jueves, 3 de abril de 2014

SIN ESCAPATORIA(Versión blog, Parte 25)





25

Tras unos minutos de confusión en los que la fuerza de los golpes hizo perder el conocimiento a Inocencio, ahora se ve en la puerta del local, sujetado fuertemente de los brazos por los vigilantes de seguridad. Malén está a su lado, ya vestida de calle y habla, un tanto aturdida pero con mucha convicción, al dueño del local.
El dueño de La nuit es un señor bastante obeso y entrado en años. En su cara destaca un gran bigote de estilo mejicano que a menudo le hace cosquillas en la nariz y que se frota constantemente. El hombre escucha a Marlén con una media sonrisa de sorna y otra media de  maldad y de egoísmo. La joven intenta convencerle de que no llame a la policía, le dice que a fin de cuentas no ha sucedido nada grave, ni ha habido desperfectos en el local. Marlén argumenta que los espectadores han tomado la refriega como si se tratase de parte del espectáculo y que se han divertido mucho. Le insiste en que ella se ocupará de resolver el problema surgido entre Inocencio y Antoñito (Marc Foster en realidad), y que si de verdad considera que ha tenido alguna pérdida, por pequeña que sea, ella se encargará de satisfacer sus deseos.
El dueño de La nuit mueve la cabeza en signo negativo. La chica persevera, dirige fijamente la mirada a los ojos de la morsa bigotuda que tiene delante y le dice que en lo concerniente al dinero que le corresponda por su actuación, puede restarle las posibles pérdidas económicas ocasionadas. El dueño del local le contesta que claro que sí, que descontará las consumiciones de los clientes que aprovechando el tumulto se han marchado sin pagar; que hay que sumar a eso el coste de la mala imagen ofrecida y las pérdidas de entradas futuras; que también se tienen que considerar los daños morales sufridos por los clientes que han visto una exhibición de violencia. Y por último, tiene que añadir las cantidades que sus abogados le indiquen mañana cuando vaya a consultarles la posible interposición de una demanda contra su amigo.
Marlén se ve sobrepasada por las pretensiones de su ocasional jefe, le ruega comprensión y acaba convenciéndolo para que no haga nada hasta que ella pueda entrevistarse en privado con él, a la tarde siguiente. Una sonrisa que deja entrever unos dientes amarillos y húmedos se dibuja en la boca del empresario del espectáculo, que asiente con la cabeza. Entonces la novia de Inocencio se dirige con premura a su maltrecho doblador de dibujos animados. Los vigilantes acaban de soltarlo y éste se ha quedado apoyado en la pared como si fuese un poste del tendido eléctrico al que le han desconectado los cables.
—Vámonos a mi casa, Inocencio.
—A ese tipo…A ese tipo… —balbuceaba Inocencio intentando hacer ademanes de fuerza sin apenas poderse mantener en pie.
—Olvídalo. Yo estoy aquí, contigo. Vámonos a mi casa, te repito. Te prepararé algo de comer y un té. Y descansarás un poco. Estás muy tenso y demasiado estresado. ¡Venga! Llamaré a un taxi y nos vamos.
Inocencio se calmó al escuchar la voz modulada de Marlén que le sonaba con un fondo de violines celestiales. Se puso en marcha con dificultad. Uno de los taxis que pasaban se detuvo ante las indicaciones de la chica y cambió su banderín de verde a amarillo. La pareja subió al coche y éste salió camino de la dirección que la joven le había indicado. Inocencio estaba sentado con la cabeza echada hacia atrás y la mano apoyada en el mentón. Ella se acurrucó sobre su pecho. Y él comenzó a quejarse de los golpes que había recibido. Apenas hablaron durante el camino.
Unos minutos después, al llegar cerca del portal donde se ubicaba el piso de Marlén, el coche se detuvo. Los dos jóvenes bajaron del taxi con mucho esfuerzo, ya que ella tuvo que ayudar a Inocencio, que posteriormente, apoyado en los hombros de la chica y en la pared, fue subiendo por las escaleras hasta tener frente a sí la puerta del segundo izquierda. Cuando entraron al piso, Inocencio se derrumbó sobre el sofá como si de un castillo de naipes se tratara. Marlén fue a traer una bolsa de hielo, puso agua a calentar para dos tés y volvió con las tazas, y unos cubitos de hielo.
