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miércoles, 3 de junio de 2026

DANTE EN EL SIGLO XXI


DANTE EN EL SIGLO XXI

Un hombre camina junto a los cipreses y su simbolismo ancestral. Va por una senda que tiene a ambos lados los colores de la Toscana. Es un hombre que sabe bien lo que significa el tiempo. No tiene constancia de lo que es el miedo a la muerte. Eso es algo que perdió hace más de setecientos años. Parece un alma en pena que recorre los vericuetos del Purgatorio. Camina con un pie inclinado hacia el último círculo, el más profundo, donde espera Lucifer, y el otro pie, el que le lleva a la Gloria, levemente inclinado hacia el límite etéreo del Paraíso. Piensa en las circunstancias de su vida y medita sobre si era posible poder hacerla de otro modo.

El año 1265 y el año 1321 separan el trascurso de su vida en la tierra de la belleza y de los conflictos entre familias. Fueron, relativamente, pocos años, pero fueron suficientes para desarrollar su voz como poeta, su pensamiento como filósofo, su astucia como político y su valor como soldado. A lo largo de la historia han quedado muchas de sus facetas documentadas por otros, y algunas, las más íntimas, las guarda en su interior celosamente, como un tesoro de valor extraordinario. Solo la eternidad las juzgará. Recuerda una frase que él mismo acuñó para explicar su vida: “Quien sabe de dolor, todo lo sabe”.

La tierra de los colores ocres, los matices del paisaje donde los verdes juegan con los amarillos y los naranjas rivalizan con la luz del crepúsculo, fue el territorio de sus andanzas y de sus ficciones. Aprendió a hablar en un dialecto toscano que luego elevó a un idioma italiano que porta el mármol de Roma y llega hasta nuestros días. Y en esa lengua compuso la mayoría de sus obras. Le vienen a la memoria algunas de ellas: ‘Il convivio’, ‘Vita nuova’ y, sobre todo ‘La divina comedia’, su obra más significativa.

Escribió su obra fundamental en tercetos encadenados. La dividió en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Dividió cada parte en treinta y tres cantos. Puso en acción a tres personajes: Dante, con quien daba referencia y fundamento al hombre; Beatriz, quien encarnaba la fe; y Virgilio, que representaba la razón. Quiso de este modo dejar clara la importancia simbólica que le daba al número tres.

Hoy, la obra de Dante Alighieri no es un fósil literario sino un espejo incómodo de la modernidad. Tras siete siglos, su obra representa los extravíos morales de la sociedad. La naturaleza humana sigue intacta. No ha avanzado mucho en su camino de perfección. Muchos autores se han influenciado de sus ideas a lo largo de la historia. Baste recordar en el mundo de la pintura a Boticelli o a Dalí; en arquitectura, al Palacio Borolo en Buenos Aires; o en literatura a Montale, Eliot, Borges, Boudelaire, Matilde Asensi… La vigencia de su obra es llamativa. Acaso porque habla de uno de los mayores retos que tenemos: elegir entre el bien o el mal.

A través de un viaje alegórico por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, Dante ofrece una crítica sobre la corrupción, la justicia o la moral. Se pueden ver reflejadas las crisis éticas de la actualidad. La estructura de cono invertido con que presenta su obra hace posible que el castigo sobre las conductas no adecuadas vaya aumentando con la profundidad.

El infierno es la parte más vigente si comparamos su hábitat con el de una era digital e hiperconectada que trastoca todos los proyectos personales. Los círculos donde se castiga la avaricia, la violencia, la hipocresía, el fraude, son de tremenda actualidad. Se reflejan en las desigualdades, el consumismo, la corrupción política, las noticias falsas, la manipulación tecnológica… Y tantas otras cosas a las que asistimos con cierta indiferencia.

La búsqueda de la redención en el Purgatorio y el ascenso al Paraíso ponen de manifiesto la necesidad de reflexionar y de intentar mejorar nuestro comportamiento. La inmediatez y la necesidad de encontrar el éxito rápido, nos condicionan. Dante señala que la verdadera transformación requiere purificación, amor y conocimiento. En su obra, Beatriz es símbolo de fe y virtud. Es la guía para superar el individualismo.

El viaje de Dante invita a una reflexión individual y colectiva, a moderar los vicios y las pasiones, a no echar más leña al fuego interior, a nuestro propio infierno. El poeta y filósofo italiano fue capaz de crear una obra que lleva al pensamiento en tránsito desde la Edad Media al Renacimiento, construyó un espejo donde aparecen las luces y las sombras del hombre. Y eso es consustancial a la naturaleza humana.

