domingo, 19 de febrero de 2017

OCHO LETRAS





OCHO LETRAS


Cuando escribo «te quiero»
la realidad sigue con su trama:
insiste en distraer mis sentimientos
con los ruidos mecánicos del mundo,
las normas ortográficas
y la tradición poética.
Cuando escribo «te quiero»
no lo hago porque mida un heptasílabo
ni pretendo evitar asonancias cercanas
o deseo eludir rimas internas,
lo hago porque tú eres
la esencia del origen de la tierra
y su luz se proyecta por tus ojos.
Cuando escribo «te quiero»
nunca cuestiono qué es materia poética
ni copio a usurpadores de palabras
para darte mi cuerpo con una flor de píxeles.
Cuando escribo «te quiero»
tan solo necesito que las palabras porten
el ritmo de mis venas, que digan la verdad,
que no mienta su métrica.
Cuando escribo «te quiero»
la metapoesía busca entre tus caderas
el origen del éxtasis.
Pero mientras lo escribo,
nuestro tiempo consume para siempre
el instante de amarte sin palabras.



(OTRA REALIDAD)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


BOOMERANG


BOOMERANG


Igual que si de un sueño se tratara,
imagino que escribo lo que siento.
Sé que hoy ya no soy quien fui ayer,
ni siquiera presiento lo que diré más tarde
y desconozco quién seré mañana.
Miro hacia mi pasado
y alguien cuya mirada me es ajena
camina tras las huellas de mi sombra
portando candelabros para mi funeral.
Sus perezosas llamas
se balancean sobre la cumbre de los cirios.
Forman la imagen tétrica
del fuego pertinaz de la existencia
y del humo que todo lo reclama.
Me espera la hora de los condenados
por todas sus palabras.
Y aunque la muerte siga tras mis pasos,
cada vez más cercana,
imagino que siento lo que escribo
como si de mi vida se tratara.
El eco del silencio camina tras mi voz.
De sus huellas se nutre el boomerang
que lanzan los poemas y acaba con mi vida.



(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (c)



UNA SOSPECHA FUNDADA



UNA SOSPECHA FUNDADA


Cuando el tiempo remansa los sentidos
las palabras dan forma al pensamiento.
La mente se transforma en un crisol
y cruzan la memoria
sigilosas bengalas de fiesta poética,
luces que han de habitar
el rocío de la belleza
para ser emociones compartidas.
Aparecen olores a recintos abiertos
por la naturaleza,
se perciben, igual que melodías,
los sonidos del mar sobre la arena
y el reino del color es el traje de abril.
Se recuerdan las citas prohibidas
a la sombra del faro,
los besos que se dieron
para robar la calma a las estrellas,
el tacto de la piel,
la tentación salvaje del deseo.
Las palabras se obstinan
en llevarte al lugar donde viviste
la auténtica verdad de los poetas:
el espacio de una mirada,
la inmensidad de un segundo,
el universo de una lágrima…
Hoy sospechas que hiciste el mejor verso
sin que ya jamás puedas escribirlo.


(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (c)

miércoles, 8 de febrero de 2017

ADVERTENCIA



ADVERTENCIA


Quien escribe derrama toda su alma
sobre la superficie del papel.
Lo sabe y no renuncia
a dejarse morir en cada verso.
Nada le condiciona.
Nadie consigue que detenga
su flujo de palabras,
el eco de su sangre,
las voces pronunciadas con las venas
desde el yo retador de su experiencia.
Si está triste, lo escribe
para encontrar consuelo.
Si ha tocado las fibras de la felicidad,
escribe para que dure un instante más.
Si se busca a sí mismo,
escribe para vencer a sus demonios,
para ubicarse en el mundo,
para crear una ficción,
para ser diferente,
para cambiar lo injusto,
para ganar el cielo…
Quien escribe
sabe que sus palabras,
igual que su existencia,
desaparecerán en el baúl de la nada.
Y no le importa.


