domingo, 19 de agosto de 2018

EL ALMA DE LOS TOPACIOS


EL ALMA DE LOS TOPACIOS

Te maquillas los labios
con el rojo topacio de las piedras preciosas.
Nadie puede olvidarse,
sin pagarlo muy caro,
de que algunos topacios tienen alma.
Yo tampoco me olvido
cuando noto en tu boca las leves sensaciones
que no recordaremos más allá de un instante.
Soy otro cuando acaricio la humedad
que brota de tus labios
y siento cómo impacta tu deseo
entre las comisuras de los míos.
Los rozo y saboreo su dulzura.
Tus labios son brillantes
que hablan con mi boca,
las formas no acotadas de joyas con espíritu.
Los disfruto pensando
que algún día tendrán otro significado.
Y me pregunto si sabré entenderlo
sin reclamar explicaciones
al mago de los sueños,
o si me pronunciaré contra su ley divina
por la fugacidad
con que besan las joyas de tu alma
cuando se tiene tan solo una vida.



(SECRETOS DE AMANTES)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


viernes, 17 de agosto de 2018

UN TÓPICO DE LA SELVA


UN TÓPICO DE LA SELVA

El rol de cazador en la sabana
no es tanto del león hambriento
como de la gacela que lo espera
cerca de un foso sin salida
dispuesto alrededor de sus encantos.
Cuando caigo en la trampa
no soy consciente del peligro,
estoy distraído en sentir
cómo me reconforta
la indiferencia al miedo que muestras.
Comienzo a ser el hábil cazador
que lame tu figura
deleitando todos sus sentidos
con el sublime tacto de tu cuerpo.
Sonríes satisfecha
porque ya no hay escapatoria.
Jamás podré escalar
las paredes del foso,
aunque tenga paciencia de monje tibetano
o la estirpe del héroe
que humanizaba Píndaro.
Y me doy por vencido.
Casi nunca se busca
lo que acaba encontrándose,
aunque siempre se pierde
lo que al final se aleja
sin una despedida.
Imagino que sabes de lo que te hablo.


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Mariano Valverde Ruiz (c)


LICENCIA PARA AMAR


LICENCIA PARA AMAR

A nadie pedimos permiso
para poder gozar la suave claridad
de una noche de luna.
Ahora,
el alba vierte vino en la copa del día
sin que entendamos cómo lo hace.
Mientras, con tus pestañas,
acaricias mi piel
igual que alas de mariposa
en un jardín de flores.
Un verso de Omar Jayam
tendría el mismo tono
que este momento a solas.
Notas la plenitud
que ha alcanzado todo tu organismo
tras el último abrazo,
y te brota del alma un suspiro de dicha
que refulge sobre el arco labial
como aliento maduro de grosella.
Te pones de puntillas
para alcanzar mis labios.
Tus lágrimas mojan mis pies
para que crezca sin mácula
la fruta de los éxtasis sensuales
y su luz llegue hasta mis ojos.
La vida nos concede
la oportunidad de ser nosotros mismos,
aunque no comprendamos sus razones.



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Mariano Valverde Ruiz (c)

