DANTE EN EL SIGLO
XXI
Un hombre camina junto a los cipreses y su simbolismo ancestral. Va por una senda que tiene a ambos lados los colores de la Toscana. Es un hombre que sabe bien lo que significa el tiempo. No tiene constancia de lo que es el miedo a la muerte. Eso es algo que perdió hace más de setecientos años. Parece un alma en pena que recorre los vericuetos del Purgatorio. Camina con un pie inclinado hacia el último círculo, el más profundo, donde espera Lucifer, y el otro pie, el que le lleva a la Gloria, levemente inclinado hacia el límite etéreo del Paraíso. Piensa en las circunstancias de su vida y medita sobre si era posible poder hacerla de otro modo.
El año 1265 y el año
1321 separan el trascurso de su vida en la tierra de la belleza y de los
conflictos entre familias. Fueron, relativamente, pocos años, pero fueron
suficientes para desarrollar su voz como poeta, su pensamiento como filósofo,
su astucia como político y su valor como soldado. A lo largo de la historia han
quedado muchas de sus facetas documentadas por otros, y algunas, las más
íntimas, las guarda en su interior celosamente, como un tesoro de valor
extraordinario. Solo la eternidad las juzgará. Recuerda una frase que él mismo
acuñó para explicar su vida: “Quien sabe de dolor, todo lo sabe”.
La tierra de los
colores ocres, los matices del paisaje donde los verdes juegan con los
amarillos y los naranjas rivalizan con la luz del crepúsculo, fue el territorio
de sus andanzas y de sus ficciones. Aprendió a hablar en un dialecto toscano
que luego elevó a un idioma italiano que porta el mármol de Roma y llega hasta
nuestros días. Y en esa lengua compuso la mayoría de sus obras. Le vienen a la
memoria algunas de ellas: ‘Il convivio’, ‘Vita nuova’ y, sobre
todo ‘La divina comedia’, su obra más significativa.
Escribió su obra
fundamental en tercetos encadenados. La dividió en tres partes: Infierno,
Purgatorio y Paraíso. Dividió cada parte en treinta y tres cantos. Puso en
acción a tres personajes: Dante, con quien daba referencia y fundamento al
hombre; Beatriz, quien encarnaba la fe; y Virgilio, que representaba la razón.
Quiso de este modo dejar clara la importancia simbólica que le daba al número
tres.
Hoy, la obra de
Dante Alighieri no es un fósil literario sino un espejo incómodo de la
modernidad. Tras siete siglos, su obra representa los extravíos morales de la
sociedad. La naturaleza humana sigue intacta. No ha avanzado mucho en su camino
de perfección. Muchos autores se han influenciado de sus ideas a lo largo de la
historia. Baste recordar en el mundo de la pintura a Boticelli o a Dalí; en
arquitectura, al Palacio Borolo en Buenos Aires; o en literatura a Montale,
Eliot, Borges, Boudelaire, Matilde Asensi… La vigencia de su obra es llamativa.
Acaso porque habla de uno de los mayores retos que tenemos: elegir entre el
bien o el mal.
A través de un viaje
alegórico por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, Dante ofrece una crítica
sobre la corrupción, la justicia o la moral. Se pueden ver reflejadas las
crisis éticas de la actualidad. La estructura de cono invertido con que
presenta su obra hace posible que el castigo sobre las conductas no adecuadas
vaya aumentando con la profundidad.
El infierno es la
parte más vigente si comparamos su hábitat con el de una era digital e
hiperconectada que trastoca todos los proyectos personales. Los círculos donde
se castiga la avaricia, la violencia, la hipocresía, el fraude, son de tremenda
actualidad. Se reflejan en las desigualdades, el consumismo, la corrupción
política, las noticias falsas, la manipulación tecnológica… Y tantas otras cosas
a las que asistimos con cierta indiferencia.
La búsqueda de la
redención en el Purgatorio y el ascenso al Paraíso ponen de manifiesto la
necesidad de reflexionar y de intentar mejorar nuestro comportamiento. La
inmediatez y la necesidad de encontrar el éxito rápido, nos condicionan. Dante
señala que la verdadera transformación requiere purificación, amor y
conocimiento. En su obra, Beatriz es símbolo de fe y virtud. Es la guía para
superar el individualismo.
El viaje de Dante
invita a una reflexión individual y colectiva, a moderar los vicios y las
pasiones, a no echar más leña al fuego interior, a nuestro propio infierno. El
poeta y filósofo italiano fue capaz de crear una obra que lleva al pensamiento
en tránsito desde la Edad Media al Renacimiento, construyó un espejo donde
aparecen las luces y las sombras del hombre. Y eso es consustancial a la
naturaleza humana.
El hombre que camina
por la Toscana lo sabe. Lleva muchos años sabiéndolo. Pero aún no conoce si su
destino final será el Infierno o el Paraíso. Mientras tanto, como deberíamos
hacer todos, el hombre que pasea cerca de los cipreses medita si ha de elegir
entre el caos y la oscuridad o el camino de la ética y la humanidad. Y en ese
dilema seguirá durante muchos años.
Mariano Valverde
Ruiz ©




