miércoles, 28 de mayo de 2014

IBN SAID AL MAGRIBI EN ALCALÁ LA REAL




IBN SAID AL MAGRIBI EN ALCALÁ LA REAL

—La dimensión del alba no es medible. ¿Quién puede conocer la longitud del tiempo que transcurre desde que comienza a clarear hasta que sale el primer rayo del sol? ¿Quién puede saber cuáles son los límites exactos del espacio que queda entre la sombra y la luz? Ni siquiera percibimos si existe ese espacio. Por tanto, nadie puede medir la duración del alba, ni calcular la consistencia de su eternidad.
Tras meditarlo, Ibn Said tampoco está seguro de lo que acaba de aseverar. Duda. Piensa en la fugacidad de los conceptos y en su efímera relevancia. El sabio está apoyado en un muro de la cara sureste de la Fortaleza de la Mota. Por el horizonte comienzan a despuntar los primeros tonos rojizos de la aurora. Desde su posición, se adivinan a lo lejos las siluetas ordenadas de los olivos de Alcalá la Real. El aire huele a romero y a almazara.
Ibn Said Al Magribi espera la llegada de Antonio, el actor que representa su personaje en Tu Historia, y que casi todos los días, al amanecer, sube desde su casa hasta un lugar cercano a la Fortaleza, muy próximo al Centro de Recepción de Visitantes, para ensayar su papel a solas. Le espera secretamente, con la incógnita de su asistencia lacerándole la paz del pensamiento, no sabe si llegará antes de la salida del sol o con el primer rayo, momento a partir del cual ya no podrá percibir su presencia.
Durante la noche, Ibn Said ha paseado por el recinto triangular de la Alcazaba, ha observado la erosión que el tiempo ha ocasionado en las piedras de sus tres torres: la de la Campana, la Torre Mocha y la Torre del Homenaje, desde la cual se sigue divisando el paisaje de Sierra Nevada. Ha recorrido el recinto amurallado y se ha detenido en la Torre de la Cárcel y en la Puerta de la Imagen para escuchar el sonido del aire y deleitarse con la musicalidad que los siglos provocan al contacto con los muros. Al igual que los visitantes, ha percibido el pasado de frontera entre culturas de estas tierras, y su naturaleza andalusí.
Ibn Said se ha sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Esperará la posible llegada de Antonio mientras habla consigo mismo.
—Éste es el instante exacto que separa el alba de la noche. Ya no es la hora de la oscuridad pero aún no ha salido el sol. Es tan sólo un intervalo etéreo entre dos mundos: el de las sombras, el de la luz.  Sé que tengo toda la eternidad para contarle mis pensamientos a los olivos, a los grillos, a los jilgueros, a la cara noble de las piedras de la historia, para desvelar todo lo que no pude decir en vida. Tal vez ese hombre moreno, de piel bronceada y carácter alegre que sube a recitar poemas y a ensayar su papel junto al Monolito, pueda entenderme. Y debo decirlo, porque la palabra de Ibn Said Al Magribi, ha de mantenerse viva.
»No tengo frío ni calor, tan sólo la sensación de atemporalidad que me trasmite la distancia. Y qué lejos queda aquella mañana de 1213 en que mis ojos notaron por primera vez la penumbra de un nuevo día. Un día como el que se aproxima, un día en el que quizá vea la luz a través de los ojos negros de Antonio. Estas murallas contuvieron mis ilusiones infantiles, mis primeros juegos, el descubrimiento de la naturaleza y de los sentimientos. Todo se movía alrededor con la certeza de lo concreto y la dinámica de lo ignoto. Y fue así hasta que mi padre decidió que me trasladase a Sevilla, donde comenzaron a crecer mis conocimientos y cambió la perspectiva de lo que hasta aquel momento era mi mundo. Inicié el camino del lenguaje, de la poesía, de la historia y aumentó mi pasión por la cultura. Entonces nació la necesidad de viajar para adquirir y recopilar todo cuanto fuese manifestación de la esencia creativa del hombre.
»Quiero que Antonio pueda comprender esa necesidad, que intuyo, le ahoga, que deje libre su espíritu creativo. Y no quiero que vosotros, olivos de Al Ándalus, arraigados a la tierra sin posibilidad de que por vuestras hojas corra la sabia de otras latitudes, penséis que os quiero contar mi vida, tan sólo os hago cómplices de que a partir de los 28 años viajé por casi todos los países ribereños del Magreb y del golfo Pérsico. Residí en Túnez, Alejandría, El Cairo, Jerusalén y Alepo. También visité otras ciudades en cortas estancias. Así fueron transcurriendo los años de mi vida en que compilé toda la poesía que llegó a mis manos. Lo hice para que no se perdiese en el pozo negro del olvido. Al Ándalus me debe parte de su memoria poética.
