domingo, 2 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 5





5


El viaje ha resultado completamente agotador para Gamal. Primero fueron sucediéndose varios vuelos con escalas en distintos aeropuertos y sus correspondientes transbordos para seguir el rumbo marcado hasta la ciudad de El Cairo. Luego fue aumentando el efecto de la tensión acumulada durante los últimos días a causa de la incertidumbre. Más tarde pusieron la guinda sobre su estado nervioso todos los requerimientos y las enérgicas imposiciones de sus acompañantes.
Después de aterrizar, los dos hombres que le escoltaban le han conducido con urgencia por las instalaciones del aeropuerto: zona tres de vuelos internacionales, área de recogida de maletas y por último la aduana. Tramitados los documentos de entrada al país, los sabuesos le han llevado en volandas hasta la puerta de salida del terminal de carga, donde les esperaba una furgoneta con los cristales tintados. Y le han metido dentro de un empujón, sin más contemplaciones.
Todo el tiempo del traslado ha ido preguntándose hacia dónde le llevaban y quiénes eran aquellos hombres de aspecto tan desalentador, aquellos perros de presa, de los cuales no recibía más que indicaciones secas y, por más que insistía, nunca obtenía ninguna respuesta a sus preguntas.
Ahora ya lo sabía. Iba a ser sometido a un juicio especial bajo el más absoluto secretismo.
Gamal está en una habitación cerrada situada en algún lugar clandestino de la capital egipcia. Éstas son instalaciones gubernamentales vinculadas a los servicios especiales. Ha sido atado con cáñamo trenzado a una silla ubicada en el centro de la habitación. El habitáculo es un rectángulo totalmente vacío, de paredes grises hechas con aglomerado y yermas de decoración. Frente a él tiene una gran pantalla de televisión. A su espalda hay un cristal blindado que no deja pasar la imagen. Sobre el dintel del marco que encuadra el cristal de seguridad hay un pequeño altavoz. Una luz blanca y persistente cuelga sobre su cabeza, y junto al cable de la lámpara, se desliza hacia el suelo, como minúscula áspid, la cabeza de un micrófono unido a un extremo de plástico negro. El resto de la habitación está totalmente vacía.
Su cuerpo suda profusamente como consecuencia del calor y de la tensión nerviosa que sufre, y que está a punto de colapsarle, y de dejarle tan tieso como a una sardina envasada al vacío. El cordaje de las ataduras le oprime el pecho mucho más que su congoja. Le han inyectado un fármaco para mantenerle despierto durante el periodo en que dure su internamiento.
Sus ojos, vidriosos y amoratados, perciben las imágenes reiteradas que emite el televisor que tiene a dos metros de su cara. Lleva casi veinte horas viendo el último partido que arbitró en el mundial 2002. Se sabe de memoria cada una de las jugadas y de los movimientos de todos los jugadores, tanto con balón como sin balón.
No puede más. Ha suplicado en varias ocasiones que le suelten, que él no ha realizado nada de lo que tenga que arrepentirse. Sólo ha obtenido el silencio por respuesta tras el eco de sus palabras. Su voz parece no existir ante la oscilación machacona del sonido ambiente del partido.
Aunque su mente se ha distraído con la preocupación creciente sobre qué le va a suceder, o con la asfixia agobiante y el bochorno que riega su cuerpo de un líquido pegajoso, también ha tenido tiempo de reconocer cada uno de los errores que cometió en aquel encuentro de cuartos de final. Se ha lamentado para sí, pero sabe que es incapaz de remediar nada de lo sucedido.
Después de tantas horas, se escucha un chasquido metálico y por el altavoz suena una voz grave y autoritaria.
—Gamal… ¿Te das cuenta de que has desacreditado la imagen del pueblo egipcio? ¿Te das cuenta de que te has cagado en el honor de todos tus hermanos?
—Lo siento… Lo siento profundamente… Yo no quería…
—Eres un irresponsable.
—Yo no quise que sucediese nada que manchara el honor del pueblo egipcio, fue el cielo quien lo quiso.
—No busques escusas. Tú y sólo tú has permitido que en medio mundo sólo se hable de tu mala actuación. Y claro, la gente no dice el árbitro, dice el árbitro egipcio y eso implica que tu mierda nos salpica a los demás… ¿Comprendes?
—Sí.
—Has dañado muchísimo la imagen, ganada con milenios de sangre y esfuerzo, de nuestro gran país. Has hecho enfurecer a nuestros antepasados. Las tumbas del Valle de los Reyes se están moviendo ahora mismo con la energía que la ira provoca en sus moradores. Desde algún lejano lugar de las estrellas nos llegan claros mensajes de reprobación. Nuestro pueblo no puede admitir tu actuación ante los ojos de todo el mundo.
—Ya he dicho que lo siento mucho. Pité lo que mis ojos vieron. Pero algo hizo que mi percepción no fuese le correcta. Y fue algo que se me escapa, que mi capacidad de entender no puede descifrar.
