sábado, 24 de septiembre de 2016

EL AMIGO DE VOLTAIRE



EL AMIGO DE VOLTAIRE

Cada día de este invierno de 1756 es más frío y desabrido. Yo no sé qué voy a hacer para que mis huesos tengan un poco de calor. Siempre me digo, Bernard, abrígate antes de salir a la calle, que en Montmartre corren los cuatro aires y se te van a meter en las tripas. Aunque hay uno al que no le vendrían mal esos vientos, ya que de vez en cuando le alojan en la Bastilla a consecuencia de sus impertinencias. Sin embargo, su popularidad aumenta. Y no lo entiendo, anda siempre diciendo que la razón está por encima de todo, que la ciencia alumbrará a los hombres, que hay que respetar a la humanidad y ser tolerante con sus miserias. ¡Majaderías!
Mientras camino voy pensando que si él no escribiera yo tendría sus éxitos. Sus escritos me parecen abominables, los míos, sin embargo, son maravillosos. De modo que algo hay que hacer y no basta con hablar mal de Voltaire a quien le conoce, ni ponerle todas las zancadillas que me vienen a la mente, ni intentar reventarle las tertulias, esas en las que un día defiende una cosa y al siguiente la contraria por el placer de sacarnos de quicio, no, hay que hacer algo.
No soporto que le aplaudan o le rían las gracias, la envidia me corroe por dentro. El otro día, mientras bebía su octavo o noveno café, no recuerdo, le dije que eso era malo para la mente y va y me contesta:
—Intuyo que usted, secretamente, no me tiene mucho afecto. Yo, sin embargo, le respeto. Claro que es posible que alguno de los dos erremos en nuestros sentimientos.
Y se echó a reír. Tengo que librarme de él. Y más ahora que me han dicho que el ilustre parisino tiene el secreto del triunfo. Se lo robaré y ocuparé su lugar.
La calle está húmeda y voy moviendo el bastón de un lado a otro para tantear el terreno que piso y no hundirme en la mierda de caballo que llena las calles de París. Maldigo mi mala vista. La fui perdiendo poco a poco, cada vez que alguno de mis contendientes de letras conseguía un éxito literario: un poema con el que se ganaba a una dama, un relato con el que le daban el premio del barrio, una novela alabada por la gente. Y sobre todo cada vez que veo un libro de Voltaire. Lo mío debe ser consecuencia de la envidia, pero no acabo de reconocerlo. Aunque hoy he decidido apuntarme a la academia de Voltaire para sonsacarle su secreto. Seguro que lo consigo.
Le sigo dando vueltas al mismo tema desde hace una semana. Me pregunto qué es un relato ilustrado. Quiero averiguar por qué aclaman a Voltaire. Él dice al iniciar un texto: Memnon concibió un día el insensato proyecto de llegar a ser un sabio perfecto. Continúa planteando propósitos, fijando objetivos, describiendo las fases que había de cumplir. Después, el protagonista se equivoca en cada uno de sus actos, para terminar en un estado de desesperación, un trance místico, en el que una voz del más allá le da referencia de su simple condición humana, de su naturaleza imperfecta y de sus limitaciones. No lo entiendo.
El otro día, Voltaire decía que no es necesario que un relato tenga un personaje ni una acción. Sigo sin entender nada. ¡Maldición…! Me acaba de caer un cubo de aguas sucias encima de la cabeza. Estas calles están cada día peor. Voy a llegar oliendo mal y se van a reír. ¡Maldita sea mi estampa! Esto es la realidad y no un cuento de fantasía. Por lo menos quizá pueda eludir a los malhechores con esta pinta que me ha quedado después del baño de inmundicias. Si ahora me sacaran una navaja y me quitaran el abrigo sería lo mismo que si imagino ser un sabio perfecto y cualquier indocumentado me deja con el culo al aire.
Sigo caminando igual que un garbanzo negro en la sopa. Me sacudo un poco y busco el borde de la acera. Mi aventura va camino de no tener un final feliz. «¡Agua va!» Gritan desde la ventana. Esta vez estoy ágil y esquivo el chaparrón, pero tropiezo en los adoquines, me trastabillo y casi caigo después de meter un pie en una alcantarilla. Menos mal que ya estoy cerca. Llego al portón y subo los escalones. Intento convencerme de que me va a dar igual lo que diga Voltaire de mi aspecto, pero lo cierto es que me patalea el hígado la posibilidad de ver su sonrisa irónica.
Al llegar, me quito el abrigo y lo cuelgo en la entrada. Entro en la sala de estudio y encuentro a varios de los que han sido atraídos por la escuela de Voltaire. Alguno se mesa la barba por debajo de la nariz. Debo apestar. Me siento y me preparo para la lección. Al momento entra Voltaire. Su pose es solemne. Nos levantamos y nos inclinamos ante el maestro. Le veo fijar su mirada en mí. Y entonces dice:
—En esta sala hay uno que piensa robar mi secreto. Se lo voy a poner fácil. Cuando vuelva a su casa, que mire el bolsillo de su abrigo. Encontrará un tintero y una pluma. Si logra convertir el color de la tinta en la luz que ilumine las aristas de la belleza de la pluma, que me traiga su reflejo y le daré, gustosamente, el secreto que tanto ansía.
¿Lo dirá por mí? Maldigo su sabiduría... Y esta vez sí que no entiendo nada de lo que puedan significar sus palabras. Definitivamente, lo mío no es escribir. Aunque contaré lo que me acaba de suceder, por si le sirve a alguien.

