No hay nada imposible. Si se puede acampar en un corazón, pongo mi tienda al lado del tuyo. No sé cómo te llamas. Ni si tiene puertas tu pecho. Confío en la tarde y su poder hipnótico, en el influjo del crepúsculo, en las caricias del aire, en poder quedarme a vivir donde cada hora sea una eternidad. Y espero que el argumento del cuento que escribamos entre los dos se prolongue hasta mañana. No desfalleceré cuando atisbe el desaliento. Tenemos derecho a inventar nuestro paraíso.
Mariano Valverde Ruiz (c)
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