miércoles, 3 de junio de 2026

DANTE EN EL SIGLO XXI


DANTE EN EL SIGLO XXI

Un hombre camina junto a los cipreses y su simbolismo ancestral. Va por una senda que tiene a ambos lados los colores de la Toscana. Es un hombre que sabe bien lo que significa el tiempo. No tiene constancia de lo que es el miedo a la muerte. Eso es algo que perdió hace más de setecientos años. Parece un alma en pena que recorre los vericuetos del Purgatorio. Camina con un pie inclinado hacia el último círculo, el más profundo, donde espera Lucifer, y el otro pie, el que le lleva a la Gloria, levemente inclinado hacia el límite etéreo del Paraíso. Piensa en las circunstancias de su vida y medita sobre si era posible poder hacerla de otro modo.

El año 1265 y el año 1321 separan el trascurso de su vida en la tierra de la belleza y de los conflictos entre familias. Fueron, relativamente, pocos años, pero fueron suficientes para desarrollar su voz como poeta, su pensamiento como filósofo, su astucia como político y su valor como soldado. A lo largo de la historia han quedado muchas de sus facetas documentadas por otros, y algunas, las más íntimas, las guarda en su interior celosamente, como un tesoro de valor extraordinario. Solo la eternidad las juzgará. Recuerda una frase que él mismo acuñó para explicar su vida: “Quien sabe de dolor, todo lo sabe”.

La tierra de los colores ocres, los matices del paisaje donde los verdes juegan con los amarillos y los naranjas rivalizan con la luz del crepúsculo, fue el territorio de sus andanzas y de sus ficciones. Aprendió a hablar en un dialecto toscano que luego elevó a un idioma italiano que porta el mármol de Roma y llega hasta nuestros días. Y en esa lengua compuso la mayoría de sus obras. Le vienen a la memoria algunas de ellas: ‘Il convivio’, ‘Vita nuova’ y, sobre todo ‘La divina comedia’, su obra más significativa.

Escribió su obra fundamental en tercetos encadenados. La dividió en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Dividió cada parte en treinta y tres cantos. Puso en acción a tres personajes: Dante, con quien daba referencia y fundamento al hombre; Beatriz, quien encarnaba la fe; y Virgilio, que representaba la razón. Quiso de este modo dejar clara la importancia simbólica que le daba al número tres.

Hoy, la obra de Dante Alighieri no es un fósil literario sino un espejo incómodo de la modernidad. Tras siete siglos, su obra representa los extravíos morales de la sociedad. La naturaleza humana sigue intacta. No ha avanzado mucho en su camino de perfección. Muchos autores se han influenciado de sus ideas a lo largo de la historia. Baste recordar en el mundo de la pintura a Boticelli o a Dalí; en arquitectura, al Palacio Borolo en Buenos Aires; o en literatura a Montale, Eliot, Borges, Boudelaire, Matilde Asensi… La vigencia de su obra es llamativa. Acaso porque habla de uno de los mayores retos que tenemos: elegir entre el bien o el mal.

A través de un viaje alegórico por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, Dante ofrece una crítica sobre la corrupción, la justicia o la moral. Se pueden ver reflejadas las crisis éticas de la actualidad. La estructura de cono invertido con que presenta su obra hace posible que el castigo sobre las conductas no adecuadas vaya aumentando con la profundidad.

El infierno es la parte más vigente si comparamos su hábitat con el de una era digital e hiperconectada que trastoca todos los proyectos personales. Los círculos donde se castiga la avaricia, la violencia, la hipocresía, el fraude, son de tremenda actualidad. Se reflejan en las desigualdades, el consumismo, la corrupción política, las noticias falsas, la manipulación tecnológica… Y tantas otras cosas a las que asistimos con cierta indiferencia.

La búsqueda de la redención en el Purgatorio y el ascenso al Paraíso ponen de manifiesto la necesidad de reflexionar y de intentar mejorar nuestro comportamiento. La inmediatez y la necesidad de encontrar el éxito rápido, nos condicionan. Dante señala que la verdadera transformación requiere purificación, amor y conocimiento. En su obra, Beatriz es símbolo de fe y virtud. Es la guía para superar el individualismo.

El viaje de Dante invita a una reflexión individual y colectiva, a moderar los vicios y las pasiones, a no echar más leña al fuego interior, a nuestro propio infierno. El poeta y filósofo italiano fue capaz de crear una obra que lleva al pensamiento en tránsito desde la Edad Media al Renacimiento, construyó un espejo donde aparecen las luces y las sombras del hombre. Y eso es consustancial a la naturaleza humana.

El hombre que camina por la Toscana lo sabe. Lleva muchos años sabiéndolo. Pero aún no conoce si su destino final será el Infierno o el Paraíso. Mientras tanto, como deberíamos hacer todos, el hombre que pasea cerca de los cipreses medita si ha de elegir entre el caos y la oscuridad o el camino de la ética y la humanidad. Y en ese dilema seguirá durante muchos años.


Mariano Valverde Ruiz ©


   

 

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