—El único responsable eres tú.
—No. No soy totalmente responsable. Aunque tenga una parte de culpabilidad. Lo arreglaría,  pero no sé qué puedo hacer para recompensar a los que se sientan dañados.
—El gobierno teme que el número de turistas descienda dramáticamente y los recursos del estado se vean muy mermados. Tememos que desde otras latitudes ya no se vea a nuestra civilización como uno de los pilares del saber y la justicia. Es posible que hasta se cuestione el origen humano de las pirámides. Habrá quien asegure que con lo que llevas en tu genética no se pudo construir nada trascendental.
—Estoy muy fatigado y abrumado por todo esto. De verdad que…
—No nos explicamos cómo te atreviste a poner en duda la justicia suprema que siempre ha caracterizado al hacer de los hombres nacidos entre las dunas del desierto y las riberas del Nilo.
—No sé qué decir…
—Desde los templos de Tebas hasta la capital y desde el mar Rojo hasta el desierto libio, corren toda clase de comentarios. Se multiplican los alegatos reprobatorios y las peticiones para que se te imponga un castigo ejemplar.
—Perdón. Pido perdón con todo mi ser.
—Así que cuando termine este juicio sumarísimo serás sentenciado según el saber de nuestra civilización.
—Vuelvo a rogar perdón. Y lo hago antes de conocer qué se dictaminará sobre mi proceder.
—Tus actos han sido objeto de juicio por todo el mundo. También por nuestros jueces. Un tribunal te escucha detrás de estos cristales que tienes a tu espalda. Ese tribunal hablará cuando tenga una sentencia. El veredicto ya está acordado. Eres culpable.
—Perdón. Ruego al tribunal el perdón que todo hijo de las dunas tiene derecho a percibir una sola vez en su vida. Y lo solicito ahora. Aunque admitiré y acataré el castigo que se me imponga. Pero solicito la benevolencia de quienes me escuchen y se apiaden de la flaqueza de mi condición humana.
—El tribunal hablará por mi boca cuando tenga una sentencia. ¿Tienes algo que alegar en tu favor?
—Yo —dudó Gamal intentando encontrar las mejores palabras—, yo… estoy en manos de los dioses. Su suprema voluntad guiará mi destino. Aceptaré mi castigo.
—Pues bien —dijo la voz en un tono aún más solemne al iniciar la argumentación de la sentencia—, no se trata sólo de que cumplas el castigo que se te imponga, que por seguro debes tener, se trata, sobre todo, de que dentro de ti realices un viaje para expiar tus culpas, un viaje interior que haga aflorar la luz de la sabiduría con que nos agasajaron los dioses desde nuestros antepasados hasta nuestros días.
—Haré lo que se me diga. Seré digno de nuestros ancestros.
—Si es así, si estás humildemente dispuesto a transformar la naturaleza de tu espíritu, te concederemos la oportunidad de hacerlo.
Gamal guardó silencio e inclinó la cabeza en señal de sumisión. La palabra oportunidad le había creado expectativas favorables pero aún mantenía una inquietud nerviosa por conocer su futuro inmediato. Estaba expectante ante las siguientes palabras de la voz y se mantenía tenso a pesar del cansancio. Tenía miedo por la posible dimensión del castigo, aunque un sentimiento de gratitud se iba abriendo paso, cada vez con más fuerza, desde las más ocultas cavidades de su corazón hasta los alvéolos que empujan el aire con que se afina la voz, para poder decir:
—Gracias.
—Pero te adelantamos que será muy duro. Tendrás que poner a prueba tu capacidad de supervivencia, y también de regeneración de los verdaderos valores de nuestra cultura. Te someterás al juicio de los elementos. Tierra, fuego, aire y agua, decidirán tu futuro.
—Estoy dispuesto. Llevo muchas horas en ayuno. Este estado hace que aflore a la superficie de mi mente la esencia de mi espíritu. Me someteré al designio de los elementos.
—Así será pues. Cada uno de los elementos te pondrá a prueba de forma imperceptible para ti. Deberás superar sus pruebas para poder sobrevivir. Tu vida está en juego. No habrá otra salida. O logras ganar la batalla contra la injusticia o ingresarás en el reino de los muertos. Si lo haces, no tendrás opción para obtener la inmortalidad, ni la vida extraterrena.
—Así lo haré.
—Para terminar, tan sólo una advertencia. No camines nunca hacia donde el sol se oculta, hacia donde espera la barca de Ra para cruzar la gran balsa de la sombra.
Después de estas palabras se hizo el silencio en la habitación. La pantalla del televisor dejó de emitir las imágenes repetidas del partido España - Corea del Sur. El rectángulo del aparato quedó inundado por una duna de puntos blancos y grises que dejaban su superficie salpicada de manchas, era un territorio indefinido, abisal, en el que la profundidad de la mirada de Gamal se perdía por completo en un horizonte sin fronteras.




