domingo, 24 de enero de 2021

EL ARCA MARINA

 

EL ARCA MARINA

 

 

La luz del cosmos

penetró en la sopa del mar

como un haz de energía

con la bondad del cielo.

 

Fue un nexo volador

que unió los materiales

de la química cuántica

con el alma de los sentidos.

 

La luz se propagó

por las llanuras abisales

como un rayo de esperanza

que alguien lanzó desde la altura.

 

En el agua se unieron los secretos

de todas las partículas

que flotaban sin vida

entre su caldo de misterio.

 

Y los mares se convirtieron

en un arca de células

con esquemas vitales,

en la nueva extensión de la supervivencia

con que otras estructuras

del lejano universo

llegaban a la Tierra.

 

Entre los arrecifes

y junto a las arenas,

los restos invisibles de un naufragio,

comenzaron a ser formas concretas

de seres vertebrados.

 

Los ojos de la oscuridad

alcanzaron la superficie

de todos los océanos,

comenzaron a ver

que, en la tierra emergida,

podrían subir hasta las montañas,

hasta unas altas cumbres

desde donde poder mirar a las estrellas

y sentirse más cerca de su origen.


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LAS SEMILLAS

LAS SEMILLAS

 

 

Cuando cayó a la Tierra

la semilla galáctica

que portaba nuestra aventura,

lo hizo sobre salitres,

rocas y tierra fértil,

también dentro del agua

que da sentido a la alegría,

o a las lágrimas

que derrama el dolor de los humanos.

 

Esas semillas germinaron

en los espacios más proclives

al hecho de la vida,

y crecieron más tarde

hacia los recovecos

de la diversidad.

 

Se expandieron por el planeta

igual que el universo

por el vacío,

como una materia que viaja

por el cosmos lejano

y encuentra su acomodo

entre la corteza del árbol

del que derivan las especies.

 

Pero aquellas semillas

también traían

en sus mapas genéticos

germen de discordia

entre los hombres,

dolor y muerte,

quijadas asesinas,

angustia y desconsuelo

por el futuro de la humanidad.

 

Llevaban el reloj que cuenta el tiempo

asido a las cinturas de los vivos

para marcar el ritmo de sus días

y la hora de sus muertes.

 

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LA SIEMBRA

 

LA SIEMBRA

 

 

Esclavos de un planeta muy lejano

limpiaron a conciencia

la herrumbre de la Tierra,

contemplaron el alba

para adquirir su fuerza

y lucharon contra la soledad

que reinaba entre rocas desoladas

como una diosa rebelde.

 

Por mandato divino,

trazaron mapas geológicos

sobre el signo de las materias

que daban forma a los relieves

y abrieron sendas orogénicas

entre las montañas y las llanuras.

 

Después, en tiempo de ocio,

habitaron la tierra

y sembraron las plantas

para encontrar el modo

de burlar a las sombras destructivas.

 

La condensación de las sales

que nutren a los seres vivos,

fue tarea de esclavos exilados

de las fuentes del miedo

a la nada absoluta,

obreros de la creación

que anhelaban su tierra prometida

para sembrarla con sus genes.

 

El viento rizó los océanos

con sus lenguas de aire

y preparó las aguas

para que concibiesen en su seno

a las nuevas especies

que poblaron el mundo.

 

Y la luz del lucero del sistema

acunó entre las aguas

las formas de la vida

que se habían sembrado.

 

Florecieron en nuestra Tierra

el esplendor de la naturaleza

y el vigor de la biodiversidad

como legado de los dioses.


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domingo, 17 de enero de 2021

LA LLUVIA

 

LA LLUVIA

 

 

En algún lugar del espacio

cercano a nuestra Tierra,

hubo un tiempo de luces imprevistas

en el que los destellos

de la lejana Andrómeda

izaron antorchas celestes

sobre la noche gris de Machu Picchu.

 

Entonces se produjo

la condensación de la atmósfera

y el vapor de agua

se convirtió en las lágrimas del mundo.

 

Surcaron el espacio de la Tierra

enormes veleros de espuma

y cubrieron el planeta

desde la misma Antártida

hasta los continentes emergidos

de las simas de los océanos.

 

Al precipitarse sobre el suelo,

el agua de la lluvia

había dejado en el mar

su corteza de sal y sus hojas de muerte.

Llevaba en su materia

la pureza del cosmos

y el alimento de las plantas.