miércoles, 15 de agosto de 2018

LA VENUS DE LA QUINTILLA




LA VENUS DE LA QUINTILLA


Hace dos milenios, en la época del emperador Augusto, existía una villa romana situada cerca del margen derecho del río Guadalentín, a escasos metros del rico manantial que nace al pié del Cejo de los Enamorados. En ella vivía Pomponio, un acaudalado comerciante que estaba casado con Berenice, una joven muy bella, para quien los dioses habían reservado un destino especial.
La villa, dispuesta en dos terrazas, contaba con estancias pavimentadas, baños, paredes con estucado de colores brillantes, habitaciones para el servicio y otras dependencias. La construcción, que Pomponio había mandado erigir años atrás como vivienda habitual, disfrutaba de una privilegiada situación junto a la Vía Augusta que unía Cartagonova con Andalucía a través de Eliocroca, como se conocía entonces a nuestra Ciudad del Sol. En la zona abundaban los recursos cinegéticos y madereros que eran muy apreciados en la cercana ciudad. Las plantas silvestres de las laderas aromatizaban el aire y daban al paisaje el carácter de un pequeño paraíso donde la vida transcurría plácidamente.
A Berenice le gustaba adentrarse en las faldas de la sierra para disfrutar de la naturaleza y recolectar flores. Solía pasear deleitándose con el tacto de tomillos, romeros y lentiscos. Se detenía a contemplar las flores de la jara y dejaba que sus sueños se impregnaran del misterio que atesoran las hermosas plantas silvestres, tan bellas como ella. Una mañana descubrió que un joven la estaba observando mientras caminaba, sus ojos asombrados destellaban la nobleza de sentimientos que se adivinaba en la forma de mirarla y que Berenice notó muy dentro de sí. El joven, con un semblante decidido, se acercó hasta ella, le dijo que se llamaba Lucius, le regaló un tallo de romero que arrancó mientras se aproximaba, dio gracias a los dioses por haberle permitido conocerla, y la invitó a que compartiera con él unas horas mientras estaba cazando conejos.
Desde aquel día, ambos procuraban encontrase para conocerse, reír, jugar con cualquier cosa, dando rienda suelta a la imaginación, y disfrutar del paisaje y de su juvenil vitalidad. Sin que fuesen capaces de percibir cómo ocurrió, se enamoraron perdidamente y sellaron aquella realidad con besos impregnados del sabor de los lentiscos. Las caricias con las que se agasajaban ponían en guardia a los pájaros porque presentían que algo extraordinario iba a ocurrir en cualquier momento.  Los gestos de ambos iban más allá de lo habitual en dos jóvenes de su época, canalizaban todas las esencias con las que se construyen las grandes historias de amor. Las complicidades, la pasión y la entrega fueron dominando sus almas hasta convertir el tiempo que pasaban juntos en imprescindible para seguir viviendo. Aquellos encuentros furtivos, a escondidas del mundo y del resto de sus realidades, se hicieron cada vez más intensos.
Sin embargo, los días de Berenice en la villa, junto a su marido, se hicieron cada vez más insoportables. Una extraña tensión la atenazaba y cada vez era más difícil disimular lo que la incendiaba por dentro. Sabía que lo que estaba viviendo con Lucius no estaba bien, que no sería aceptado por nadie, que corría el peligro de ser repudiada y terriblemente castigada por su falta de lealtad. Por otro lado, se sentía culpable por engañar a su marido de aquella forma, un hombre bueno, al que tenía cariño por haberla colmado de parabienes y atenciones desde que la hizo su esposa. Pero era incapaz de abandonar su relación con Lucius, no podía oponerse a la pasión que latía en su corazón cuando estaba con él, cuando notaba su cuerpo, el aroma de su piel, la fuerza de sus miembros varoniles, la delicadeza de sus palabras, el sabor de sus besos y la potencia del abrazo de su alma. Y ocurrió lo que nunca imaginó pudiese suceder. Aquella tensión terrible en la que vivía, fue minando su salud lentamente, hasta que, debilitada por la ansiedad, unas fiebres la postraron en el lecho. Pomponio, alarmado por la salud de su joven esposa, hizo llamar a los mejores sanadores de la zona para que la cuidasen. A pesar de todo, la salud de Berenice fue empeorando con el tiempo, agravada por la imposibilidad de volver a encontrase con Lucius, ya que Pomponio no se separaba de su lado.
Lucius iba cada día al lugar de sus encuentros y le inquietaba mucho que Berenice no acudiese. En las últimas ocasiones en las que habían estado juntos, la había visto extraña. La misma intensidad que mostraba para entregarse a él, se tornaba después en un estado de melancolía que le preocupaba, pero para el que nunca obtenía respuestas a las demandas de que le contase qué le ocurría. El joven mantenía sus encuentros con Berenice en secreto, no se los había contado a nadie para evitar que llegasen a oídos de Pomponio. Pero, ante las ausencias de Berenice, se atrevió a abordar a una de sus sirvientas en el mercado y preguntarle por su señora. Entonces conoció el estado por el que atravesaba su amada, e intentó verla apoyándose en la complicidad de su sirvienta, a la que prometió colmarla de riquezas cuando fuese llamado para servir al emperador en Roma. Sin embargo, y a pesar de todos los intentos que hizo para convencerla de que le permitiese entrar disfrazado a la villa cuando Pomponio no estuviese, le fue imposible ver a su amada. Su angustia fue en aumento día a día, hasta que conoció el fatal desenlace de la vida de Berenice.