—Tengo que preguntártelo, así que no me andaré con rodeos. ¿Me la estás dando con ese mequetrefe, con ese trípode engominado?— dijo Inocencio mientras sentía el frío reparador del hielo sobre sus mejillas.
—Cómo te atreves siquiera a preguntármelo. Pues claro que no. No le conocí hasta anteayer, cuando me lo presentó el jefe dentro del camerino.
—¿No lo habías visto antes?
—No. Nunca.
—¿Y por qué no has contestado a las llamadas que te he hecho?
—Porque no sabía cómo decirte qué tipo de trabajo iba a hacer. Confiaba en que pasara sin que te enteraras.
—¿No me iba a enterar?
—Me dijeron que serían sólo dos pases en días sucesivos, que el público se cansa pronto del mismo espectáculo. Yo acepté porque necesito el dinero y además no está mal pagado. Ya sabes, el piso, comer, vestuario, vivir, peluquería, manicura, estética, etc. Tengo muchos gastos.
—No acabas de convencerme. Ese villancejo te miraba con una ansiedad brutal. Se le veía a lo lejos una extremidad de paquidermo en celo predispuesta desde hace mucho tiempo a medrar en tu selva. No me equivoco. ¡Y mira quién iba a ser!
—Yo no he hecho nada por lo que tú te debas sentir mal.
—¿ No?...Ese minúsculo berberecho baboso y cejijunto es mi representante. O mejor dicho, era mi representante, porque cuando le vuelva a poner las manos encima va dejar de serlo. Ése me ha robado el papel de mi vida, el Macbeth del próximo festival del barrio. Y no se lo perdono.
—No seas cabezón. Te digo que no tengo nada con él. ¿No estarás celoso? ¡Ay mi amor! Sí, estás celosito.
—¿Celoso yo? Ni de coña.
—Entonces a qué viene esa reacción tan estrambótica y desmesurada que has tenido esta noche.
—Hay reacciones que sería conveniente atribuir al influjo inexplicable del amor, por muy doloroso que sea. Ya sabemos el poder que tiene Eros, que casi siempre maneja nuestros impulsos. Pero hoy, yo creo que lo que me ha sucedido ha sido consecuencia de una mezcla de odio y de venganza. Ese hombrecillo estaba disfrutando de todo lo que yo más quería y riéndose en mi cara. Estaba tomando lo mío sin pedir permiso.
—Yo no soy de tu propiedad. Te lo digo con firmeza. Yo sólo soy mía.
—Quizá haya ido demasiado lejos. A veces los hombres somos víctimas de los designios de los dioses que van en contra de los mortales humildes, como yo, y nos encontramos de cara situaciones en las que resulta imposible rebelarse contra el destino que nos aguarda con un hacha en la mano.
—Todos estamos en el teatro del mundo. Ya lo sabes. Somos actores de una obra cuyo argumento no conocemos, ni tampoco conocemos cuándo hemos de salir de escena con un mutis insignificante, aunque sí sabemos cuál será el final.
—No intentes cambiar de conversación —dijo Inocencio—. Contéstame: ¿Me quieres o no? ¿Me engañas o no? Ésas son las dos cuestiones que me interesan.
—¿Engañarte? Ya te he dicho que no. Los sentimientos están por encima de lo que es meramente carnal. Puro teatro, festival de la carne, y tal vez de los sentidos, pero nada más. En relación a la otra pregunta, a la sentimentalidad del amor, estoy valorando las cosas que tú me aportas.
—¿Me quieres o no?
—Pues la verdad es que no sé si esto que siento por ti es quererte o no. Dejemos que el tiempo lo decida.
—Me duele mucho la cabeza. Estoy maltrecho y agotado. No me hagas reflexiones filosóficas ahora. Ni me plantees dudas existenciales.
—¿Qué quieres que te diga? ¡Melocotoncito mío! Quieres que te cuente que me ha impresionado mucho lo que has hecho hoy por mí, porque aunque tú me digas que le tenías ganas a ese tipo por no sé qué te ha quitado, lo cierto es que yo pienso que te has portado como un animal, y que si hubiese sido cualquier otro, también te habrías tirado a por él como un salvaje prehistórico. ¿Y si quieres que te diga eso? Pues te lo digo. Ea…Te digo que comienzo a sentirme especial contigo.
