viernes, 7 de octubre de 2016

EL HORIZONTE





EL HORIZONTE


Cuando era solo un niño
vestido del color de la inocencia,
creía que las lindes del entorno
de aquellos tiernos años en el campo
del valle del Guadalentín
poseían las claves
de un universo unido a mis pupilas
por la magia remota de las nubes.
Ése era todo el mundo
que conocían mis sentidos,
todo el mundo posible.
Tenía su comienzo y también su final
en el mismo horizonte:
una línea que era distinta cada día.
Siempre me estremecía su misterio:
el abismo que daba sepultura
al sol Mediterráneo y sus colores.
Aquella hora lentísima de vencejos y grillos
delimitaba el día de la noche
acercando momentos de oscuridad y miedos
pues tan solo la luz daba sentido
a mi ubicación en el mundo.



(La intimidad del pardillo)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


miércoles, 5 de octubre de 2016

VIRTUD


VIRTUD 


Bajo la sombra fresca de la higuera,
con la espalda en el suelo
y los ojos perdidos entre ramas
de plata envejecida,
espiaba a los gorriones
para aprender las claves
de su jovial destino.
Los contemplaba absorto, fascinado
por la sencillez de sus formas
y la facilidad innata
que poseían para alzar el vuelo
y desaparecer al otro lado
de la línea azul del horizonte.
Observaba los pardos movimientos
de sus alas, sensibles a la voracidad
de todas las tormentas,
su vibrante dinámica,
el coraje que daba cobijo a la estructura
de los adalides del aire.
Reconocía en ellos la gris naturaleza
de los hombres humildes.
Sus plumajes vestían la esperanza
igual que los tejidos de mi cuerpo.
En aquellos instantes
había una virtud que compartíamos:
la insólita bondad de lo que crece
amamantado por leche de almendra
y carne de membrillos curados bajo el sol.
La inocencia pintaba las luces repentinas
que irisaban los pechos de las aves

y las pupilas verdes de mis ojos.


(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)

lunes, 3 de octubre de 2016

NIEVE


NIEVE


Hay recuerdos que solo pertenecen
a un ámbito de sensaciones
nunca antes compartidas,
como la que produjo el blanco de la nieve
en el invierno de mis cinco años
cuando aquella mañana era un molino de harina
que derramaba grumos del cielo en los bancales.
No sé qué mes tocaba. Quizá fuese febrero
quien hiciese temblar las horas
con los fríos espasmos de la bruma.
Detrás de la ventana miraba el horizonte.
Debajo de la lana envejecida
palpitaba mi piel con el ritmo de un alma
completamente absorta.
Un ave hollaba el río de la nieve.
Sus movimientos eran las formas del misterio,
imágenes en blanco, gris y negro,
que se superponían con cautela
sobre el lienzo uniforme del silencio.
Nunca antes la había visto. Era preciosa.
De repente sonó con estrépito
el ronco aullido de la pólvora
de un cazador hambriento.
La belleza quedó abatida por el plomo.
Y la nieve se tiñó del color del crepúsculo
mientras la muerte daba sus señales de vida.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