 

El agua dulce

decoró las montañas y los valles

con túnicas selváticas

de un verde semejante

a las luces de Andrómeda.

 

Ese llanto del cielo

era lo que el planeta precisaba

para que creciesen las raíces

de los árboles

y naciesen las fuentes de los ríos

que asemejamos a la vida.

 

Tuvimos el nivel de lluvia necesario

para que se activara la génesis vital

y la naturaleza fuese cuna

de la biodiversidad.

 

Las lágrimas del cielo

siguen cayendo

sobre nuestras tristezas

para que recordemos

que nada permanece y todo cambia.


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EL AGUA Y LA LUZ

 

EL AGUA Y LA LUZ

 

 

Tras el primer instante

del que gozó la eternidad,

ese microsegundo

que fue el origen

de todo el universo,

las ondas del Big Bang,

que aún siguen expandiéndose

en un lago infinito,

firmaron una tregua con las sombras

en nuestra Vía Láctea.

 

Fue un momento crepuscular

en el que todas las materias

armonizaron su energía

para que la belleza

ofreciese la luz a los colores.

Cuando la luz estuvo equilibrada,

se hizo la calma

y el silencio reinó de nuevo

en la dinámica del espacio.

 

Ese silencio hizo que, en la Tierra,

el agua fuese cuna

de las moléculas

que empezaron a florecer

en la materia inerte

y a liberar oxígeno

para que la vida

abriese su camino sobre el mundo.

 

En los océanos, el agua

fue un flujo cristalino

antes de ser un gran diluvio

que anegó los paisajes

y convirtió a la atmósfera

en una manta protectora.

 

Desde las estrellas cercanas,

los páramos de fuego de los astros

hicieron que la noche

acunase los sueños del planeta

dejando su materia lumínica

bajo tubos de anhídrido

disueltos en la bruma.

 

Y desde el espacio profundo,

la luz silente de la noche

se acercó hasta el agua

para buscarse en los reflejos

del cristal incoloro de los mares.

 

Desde entonces, el agua de la vida

encontró un fiel aliado

en el silencio

para poder vencer

a las sombras del mundo

con la luz de las estrellas.


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LA CREACIÓN

 

LA CREACIÓN

 

 

Los señores del cielo

viajaron por el cosmos

para mezclar la nada

con la levadura del todo.

 

Lanzaron su energía

cerca del firmamento

que observamos desde la Tierra.

Penetraron el cielo del planeta

con lanzas de aminoácidos

y partículas de agua.

Incrustaron, de un soplo,

el germen de la vida

y el mapa de la muerte

en la tierra aún vacía.

 

Después, liberaron de bruma

la oscuridad del mundo,

permitieron que el Sol

iluminase los paisajes,

hicieron que fluyese el agua

sobre la superficie de una esfera

que acababa de inaugurar su forma

de amar la luz,

y cubrieron el cielo

con vapor de helio y oxígeno.

 

Las nubes adecuaron sus siluetas

a una materia pétrea

que comenzó a enfriarse,

mientras los relojes del tiempo

activaban sus mecanismos.

 

La lluvia puso en marcha

el ciclo creador del agua.

Y se inició el proceso

de cambios permanentes

que convertirían la Tierra

en un suelo habitable

para el milagro de la vida.


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lunes, 11 de enero de 2021

EL OLIMPO DE LOS DIOSES

 

EL OLIMPO DE LOS DIOSES

 

 

Quizá exista un Olimpo

más allá de los límites

del universo,

un espacio remoto

donde habiten los dioses

que nuestra mente busca

para encontrar consuelo.

 

Y esos dioses quizá no sean

los que nos enseñaron

la comprensión del mundo

o de la condición humana

a través del legado

de civilizaciones ya perdidas,

de los pueblos antiguos de la tierra,

los pensadores griegos o latinos.

 

Y tal vez no sean reconocibles

por nuestra forma de pensar,

sino entes inimaginables

por las mentes humanas,

dioses que jueguen

con las fuerzas que crean

sus caprichosos gestos.

 

Tal vez nunca sepamos

qué hay al otro lado del más allá,

si allí habitan los creadores

y de ellos se derivan

fuentes universales de la vida

que están sujetas a sus leyes

o si de ellos depende

el azar del destino

que huye de toda lógica,

de cualquier religión

o lejana entelequia.

 

Mientras tanto, en la Tierra,

seguimos ideando

un gran Olimpo

donde poder buscar algo de lógica

al terrible desasosiego

que genera la muerte.


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