El hombre que camina por la Toscana lo sabe. Lleva muchos años sabiéndolo. Pero aún no conoce si su destino final será el Infierno o el Paraíso. Mientras tanto, como deberíamos hacer todos, el hombre que pasea cerca de los cipreses medita si ha de elegir entre el caos y la oscuridad o el camino de la ética y la humanidad. Y en ese dilema seguirá durante muchos años.


Mariano Valverde Ruiz ©


   

 

sábado, 23 de mayo de 2026

PLATERO Y JUAN RAMÓN

 


PLATERO Y JUAN RAMÓN

Los ojos de Platero distinguen lo que algunos ignoran. La mirada del pequeño y peludo asno no ve al poeta universal que ha trascendido sino al hombre íntimo, sensible y melancólico que encontró refugio en su amistad y en la naturaleza que los rodeaba.

Platero no juzga, acompaña en silencio la auténtica verdad del poeta, despoja de máscaras a un ser vulnerable, amante de la belleza efímera. Ve cómo conectan los pensamientos más profundos de un hombre contradictorio con la autentica esencia de la tierra andaluza. Sol y flores, sombra y destino, van de la mano. Cada uno de esos conceptos se adentra en la paz del poema y en la virtud de la palabra escrita.

El borriquito siente un cariño especial por el hombre que lo acompaña, el que le habla pensando que no lo comprende, el que le confiesa cosas que a otros no contaría, el que comparte sus naufragios y sus pequeñas victorias. Platero nota las caricias sobre su lomo y el tacto de la mano que escribe sobre su piel los versos de la luna. También comparte las uvas monastrell y los higos morados como si fuesen el tesoro de los siglos que ha llegado hasta ellos por obra y gracia de la tradición y la necesidad.

Los ojos de Platero son como espejos de azabache, no reflejan a un señorito andaluz, solitario y taciturno, sino a un compañero de aventuras, un confidente que le cuenta sus tristezas y reflexiones, un cautivo de la bondad y el misterio.

Juan Ramón es parte del entorno de Platero. El poeta es un ser que aspira a disfrutar del color de las flores y a discernir entre los recovecos de la luz del crepúsculo. Poco a poco, Platero va descubriendo a un hombre que rechaza la hipocresía y busca la pureza en lo más simple de las cosas.

A veces, Platero ve reír a Juan Ramón con un cascabeleo diamantino que alivia del dolor vital. Lo percibe como un hombre que vuelve a la inocencia perdida, que valora su amistad incondicional, esa que no necesita palabras para poder comprenderse en lo más íntimo de la naturaleza humana. Platero, que no es un personaje sino una proyección hacia el mundo, valora la presencia y empatía del poeta que habla con los animales. Ve a Juan Ramón Jiménez en su versión más humana, más pura y eterna.

Platero tiene en mente dos fechas: 1881 y 1958. Son los años que enmarcan la vida de Juan Ramón, los que señalan el nacimiento y muerte de un Premio Nobel de Literatura. Moguer (Huelva) y Puerto Rico le han visto respirar. La Guerra Civil también vio alejarse a Estados Unidos al poeta que intentaba ganarse la vida en otros países con cierta libertad. Su mujer lo sabe. La mujer que fue su amor y su apoyo constante. La mujer que sufrió en silencio sus cambios de humor y sus depresiones. La mujer a quien debemos ‘Diario de un poeta recién casado’ (1917), un texto que supone un antes y un después en la poesía española. Ese libro es el registro de un viaje a Nueva York para casarse con Zenobia, es el nacimiento de la poesía desnuda y la entrada a la modernidad del verso. Su depuración formal, la combinación de poemas en verso y en prosa, la presencia de aforismos y fragmentos de diario, lo convierten en un libro excepcional. Pone en comparación a la metrópolis frente al océano, que es otro gran protagonista. El mar es símbolo de eternidad y de pureza. El libro descubre una capacidad poco común de trasformar lo cotidiano en experiencia metafísica. Su legado es la base sobre la que se edificó la Generación del 27.

El pequeño asno no olvida que los poemas de Juan Ramón transitan tres etapas: sensitiva, intelectual y verdadera. Tampoco olvida que en él vio el símbolo de la ternura y la compañía, el amigo que comprende, el confidente silencioso. Lo hizo partícipe de la soledad, la crítica social ante la pobreza, la inevitabilidad de la muerte. Y compuso un canto a la vida y a la naturaleza que es, después de la Biblia y El Quijote, uno de los textos más traducidos.

