GABO NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA
La soledad tiene más de cien años, sobre todo, la soledad eterna, a la que se llega después de abandonar Macondo. Gabriel García Márquez (1927-2014) lo sabía con certeza. El escritor y periodista colombiano, conocido como Gabo, premio Nobel de literatura, nacido en Aracataca y ciudadano de las letras, pasó muchos años indagando en la soledad antes de ser la soledad misma.
A lo largo de su
vida escribió novelas, guiones, cuentos, crítica cinematográfica… En sus textos
mezcló lo fantástico con lo real, la imaginación y la visión crítica del mundo,
reflejó la vida y conflictos de América, y fue parte sustancial de lo que se ha
denominado “realismo mágico”. En la mente colectiva de la humanidad van a
quedar algunas de sus obras: ‘Cien años de soledad’, ‘Crónica de una muerte
anunciada’, ‘El coronel no tiene quien le escriba’, ‘Relato de un náufrago’,
‘El amor en los tiempos del cólera’…
Quizá nunca esperó
un reconocimiento más allá de su muerte, era consciente de que el silencio lo
cubre todo con una pátina de olvido. Algo que recreó en ‘El coronel no tiene
quien le escriba’. En esa novela ensalzó el arte de la espera y la virtud del
silencio. Hoy, la ironía se invierte. Tras su muerte, el vacío que dejó no es
de falta de lectores sino de la ausencia de una voz capaz de convertir el polvo
de un pueblo olvidado en una mitología universal.
Escribir hoy a Gabo
es un ejercicio de nostalgia. ¿Qué le podríamos contar de este siglo XXI? Él
retrató la dignidad del ser humano frente a la miseria, el tiempo de los gallos
de pelea y los regímenes interminables. El mundo ha cambiado mucho, sin embargo,
la soledad sigue siendo la misma. La soledad de cada uno de nosotros frente a
los retos del presente, frente a las imposiciones del poder, frente a la
impotencia ante las fuerzas que gobiernan el mundo, y frente a nosotros mismos
y nuestras debilidades. Si el coronel esperaba una carta que validara su
sacrificio y le permitiese salir de la pobreza absoluta, nosotros esperamos un
relato que nos explique la verdad sobre lo que sucede cada día y condiciona
nuestra existencia.
Los nuevos cronistas
parecen más preocupados por la inmediatez que por la eternidad de una frase. No
hay quien le escriba a Gabo porque nadie se atreve a habitar su sombra. Sus
herederos literarios huyen de Macondo para no ser devorados por las mariposas
amarillas. Intentar escribirle a Gabo es enfrentarse a un espejo que no
devuelve el reflejo de la magia, sino que proyecta la cruda realidad de un
continente que sigue esperando su pensión de dignidad.
Gabo se fue sabiendo
que la literatura es una carta enviada a un destinatario desconocido.
Escribirle a él es buscar un diálogo con un mito que no nos puede contestar.
Solo nos queda releerlo para que el olvido no borre sus letras, aprender de su
coherencia con las verdades más profundas del hombre, esas que nos mantienen
vivos ante un pelotón de fusilamiento, como a Aureliano Buendia en ‘Cien años
de soledad’. Futuro, pasado y presente en un trozo de hielo, un instante en la
memoria de un niño de Macondo.
Mariano Valverde Ruiz ©
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