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sábado, 1 de julio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 4


4


Un día de septiembre, áspero y seco, le llegó la noticia más inesperada. Le habían elegido para arbitrar en el mundial 2002. Después de reaccionar con sorpresa y cierta inquietud por la responsabilidad de representar a su país en una cita en la que habría cientos de millones de personas pendientes de sus gestos, pensó que aquello debía de ser obra de Dios. Y creyó que era su gran oportunidad para demostrar el excelente árbitro que llevaba dentro: inflexible, justo y caritativo. Correcto en sus posiciones en el campo, con una visión del juego siempre próxima al balón, incapaz de equivocarse y mucho menos de hacerle la puñeta a los organizadores, que a fin de cuentas, son los que pagan.
El mundial era en Japón y Corea. No sabía muy bien dónde estaban esos países. Nunca había viajado fuera de Egipto. De Japón conocía algunos tópicos. De Corea apenas nada. Que había dos Coreas, una del norte, y otra del sur, fue una sorpresa. Pidió información sobre el país en el que tendría que pitar algunos partidos y le dijeron que era un país en el que se lo comían todo. Pero todo es todo. Le ratificaron. El estofado de perro es su plato más típico, le aseguraron con una mueca de asco y repugnancia. Entonces pensó que debería andarse con cuidado no fuera a acabar en alguna mesa de aquellos ordenados, laboriosos y tragaldabas del sureste asiático. Por un momento se vio cocinado y presentado en una enorme bandeja como estofado de Gamal.
A lo largo de los meses que transcurrieron desde su nombramiento hasta la cita mundialista se fue obsesionando con realizar la labor perfecta y más adecuada a sus convencimientos como árbitro. Imaginó en numerosas ocasiones cuál o cuáles serían los partidos que le encomendarían. Imaginó algunas de las posibles jugadas que tendría que juzgar. Imaginó cómo le recibirían los aficionados y cómo saldría de los estadios. Lo que nunca se imaginó es que debería pitar al país anfitrión en un partido decisivo para el pase a semifinales del mundial.
El día de su partida para Corea, colocó en su equipaje dos buenas raciones de dátiles y otras tantas de carne seca de camello. Decían los sabios que la carne seca de camello, consumida en su justa medida, predispone para la acción y facilita los mecanismos de respuesta inmediata. También decían los entendidos en la materia, que las grandes ingestas de carne disecada de camello puede producir una sensación irreal de las cosas y una percepción poco consecuente con la verdadera naturaleza de las cosas.
Además echó en su maleta algunos escritos milenarios para releer en capilla, antes de los partidos. Tenía que asegurarse de hacerlo a la perfección y de qué mejor manera que siguiendo los consejos de la tradición antiquísima de su civilización.
Antes de partir se encomendó a todos los dioses antiguos, les hizo ofrendas y rezó plegarias. Después hizo lo mismo con los dioses modernos. Incluyó en los rezos a su Dios actual. No excluyó a ninguno. —Hay que ser previsor —pensó—, uno no sabe con certeza dónde está la verdad. Así que, lo mejor es tener a tu lado todos los valedores posibles.
Ya en pleno proceso de competición, le encargaron pitar el partido de cuartos de final: España – Corea del Sur. En su momento no supo la trascendencia que ese partido iba a tener en su vida. Hace dos días se dispuso a arbitrarlo en compañía de dos líneas que le asignaron: Ali Tomusange y Michael Ragoonath. Algunos periódicos deportivos han dicho de estos últimos verdaderas barbaridades. Que si se les había puesto de urgencia un muelle bajo el brazo, un artilugio de última generación y tecnología coreana que les permitía levantar el brazo con el banderín cada vez que detectaban un jugador español cerca del área. Que si necesitaban una graduación para la vista. Etc… Gamal no había salido mejor parado en toda la prensa europea.
Sin embargo, en el país asiático todo el mundo le había tratado muy bien. Después del partido, los aficionados coreanos le han elevado a los altares de sus dioses. Disfrutó de una marea amarilla de agasajos. Él, asombrado, no daba crédito a lo que sucedía. Dijo que solamente había hecho lo que mandaba la tradición egipcia: ser caritativo. Para esta tarde le han anunciado una recepción en el palacio presidencial. Imagina que le van a dedicar palabras que agranden su orgullo profesional, su ego, y quizá que le premien con algo más sustancioso que incremente el grosor del tamaño de su bolsillo.
Algunos mal pensados han dicho que Gamal se vendió. La realidad no fue ésa. Él no se vendería nunca. Ni por nada ni por nadie. El dinero no posee el valor de las creencias que atesora en su mente y que afloran a la hora de dirigir un partido. Respira otra vez con intensidad y pronuncia en voz alta un deseo.
—Si pudiesen entenderlo los aficionados españoles que han visto el partido, allá en la vieja España, si pudiesen entender que ha sido el designio de los dioses, me daría por satisfecho.
Lo que realmente ocurrió no se lo imagina nadie. Antes del encuentro, Gamal se comió dos raciones de carne de camello disecada de las que había llevado consigo hasta Corea. Lo hizo para aumentar su percepción de las cosas y para obtener una visión más realista de los hechos que tuviese que juzgar. Durante el partido sufrió una terrible indigestión que no le dejó ver claro. Aún no entiende qué es lo que pudo suceder. Quizá la carne experimentó algún tipo de transformación durante el viaje. O tal vez fue la impresión que le causaron los miles de aficionados coreanos, gritando como fieras enjauladas y censurando sin cesar sus primeras decisiones al comienzo del partido. Lo cierto es que algo extraño sucedió.
Ahora recuerda que durante algunos minutos decisivos su mente estaba en otro mundo. Por eso no entendió por qué le chorreaba a Camacho (el míster español) el sudor, la ira y hasta la camisa. Dicen los periódicos que los españoles marcaron dos goles legales que él no dejó que subiesen al marcador. Recuerda con claridad que el tiempo de juego y la prórroga terminaron con empate a cero. Y que por tanto se fue a los penaltis para decidir cuál era el equipo que debía acceder a semifinales. La lotería de los lanzamientos de pena máxima decidió que fuese Corea del Sur. Él no tuvo nada que ver.
Gamal intenta dejar de pensar en todo lo sucedido. Termina de anotar sus pensamientos en el diario y se dispone a leer algunos de los escritos que llevaba consigo. No hay nada mejor que la paz y la serenidad para mirar hacia el interior de las cosas. Lo necesita en este momento. Abre un libro y lee atentamente. En una de sus páginas encuentra las palabras adecuadas. Están en jeroglífico y las interpreta libremente. Anota de nuevo en su cuaderno lo que las páginas le sugieren.

En ocasiones nos ciega el más allá. El Sumo Hacedor nos coloca una venda sobre los ojos para probar nuestra naturaleza y descubrir la materia con la que estamos hechos. Nosotros seguimos caminando torpemente por los senderos de la vida. Lo hacemos tanteando el terreno a través de lo oscuro. Perseveramos en nuestros errores para encontrar el destino acertado. Intentamos encontrar dónde está la luz que deja ver toda la verdad de las cosas. Sabemos que detrás de esa luz está la eternidad. Pero nunca sabremos si estamos en lo cierto. Las cosas no son como parecen y a veces, en la mayor de las cegueras, está el camino hacia la verdad. Sólo hay que buscarlo.

Cuando Gamal dejó escritas esas palabras con letra cursiva sobre la superficie inmaculada del papel, se sintió reconfortado. El miedo a las ofensas y la incertidumbre por su futuro, desaparecieron por completo de su cara y también de su interior.
Se levantó de la silla y dejó su diario en el escritorio. Luego se dispuso a prepararse para la recepción oficial a la que le habían invitado. En ese momento sonó el timbre de la puerta de la suite.
Gamal abrió y encontró delante de él a un empleado del hotel que le extendió un telegrama. Detrás del empleado, apoyados en el dintel de la puerta, dos hombres fornidos le miraban con firmeza a los ojos. Tenían un aspecto siniestro.
Desdobló el papel y leyó el texto:
Lamentamos cancelar recepción stop preséntese en embajada de inmediato stop equipaje y pasaporte stop destino indeterminado stop sin comentarios stop.