RELATOS BREVES
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viernes, 16 de septiembre de 2016

ESENCIA


ESENCIA


La memoria traslada los recuerdos
desde los territorios cercanos a la costa
hasta las acuarelas balsámicas del mar.
La luz del agua levantina
se refleja en mi rostro,
busca su esencia
y halla en el diccionario de las voces silentes
la palabra que nutre
la pasión y la magia de lo auténtico.
Escribo sobre arena
el nombre de quien acepta sin prisa
el reto de ser algo más que otro ser humano,
un ser que sobrevive
sobre el limo de los bancales,
entre la tierra seca y los rastrojos.
Levanto la mirada y veo a lo lejos
a alguien que se convierte
en pequeña porción de océano:
agua de mar que piensa, vive y ama.
Queda sobre las olas la imagen disidente
de alguien que se pregunta cada día
cómo llegar a ser un hombre libre.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


lunes, 12 de septiembre de 2016

CERTEZA



CERTEZA


Hoy las luces del tiempo transforman la presencia
del azul lejanísimo del mar
en el color del cielo más cercano.
El horizonte de mi vista
se convierte en laderas de montañas,
en altos edificios y en viejas sensaciones
próximas al paisaje de mi lugar de origen,
alejadas de mi presente cotidiano.
Y pretendo buscar una certeza
libre de toda influencia negativa
que dé más coherencia a lo que escribo.
Dudo de la verdad que rememoran
las letras que fraguaron mis primeras lecciones
sobre las prioridades de la vida.
Recelo de la tierra erosionada
que me vio levantarme
en la naturaleza de mi origen
como un sarmiento débil
o un tallo de cebada expuesto a los vientos
y a merced de la lluvia.
Ha pasado la vida, ha cambiado el paisaje
y sigo sin saber por qué soy como soy.
Sé que todas mis dudas son la única certeza
que da sentido a quien escribe este poema.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)


sábado, 10 de septiembre de 2016

ENTRE AGUAS


ENTRE AGUAS


Contemplo desde cerca
la belleza del mar Mediterráneo.
Estoy junto a las rocas,
en la playa del tiempo.
Al otro lado de los montes,
el aire mece con alas de gaviota
el agua diamantina
que fascinó mis sueños infantiles.
La nostalgia confunde
aquella luz primera,
llena de esparto y sal,
con la textura verde de las algas
que junto a mi cortijo
cubrían el estanque
como escarcha en el cieno.
Ahora se entremezclan, sin notarlo,
aguas dulces de un pozo
que regó la tristeza
y aguas del mar que aguarda
con los brazos abiertos
a que llegue el instante
de soldar mis cenizas
con sus cristales de yodo.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)

