lunes, 20 de junio de 2016
MATERIA CONOCIDA
Siente, amor, el gozoso movimiento
que urge, que precipita, que desboca,
que muere y resucita en un signo,
en una mueca, porque
el tiempo de los besos
inyecta su veneno ya triunfante
en la sangre incolora del deseo.
Ya ves, amor, se olvida la nostalgia
de lo ya consumido,
cuerpo a cuerpo,
con esa desnudez de la materia
que nos es conocida.
(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)
miércoles, 15 de junio de 2016
RAPSODIA EN EL PALACIO DE GUEVARA
La tarde del mayo lorquino
otorgaba a la luz el carácter de la belleza. En el patio del Palacio de
Guevara, un grupo de jazz interpretaba una versión actualizada de Rhapsody in blue haciendo que las notas
de Gershwin hechizaran con su magia a los invitados al concierto. Virginia
escuchaba los acordes del piano mientras otra música la transportaba quince
días atrás, a la noche en que discutió acaloradamente con Antonio. Desde
entonces no lo había visto. Le habían dicho que había viajado hasta Nueva York
y que no sabían si regresaría en unos años. Sus amigas habían conseguido que
asistiera al concierto con la esperanza de sacarla de la tristeza que se había
convertido en tónica general de su estado de ánimo. Ella había accedido por no
desairarlas.
Virginia se preguntaba
dónde estaba el límite de sus sentimientos. Se reprochaba una y otra vez haber
dicho a Antonio que ya no le quería, cuando en realidad no era cierto. Los
celos la habían obnubilado. Un rictus de malhumor afloró a su rostro como una
bofetada de rencor al ver cerca a Carmen. Ella había sido el detonante de su
ira contra Antonio. Le reprochó que la mirara, que le sonriera, que bromeara
con ella. En su mente lo imaginaba abrazándola, besándola, haciéndole el amor…
Y su sangre se convirtió en un reguero de espinas punzantes que la
desestabilizó, que sacó de ella todo lo peor. Ya era tarde para arrepentirse.
La relación con Antonio
duraba ya más de dos años. Un tiempo que había posibilitado que toda la
naturaleza del joven se convirtiera en un bien necesario para la vida de
Virginia. Sin embargo, no estaba segura de él, conocía bien a Carmen, era capaz
de seducir al hombre más frío por tal de apuntarse un tanto y hacer una marca
de su pintalabios en la piel como señal de victoria. Sus devaneos la ponían muy
nerviosa y Antonio no parecía darse cuenta de que le hacía mucho daño.
Virginia levantó los
ojos hacia el azul del cielo mientras la rapsodia seguía jugando con el sonido
de las notas entre las arcadas del patio. Hubiera deseado tener en ese momento
cerca a Antonio para pedirle perdón, para decirle que no sentía todo lo que le
dijo. Pero ya era demasiado tarde. Quizá se hubiese cansado de ella y por eso
había huido a Nueva York buscando el beneficio del olvido. Las trompetas
elevaban el tono de las notas y armonizaban con los violines cuando, allá
arriba, se escuchó el lento tableteo de una avioneta. Entonces decidió que ya
no aguantaba más, cogería el primer avión e iría a buscarle y le suplicaría que
volviese con ella.
Algunas personas
comenzaron a elevar sus ojos hacia el cielo con gestos de sorpresa. Virginia
hizo lo mismo. Una figura iba creciendo bajo un paracaídas que tejía el aire y
que parecía llevar un lienzo azul asido al pecho. La atención de todos se centró
en el paracaidista. Carmen se acercó hasta Virginia con una amplia sonrisa y le
dijo al oído que había llegado el momento para el que había pedido a sus amigas
que la llevasen al concierto. Virginia fijó su mirada en la figura descendente hasta
que desapareció por su derecha, mantuvo la mirada y en apenas dos segundos, la
figura volvió a aparecer, esta vez en dirección contraria mientras tiraba de
los hilos para dirigir el paracaídas hacia el centro del patio. La gente se
apartó y el hombre tomó tierra, se liberó del paracaídas, se quitó las gafas
con las que protegía parte de su rostro… y entonces le reconoció: era Antonio.
Antonio no le dejó
tiempo para que reaccionara de su sorpresa. Se acercó hasta ella entre el
murmullo de los asistentes. Extendió el paño azul que llevaba asido al pecho y
en cuya esquina figuraba el anagrama de la Brigada Paracaidista donde había
pasado los últimos quince días adiestrándose para hacer el salto más peligroso
de su vida: renunciar a cualquier mujer que no fuese Virginia. Se detuvo a tan
solo unos centímetros de ella, la envolvió en el lienzo azul y le dijo con voz
firme y segura: «Éste es el trozo de cielo que he robado para ti. Cúbreme con
él para toda la vida porque ni el miedo a la muerte me impedirá hacer la mayor
locura imaginable si así te convences de que soy solo para ti». No pudo
continuar, los labios de Virginia taparon su boca con una luna de fresa.