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jueves, 29 de junio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 3




3

 
Gamal levanta la cabeza. Respira profundamente. Se siente cómodo en esta suite de no sabe cuántos miles de dólares por noche. Ha llegado a lo máximo en su carrera. Después de este partido no podrá igualar su reputación con otro similar. Por eso hace memoria y recuerda cómo fueron sus comienzos.
El árbitro aprendió el reglamento del fútbol en un curso acelerado impartido por correspondencia. Le resultó sumamente complicado aprender toda la teoría. No le entraba en la mente. Repasaba una y otra vez los textos y no lograba entender la definición que venía en la primera página del primer tema.
El concepto de fútbol decía algo así como: “juego entre dos equipos de once jugadores cada uno”. La palabra juego le rompía los esquemas. ¿Qué podría significar? Dudaba entre si el juego posee materia tangible o si se trata de una manifestación del espíritu. Según las creencias de sus antepasados, en un universo formado por materia y espíritu no hay lugar para el juego, todo está predeterminado, incluso el camino hacia el más allá.  El espíritu es el alma del mundo y es inherente a toda creación. Si se crea una jugada nueva, se le dota de un espíritu que lleva toda el alma del mundo. Y eso no puede ser. Entonces el juego del fútbol se encarnaría en cada ser para darle un alma individual, casi divina.
Por otro lado —anotaba Gamal en su diario— los jugadores han de tener un alma, y esa alma debe ser tratada como tal, teniendo en cuenta todas sus particularidades y singulares manifestaciones. Incluso el público aficionado ha de tener su alma individual y su alma colectiva, ésta última ha de ser un alma que recoja las sensaciones generales de la masa y la moralidad de las virtudes, o flaqueza de las mezquindades. Pero el juego es sí ha de estar carente de la más sublime característica de los hombres, debe ser sólo un compendio de normas que se cumplan escrupulosamente.
Después, el texto definitorio seguía diciendo: “cuya finalidad es hacer entrar un balón en una portería que defiende cada uno de los bandos, impulsándolo conforme a determinada reglas”. Esto último fue lo terriblemente complejo para Gamal. En aquel momento comenzaron a inquietarle las dudas que en algunos instantes le asaltaban como beduinos desarrapados y le robaban el sueño. Cómo comprender bien lo que expresa cada regla. Cómo interpretarlas en milésimas de segundo mientras sucede la acción. Cómo acertar siempre con la decisión correcta. Todas esas preguntas no tenían una respuesta clara.
Al principio de sus estudios le atosigaron tanto las dudas, que estuvo a punto de caer en una depresión y de abandonar para siempre la idea de ser árbitro. Todo cambió el día en que fue iluminado por un rayo divino mientras dormitaba debajo de una palmera. Aquel día de verano el sol se desmayaba sobre las arenas como un manto de fuego. Gamal notó que su cuerpo era traspasado por un rayo de luz venido del más allá, desde la confluencia de las estrellas de la constelación de Orión, donde algunos soñadores localizan el origen de la enigmática civilización egipcia. Y percibió que en su mente se habilitaban todos los mecanismos necesarios para comprender la naturaleza de su función más deseada. Su razón estaba preparada para hacer perfectamente viables sus intenciones de convertirse en un árbitro singular.
Ahora Gamal recuerda aquel momento con nostalgia. Anota en su diario lo que pensó después de apoyar su espalda en el tronco de la palmera y ser consciente de lo que le había sucedido. Recordó que, desde los remotos tiempos de la antigüedad, en los legados trasmitidos, de generación en generación, por sus antepasados, había llegado hasta sus días la grandiosa idea de la caridad. La moral egipcia consagra ese valor con mayúsculas. Y subrayó esa palabra en su mente: caridad. La consideró la idea más importante encontrada en los textos antiguos. —Así que —se dijo mientras masticaba un dátil maduro— debo ejercer la caridad con los equipos desfavorecidos y con los limitados. Tampoco debo menospreciar a los equipos que ejerzan su caridad conmigo.
Transcurrieron los meses y a medida que fue estudiando los cuadernos que le enviaban desde la FIFA, pudo conocer algo sobre la historia del fútbol. Tuvo constancia de que los juegos de pelota eran populares en China y otros países asiáticos ya en los siglos III y IV de la era cristiana. Supo que los soldados romanos practicaron una modalidad de fútbol llamada harpastum y que hay evidencias de juegos parecidos en la antigüedad de naciones como Grecia, México y Japón. También conoció que se considera el gioco del calcio practicado durante el renacimiento italiano como antecedente del fútbol actual. Aunque hay que considerar los orígenes del juego, tal y como lo conocemos hoy, en colegios ingleses durante el siglo XVII. Y fue el 26 de octubre de 1863 cuando en Londres nació el primer organismo que encauza este deporte: Foot-ball Association, le llamaron.
Esta última teoría le pareció más entretenida a Gamal. Le trasmitió los fundamentos y base de las reglas ordinarias básicas. Posteriormente conoció otras cosas que no lo eran tanto y que le causaron una sensación inquietante: la filosofía actual del fútbol, su entorno mediático, el dinero y los intereses que se mueven dentro del firmamento futbolero. Todo un mundo de presiones y de comercio alejado de lo que él entendía como deporte.
A lo largo de los meses se había hecho una idea general de todo lo relacionado con el fútbol. Con todo ese bagaje cultural dio por terminada su formación académica y lo celebró con una gran cena de cordero asado tras recibir el diploma que lo acreditaba como árbitro.
El siguiente paso fue la práctica de lo aprendido. Esto le resultó más sencillo. Todos los días iba al arenal de su aldea y observaba el juego de sus paisanos. Lo hacía entre la nebulosa de polvo que levantaban las tormentas de arena. Un día le pidieron que arbitrara y se atrevió después de pensárselo un poco. Después se hizo habitual el hecho de que él fuese el encargado de pitar los partidos. Para facilitar la tarea se fabricó un silbato con cañas que pulió y agujereó convenientemente. En ocasiones era muy difícil ver las líneas que marcaban en el terreno mediante un surco labrado con una vara de olivo. Por eso se acostumbró a señalar fueras de juego al más leve movimiento de los delanteros.
Su fama como árbitro fue conociéndose por las aldeas vecinas. A menudo le invitaban a pitar partidos de competición entre pueblos de distintas provincias y eso hizo que le acreditaran en la federación. A los pocos años le ascendieron de categoría y pasó de las divisiones regionales a las nacionales. De ese modo pudo conocer gran parte del país que hasta entonces ignoraba. Le fue cogiendo gusto a la labor arbitral. No sólo le suponía una gratificación para su ego personal sino que también le permitía hacer turismo por la geografía de la nación de los faraones. Todo marchaba bien y pronto se vio arbitrando los partidos más importantes de la competición egipcia.



CONTINUARÁ...