jueves, 8 de septiembre de 2016

MILAGRO EN LA VIRGEN DE LAS HUERTAS





MILAGRO EN LA VIRGEN DE LAS HUERTAS


A María y a Antonio les crecía la adversidad igual que la retama en las acequias de su huerta. La crudeza de la vida les seguía machacando y parecía no tener fin el cúmulo de desgracias que les perseguían desde siempre. Pero su mayor dolor lo provocaba aquello que habían observado en su última hija. Lo que jamás esperaban que pudiese ocurrir, iba a suceder aquel 8 de septiembre de 1940.
Ambos procedían de familias humildes de la huerta de Lorca, gentes que malvivían con lo que iban cultivando, con el cuidado de los animales, y sobre todo, haciendo uso del ingenio para procurar su supervivencia. Se habían casado en 1931 en la iglesia de la Virgen de las Huertas, la que conocían popularmente como el Convento. La noche anterior a la boda, María había llevado secretamente a su vecina Rufina parte del ajuar y de los regalos que le habían hecho. Su vecina estaba próxima a contraer matrimonio y apenas tenía nada, además, María sabía que a Rufina le había gustado Antonio antes de que el joven decidiese pretenderla, y de alguna forma se sentía culpable de que Rufina no hubiese sido la elegida. El día de su boda, María, frente al altar de la Virgen, rogó para que la ayudase a salir adelante y a no pasar tantas penurias, pero también se acordó de pedir por Rufina.
Antonio y María vivían con los padres de Antonio en una pequeña casa de una planta que estaba situada muy cerca del Convento. Junto a la vivienda había corrales para los animales y un cobertizo para los aperos de labranza. Durante los primeros años, una prolongada sequía, la dificultad para conseguir agua de riego en el Sindicato de Regantes, las disputas ocasionadas por la convulsión política que vivía España y las luchas entre las clases obreras y la oligarquía, influyeron muy negativamente en su convivencia. Había épocas en que faltaba el dinero y las discusiones eran frecuentes. María era muy creyente y lo fiaba todo a la voluntad de la Virgen y Antonio siempre estaba maldiciendo su miseria y vivía alejado de la fe. Cuando en 1936 estalló la Guerra Civil, Antonio participó en el expolio del Convento y en la destrucción de la imagen de Nuestra Señora la Real de las Huertas que había sido traída por Alfonso X en 1244.  Muy pronto, Antonio tuvo que elegir entre seguir los impulsos que provocaban sus ideas u ocultarse para evitar ir al frente. María le convenció para que permaneciese en un agujero que escavaron debajo de la cama y que cubrieron con unos tablones. En aquel momento, el matrimonio ya tenía tres hijos varones como pequeños polluelos malnutridos.
Durante la guerra, las intrigas se llevaron por delante al padre de Antonio. Su mujer murió a los pocos meses. De los familiares de María solo quedó con vida su hermana mayor, Engracia, que estaba viuda y enferma. Al terminar la guerra, la miseria se había acrecentado aún más y Antonio no podía ver la luz por miedo a las represalias políticas, la persecución era feroz. Y en esas circunstancias nació la pequeña Huertas, a finales de 1939. Entre los vecinos se dispararon las habladurías sobre la concepción de la pequeña. A María no se le conocía ningún contacto masculino y la gente elucubraba sobre quién podría ser el padre. María callaba. Tenía mucho miedo. Durante los últimos tres años había ido cada mañana antes de que saliera el sol a postrarse ante el altar, aunque ya no estaba su imagen venerada, para rezar y rogar a la Virgen que aquella situación angustiosa terminase. Pero no veía salida.