RELATOS BREVES
Todos los derechos
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Mariano Valverde Ruiz ©
martes, 14 de junio de 2016
EL ÚLTIMO SIEMPRE PIERDE de Fran J. Marber
EL ÚLTIMO SIEMPRE
PIERDE
Fran J. Marber
ECU Narrativa (2016)
Novela
Fran J. Marber nos
sorprende con una magnífica novela en la que el lector se sumerge desde las
primeras páginas y no puede detener su lectura hasta descubrir un inesperado
desenlace. El autor nacido en Lorca se sitúa con esta novela entre lo más
granado de los novelistas nacionales del género negro. Combina sabiamente
elementos de la novela americana (Raymond Chandler), de la intriga inglesa (Agatha
Christi), de la actual narrativa española (Lorenzo Silva), de la novela negra
nórdica (Stieg Larsson) e implementa un sello muy personal en el que destacan
el magistral uso del suspense y los guiños al lector.
El
último siempre pierde es su octava novela. En pocos años ya
han visto la luz Gusanos de seda, El tercer clavo, El llamador de ángeles, La
página 64, Fruta amarga, El juego de la oca y Expediente 19/02, todas ellas de gran
éxito. Marber es un creativo que se
desenvuelve como pez en el agua en la ficción histórica y ahora en la novela
negra. Todas sus obras poseen un llamativo enfoque cinematográfico, el autor
también es guionista y sus conocimientos repercuten en el tratamiento de cada
una de las escenas de sus novelas.
La depravación del
género humano no tiene límites, la realidad nos lo ha mostrado a lo largo de
los siglos. La actualidad no es ajena a ello. En el corazón de Manhattan se
suceden seis extraños suicidios y cinco desapariciones de niños que solo dejan
el rastro de una misteriosa pluma blanca sobre la almohada. Un oscuro pasado
toma el presente a manos de un depredador con una mente retorcida y siniestra.
Un joven detective y un viejo policía deben enfrentarse a una de las
investigaciones más complejas que han afrontado nunca. Y comienza la cuenta
atrás con una terrorífica advertencia: El
último siempre pierde.
En el prólogo, escrito
por Juan Antonio O`Donnell, se nos informa de que el autor ha hecho un
pormenorizado estudio de la psicología de los serial killers y de las técnicas de investigación criminal más
modernas, un amplio trabajo de documentación para colocar la acción durante el
mes de enero de 2013 en Manhattan. A medida que se avanza en la lectura de la
novela, nos cercioramos de que se trata de una obra inteligente, bien
estructurada, donde la información se ofrece de forma dosificada y cuya lectura
es absorbente. La acción y la trama vienen acompañadas de una innegable calidad
literaria, con páginas reflexivas que aportan un toque de profundidad y que
permiten al lector ir un paso más allá de lo meramente descrito. Los personajes
principales están desarrollados en toda su amplitud. Los escenarios son
consecuentes con la dinámica de los hechos. Y el gozo por la lectura se va
incrementando con cada capítulo al mismo ritmo en que aumenta la tensión y la
necesidad de saber qué sucede en las siguientes páginas.
La lectura de esta
novela supone un viaje por los conflictos que provoca una infancia desgraciada
y las terribles consecuencias de sus traumas. El autor nos advierte en una cita
inicial: Los adultos tenemos el deber
moral de intentar que la infancia sea en el futuro el recuerdo más feliz… Hay
pues, un mensaje de esperanza, un hálito de humanidad, una confianza implícita
en que, al final, la infatigable tarea del mal no acabe venciendo a la bondad
de los nobles corazones. Pero, no nos confiemos, todo puede ser un espejismo,
en cualquier momento el sonido de la pólvora puede despertarnos de una ilusión
mientras el frío plomo se aloja en nuestra carne.
RESEÑA
Todos los derechos
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Mariano Valverde Ruiz ©
sábado, 11 de junio de 2016
LEY DEL DESEO
Cuando la llama del amor tirita
procuro que los ojos se sumerjan
en páginas de cera
y así encuentren las luces para ver
la inmensa oscuridad que me derrota.
Palabras de ceniza y desvarío
envuelven el temblor interminable
de las horas, el son lento del día,
el hilo que ata la ley del deseo.