Platero sabe, mientras mira el horizonte de Huelva, que el texto escrito por Juan Ramón Jiménez es la expresión más elocuente de la prosa poética escrita en el siglo XX. Pero no da por hecho que todos los amantes de la literatura lo conozcan, por eso se atreve a recordarlo a traces de las páginas que se leen en la nube de silicio, ese territorio inconcreto que llamamos internet, y que no se parece a unos ojos negros y profundos como los que miran a Juan Ramón cuando el sol rompe el velo del alba.

 

Mariano Valverde Ruiz ©    


domingo, 8 de febrero de 2026

GABO NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

 GABO NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

 

La soledad tiene más de cien años, sobre todo, la soledad eterna, a la que se llega después de abandonar Macondo. Gabriel García Márquez (1927-2014) lo sabía con certeza. El escritor y periodista colombiano, conocido como Gabo, premio Nobel de literatura, nacido en Aracataca y ciudadano de las letras, pasó muchos años indagando en la soledad antes de ser la soledad misma.

A lo largo de su vida escribió novelas, guiones, cuentos, crítica cinematográfica… En sus textos mezcló lo fantástico con lo real, la imaginación y la visión crítica del mundo, reflejó la vida y conflictos de América, y fue parte sustancial de lo que se ha denominado “realismo mágico”. En la mente colectiva de la humanidad van a quedar algunas de sus obras: ‘Cien años de soledad’, ‘Crónica de una muerte anunciada’, ‘El coronel no tiene quien le escriba’, ‘Relato de un náufrago’, ‘El amor en los tiempos del cólera’…

Quizá nunca esperó un reconocimiento más allá de su muerte, era consciente de que el silencio lo cubre todo con una pátina de olvido. Algo que recreó en ‘El coronel no tiene quien le escriba’. En esa novela ensalzó el arte de la espera y la virtud del silencio. Hoy, la ironía se invierte. Tras su muerte, el vacío que dejó no es de falta de lectores sino de la ausencia de una voz capaz de convertir el polvo de un pueblo olvidado en una mitología universal.

Escribir hoy a Gabo es un ejercicio de nostalgia. ¿Qué le podríamos contar de este siglo XXI? Él retrató la dignidad del ser humano frente a la miseria, el tiempo de los gallos de pelea y los regímenes interminables. El mundo ha cambiado mucho, sin embargo, la soledad sigue siendo la misma. La soledad de cada uno de nosotros frente a los retos del presente, frente a las imposiciones del poder, frente a la impotencia ante las fuerzas que gobiernan el mundo, y frente a nosotros mismos y nuestras debilidades. Si el coronel esperaba una carta que validara su sacrificio y le permitiese salir de la pobreza absoluta, nosotros esperamos un relato que nos explique la verdad sobre lo que sucede cada día y condiciona nuestra existencia.

Los nuevos cronistas parecen más preocupados por la inmediatez que por la eternidad de una frase. No hay quien le escriba a Gabo porque nadie se atreve a habitar su sombra. Sus herederos literarios huyen de Macondo para no ser devorados por las mariposas amarillas. Intentar escribirle a Gabo es enfrentarse a un espejo que no devuelve el reflejo de la magia, sino que proyecta la cruda realidad de un continente que sigue esperando su pensión de dignidad.

Gabo se fue sabiendo que la literatura es una carta enviada a un destinatario desconocido. Escribirle a él es buscar un diálogo con un mito que no nos puede contestar. Solo nos queda releerlo para que el olvido no borre sus letras, aprender de su coherencia con las verdades más profundas del hombre, esas que nos mantienen vivos ante un pelotón de fusilamiento, como a Aureliano Buendia en ‘Cien años de soledad’. Futuro, pasado y presente en un trozo de hielo, un instante en la memoria de un niño de Macondo.

Mariano Valverde Ruiz ©

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martes, 13 de enero de 2026

SHAKESPEARE O NO SER

SHAKESPEARE O NO SER

Como todo humano, seguro que se preguntó muchas veces quién era. En su lucha diaria por la subsistencia es muy probable que llegase a la conclusión de que debía ser él mismo o no era nada: uno más de los seres anónimos que pasan por el mundo sin dejar huella. Así que concluyó: “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Esta es la frase inicial del monólogo del príncipe Hamlet, en el que Shakespeare reflexiona sobre el dilema existencial entre el vivir soportando el sufrimiento o acabar con la vida para escapar de él. Se cuestiona la vida, la muerte, la acción, la duda y explora la experiencia humana profunda.

