domingo, 28 de mayo de 2017

LA CONVICCIÓN DE ESQUILO




LA CONVICCIÓN DE ESQUILO

Suenan los ecos de las voces
que tras el escenario
llaman a los actores a escena en Siracusa.
En el viejo teatro
se escuchan los gemidos de la farsa
que da sentido al género del hombre
y a su presencia en el planeta.
Detrás de la tramoya, una voz llama al tiempo
para que reconcilie sus demonios
con el ángel que guarda la conciencia
y el silencio del público.
Los personajes cobran vida,
sus máscaras llevan tintes de veneno
para pintar las almas de quienes les escuchan
con el color rebelde del sarcasmo.
Cerca del escenario, Esquilo mira al cielo,
quiere que le perdonen los dioses del Olimpo
si no consigue influir en las conciencias
de todos los esclavos del tirano.
Comienza la obra. Habla de su suerte
desde su perspectiva y su talento
para versar las dudas del futuro.
Observa las miradas de los griegos,
intuye que no creen lo que dice.
Alguien le increpa desde los graderíos,
se mofa del poeta y de sus chanzas.
El escarnio se aloja en sus tímpanos
como una tarántula asesina
que llena sus palabras con la voz del vacío.
No se rinde al desánimo.
Quizá no se comprenda la dimensión de su arte,
pero tiene la oculta convicción
de que a lo largo de los siglos
las voces de los poetas regresarán al escenario
para llenar de luz las sombras de la vida.


(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (c)