Luego vuelvo a la pizarra vital
donde escribimos nuestras divergencias
para encontrar de nuevo al amor triste,
diluido en sangre sepia que te espera.
Me reconozco en él, y de mis ojos
brota una delicada sierpe que se prolonga
hacia los surtidores mestizos de tu pecho.
(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)
lunes, 6 de junio de 2016
PAISAJE
El verano es ojiva de destellos.
El sol roza la piedra
y de sed cubre todo.
Lejos quedaron frías leyendas materiales,
el pueblo, la mentira
y los osos sin alma.
Aquí, olivos, hibiscos y fragancias,
colinas de romero,
hierba pura y rastrojos,
moran dentro del valle
que acuna y araña el aire.
Junto a mí bulle amor cada grumo
de la tierra que somos,
muestra su luz y alza la palabra
para dar voz a nuestras locas manos.
Buscamos los relieves de los iris
y los vemos abriéndose caminos,
pasos hacia otros mundos,
en la luz del trazado de la piel.
(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)
jueves, 2 de junio de 2016
LA ETERNIDAD PASEA POR ELIOCROCA
Su mano izquierda toca
las espigas doradas mientras el aire ulula y acerca a sus sentidos una lenta
melodía que penetra en su cuerpo como una ola de dulzura. No es consciente de
ello pero una extraña paz le embriaga hasta convertirse en esencia de su
pausado movimiento. No puede aspirar la pureza del aire ni notar el bálsamo del
oxígeno en sus pulmones, camina hacia un punto lejano que parece estar muy
cerca del pulso que marca su anhelo.
El recuerdo le lleva de
nuevo a percibir el tacto de la piel de Berenice, a notar la mies nutritiva que
colma sus deseos de ternura, que le hace enervar su hombría, que pone de
manifiesto toda la intensidad de su deseo y cada una de las verdaderas razones
por las que aprendió a ser hombre. Sigue caminando entre los trigales que
decoran la huerta y los campos, cerca del río y junto a la vía Augusta. El
paisaje se pierde en el horizonte como una ola infinita que acaricia el
terreno. Va hacia su encuentro, hacia la unión definitiva entre alma y cuerpo,
hacia lo que le han negado, hacia el punto exacto en que confluyen todas las
inercias que nadie puede segar en la cosecha permanente del tiempo.
La nota cada vez más
cerca, puede sentir su aliento, su templada caricia, escuchar los tonos de su
voz armoniosa y reparadora, percibe la gracia de sus requiebros… el signo
milagroso de su juvenil alegría… el brillo diamantino de sus ojos … Su corazón
parece navegar a bordo de una barca impulsada por velas blancas, una barca que
flota sobre los campos amarillos de Eliocroca, una barca que se mueve con el
aire que ella sopla suavemente, y que fluye cerca del mismo silencio, lejos del
dolor, de la amargura, de la muerte.
Extiende los brazos de
nuevo para sentir el tacto de las espigas, de los frutos de su pasión, de los
encuentros prohibidos que ya nadie les puede quitar. Su recuerdo es imborrable.
Está en el aire, en la tierra, en los trigales… La eternidad es su dueña y les
espera. Ya tiene a Berenice en su regazo. Él pronto llegará junto a ella. Lucius
lo sabe. Su cuerpo ha quedado junto a la columna miliaria. Su sangre humedece
la base de la piedra tallada en el siglo II a de C. El hilo bermejo de su vida
se ha unido a la mano de Berenice poco después de que la espada de su esposo
segase sus vidas. Ahora ya nadie podrá impedir que su amor sea eterno. Y el
mismo aire que mueve los trigales detiene su caminar en el punto exacto en que
todo es para siempre.
RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©
miércoles, 1 de junio de 2016
LA CHOZA
En
una choza de hierba y de matojos
refulge
el corazón de un niño.
Ha
levantado su estructura
con
cañas y cenizos
para
esconder sus formas de la vista
de
las aves que acecha.
Fuera
cantan jilgueros y gorriones
junto
a una pequeña charca
cercada
por la red con que quiere atraparlos.
Necesita
sus alas. También una casa
donde
reine el amor y la armonía.
Espera
que las aves beban agua
para
tirar del hilo
y
hacer saltar la red. Pero también
un
instante de paz
para
encontrarse a solas
con
la voracidad de su ignorancia.
Sabe
que aún queda muy lejana
la
posibilidad de tener materiales,
pericia
suficiente y valor creativo
para
que la razón le permita construir
un
hogar con palabras.
Mientras
tanto caza jilgueros
para
que canten en su choza
e
imagina la casa que algún día tendrá.
(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)
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