»No me pesó la ingente labor en pro de la belleza, del conocimiento y de la razón, que realicé a lo largo de los años. Hoy destacan dos de mis obras: “Lo extraordinario sobre las joyas de Occidente” y “El libro de las banderas de los campeones”. Éste último recoge uno de los pocos restos históricos del amor entre hombres de la época medieval. Mi obra evidencia la importancia de la poesía amorosa en la educación andalusí.
»A lo largo de mi vida muchas cuestiones me han inquietado. En Sevilla preguntaba a mis maestros qué es la materia poética. A pesar de sus explicaciones y de mis reflexiones, nunca me lo aclararon por completo. Me quedó gravado en la memoria un comentario del maestro más sabio: con los años te darás cuenta de lo que es poético y de lo que no debes considerar materia de un poema, lo intuirás, será como un estremecimiento de tu ser más íntimo. Hoy tal vez pueda explicárselo a Antonio. Y también a los grillos, a estos pequeños cantores que han silenciado sus serenatas en este instante de transición de la noche al día.
»Amo el silencio tanto como los grillos. Si pudiera hacer comprender a Antonio que los grillos son insectos revoltosos que llenan de sonidos la paz natural de la noche pero también son naturaleza viva. Marcan sin descanso el ritmo de las horas. El verano se nutre de sus impíos sermones cuando el manto fresco de las horas sin sol cubre los instantes de asueto. No callan, paralizan el pensamiento y lo llenan de su monótono murmullo. Se reponen del fulgor del día y continúan siendo la música del asueto. En ocasiones hay que considerar su actitud con benevolencia para no buscar con ahínco una forma de liberarse de su tiranía.
»Me gustaría que Antonio lo entendiese y que pudiese hablaros a vosotros, grillos, como yo, que pudiese deciros que cuando hay luna, su reflejo ilumina los instintos y que entonces no se escuchan vuestras algarabías, tan sólo las respiraciones agitadas de los amantes. En ese tiempo suben y bajan los ardorosos instintos en la noria de los sentidos igual que el agua de los arroyos burla al relieve para regar los campos. Pensamos que sólo los bohemios somos capaces de interpretarlos, pero no es así, esos incontrolados deseos, donde habita el aliento de la existencia, nos dan a conocer los grandes secretos, el nombre de cuanto es digno de tener en cuenta.
»Quiero que Antonio sepa que los grillos vuelven a sonar cuando la calima vuelca su humo deshilachado en la atmósfera sudorosa de la alcoba. Y su nuevo murmullo rompe la paz del momento. Entonces es cuando nos entrelazamos y pensamos que realmente son los únicos que proponen la alegría del alma y el bullicio de las sombras del verano, unas sombras tibias que ocultan el sabor de los besos que durante el invierno no se han dado.
»Quiero que Antonio sienta también que los grillos son parte de la naturaleza poética de la tierra, son signo de armonía. En la estridencia de su música también hay belleza, una belleza alternativa que habla de otra forma de sentir. Y el sentimiento es poético, como lo es el entorno, la tierra, el mar, el aire…
»En Alejandría solía preguntar a los eruditos que custodiaban la biblioteca que para qué sirve la poesía. Ellos acostumbraban a divagar por casi todos los campos del saber buscando razones convincentes, que ahora no voy a mencionar, pero sólo uno, nuevamente el más sabio, me dijo que con los años, yo me daría cuenta del verdadero servicio de la poesía para con los hombres. Y me convenció de que debía preguntárselo también a los jilgueros que habitaban el Delta del Nilo.
»Recordé mi infancia y a los jilgueros de Alcalá La Real. Y me dediqué a observarlos, a intuir el equilibrio de sus almas. Aprendí a acercarme a lo efímero, a sublimar la belleza de cada instante, porque su canto y su vuelo, son únicos e irrepetibles. Y los vi nacer, salir de sus huevos en los nidos de los árboles. Los vi moverse entre los brozas, torpemente, clamando a la vida, luchando por no ser devorados por las alimañas. Los vi crecer, cambiar su plumaje, alzar sus cantos orgullosos, zigzaguear por el aire… Y pensé que con su canto denuncian todo lo que les inquieta, lo que les coarta su libertad, lo que han perdido, lo que les hiere, lo que les mata. Los vi dar sentido al concepto del amor, a esa entrega íntima ajena a la reproducción biológica. Los vi cortejarse en primavera sin preguntarse para qué sirve la poesía, igual que amantes solícitos y recurrentes.