(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (c)



martes, 7 de febrero de 2017

LOS SEÑORES DEL MUNDO





LOS SEÑORES DEL MUNDO


Los señores del mundo nos observan
mientras damos prestigio a las palabras
que ensalzan el valor de los sentidos.
Ellos nos van dejando
sin la luz de la luna,
sin tiempo para la ética,
también sin amapolas en los campos.
Los señores del mundo
pintan de pragmatismo
el alba de cualquier canto a las nubes,
inhiben los resortes del asombro,
la respuesta común
ante cada barbarie
cometida en el nombre de la especie.
Los señores del mundo
nos vuelcan cubos de basura
sobre nuestras conciencias
como eventuales pócimas de alimento.
Quienes marcan el ritmo de la vida
no leen los poemas de sus súbditos.
Y así nos va en la tierra.



(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (c)

lunes, 6 de febrero de 2017

LA TEJEDORA DE COY



LA TEJEDORA DE COY

Las historias que no poseen una explicación lógica siempre me han fascinado. No sé por qué, pero hay algo dentro de mí que me acerca a ellas como atraída por un magnetismo especial, algo que debe provenir de lo más remoto, de los arcanos orígenes de mis raíces. Dicen que mi bisabuela era un poco bruja, mi madre me hablaba de ella cuando yo era una niña soñadora que imaginaba cómo era el lugar donde habían vivido mis antepasados. Y al cabo de muchos años he podido pasear por Coy y rememorar la increíble historia de mi bisabuela.
En las faldas de un cerro de las tierras altas de Lorca, se concentra un pueblo precioso, de casas enjutas y trazado medieval en sus calles. Coy bebe de una fuente de la que también bebieron pueblos argáricos, romanos, árabes y cristianos. Su nombre, que significa colina, también tiene connotaciones judías. Y de ese crisol de culturas venían los genes de mi bisabuela Rosario. Mi madre me contó que era una joven muy resuelta, trabajadora y misteriosa. Tejía como nadie las jarapas, una habilidad que nadie sabía de dónde le venía. Pero tenía un gran secreto, algo que había marcado su vida desde una noche de San Juan. Poco antes de su muerte le contó a mi madre toda su verdad.
En el pueblo de Coy se contaba desde siempre la leyenda de La encantá. Era una historia que había pasado de generación en generación y que tenía algunas variantes según quien la contaba. Unos decían que, la noche de San Juan, una mujer muy hermosa, con una larga melena rubia y unos enigmáticos ojos azules, bajaba desde una cueva del cabezo hasta la fuente del pueblo para peinarse con un peine de oro. Se sentaba en una gran piedra y cantaba con una melodía envolvente para atraer a los pastores de la zona. Cuando alguien la miraba a los ojos, le dejaba encantado. Vestía una túnica transparente y llevaba entre las manos una madeja de hilo de oro que entregaba a quien quisiese casarse con ella. Si era capaz de deshilarla sin romperla, le otorgaba inmensos tesoros. Pero si rompía el hechizo, le arrastraba hasta el fondo de las agua y perecía en ellas.
Había quien decía que la hermosa dama era una bruja que adoptaba aquella forma para seducir a los hombres. Otros comentaban que se trataba de la guardiana de un tesoro que los árabes escondieron cuando huyeron de Lurka tras la reconquista de los cristianos, que era la hija del rey Alí, y que permanecía allí hasta que otro emir volviese a reinar en la zona.
La leyenda de La encantá fascinaba a todos los hombres. Pedro, un joven pastor que pretendía a mi bisabuela, era uno de ellos. Una cálida noche de San Juan se acercó hasta la fuente para ver si veía a La encantá. Y ocurrió tal y como decía la leyenda. A la mañana siguiente, Pedro caminaba por el pueblo como un fantasma. Su cara tenía la expresión de un ser embobado y sus manos giraban sin cesar, la una alrededor de la otra. Cuando la gente le hablaba, él no contestaba, se limitaba a seguir girando sus manos igual que si intentase desliar un ovillo invisible. Rosario le encontró sentado frente a la iglesia aquel medio día. Ni siquiera la reconoció. Mi bisabuela creyó que el estado de Pedro era obra de La encantá y que debía romper el hechizo si quería recuperarle. Cogió a su novio por el brazo y lo llevó hasta la fuente, lo sentó en la gran roca que había cerca de ella. Y se puso a pensar.