William Shakespeare (1564-1616), “El bardo de Avon”, fue un dramaturgo, poeta y actor inglés. Se le considera el autor más importante en lengua inglesa. Sus obras más destacadas entre las tragedias son: ‘Romeo y Julieta’, ‘Hamlet’, ‘Otelo’, ‘El rey Lear’, ‘Macbeth’, ‘Antonio y Cleopatra’, ‘Julio César’. Entre las comedias destacan: ‘El mercader de Venecia’, ‘Pericles’, ‘Las alegres comadres de Windsor’, ‘Cuento de invierno’, ‘La fierecilla domada’, ‘El sueño de una noche de verano’. Entre las obras históricas: ‘Eduardo III’, ‘Enrique VI’, ‘Ricardo III’, entre otras. También es destacable su producción de sonetos.

Pero la verdadera cuestión no es quién fue, sino cómo es que, siglos después, su obra siga siendo un mapa fiel de nuestra existencia y de la condición humana. Cabe preguntarse cómo un hombre de provincias, con educación limitada, logró captar la complejidad de la naturaleza humana, la política de las cortes reales y la terminología del poder… entre otras cosas, para conseguir elevar a los escenarios una serie de obras universales.

Su legado transformó el inglés de una lengua rústica a un instrumento de precisión filosófica. Su obra es uno de los espejos donde la humanidad se sigue reconociendo tras el paso de los siglos y las vicisitudes del devenir de la existencia. Y es de destacar que esa trascendencia se fue fraguando en los escenarios de los teatros, en los lugares a los que acudía un público que pertenecía a todas las clases sociales, pero, especialmente, a las clases más populares. Cabe imaginarse al escritor, poeta y actor, disfrutando de esa comunión metafísica que se produce entre el creador y el público cuando fluyen las palabras con la magia del conocimiento y la diversión.

A nadie se nos escapa que, salvando las distancias del tiempo, muchas de las situaciones que reflejan sus tragedias, sus obras históricas o sus comedias, tienen un reflejo en la actualidad. De ahí la grandeza de su obra y el talante universal de su figura en la historia de la literatura.    

Sin duda, ser Shakespeare es la capacidad de articular el silencio del alma y el ruido de la historia.


Mariano Valverde Ruiz © 

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miércoles, 10 de diciembre de 2025

DUMAS, MONTECRISTO Y ALATRISTE

DUMAS, MONTECRISTO Y ALATRISTE

 

 

Alejandro Dumas (1802-1870) fue un novelista y dramaturgo francés de gran influencia en generaciones posteriores. Sus novelas mezclan historia, ficción y romanticismo, tres componentes que tocan de cerca la fibra sensible de los lectores y que, al tratar temas universales, trascienden a su tiempo y a las circunstancias personales del autor y del hombre. Sus obras más conocidas son: ‘Los tres mosqueteros’, (aventuras de d’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis), ‘El conde de Montecristo’, (su obra maestra: Edmundo Dantés busca venganza por ser encarcelado injustamente), ‘La reina Margot’, ‘Veinte años después’, ‘El tulipán negro’, entre otras. Sus novelas han llegado hasta nuestros días mostrándonos el influjo de una realidad turbadora y la impronta de la condición humana en cada uno de nuestros actos.

La influencia de Dumas se manifiesta en el heroísmo y la lealtad de Alatriste, el personaje de Arturo Pérez-Reverte, un soldado veterano de los Tercios de Flandes que malvive como espadachín a sueldo. Su valentía, honor y lealtad se ponen a prueba en cada uno de los lances que acomete. Incluso en aquellos que le llevan a enfrentarse a los tres mosqueteros en ‘Misión en París’. Alatriste, cansado de un mundo corrupto y en decadencia, intenta sobreponer sus valores personales en una sociedad llena de trampas y de retos, en una realidad en la que cada hombre pone a prueba los recursos de que dispone ante las circunstancias históricas que le han tocado en suerte.