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martes, 27 de junio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 2





2

Ahora está aquí, en esta habitación maravillosa, presuntamente protegido y a salvo de los desmanes de sus acosadores. Debe relajarse. Él es un árbitro internacional, un colegiado de balón pie. —Lo que ha ocurrido forma parte de los riesgos de la profesión, —piensa—, dentro de unos días ya no se acordará nadie de lo sucedido, ni de mi cara—. Esta idea refuerza su estado de ánimo.
Gamal intentó superar sus dudas. ¿Qué le puede suceder a un árbitro que pertenece a la muy insigne y faraónica asociación egipcia de árbitros, una asociación que no suele expresar su filiación en siglas para no desvirtuar su categoría? Y menos a él, un privilegiado de la fortuna al que sus colegas se suelen referir como el hijo de la gran pirámide. Sabe que es un miembro destacado de la entidad a la que pertenece por derecho propio. Ha sido agasajado por los miembros de junta directiva de su federación. Tiene en su poder todos los galardones que se otorgan en su país a tan digna profesión. No ha de temer nada.
El hombre se sienta junto al escritorio de madera caoba y bambú que preside uno de los laterales de la habitación.  Coloca su diario sobre la superficie satinada de la mesa y se dispone a anotar algunas ideas que le refuercen su autoestima después de los descalabros que ésta ha sufrido en las últimas horas. Ahora se siente cómodamente instalado, refugiado en el anonimato y protegido por las autoridades del país anfitrión. Ésta es la suite para personajes especiales que existe en el mejor hotel —eso dice el catálogo— de Corea del Sur.
A Gamal le gusta el fútbol. Dicho así, como afirmación desnuda, sin adjetivos ni comparaciones, parece una cosa simple. Nada más lejos de la realidad. Para él, el mundo del fútbol es un todo absoluto en torno al que gira su existencia. Ver rodar la pelota supone constatar con alegría que en la superficie del balón se refleja casi todo lo que tiene sentido.
Desde joven ha sentido el sagrado llamamiento del silbato. Cuando se viste de corto para saltar al campo y dirigir un encuentro se transforma vertiginosamente en señor todopoderoso, en valedor de la norma escrita y en fedatario de lo que pueda acontecer. Adopta de inmediato un semblante autoritario, con matices de ironía mordaz y sobre todo, igual que los antiguos faraones de su tierra, adquiere la disposición de alma que posee un juez implacable para hacer valer las reglas del juego.
Nunca se ha creído culpable de nada. Cuando en alguna ocasión en su juventud, tras mover algunas piedras para procurarse un asiento mejor, los escorpiones que dormían bajo ellas habían campado a sus anchas y le habían picado a alguno de sus amigos, llegó a decir que siempre son las disposiciones del destino las que interpretan las circunstancias. Y que por tanto él no era responsable del veneno de los escorpiones ni de su instinto asesino.
Tampoco se cree un cobarde. El día en que se enfrentó a los que le llamaban ventosidad de dromedario, desapareció de su vocabulario esa palabra. Eran cuatro los jovenzuelos de la aldea que siempre andaban mofándose y retándole para que demostrase su hombría. Una mañana les citó para que aquella noche, a las puertas de una mastaba cercana a la aldea, le demostrasen a él lo hombres que eran ellos.
Durante la siesta, se acercó hasta la tumba de la antigüedad que muchos conocían como la cueva del río de la muerte y preparó, junto a la entrada, unas chilabas que colgó del techo con mucha habilidad para que pareciesen espíritus en pena. Deslizó sobre el suelo unos cordeles que tensó y ató a unas tinajas, dentro de las cuales dispuso unas teas encendidas, de tal modo que al pisar el cordel se tumbaran.
Cuando aquella noche estuvo ante la puerta de la mastaba con sus amigos, les indicó que entrasen detrás de él y vieran cómo vencía al espíritu de Amón. Gamal fue adentrándose sorteando los cordeles. Cuando los amigos pisaron los hilos que sujetaban las tinajas, éstas se tumbaron, las teas iluminaron el interior y encendieron las chilabas que colgaban del techo. La visión que se presentó ante los amigos de Gamal fue terrorífica. Mientras, él levantó los brazos, impasible, y gritó:
—Ven aquí, Amón, Dios del fútbol, Dios del juego que aparece en los grabados de tu templo en Tebas, Dios del juego que aparece en los grabados de las tumbas de Menfis y Sakkara. Ven. Manifiéstate…
Los amigos corrieron despavoridos mientras él explotaba en una carcajada demoníaca.
Después de aquello su imagen se agigantó entre sus iguales. El valor para tomar decisiones se le supone desde entonces. Y la tozudez posterior a la toma de decisiones no es algo de lo que presuma sino una característica absolutamente verídica. Que se lo pregunten a sus hermanos cuando se obcecó en colocar huevos de gallina bajo su camastro para demostrarles que no se rompían y que durante la noche desaparecían. A pesar de que cada mañana aparecían restos de cáscaras en el suelo, nunca admitió que algunos se rompiesen. Ni que se comía a escondidas los demás.
Sin embargo hay ocasiones, como las que sucedieron hace dos días, en las que después de tomar una decisión arriesgada, se le atraganta el silbato en la boca y la saliva se convierte en una pasta amarillenta con textura de arena que le impide hablar. Entonces opta por esgrimir la pose de una estatua, una esfinge arbitral que simula al guardián de las pirámides. Los espectadores afectados por su decisión toman esa pose por la efigie de un pasmarote, a la que añaden algún que otro calificativo oloroso. Él ni se inmuta.
Durante el partido entre España y Corea del Sur, el árbitro egipcio tuvo que adoptar en numerosas ocasiones la posición de esfinge. Ahora recuerda especialmente algunas de esas situaciones melodramáticas. En el minuto cincuenta, Gamal anuló un gol a Rubén Baraja alegando que había hecho falta antes. Así lo quiso ver y así lo señaló. En el segundo minuto de la prórroga anuló otro gol legal a Morientes. Consideró que el balón conducido por Joaquín había salido fuera. Él no vio la repetición y aunque la hubiese visto, lo que le mandaba su mente era que el balón había salido fuera. A lo largo de todo el partido cortó varios desmarques de jugadores españoles considerándolos fuera de juego sin que lo fuesen. Se quedaban solos delante del portero y eso no lo podía permitir. En la última jugada del partido, cuando España tenía que sacar córner, dio por finalizado el tiempo reglamentado antes del lanzamiento. No era justo que después de que el equipo anfitrión aguantase tanto tiempo con empate a cero, el equipo visitante, es decir, España, tuviese la oportunidad de ganar el partido en la última jugada.
Fueron buenas decisiones, sobre todo para los intereses de los organizadores. Desde su postura de esfinge pudo ver las caras de los dos entrenadores. A uno le vio rostro de pocos amigos, ira contenida y ráfagas de sudor bajo los sobacos. Al otro le notó una sonrisa felina similar a la de los gatos enjaulados cuando atisban, entre los barrotes de su celda, un espacio suficiente para evadirse del encierro al que están sometidos.
Gamal recuerda puntualmente la jugada del gol de Morientes en el minuto dos de la prórroga. Era un gol de oro. Allí habría acabado el partido con la victoria de España. Al insigne árbitro le viene a la mente que después de señalar que la pelota había salido fuera y que era saque de portería, durante un instante quiso arrepentirse de la acción que acababa de realizar, dudó de la oportunidad de su golpe aleatorio de silbato, de su osadía o quizá tuvo la  certeza del disparate que acababa de cometer. Sin embargo no rectificó. No lo hizo para no convertirse en un fugitivo que huye de las secuelas de sus decisiones, para no verse corriendo a lomos de un dromedario por las dunas del desierto. En el último momento tuvo la certeza de que él poseía la gracia de Dios y que ese poder divino le resguardaba de todo lo humano. También recapacitó sobre lo que quizá le hiciesen aquellas decenas de miles de aficionados de Corea del Sur que gritaban sobre su cabeza.
 —Si estos tíos se comen los perros… ¡qué harían conmigo!