»Después de tantas experiencias desagradables, después de haberme sentido usada por muchos, después de ir arrastrándome de cabaret en cabaret, de función en función haciendo cualquier cosa que me dejasen interpretar; después de haberme esmerado con todo tipo de artes, no he conseguido lo que quería. ¿Sin embargo contigo?... Y no es que tú seas demasiado romántico o muy detallista o estés siempre dispuesto para escuchar los latidos de mi alma femenina, los pulsos de mi corazón inseguro. No es que sepas comprender mis altibajos hormonales o mi cambiante estado de ánimo, ni que sepas interpretar mis caprichos o sepas darme lo que no te pido, pues eso es precisamente lo que quiero que me des, que me des lo que pienso y no lo que te reclamo. Así somos algunas mujeres. Que tampoco digo yo que lo sean todas.
»Mira… te voy a decir…¿te estás durmiendo?... no, ya veo que no. Mira y escucha… abre los ojos…Yo soñaba con alguien especial. Un día que había entrado al teatro de jovencita con unas amigas y representaban Romeo y Julieta, yo soñé con un Romeo que me entendiera, que fuese por delante de mis deseos, que adivinara lo que yo iba a pensar antes de que lo pensase y me dijese lo que yo quisiera oír.
»Después empecé a conformarme con encontrar un personaje del teatro de Valle Inclán adaptado a nuestro tiempo, alguien que fuese muy irónico, inteligente, brillante con las palabras y con el dominio de las situaciones, sagaz, crítico y, si era necesario, pudiese comportarse como un ser esperpéntico en sus formas de actuar, y en su manera de entender la vida. Y no pude encontrar alguien así después de buscar y rebuscar, y de mirar incluso tras muchos armarios.
»Más tarde…cariño que te duermes…Más tarde, te digo, soñé con un mito del mundo cinematográfico, alguien así como un Cluny, o un Gere, que tuviese mucha pasta y mucho postín. Y tampoco encontré quien me hiciese el caso que yo necesitaba.
»Transcurrieron los años y mi agenda estaba demasiado llena de números que nunca contestaban, salvo unos pocos que siempre tenían el mismo tono y las mismas pretensiones. Unas pretensiones digamos, exclusivamente biológicas, de las que yo estaba cansada. Comencé a aburrirme de tantos hombres. Pasé una etapa de dudas y desconcierto en la que a veces soñaba con alguna compañera de las que encontraba en los casting. Nada más que sueños. Tú me entiendes, cariño. ¿No estarás durmiendo?...Has cerrado los ojos pero sé que me estás escuchando. Sigo… Te decía que estaba cansada de los hombres y entonces un día de aquellos en los que ensayábamos en la academia de arte dramático aquella escena de mímica, me di cuenta que tenía delante alguien diferente, auténtico, y sin darme cuenta llegaste tú, que no sé qué es lo que tienes, y como quiero conocerte me obligas a estar siempre adivinando cómo eres, y proponiendo situaciones para ver cómo reaccionas, vamos, que me mantienes siempre como a una perra con las orejas tiesas…Inocencio…Inocencio…
El actor de doblaje de dibujos animados se había quedado dormido profundamente a causa del cansancio y las emociones de una jornada poco corriente en su vida. La voz melodiosa de Marlén le había anestesiado como a un búfalo. Ahora roncaba con la cabeza reposada en el lateral del sofá. Ella se levantó, buscó una manta y le cubrió por encima arropándolo con mimo. Luego se fue haciendo un hueco junto a él y apoyó su cabeza junto al pecho del hombre. En breves minutos los dos se encontraron en el territorio de los sueños.

Por la ventana del salón, a dos metros de donde se encontraba la pareja interpretando la más grandiosa obra de teatro del género humano, comenzaban a penetrar en la habitación los tonos rojizos del alba.


CONTINUARÁ...

Novela corta
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