La venganza, ese gran tema de los humillados, esa pulsión incontrolable que guía los actos de aquellos que han sido víctimas de los intereses y las mezquindades de otros, es el gran tema de ‘El conde de Montecristo’. La resiliencia ante la adversidad, la venganza sobre sus enemigos y la redención de Edmundo Dantés ante el amor de su vida, componen una novela inolvidable. Es una historia que enmarca la aventura en un escenario donde reina la traición, la búsqueda de la justicia y todos los aspectos que exploran el lado oscuro de la condición humana, el destino, la moralidad, y el faro eterno del amor.

Dumas dejó un legado literario que trasciende a todas las épocas. En ‘El conde de Montecristo’, Edmundo Dantés es traicionado y encarcelado injustamente. Escapa de su cautiverio, encuentra un tesoro, y planea su venganza bajo la identidad de un conde ficticio. Amor, traición, amistad, justicia y las consecuencias de todo ello, forman parte de la novela. En ‘Los tres mosqueteros’, la acción y la aventura, las intrigas y la lealtad son parte de la trama. Pérez-Reverte se hace eco de esas pasiones humanas en su serie Alatriste. Diego, el capitán Alatriste, un espadachín a sueldo que malvive en una época de intrigas y honores, engaños y traiciones, lances y entuertos, es un reflejo de la época que describió Dumas. Ambos autores subrayan las críticas sociales, la corrupción endémica y reflejan un entramado donde la venganza se convierte en necesidad.

Tanto Dumas como Pérez-Reverte muestran personajes que luchan contra las injusticias. En la literatura de Dumas, la venganza puede conducir a la perdición. En las páginas del autor de Cartagena, Alatriste lucha por la supervivencia en un mundo hostil donde la lealtad y la amistad es un arma contra el poder. Ambos autores invitan a reflexionar sobre la naturaleza humana, la venganza, la justicia y las diversas variantes con que el amor influye en todo lo que afecta a nuestras vidas. Dumas, Montecristo, Pérez-Reverte, Alatriste…  Autores y personajes confluyen en el escenario de la vida para dejarnos entre la espada y la pared, o para erigirnos en héroes de nuestra propia existencia.

 

Mariano Valverde Ruiz ©    

   

viernes, 7 de noviembre de 2025

CERVANTES, EL CAUTIVO Y AMENÁBAR

CERVANTES, EL CAUTIVO Y AMENÁBAR

 

Abre la ventana y entra la luz a través de los visillos con matices cinematográficos. Amenábar es uno más de los millones de humanos que se ha asomado a la figura de Cervantes a través de los siglos y de su obra. El director de cine quiere acercarse a una etapa de la vida del escritor universal que condicionó su forma de ver las cosas: Su cautiverio en Argel. Cierra los ojos y vuela en el espacio y en el tiempo.

Aquella noche de 1580 era gris y obstinada, como la mayoría de las de los últimos cinco años. A Cervantes le fluían las ideas igual que el hilo de humo que salía del candil. Escribía con pluma afilada y certera. Las cosas iban a dar un giro dramático. Mojó reiteradamente en el tintero. No le quedaba tinta. Maldijo a los diablos de la noche y a las chilabas de los guardianes. Reclamó la presencia de la mano de Dios y buscó con desazón la remolacha que tenía para cenar. Su jugo sirvió para plasmar lo que pasaba por su mente antes de que se le olvidara. Recordó que Hassan, el Bajá de Argel, le había amenazado con cortarle la mano si no era más complaciente con sus demandas y mantenía en ristre su “pequeño ariete” hasta que… borró la imagen que pasaba por su mente con un claro signo de repulsa. Y comenzó a pensar en un nuevo intento de fuga. Ya le habían frustrado sus planes en cuatro ocasiones. Siempre había alguien que se iba de la boca.

A 445 años de distancia, frente al ordenador, Amenábar imaginaba qué podía haber pensado el cautivo de Argel. Repasó su obra y su biografía. Cervantes había nacido en Alcalá de Henares en 1547 y fallecido en Madrid en 1616. Era conocido como “Príncipe de los ingenios”. ‘La Galatea’, ‘El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha’ (I y II), las ‘Novelas Ejemplares’, ‘Los trabajos de Persiles y Segismunda’, o los poemas de ‘Viaje al Parnaso’, eran sus obras. Estuvo cinco años preso en Argel, luchando por su libertad a través de contar historias. Sus relatos llamaron la atención de Hassan, el Bajá, quien estableció un trato especial con él. Había sido capturado en alta mar por corsarios árabes y llevado a Argel, donde esperaba su muerte si su familia no reunía el dinero del rescate. Su liberación llegó por intervención de los monjes trinitarios, que pagaron 500 escudos de oro. Esta experiencia marcó su visión del mundo. Allí se forjaron los grandes temas que luego trataría en El Quijote: libertad, condición humana, redención… ‘El cautivo’, sería una de sus ‘Novelas Ejemplares’.