Observó con mucha atención cada uno de los movimientos que hacía Pedro con sus manos. Permaneció de ese modo durante toda la tarde. La noche les cubrió con su manto en la misma posición. La luna les iluminó y proyectó sus sombras sobre la superficie del agua. Rosario estaba ya casi desesperada. No encontraba el modo de sacar a Pedro de aquel estado, de aquel insistente movimiento de manos, de aquel obsesivo proyecto para intentar deshacer el ovillo de oro que La encantá le había entregado. Mi bisabuela desvió por un instante la vista y la dirigió hacia donde se proyectaban las sombras de sus cuerpos en el agua. Y entonces vio que su mano detenía la mano derecha de Pedro, la hacía girar en sentido contrario varias veces, luego giraba hacia izquierda y derecha, hacia arriba y abajo, se detenía de nuevo, cruzaba las manos en ambos sentidos y por último, iniciaba el giro en sentido inverso. Entonces volvió la vista hacia Pedro y repitió los mismos movimientos que había visto en las sombras. Cuando concluyó, Pedro sonrió, la miró a los ojos y como salido de una extraña turbación, le pidió que se casara con él. Rosario, emocionada y temblorosa, le dijo que sería su mujer para toda la vida y se fundieron en un beso tan dulce como el sabor de las aguas.
Cuando los dos jóvenes volvieron a tener consciencia de la realidad, encontraron junto a la piedra un pequeño cofre de monedas de oro. Quizá fuese La encantá quien premiase la nobleza de sus sentimientos, o quizá fueron las influencias de otras fuerzas misteriosas las que motivaron el prodigio. El caso es que mi bisabuela contó antes de morir que aquel cofre fue el origen de su fortuna, lo que les permitió viajar hasta Cataluña y fundar una fábrica de tejidos que durante las primeras décadas del siglo XX les convirtió en ricos.
Pero mi bisabuela no desveló jamás cuál era la verdadera razón del extraño poder que ejercía sobre mi bisabuelo, ni sobre otros hombres que la veneraban y a quienes ella rechazaba, porque nunca fue infiel a su marido. Y ese misterio es el que todavía me intriga.
Cuando he paseado por las calles de Coy he podido comprobar el magnetismo que ejerce sobre mi piel. He visitado la Casa Grande, he visto los planos de las rutas de senderismo que expone la Asociación Espartaria, he leído las curiosidades del Cerro de las Viñas y visto los restos arqueológicos. También he disfrutado de sus tradiciones y de las fiestas populares de la Virgen del Rosario. He admirado los paisajes y notado los aromas de la tierra mientras recordaba el cuento que Josefita del Amor dejó escrito sobre La encantá, una de las versiones de la historia…
Al llegar a la fuente centenaria, he tocado el agua y no he podido remediar el estremecimiento que ha recorrido todo mi cuerpo. He tenido la sensación de que los ojos de mi bisabuela eran los que escrutaban cada uno de los rincones de Coy, y que desde la cueva del cerro, La encantá sentía la presencia de la joven que deshizo el ovillo de oro con que había atrapado a Pedro. Convencida de ello, he decidido quedarme aquí hasta la próxima noche de San Juan. Tal vez pueda comprender por qué la magia ancestral de los sueños se hace realidad en la fuente de Coy.

RELATOS BREVES
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miércoles, 1 de febrero de 2017

HABITAR EL AIRE


HABITAR EL AIRE


Concluye la jornada de trabajo.
Es viernes y la noche tiene sabor a menta.
Con su manto hipnótico recubre
las heridas sufridas
y todas las afrentas provocadas
por la necesidad de permanecer vivos.
La nobleza detiene por un tiempo
la rutina del ser depredador
que llevamos por dentro.
Buscamos en los seres que nos aman
una oportunidad para el encuentro.
El polvo de las horas
se reposa en las manos
y construye la hacienda de los sueños.
Una paz momentánea
endulza el sueño mágico
que nos va transformando en seres voladores.
Los sentidos reclaman el espacio
donde habita lo auténtico:
el amor, la belleza, nuestra vida…
Y vuelan las palabras como pájaros
que buscan en el aire
un hogar donde no lleguen las balas
de nuestros enemigos.
La esencia de un suspiro es nuestro lecho.


(OTRA REALIDAD)
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Mariano Valverde Ruiz (c)