»En Córdoba preguntaba a mis maestros sobre la forma, el ritmo y la musicalidad de los poemas. Muchas horas de debate se llevaron esos temas. Unos decían que la forma del poema ha de ser el alma del poeta. Otros aseveraban que el ritmo varía con cada lenguaje y que la musicalidad es consustancial a la forma y al ritmo. Pero hubo un maestro que me dijo que para conocer la medida exacta, la forma correcta, el ritmo preciso y la musicalidad adecuada, debía esperar y leer mucho,  y que cuando entendiese que podía comprender, le preguntase a la naturaleza.
»En El Cairo consulté a mis maestros cuáles eran los límites que hay entre lo correcto y la moral. Cada uno me fue dando su opinión y me combinaron a que estudiase las escrituras de los antepasados y la tradición de cada cultura. Después me sugirieron que cuando alcanzase un grado excelso de honradez, preguntase dónde estaba ese límite a los que hubiesen sentido en su piel las garras de la injusticia.
»En Marrakech pregunté a mis maestros qué sentido poético tiene el compromiso con el hombre, con su tiempo y con los valores universales. Allí me aseguraron que cuando fuese anciano tal vez vería en la distancia un rastro de verdad en las palabras que había dicho, un signo que pudiese interpretarse como compromiso. Y me aconsejaron que preguntase a quienes hubiesen leído mis palabras si habían encontrado consuelo para sus insatisfacciones humanas, sociales e intelectuales.
»Cuando en Túnez o Alepo, no recuerdo bien dónde, entre 1275 y 1286, sentí cercana la presencia de la muerte, comprendí que toda la vida la había pasado buscando respuestas. Igual que ahora espero la de Antonio. Entonces ya había peregrinado a La Meca, había cumplido con los mandatos de mi religión. Pero seguía teniendo una gran incógnita: ¿Qué es la eternidad?...Aún no lo sé. Pero intuyo que está dentro de este espacio que va desde cuando se inicia el clareo del alba hasta cuando sale el sol. En ese tiempo inacabable en el que espero a Antonio.
»Mis biógrafos dicen que mi muerte se produjo en Damasco, que dejé más de cuatrocientos libros y que mi obra capital fue: “El libro de la Esfera de la literatura”. No sé si en realidad fue así. Sólo sé que el sol está a punto de salir por el horizonte y que Antonio aún no ha llegado. Que los grillos están ahí, tras las piedras, sobre la hierba. Que los olivos han cambiado el sentido de las hojas, que los jilgueros pronto celebrarán el nuevo día y que nadie sabe con certeza la auténtica dimensión de lo poético, ni para qué sirve la poesía, ni cuál es la verdad absoluta, ni tan siquiera, si existe la eternidad.
Ibn Said Al Magribi se levanta y pasea fuera de las murallas de la fortaleza. Su caminar es liviano como un soplo de aire. Levanta la mirada hacia la Fortaleza de la Mota, recuerda sus espacios originales y valora los esfuerzos de recuperación de una realidad centenaria que sus actuales habitantes están realizando. Mira la ciudad, el Palacio Abacial, el Paseo de los Álamos, las calles, las plazas... Percibe las diferencias entre las construcciones y las gentes del siglo XIII y los edificios y las formas de vida de 2014. Piensa que ésta es una sociedad más abierta y se siente orgulloso del festival multirracial, y también multicultural, que realiza cada año. Sabe que EtnoSur aúna los valores de respeto y solidaridad, que la música fusiona las culturas y que las artes unen la biodiversidad del género humano.
Ibn Said Al Magribi siente su alma en equilibrio, próxima a la sublimación de la belleza. Y piensa en Antonio, en las interpretaciones de los personajes de la historia que realiza en los recorridos teatralizados que los visitantes pueden disfrutar. Le presiente llegar, camina hasta el lugar conocido como El rincón de la poetas. Baja las escaleras, pasa bajo el arco, entra en el espacio ajardinado, se dirige hacia el Monolito de las Tres Culturas. Observa la pirámide triangular en la que están inscritas la cruz, la media luna y la estrella de David. Lee los saludos en castellano, árabe y hebreo. Vuelve la vista hacia el Muro de la Memoria y lee los nombres de más de veinte ilustres de Alcalá la Real. Y sueña con Antonio.
Está a punto de cambiar el color del alba. La eternidad está en ese preciso momento, en ese túnel del tiempo en que Ibn Said espera que aparezca la imagen de Antonio para poder disfrutar de su figura, de sus palabras… Y vuelve a preguntarse por la dimensión del tiempo y su aurora poética, por el sentido de la poesía, y por la línea infinitesimal de la eternidad  que une los instantes en que puede encontrase a sí mismo en el cuerpo de Antonio, justo antes de que salga el sol sobre la superficie verde aceituna de la tierra, justo antes de que se ilumine el horizonte etéreo de Alcalá la Real con el origen de la luz.


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28 de mayo de 2014
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Mariano Valverde Ruiz ©