viernes, 30 de septiembre de 2016

LAS TRES ESQUINAS DE LAS ALAMEDAS




LAS TRES ESQUINAS DE LAS ALAMEDAS


Una vez me dijeron que el amor era el sentimiento más irracional que existe. Entonces no creí lo que ahora comprendo aunque sea demasiado tarde para evitar sus consecuencias. He vivido los últimos diecinueve años de mi vida en Londres, alejada de mi ciudad por una decisión que tomé durante la feria de 1997. Esta tercera semana de septiembre de 2016 he vuelto a Lorca arrastrada por un impulso, quiero intentar entender por qué hice lo que hice.
Ayer domingo, cuando pasaban las seis de la tarde y mientras en las plazas del centro de la ciudad la gente se divertía al ritmo de la música, yo me encaminé hacia el lugar donde viví una situación extrema. Bajé caminando por la Alameda de la Constitución a la vez que recordaba las palabras con que Carlos, aquella noche de 1997, me había declarado su amor. «Tú serás la fuente de la que beba el resto de mis días. A ella regresaré cada día después del trabajo para nutrirme y para cuidar su belleza». En aquel momento me sentí confundida. A lo largo de los dos últimos años siempre habíamos estado a la greña, cada uno éramos el objetivo de las bromas y las travesuras del otro. Recuerdo que una vez le puse pegamento en la correa de los pantalones y le hice que bebiera varias cervezas mientras, con los ojos tapados, tenía que averiguar quién de las amigas le tocaba. El problema le vino cuando las cervezas hicieron efecto. ¡Cómo nos reímos! Claro que días después él se vengó rociándome el pelo con un espray de color rojo. No me hizo ninguna gracia.
Después de cruzar las vías del tren me empezó a cambiar el ánimo. Una extraña tristeza se apoderó de mí. Recuerdo aquel día como si fuera hoy. Tenía entonces 23 años, acababa de terminar mi licenciatura en periodismo con muy buenas notas y había cursado varias solicitudes de trabajo. Estaba en un momento en el que se abrían ante mí ilusionantes posibilidades para hacerme un hueco en un mundo dominado por los hombres, pero que cada vez reclamaba con más fuerza la visión femenina de las cosas. Durante el último año de estudios en la facultad, había conocido a Mario, un joven apuesto, de familia adinerada que me traía loca. Había vivido con él apasionados escarceos amorosos, pero nunca me había dicho que me quería. Aquella tarde me había llamado a casa y me había anunciado que me iba a dar una sorpresa y que le esperara en las Alamedas.
Carlos y Mario se habían conocido durante el verano. Yo había notado la tensión que existía entre ambos, la achacaba a esas cosas de los hombres por hacerse los machitos y los valientes. No le di más importancia. Cuando Carlos se me declaró comprendí el recelo que se tenían. Aquella noche me mostré un tanto distante con él. No comprendí el porqué de su arrebato y le pedí que me diese tiempo. En mi mente estaban los brazos y el vigor de Mario. Sin embargo sentía algo especial por Carlos, aunque no lo conociese íntimamente y su futuro fuese más incierto, había un lazo invisible que nos unía desde hacía años. Yo nunca lo había admitido.
Ayer noté en las vibraciones del paisaje lo que entonces no vi. Cuando llegué a la confluencia de la Alameda de la Constitución con la Alameda del Corregidor Lapuente, me senté en un banco cara al camino que me había llevado hasta allí. Aunque algo cambiado, el paisaje conservaba gran parte de la vegetación plantada en su origen: olmos, cipreses de Monterrey, álamos negros y blancos, jacarandas, adelfas, rosales, yucas, madroños… Intenté imaginar cómo sería aquel espacio cuando Joseph Towsend los comparó con los paseos de Oxford y habló de su hermosura y de los trigales que había junto a ellos. Y entonces supe que tenía que haber seguido el instinto de la naturaleza.
Mi mente regresó a lo ocurrido en aquel mismo lugar diecinueve años atrás. Allí me estaba esperando Mario con un enorme ramo de rosas. Cuando llegué se puso de rodillas y me pidió que me casara con él. Sorprendida y emocionada no me di cuenta que por la parte izquierda de la Alameda del Corregidor Lapuente se acercaba Carlos, que había estado en mi casa y le habían dicho que me había dirigido allí. No me dio tiempo a contestar a Mario porque Carlos se abalanzó sobre él y le dijo que cómo se atrevía a pedirme matrimonio, que yo nunca sería feliz con él. Mario se levantó, fue hacia él, le empujó y le dijo que se marchara. Le amenazó y ambos se enzarzaron en una terrible pelea. Yo me eché a llorar mientras les suplicaba que se detuvieran. Y les grité que no sería de ninguno. Me fui corriendo a casa totalmente fuera de mí.
Aquella noche opté por huir. Estaba atrapada en una situación a la que no veía salida. Y pensé que la distancia aclararía las cosas. Mientras estaba en las Alamedas, habían llamado desde The Daily Telegraph para ofrecerme un contrato de becaria. Pensé que era lo mejor. A mí me haría ver con claridad y si alguno me quería tanto como decía, me buscaría hasta convencerme de que fuese a él a quien eligiera.
Hoy, sentada en el mismo lugar, siento una decepción intensa. Tengo un buen trabajo pero sigo soltera. Ha habido otros hombres, naturalmente, aunque de ninguno guardo señales profundas en mi alma. Sin embargo, sí hay uno que ha vuelto muchas veces a mi mente. A pesar de que nunca me buscara.
Me gustaría encontrarle para ver qué ha sido de su vida. Miro la nueva fuente que hay cerca de donde antiguamente estaba el quiosco del “Melones”. Me acerco para contemplar una especie de gran sol que hay en su parte superior. Y entonces me doy cuenta de un gravado en forma de corazón con dos iniciales y diecinueve muescas. Las iniciales son una E y una C. Curiosamente podrían ser Elena y Carlos… y las muescas… diecinueve años… El corazón me da un vuelco. Y entonces, mientras el pulso se me dispara recuerdo su frase: «Tú serás la fuente de la que beba el resto de mis días. A ella regresaré cada día después del trabajo…»
Por eso, hoy he vuelto. Quizá dos de aquellas tres esquinas se unan en la fuente. Ayer era domingo. Hoy es día de trabajo. Y tal vez… por esta fuente corra el agua que nunca debí dejar sin cauce.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©
                               