Berenice no pudo percibir la llegada de la muerte para llevársela a otro mundo, su estado de extrema debilidad se lo impedía. Tan solo pudo desear, con las pocas fuerzas que le quedaban antes de perder la consciencia, volver a encontrase con Lucius en esta vida o en otra, y hacerlo en un lugar en el que no tuviesen que esconderse de nadie, donde tan solo la naturaleza fuese testigo de su amor. 
Pomponio, que amaba profundamente a su mujer, se sintió tremendamente apenado. Clamaba a Júpiter por la pérdida que le había infringido, por haberse llevado, en la plenitud de su vida, a una mujer tan hermosa, cuya presencia había supuesto los mejores años de su viva, una secuencia de momentos llenos de alegría y de bienestar. Llevado por el recuerdo de su gran amor y con la intención de que su memoria tuviese siempre presente a la mujer que tanto adoraba, mandó hacer un mosaico en la villa con la imagen de Berenice, una obra en la que apareció representada como “la navegación de Venus”.
Un día, Pomponio descubrió a Lucius cerca del sepulcro de Berenice con un ramo de margaritas silvestres. La figura dolorida del joven, le llamó la atención, puesto que no recordaba a ninguna persona que tuviese relación con Berenice que no le hubiese manifestado su pesar. Aquella tarde, preguntó a su sirvienta que quién era aquel joven que llevaba flores a la tumba de su esposa. Lo describió de la mejor forma que pudo mientras observaba la expresión facial de su criada, en la que pudo notar un nerviosismo inquietante. La sirvienta fue incapaz de mentir a su amo y le confesó la verdad de todo lo que había ocurrido a sus espaldas.
Pomponio recibió la noticia con estupor e indignación. Era lo último que habría pensado escuchar. Todo su cuerpo se tensó mientras digería la realidad.  El dolor y la ira lo transformaron en un huracán agresivo que buscó a Lucius hasta encontrarlo. Sin mediar palabras, arremetió contra el joven con toda su fuerza. Ambos se enzarzaron en un combate a vida o muerte que los llevó hasta las proximidades de una columna miliaria. El combate prosiguió hasta que un golpe de la espada de Pomponio hirió a Lucius, quien cayó al suelo y comenzó a perder el conocimiento.
Lucius percibió la imagen de Berenice apareciendo tras un velo de bruma. Vio su mano izquierda tocar las espigas doradas mientras el aire ululaba y acercaba a sus sentidos una lenta melodía que penetraba en su cuerpo como una ola de dulzura. No era consciente de ello, pero una extraña paz le embriagaba hasta convertirse en esencia de su pausado movimiento. No podía aspirar la pureza del aire ni notar el bálsamo del oxígeno en sus pulmones. Caminaba hacia un punto lejano que parecía estar muy cerca del pulso que marcaba su anhelo.
El recuerdo lo llevó de nuevo a percibir el tacto de la piel de Berenice, a notar la mies nutritiva que colmaba sus deseos de ternura, que le hacía enervar su hombría, que ponía de manifiesto toda la intensidad de su deseo y cada una de las verdaderas razones por las que había aprendido a ser hombre. Siguió caminando entre los trigales que decoraban la huerta y los campos, cerca del río y de la Vía Augusta. El paisaje se perdía en el horizonte como una ola infinita que acariciara el terreno. Iba hacia su encuentro, hacia la unión definitiva entre alma y cuerpo, hacia lo que los dioses le habían negado, hacia el punto exacto en el que confluyen todas las inercias que nadie puede separar en la cosecha permanente del tiempo.
La notaba cada vez más cerca, podía sentir su aliento, su templada caricia, podía escuchar los tonos de su voz armoniosa y reparadora, percibir la gracia de sus requiebros… el signo milagroso de su juvenil alegría… el brillo diamantino de sus ojos… Su corazón parecía navegar a bordo de una barca impulsada por velas blancas, una barca que flotaba sobre los campos amarillos de Eliocroca, una barca que se movía impulsada por el aire que ella soplaba con suavidad y que fluía cerca del mismo silencio, lejos del dolor, de la amargura, de la muerte.
Extendió los brazos para sentir de nuevo el tacto de las espigas, de los frutos de su pasión, de los encuentros prohibidos que ya nadie les podría quitar. Su recuerdo era imborrable. Estaba en el aire, en la tierra, en los trigales… La eternidad era su dueña y los esperaba. El tiempo ya tenía a Berenice en su regazo. Él pronto llegaría hasta ella. Lucius lo sabía. Su cuerpo había quedado junto a la columna miliaria. Su sangre humedecía la base de la piedra tallada en el siglo II antes de Cristo. El hilo bermejo de su vida se había unido a la mano de Berenice poco después de que la espada de Pomponio segase su vida. Ahora ya nadie podría impedir que su amor fuese eterno. Y el mismo aire que lo había visto morir y que movía los trigales con una parsimonia ancestral, detuvo su caminar en el lugar exacto en que todo ya era para siempre.