Años después de su liberación, Cervantes fue gestando la que ha sido la primera gran novela moderna, una obra que reúne todo lo que un ser humano es capaz de entrever, una visión del mundo extrapolable a cualquier tiempo, un texto imprescindible que atesora sabiduría, humor, crítica social, experiencia, amor y muerte, todos los grandes temas que ocupan y preocupan a los humanos.

Pero, ni Amenábar frente a su ordenador, ni cualquier lector frente a las páginas del Quijote, ni siquiera la intuición cibernética de la IA más avanzada, pueden conocer lo que pensaba don Miguel cuando se vio en la tesitura de sacrificar su naturaleza para intentar sobrevivir en un entorno hostil y adverso. Eso solo lo sabe don Alonso Quijano, el caballero de la triste figura.

 

Mariano Valverde Ruiz (c)

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miércoles, 8 de octubre de 2025

HOMERO, ULISES Y BRAD PITT

 

HOMERO, ULISES Y BRAD PITT

 

 

No sé si será verdad o una invención con tintes literarios de algún empleado de Hollywood, el caso es que me contaron esta historia como verídica. Cuando a Brad Pitt le pusieron, delante de un café, un enorme tocho de folios con el guion de Troya, no sabía quien era Aquiles, su personaje, ni Ulises, ni Homero, el autor de la obra que daba fundamento a aquel guion cinematográfico. Así que, después de escuchar a su pareja, Jennifer Anniston, refunfuñar por bajines y advertirle, con tono de súplica, que no se propasara ni un ápice con las actrices del rodaje, tomó un sorbo de café, notó el amargo sabor del abismo donde se iba a sumergir, y se puso a investigar en internet.

Cientos de páginas tenían referencias acerca de lo que buscaba. Enseguida descubrió que Homero era un autor griego de hacía más de 2.700 años. La leyenda decía que su nombre provenía de “ho me horón” que significa: hombre que no ve. Había quien decía que podría tratarse de más de un hombre. Se especificaba que sus obras, la Ilíada y la Odisea, estaban entre las más importantes de la literatura universal. Ambas obras son epopeyas, consideradas como relatos reales, de época grecolatina y conforman la base de la literatura occidental. En Homero confluyen realidad y leyenda. Sobre su autor, varios lugares de Grecia reclaman su nacimiento: la Isla de Quíos, Atenas, Rodas, Salamina… Se cree que murió en la isla de Íos.

La Ilíada cuenta la guerra de Troya. Consta de más de 15.000 versos hexámetros. Describe los sucesos de los últimos 51 días de una guerra que duró diez años, La cólera de Aquiles es el hilo conductor. La guerra se originó por el rapto de Helena, esposa de Menelao, rey griego, por parte de Paris, príncipe troyano. Supone una gran puesta en escena de todas las miserias y virtudes humanas, junto al amor y la muerte. Y terminó con un engaño que ha quedado como ejemplo de argucia durante siglos.

La Odisea, compuesta por 24 cantos, cuenta el regreso de Ulises a Ítaca, isla de la que era rey, después de estar luchando 10 años al lado de Aquiles en Troya. El trayecto, que podía haber sido de pocas semanas, duró otros diez años. En ese periodo, su mujer, Penélope y su hijo Telémaco, tuvieron que hacer frente a los pretendientes de Penélope. Ella, por la noche, desbarataba lo que había tejido durante el día, pues había prometido casarse cuando terminase su tela. Ulises se enfrentó a los designios de los dioses y a cientos de obstáculos y tentaciones, como el de Calipso, una hermosa diosa que le ofrecía la eternidad en el placer si permanecía con ella.

Después de hacerse una idea de la magnitud de la obra y de la dificultad que entrañaría la interpretación del gran guerrero Aquiles, Brad Pitt pensó en todas las guerras de Troya que llegan hasta nuestros días, en la naturaleza humana y sus conflictos, en el eterno dilema de la inmortalidad, en el destino, en el amor… Respiró con algo de confusión en la mente. E intuyó que el instinto de supervivencia del género humano siempre termina por abrirse camino ante todos los retos de la existencia.

 

Mariano Valverde Ruiz (c)

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