CONTINUARÁ...

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lunes, 26 de junio de 2017

EL ÁRBITRO (Novela corta). Parte 1



EL ÁRBITRO

1

Un hombre despierta entre las sábanas revueltas de una enorme cama con dosel. Tiene la mirada perdida en lo más profundo de las sombras de la habitación. Está en la suite Embajador de un lujoso hotel de Seúl.
El sudor le cubre toda la piel con una escarcha de angustia. Le cuesta respirar con normalidad e incluso tiene dificultades para poder identificar con precisión cuál es su ubicación en el mundo. Todo lo que ve a su alrededor le parece irreal: lámparas, muebles, cuadros, cortinas… Tanto la amplitud de la habitación como el lujo asiático de la decoración le parecen extraídos de un cuento de las mil y una noches.
Gira la cabeza a ambos lados del cabezal y se apoya en los antebrazos para alzar su tronco sobre la almohada. Reclinado en la cama, en una posición forzada por la tensión del sueño, deja que pasen unos segundos cargados de desconcierto y de ansiedad que se diluyen por las esquinas de la habitación como motas de polvo. Después, poco a poco va recobrando el ánimo, la respiración pausada y la conciencia. Entonces comprende que lleva dos días en esa habitación y que acaba de tener una pesadilla.
El hombre recuerda vagamente algunas de las imágenes del sueño terrible que le ha despertado en medio de una crisis nerviosa. Estaba dentro de una caldera descomunal sujeta a un punto indefinido por cadenas enganchadas a cuatro asas que tenían forma de cráneo abierto. Debajo de la caldera, miles de gigantescas llamas lamían el acero con sus lenguas de fuego. No podía moverse aunque lo intentaba con todas sus fuerzas. El agua le cubría hasta el cuello. Era un agua fétida y viscosa, en cuya superficie nadaban numerosos restos de malas digestiones. Un calor excesivo iba subiendo paulatinamente por sus piernas y avanzando por su cuerpo como una gangrena de brasas.  Notaba unas terribles punzadas a la altura de sus genitales, algo así como si un enjambre de abejorros, estuviesen clavándole, constantemente, los aguijones en las partes más blandas de su aparato reproductor. Alrededor de sus nalgas bullían cientos de pirañas que se lanzaban alternativamente contra sus carnes con una voracidad desmedida. Una serpiente amazónica apretaba su vientre hasta convertirlo en un fino tubo de carne que se retorcía bajo la piel del reptil. Alrededor del pecho tenía una bufanda de espinas. Pero, sobre todo, lo que le había despertado con un grito desgarrador que no parecía haber salido de su propia garganta, era haber sentido el tacto de cientos de miles de manos, que se asían a su cuello y le estrangulaban sin contemplaciones, mientras en sus oídos estallaban miles de improperios de la peor nomenclatura posible.
Ahora, el hombre se levanta con cierta parsimonia y se dirige hacia el bar de la suite para buscar un poco de agua fresca. Comprueba a simple vista que no queda ningún botellín de agua mineral. Sus ojos recorren todas las botellas que se disponen en las bandejas del interior del amplio frigorífico buscando algo que beber, cualquier líquido que le refresque y que consiga aplacar su sed. No suele beber alcohol, su trabajo lo aconseja y su religión lo prohíbe, pero coge una botella de champaña y la descorcha. El tapón golpea las lágrimas plateadas de una lámpara de cristal que cuelga del techo mientras el dorado licor se convierte en un geiser de espuma con el que llena el vaso. Acto seguido levanta el vaso y bebe sin dilación hasta la última gota. Después de eructar ostentosamente se limpia la boca con el brazo y vuelve a mirar con atención todo el conjunto de la habitación. Entonces descubre, junto a un cesto de frutas exóticas, una tarjeta del tamaño de un folio con los bordes dorados y el anagrama del hotel. Camina lentamente, alarga el brazo, la toma entre sus dedos con cierta curiosidad y lee: para Míster Gamal El Ghandour.
La imagen de un beduino de piel morena y cabello negro azabache, delgado, de hombros anchos y brazos largos, se ve reflejada en un gran espejo que hay junto a la entrada a la suite. Se reconoce en esa imagen. Ha recobrado la serenidad. Inspira el aire con fuerza y lo expulsa después con energía renovada. Con la tarjeta del hotel entre sus dedos recuerda que Gamal es su nombre, que es árbitro de la FIFA, que está en un mundial de fútbol, y que hace dos días que pitó un partido entre las selecciones de España y Corea del Sur.
Gamal había tenido que trasladarse de hotel porque durante las horas posteriores al partido entre España y Corea del Sur su anterior hospedaje se había convertido en un infierno. El manejo de la centralita del hotel había supuesto una prueba de fuego para los telefonistas de recepción. Las líneas se colapsaron varias veces con llamadas procedentes de España. El árbitro comenzó a inquietarse tras recibir las primeras comunicaciones, en las que con un castellano perfecto y un tono agresivo le llamaban ladrón. Después, a Gamal le pareció entender que le llamaban obscenamente de forma reiterada y perniciosa, y que utilizaban el vocabulario con todas las variantes ofensivas posibles, aunque no comprendía el significado de las palabras. Entonces, Gamal pidió que no le pasaran más comunicaciones de aquellos que le habían visto con el ojo acusador de la España futbolera. Como los recepcionistas no supieron diferenciar ni la procedencia, ni el espíritu de las llamadas, aquello se convirtió en un carrusel de insultos procedentes de todas partes del mundo, de todos los lugares donde algún aficionado español había visto el partido.
En la puerta del hotel se fueron aglomerando numerosos representantes de los medios, aficionados y curiosos de distinto pelaje. Los periodistas acreditados por los periódicos españoles forcejeaban para conseguir entrevistar al árbitro, que según ellos, le había robado el partido a la selección. Los aficionados hispanos gritaban sin cesar toda clase de insultos contra Gamal y los curiosos se animaban a la fiesta, unos jaleando al árbitro, otros discutiendo con los que le criticaban.
La confrontación entre los aficionados detractores y los defensores de la actuación arbitral se convirtió en un problema de orden público. En pocas horas la multitud había ido en aumento, las discusiones habían degenerado en violencia y la dirección del hotel se había visto obligada a tomar medidas de seguridad alternativas y a llamar a los antidisturbios para controlar la situación. En la calle se había puesto cerco al hotel.
Cuando las autoridades valoraron la magnitud del problema llegaron enseguida a una decisión concreta. No quedó más opción que sacar al árbitro de allí, trasladarle de hotel y realizar posteriormente un comunicado que asegurase que el árbitro había vuelto a su país de origen. Así que, después de algunos contactos con los miembros de la organización del mundial y con las autoridades nacionales, Gamal fue trasladado de hotel en el más absoluto secreto.
Salió de su habitación vestido de gueisa y, acompañado por dos agentes de la policía coreana ataviados con lujosos trajes de ejecutivo, recorrió los pasillos con más miedo que palabras. Una esmerada aplicación de maquillaje de polvo de arroz y el movimiento oscilante de un abanico decorado con flores de cerezo, le cubrían parcialmente el rostro y disimulaban sus facciones. Los agentes le metieron en un coche camuflado y salieron del hotel sin que ninguno de los que se apostaban en la puerta, pronunciando su nombre con instinto asesino, pudiese verle.


