SUSURROS EN EL PORCHE
DE SAN ANTONIO
Algunos estudiosos del
misterio de la vida y de la existencia, aseguran que existen universos
paralelos, que vivimos junto a otros seres en un espacio tiempo confluyente. Y
van más allá, dicen que, aunque no los podamos ver, ni sentir, ni tocar, están
ahí, atrapados en un bucle inmaterial, para condicionar nuestra vida.
Por naturaleza, somos
seres poco dados a creer todo aquello que escapa a nuestra capacidad de
entender y razonar. Pero también somos conscientes de nuestras limitaciones, y
no podemos asegurar que no sea cierto aquello que aún no somos capaces de ver
con los ojos de la lógica física. Isabel así lo creía antes de vivir una
experiencia deslumbrante y que cambió su forma de pensar para siempre. Los
hechos sucedieron hace unos años, cuando trabajaba en la restauración del
Porche de San Antonio.
El monumento conocido
como Porche de San Antonio es una puerta medieval de la antigua muralla que
rodeaba Lorca. Es una construcción diferenciada de otras porque la puerta está
situada en un recodo del interior de una
torre cúbica. Fue reedificado en el siglo XIV y está construido con mampostería
reforzada con sillares en los ángulos. Es un vano con tres arquivoltas, una con
motivos vegetales; la exterior presenta dientes de sierra. Los capiteles
muestran a dos leones de medio cuerpo enfrentados. Hay una escalera adosada al
muro que sube hasta una terraza en la que antiguamente había una gárgola
formada por una cabeza de dragón con escamas y abierta de fauces. En el
interior de la puerta hay un pequeño altar con pinturas del siglo XIV en las
que se ve a San Ginés de la Jara. Isabel trabajaba en la restauración de las
pinturas cuando comenzó a notar algo extraño.
Conforme avanzaban los
segundos, Isabel sentía algo verdaderamente especial. No sabía lo que producía
aquella inquietante sensación, pero percibía la cercanía de algo que rozaba su
cabello, como si lo estuviese acariciando. Llevaba parte de su melena rubia
cogida con una goma y su sedoso cabello caía sobre su nuca igual que una cola
de dorado torrente. En aquella tarde de septiembre, el aire estaba en calma y,
sin embargo, algo hizo que su pelo se moviese. Instintivamente pasó su mano por
el cabello y continuó con su tarea.
Un pincel de fina cerda
le servía para ir limpiando de impurezas la superficie de la pared en que parte
de la pintura mural estaba dañada. Tenía que ir con mucho cuidado para no
desprender los restos de la pintura original. Recogió unas muestras de polvo
para analizarlas, ver sus componentes, y posteriormente fabricar un pigmento de
similares características con el que recubrir las partes más erosionadas por el
paso de los siglos. Estaba depositando la muestra de polvo en un recipiente de plástico
cuando le pareció escuchar un sonido. Era una especie de siseo ininteligible. Dio
unos pasos hacia atrás y miró a su alrededor. Arriba, los operarios limpiaban
de escombros parte de la terraza. En el lateral, junto a la muralla, no había
nadie. Miró hacia la explanada que hay frente al Centro de Visitantes de Lorca,
Taller del Tiempo. Se quedó pensativa durante un momento. La intensidad
sentimental que había sufrido durante los últimos días, la ruptura con su
pareja, el mar de dudas que alteraba su mente, sin duda le estaban jugando una
mala pasada. Volvió hasta el interior del porche y reinició su trabajo.
El pincel apuntaba
hacia una zona donde el muro dejaba escamas oscurecidas cuando su mano comenzó
a temblar. De nuevo escuchó aquel extraño siseo. Se quedó inmóvil. Aquellos sonidos
parecían venir del interior de la puerta, era como si una misteriosa caja de
resonancia estuviese reproduciendo sonidos de otro tiempo. Aguzó el oído y lo
pegó a la pared.
—Escúchame primero y
luego sigue los designios que te marque tu corazón.
Lo pudo distinguir con
cierta nitidez. Era una voz de mujer. Su pulso se alteró y miró varias veces a
su alrededor. Después acercó de nuevo su oreja al muro.
—Quizá te sea familiar
lo que te voy a contar. Mi padre se oponía a mi relación con Amadeo, un joven
cristiano de familia humilde. Mi familia era judía, de posición acomodada durante
los primeros años del siglo XIV y no permitía que tuviese trato amoroso con
nadie que no profesara nuestras creencias.
»Cada día me sometían a
una gran vigilancia y hacían casi imposible que pudiese encontrarme con Amadeo.
En una ocasión, aprovechando un despiste de mi madre mientras estábamos en el
mercado, convinimos que dejaríamos dentro de la boca de la gárgola que había
cerca de la puerta de la muralla, notas con nuestros sentimientos; también nos
avisaríamos sobre cuándo y dónde escapar para poder hacer realidad el amor que
nos abrasaba a ambos. Pero mi padre había encargado a su aprendiz de
talabartero que me siguiese cada vez que yo salía con cualquier motivo. Así fue
cómo pudo enterarse del lugar que utilizábamos para comunicarnos y lo hizo
destruir en el peor de los momentos. Yo había dejado una nota diciéndole a
Amadeo que a la noche siguiente, la víspera del torneo de justas que se iba a
celebrar junto al río, me esperase junto al porche, que yo pagaría a los
guardias para que me dejasen salir y guardasen secreto. Esa noche nos
marcharíamos para siempre de la ciudad camino de un lugar donde nadie supiese
sobre nuestros orígenes.
