actualidad, a un mundo incomprensible en sus avances tecnológicos y en la evolución de algunas formas sociales, pero a la vez cercano y reconocible en cuanto a la naturaleza humana. Se contraponen dos épocas distantes en el tiempo con fina ironía, ternura y saber popular, en un texto denso y cargado de profunda filosofía y de saber vivir. Todo ello reivindicando un castellano bello, rico y vivaz, de profuso vocabulario y sublimes guiños a la naturaleza de nuestro idioma.
El autor nos adentra y conduce por algunos aspectos que en la genial novela cervantina bordeaban el argumento. Lo hace con destreza, conocimiento del ser humano, aguda crítica de la realidad y un uso del lenguaje que merece especial mención. Nos habla de los sueños del personaje, de los hijos de Sancho, de la niñez y juventud de Don Quijote, de su vida cotidiana, de su participación en las Alpujarras, Lepanto, Argel y sobre todo, de su gran amor: Doña Inés.
Con Don Alonso vive, José Andreo debuta en la novela con firmeza. Este libro ha sido reconocido finalista del Libro Murciano del Año. Y bien lo merece. Ahora que se han descubierto los restos mortales de Don Miguel de Cervantes, podría aplicárseles un poco del ungüento milagroso que devolvió la vida a Don Alonso. ¿Qué nos contaría Don Miguel sobre sus impresiones acerca de los tiempos actuales? Habrá que preguntárselo a Don José Andreo…

RESEÑAS
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martes, 2 de febrero de 2016

DIAPOSITIVA





Qué pusiste en mi copa,
algún oscuro embrujo,
la golosina nueva del placer,
o el sabor del recuerdo desleído.
No somos viejos. Tarde o temprano
pondremos
la fecha al desencanto. Finalmente,
las pasiones se aquietan en los labios,
adquieren el vapor del vil destino.
Al igual que una droga,
toman la sangre y mienten mucho.
Quedará la pereza por revivir de nuevo
las mil diapositivas de una verdad deshecha.
O tal vez permanezcan
los recuerdos difusos 
de una verdad a medias.
Y serán luz las llagas ya cerradas,
el espacio gris donde habitaremos
cuando no existan tréboles
que deshojar despacio.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio.)
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