RELATOS BREVES
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domingo, 29 de julio de 2018

MOMENTO







MOMENTO

La noche es pura música
de un virtuoso violín
que interpreta la magia del universo
con el aire y las rocas
de la Fortaleza del Sol.
Una luna cubierta de platino
contempla el espectáculo
con el que Ara Malikian
fusiona la armonía de los clásicos
con la fuerza del rock
y su libertad creativa.
Tu mirada conversa con mis ojos.
Nos preguntamos dónde está el origen
de las sensaciones que nos embriagan.
Quizá en la esencia del instante
en el que nuestra luz
se torna en alimento
y senda primordial
del tiempo que nos une.
O tal vez sea el resultado
de una confluencia:
la conjunción de la belleza
con esa partitura inmaterial
donde se escriben las notas del alma.
Y mis ojos responden en silencio.
Decido continuar
siendo ignorante en cosas metafísicas
y acaricio con mis labios
el azul luminoso de tus besos.


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Mariano Valverde Ruiz (c)


miércoles, 25 de julio de 2018

INDESCRIPTIBLE


INDESCRIPTIBLE

Eres alegre mística
de la magia que ondula los arándanos
que lleva dibujados tu vestido.
No hay comparaciones adecuadas
para poder contar lo que sugieres.
Vives en perfecta armonía
con la naturaleza, con todo el universo,
con las leyes que engloban
lo real y lo místico,
lo concreto y lo abstracto,
lo que es vida y lo inerte.
Sometes a la energía
a un proceso de cambio permanente,
a la transmutación de la belleza
en germen de la luz
que viaja hacia el asombro perpetuo.
Lo anoto en mi cuaderno
y me pregunto qué diría de ti
el filósofo chino Lao Tse.
Tal vez viera resueltas
todas las incógnitas
que plantea la vida a tu lado
cuando quieres captar lo indescifrable
y poseer su esencia.
Quizá hubiese explicado con tu nombre
todo su pensamiento.


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AHORA


AHORA

Es complicado darle a tu futuro
clara continuidad
junto a las exigencias del deseo,
extraer del presente la esperanza
de que se perpetúe la ambición
por todo lo que pueda ser vivido entre ambos.
Asignas un misterio inconfesable
a los momentos compartidos,
los cubres de una sombra
que me resulta ajena:
son de una dulzura enigmática.
Algo así pensaría Sherezade
cada una de las mil veladas
en las que se jugaba su futuro
mientras el califa Harúm al-Raschid
escuchaba su cuento como si fuese el último.
Cuando estoy junto a ti,
no debo plantearme nada para el mañana,
porque, tal vez, mañana nunca exista,
y la felicidad sea solo este instante
de cuento irrepetible.
Me fastidia pensar
que el tiempo ya vislumbre
lo que sucederá con tu mañana
después de que la aurora
se lleve los momentos de esta noche.
Pero no soy el dueño
de tu realidad, ni del destino
que para ti se escribe entre las nubes.


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