CONTINUARÁ

NOVELA CORTA
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domingo, 18 de junio de 2017

EL ASESINO DE LA CALLE SELGAS


EL ASESINO DE LA CALLE SELGAS

Entre las historias de malvados asesinos que han circulado por el acervo popular de Lorca, hay una que merece especial atención. Son hechos poco conocidos en profundidad, dado el matiz escabroso de los mismos y, quizá, a consecuencia del interés de algunos poderes ocultos por desvirtuar su realidad. Su conocimiento se lo debo a Pedro Colón, un joven policía destinado en la comisaría de la ciudad durante los primeros años del siglo XXI, y que hoy se ha convertido en un gran detective, destinado en la Brigada Central de la comisaría de la calle Génova, en Madrid, y del que pronto tendré que contar algunas de sus hazañas.
El caso es, que un día de otoño de 2001, mientras tomábamos unas cervezas en el antiguo pub El Convento, que nos había servido Diego Jodar, me contó que, curioseando en los archivos, había encontrado el expediente de Atanasio el Rastrojo y me fue contando, a su manera, la singularidad de unos hechos ocurridos a finales del siglo XIX en la calle Selgas, cuando esta era una de las principales calles de la ciudad y conocida como calle de las tiendas.
Pedro Colón me contó que, a principios de 1890, comenzaron a aparecer restos de cadáveres en la calle Selgas, a la que da nombre el periodista y escritor lorquino José Selgas, autor, entre otros, de los libros La primavera, El estío o Flores y espigas. Se trataba de huesos de piernas, brazos, troncos y un cráneo irreconocible. La sensación de terror se fue apoderando de los habitantes que no encontraban explicación para la macabra aparición de aquellos huesos. Algunos hablaban de la acción de algún bromista, otros de la acción de un espíritu atormentado que buscaba venganza. La preocupación fue en aumento y las autoridades comenzaron a investigar.
Se encargó el caso a Fortunato Reina, un policía socarrón y pragmático que solía decir que detrás de cada hecho siempre estaba la mano de un ser vivo y que no creía en la intervención de nada que no fuese de este mundo. Fortunato puso discreta vigilancia en la calle para ver si identificaba al misterioso colocador de restos humanos. Hasta entonces habían aparecido huesos en varios puntos: primero, en la confluencia de Selgas con la calle Álamo; después, cerca del comienzo de la calle Martín Piñero; y más tarde, en una zona próxima a la calle Fernando V. Habían aparecido dentro de cajas de madera o liados en trozos de tela, o dentro de un serón de esparto.
Fortunato advirtió que iban siguiendo un camino determinado. Tras aparecer un cráneo dentro de un cesto de mimbre a la altura de una casa situada a pocos metros del inicio de la calle Paradores, Fortunato inspeccionó con detenimiento el hallazgo y encontró unos pendientes con pequeñas perlas engarzadas con estaño. Después, fue pasando el tiempo sin que aparecieran más restos. Fortunato se centró en conocer a quién pertenecían los pendientes. Durante varias semanas, dos oficiales recorrieron parte de la ciudad mostrando los pendientes hasta que una mujer, que vivía en la calle Cava, los reconoció: «Los vi llevar a mi vecina, pero la pobre María hace más de tres años que murió» dijo al oficial. Fortunato, dando pábulo a su intuición, en vez de hablar con los familiares de la difunta, consiguió una autorización del juez para abrir la sepultura. De ese modo descubrió que había sido manipulada en fechas recientes y, ante su asombro, comprobó que faltaban los restos del cuerpo.
Fortunato se presentó en la casa de la difunta. Le recibió Jacinto, su hijo, un joven que tenía entonces diecinueve años. Ante las preguntas de Fortunato, Jacinto le explicó que su madre había aparecido muerta en extrañas circunstancias, que habían pensado que su muerte se debió a un terrible accidente al ser atropellada por un coche de caballos, pero que él albergaba una duda. Posteriormente, la gente le había dicho que a su madre la rondaba un hombre cuando su padre no estaba en casa, que después desaparecía durante unas horas, y que volvía más tarde con una expresión muy cambiada. Él nunca había notado nada. Fortunato le preguntó si conocía a aquel hombre del que le habían hablado y Jacinto solo le dijo que en una ocasión pudo ver a un hombre que cubrió su rostro al percibir su presencia en la casa. El policía no le dijo nada acerca de su descubrimiento en la tumba de su madre.