»Sin embargo todo fue
muy distinto. Mi padre me encerró en mi habitación y encargó a unos amigos de
su aprendiz que le diesen una gran paliza a Amadeo y le advirtieran del destino
que le aguardaba si permanecía en Lorca un día más. Nunca volví a ver a Amadeo.
Los años me fueron consumiendo mientras cedía a la voluntad de mi padre. Hasta
que ya no pude soportarlo más. No recuerdo ni cuándo ni cómo fue, pero abandoné
el mundo de los vivos mientras me prometía que nunca dejaría que otra mujer se
plegase a los designios de la tradición en contra de sus verdaderos
sentimientos. ¿Tú sabes a qué me refiero, verdad? Tu padre detesta al hombre al
que amas, porque no profesa tu religión y es mucho mayor que tú. Te amenaza con
retirarte su afecto y desheredarte. Pero, ¿acaso no serás una desheredada de ti
misma si renuncias a tu amor por complacer a tu padre?
Después de aquella
enigmática pregunta, se hizo el silencio.
Isabel intentó escuchar
de nuevo. Por más que lo intentó, no pudo percibir ni una sola palabra. Tuvo la
impresión de haber estado soñando, de que todo era fruto de su subconsciente.
Nada parecía haber ocurrido mientras la tarde ya se iba desplomando sobre los
brazos del crepúsculo. Y sin embargo, todo su cuerpo se estremecía con una
extraña ansiedad.
La jornada de trabajo
tocaba a su fin. Se apoyó en la pared para intentar calmar su inquietud. Su
mente era un hervidero de pensamientos. Acababa de escuchar, con otras
palabras, en otro tiempo y con otros personajes, cómo la racionalidad de otros
se opone a los intereses del corazón. Incluso había escuchado algo que ella
misma se había planteado a veces: abandonarlo todo y fugarse con su pareja. Sabía
que, de esa forma, renunciaba a un futuro cómodo, incluso a su trabajo y a la
independencia que le facilitaba, pero, a cambio, iba a disfrutar, los años que
le quedasen de vida a su pareja, de una felicidad segura. Y recordó con
amargura las últimas palabras que le había dicho a su novio. Decidió que,
aquella misma noche, le iba a llamar, y le iba a decir la auténtica verdad que
había condicionado sus palabras. Tal vez aún no fuese demasiado tarde.
Cuando las primeras
sombras cubrieron el interior del Porche de San Antonio, Isabel escuchó de
nuevo el siseo de una voz joven de mujer que se lamentaba amargamente. Era el
susurro de la brisa, un intermitente y monótono zureo de palomas que impregnaba
los muros de palabras.
—Amadeo, amor mío, ¿por
qué no me buscaste aunque te fuese la vida en ello?
Para Isabel, aquella
noche fue la más larga de su vida. Al llegar a casa, se armó de valor, y marcó
el número de teléfono de su pareja sin obtener respuesta. Lo hizo varias veces
y el teléfono seguía sin dar señal. Demetrio, su pareja, ya no podía cogerlo,
había sufrido un accidente de coche y estaba en el hospital en estado de coma.
Su pronóstico era muy grave, aunque los médicos no descartaban que pudiese
recuperarse. Sin que nadie más que él pudiese percibirlo, una voz lejana y
misteriosa repetía una y otra vez en la mente de Demetrio el mismo mensaje:
—Sí te quiere. Te ha
dicho que todo había acabado porque así se lo habían exigido. Te ha mentido
para no hacerte daño. Perdónala y vuelve con ella.
Ya de madrugada,
Isabel, que no había conseguido conciliar el sueño, comenzó a llamar a todos
los que conocía y que podían saber algo sobre el paradero de Demetrio sin
conseguir noticias de él. Desesperada y con la convicción de que aquello no era
normal, que debía haberle sucedido algo, se atrevió a llamar a la policía.
Cuando dio el nombre completo de su pareja, le confirmaron que se encontraba en
el hospital, que aún no habían podido localizar a nadie de entre sus
familiares, que conocían sus datos por la cartera que se encontraba entre los
efectos personales que habían recogido y que, aunque estaba vivo, su estado era
muy grave.
Con el alma en un puño,
Isabel se desplazó hasta el hospital Rafael Méndez. Le permitieron entrar a la
UCI. Se acercó hasta su amor mientras sus ojos eran un mar de lágrimas. Le
llamó por su nombre varias veces, a pesar de que le habían dicho que no sentía
nada. Caminó hasta el lateral del lecho donde Demetrio estaba postrado y
conectado a los aparatos que le mantenían con vida. La mano de Isabel tomó con
ternura la mano de Demetrio. Y como algo inexplicable, algo que solo comprenden
las almas que vagan a nuestro alrededor, los dedos de Demetrio se movieron
ligeramente para que Isabel comprendiese lo que ninguna palabra de cualquier
idioma puede expresar siquiera.
RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©
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