  

miércoles, 28 de septiembre de 2016

INSTANTÁNEA


INSTANTÁNEA


Una foto sentado en una silla
es la primera imagen
que tengo de mis tiernos balbuceos.
En un papel estriado de bordes ambarinos,
hay un niño rechoncho recubierto de grises
que tiene poco más de un año.
Sus ojos miran al futuro
desde el relieve plano
de un rostro inexpresivo,
se diluyen en la profundidad
de un espacio ignoto
junto a la soledad que aquel niño intuía
sería compañera en los tiempos más duros.
Casi sesenta años separan aquel instante
del momento en que escribo.
Ahora que el sol presta su pereza
a esta delgada hierba que espía la nieve,
un hilo de esperanza por alcanzar los sueños
recubre las facciones de aquel niño.
Las palabras se mueven como frágiles algas
al ritmo del reloj de arena
que crece en la cerámica
de cada voz ardida.
El agua del poema se derrama
entre las rejas frías de la urbe
mientras mi voz no olvida sus raíces humildes.
Y la sombra del tiempo
es humo en la fotografía.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


lunes, 26 de septiembre de 2016

AGRADECIMIENTO


AGRADECIMIENTO


Hay escenas que se enfrían en la mente,
se convierten en meros fotogramas
del paso por la infancia,
que portan el barniz de los olvidos
donde la luz contempla personajes
de los días que forman el pasado.
Son sombras inasibles de una realidad
que combaten por ser presencia adentro
con otras que vi con mis propios ojos.
Son hechos que tuvieron un papel importante
en momentos precisos de mi historia
aunque no los viviera. Por eso rememoro
una escena en la tarde del octubre
que anunciaba el comienzo de mis años.
Un hombre pedaleaba debajo de la lluvia.
Iba desde los míseros campos de los cincuenta
hacia los arrabales de la ciudad de Lorca.
Dieciséis kilómetros de caminos
para buscar una matrona
que me ayudase a ver la luz del mundo.
Se llamaba Matías. No recuerdo su rostro.
Tengo una vaga imagen recubierta de pana
con una voz de tonos muy trabados
en el timbre de las palabras.
Era un hombre sin suerte que terminó sus días
preso de la ignominia y la tristeza.
Sé que en aquel lunes veintisiete
sufrió bajo la lluvia muchas horas
para hacer el favor que le pidió mi padre.
Agradezco su esfuerzo con mezcla de cariño
y dolor por el triste desenlace
que la fatalidad dio a sus años.
En mi poema quedan sus huellas en el barro
como luz generosa, una verdad escrita
sobre la negra hoz que segó su recuerdo.



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Mariano Valverde Ruiz (c)


sábado, 24 de septiembre de 2016

VEINTISIETE AL VEINTIOCHO DE OCTUBRE


VEINTISIETE AL VEINTIOCHO DE OCTUBRE


Me dicen que llovía intensamente
sobre los tejados de barro,
cañizos y maderos, de una casa aislada
en mitad del valle lorquino.
La noche era fría y oscura,
tenía aún el color de una larga posguerra
aquel otoño del cincuenta y ocho.
La luz porosa de un candil
jugaba con las sombras de la alcoba
mientras se escuchó el llanto
que confirmaba vida para el niño que aún soy.
La matrona, mi abuela y mi madre,
fueron las primeras en verme.
Mi padre luchaba postrado
contra el dolor de todos los fragmentos
en que se habían convertido
la mitad de sus huesos tras ser atropellado.
Él, que apenas sabía las letras de su nombre,
quiso que su primer hijo fuese maestro,
lo más grande que había conocido.
Alguien que comprendiese de dónde procedía,
un hombre que plantara cara a la adversidad
y le cambiase el rostro a la pobreza.
Un hombre fuerte y noble
que enseñase a escribir la palabra ternura.



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Mariano Valverde Ruiz (c)