Pasaron los días y no continuaron apareciendo restos. Fortunato fue investigando en los alrededores de donde habían aparecido huesos. Sospechaba que su colocación no había sido casual. Así descubrió que los huesos aparecían frente a casas de hombres de buena posición económica, muchos de ellos casados y de reconocido prestigio social. Cuando habló con ellos, todos negaron conocer a la difunta y ninguno supo darle explicación razonable para lo sucedido. Fue en la última casa, justo donde había aparecido la cesta con el cráneo, donde Fortunato notó un cierto nerviosismo en el dueño al mencionar el nombre de María. Le mostró una foto, que le había facilitado su hijo Jacinto, mientras le miraba fijamente. La forzada serenidad le hizo sospechar. Se despidió rogándole que si recordaba haberla visto alguna vez, no dudara en decírselo.
Poco después, todas las noches, más o menos a la misma hora, un coche de caballos pasaba junto a la puerta de Atanasio y arrojaba una cuerda en forma de horca. Aquello fue minando la serenidad de Atanasio que una noche salió al encuentro del carruaje armado con una escopeta e intentó detener al cochero disparando al conductor que iba protegido con un pañuelo cubriéndole el rostro. No pudo conseguirlo, pero a la mañana siguiente se plantó en la comisaría y dio parte de los hechos. Fortunato aprovechó para volverle a interrogar mientras mandaba a que registrasen su casa. En los sótanos de la misma se descubrió una especie de mazmorra, prendas de vestir íntimas de mujer, y un colgante que resultó pertenecer a una joven que había desaparecido dos meses atrás. Aunque la responsabilidad sobre la muerte de María no parecía estar clara, en el caso de la joven desaparecida, las pruebas incriminaban a Atanasio, por lo que Fortunato decidió detener a Atanasio y someterle a un intenso interrogatorio con dureza, intimidación y tortura. Con el paso de los días, el Rastrojo se ablandó y terminó confesando.
Su modo de actuar era sencillo: engatusaba a las mujeres con promesas de convertirlas en ricas, las llevaba a su casa, y allí las ataba y amordazaba en el sótano. Luego ofrecía el disfrute de sus cuerpos a hombres acaudalados y sin escrúpulos. Posteriormente las amenazaba con matarlas si contaban algo a alguien y no dudaba en cumplir su palabra cuando alguna se negaba a volver a ser sometida. El Rastrojo confesó que María le había insinuado que daría parte a la policía y que tuvo que silenciarla. También confesó su responsabilidad en el caso de la joven desaparecida cuyo cuerpo apareció enterrado en las faldas del castillo.
Pero había un tema sobre el que Fortunato tenía curiosidad. ¿Quién había sido la persona que había puesto los huesos de María apuntando a la casa de Atanasio y cómo había sabido de la responsabilidad del Rastrojo? Su primera intuición le llevó a hablar con Jacinto, el hijo de María. Le recibió con una mal disimulada satisfacción. Y le explicó que había conocido las artes del Rastrojo por un amigo a quien le había ofrecido disfrutar de una joven unos meses atrás. Entonces sospechó de él, pero no tenía forma ni medios para demostrar nada. Se le ocurrió ir al cementerio y utilizar los huesos de su madre para señalar el camino que llevaba a su posible asesino. Al fin y al cabo, su madre habría aprobado su acción si conseguía que fuese vengada su muerte. También confesó ser el conductor del carruaje que dejaba la cuerda en forma de horca sobre la acera y frente a la casa de Atanasio, lo que contribuyó a que fuese investigado.
Meses después, Atanasio el Rastrojo fue juzgado y condenado a cárcel para el resto de sus días. Previamente se habían conocido los orígenes y andanzas de aquel malvado asesino que rondaba los cuarenta años, de complexión fuerte, moreno, de piel curtida y estatura media. Era natural de una pequeña aldea de La Mancha, hijo de campesinos humildes y trabajadores, que se dedicaban a la siembra y sementera del trigo. Era un bravucón sin moral ni credo, mentiroso y ambicioso, que se había marchado de su aldea para hacerse rico a costa de lo que fuese. Sus primeros pasos habían recalado en Albacete, donde hizo dinero con negocios turbios y de donde tuvo que huir para evitar un ajuste de cuentas. Después se instaló en Lorca, donde su crueldad y codicia le llevó a convertirse en un asesino despiadado.
Cuando Pedro Colón terminó su relato, ya eran altas horas de la madrugada, casi la hora del cierre del pub El Convento. Me despedí con agradecimiento por la historia que me había contado y quedamos para una nueva ocasión, ya que me aseguró que conocía otros casos que seguro me iban a interesar. A la vuelta a casa, di un rodeo, subí por la calle Álamo y enfilé la acera izquierda de la calle Selgas. Durante todo el trayecto intenté imaginar cómo habían ocurrido las cosas más de cien años atrás. Aún siento el escalofrío que sufrí al pasar por donde estuvo la casa de Atanasio el Rastrojo y pensar en las atrocidades que se habían cometido en sus sótanos. En el lugar más insospechado anida el mal, y es imposible eludir su carcoma.

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