En el verano de 1940, la pequeña aún no había sido bautizada. María no se había atrevido a confesar la verdad sobre el padre de Huertas y comenzaba a estar segura de que su hija tenía un grave problema: estaba ciega. Se acercaban las fechas en que los vecinos querían volver a sacar en procesión a la patrona de Lorca para rogar por los caídos y por el provenir de las cosechas. La situación de María era extrema, una hermana enferma, cuatro niños pequeños que alimentar y un marido escondido. No le quedaban recursos. La mañana del 7 de septiembre se decidió a confesar su situación al prior del Convento. Era la persona que le había abierto cada mañana para que pudiese rezar a la Virgen.
Entre lágrimas y suspiros, María expuso su situación atenazada por el miedo a que el prior pudiese denunciar a Antonio, que a lo largo de su vida no había manifestado ningún comportamiento religioso y muchos conocían su desafecto por la Iglesia. Tras escucharla, el prior le dijo que confiase en la bondad de la Virgen y que dijese a Antonio que estaba dispuesto a acogerle en la orden franciscana, que de esa forma purgaría sus pecados para con la Iglesia, haciendo una vida de recogimiento y oración. Y que los esperaba a la mañana siguiente, día de la patrona, en la que a solas, antes de la misa que a las once de la mañana se iba a realizar para las autoridades, celebraría el bautizo de Huertas.
María pasó todo el día entre sollozos. Bautizaría a su hija, pero perdería a su marido, al que quería. Además no sabía cómo iba a reaccionar Antonio ante la idea del prior. En la oscuridad de la noche, Antonio y María, ocultos en el agujero de debajo de su cama, debatieron todas las posibilidades. Antonio era partidario de iniciar una huida hacia Francia. María le dijo que no podía alejarse y dejar a su hermana enferma, y además cómo iban a huir con cuatro niños pequeños y pasar desapercibidos. Antonio insistió en que no pensaba entrar en el Convento y que después del bautizo seguiría escondido hasta que las cosas cambiasen.
Eran poco más de las seis de la mañana del 8 de septiembre y frente al altar de la iglesia, estaban Antonio, María con la pequeña Huertas envuelta en una mantilla, dos frailes franciscanos y el prior. Antonio había observado que después de que el religioso echara el agua bendita sobre la cabeza de su pequeña, ésta había seguido con los ojos las manos del prior. Su corazón palpitaba acelerado. Llamó la atención de la niña con arrumacos, comenzó a mover las manos de un lado hacia otro y comprobó que la pequeña seguía con los ojos sus movimientos. Antonio echó a llorar. «Huertitas ve, María, es un milagro…» Los dos cayeron de rodillas delante del altar. Y Antonio prometió que se quedaría en el Convento para siempre si la Virgen cuidaba de su familia. El prior le acogió entre sus brazos y le dijo que pronto habría una nueva imagen. Una réplica de la anterior se había encargado al escultor Sánchez Lozano.
El matrimonio se despidió en el camarín de la Virgen y poco después, Antonio subió por la escalera de la Tota Pulcra. Aquella mañana, cuando María se vio sola en su casa, lloró sin cesar. Lloraba de felicidad porque su hija veía y su marido había encontrado a Dios, y de tristeza porque ya no le tendría a su lado. Se escucharon unos golpes en la puerta. Cuando la abrió, encontró a Rufina con dos grandes cestas. En una llevaba trozos de turrón y botellas de anís que su marido había traído de casa de unos familiares de Alicante. En la otra traía un espinazo de cerdo, tocino, morcillas y cuatro kilos de arroz para que hiciese “arroz y cosa fresca” durante varios días. Rufina la miró a la cara, la abrazó con cariño y le dijo que aquella tarde la esperaba en la puerta de la iglesia, tras la procesión, para vender el turrón y el anís. Que eso le iba a ayudar a vivir desde entonces. María no cesaba de llorar, sus lágrimas eran un reguero de agua bendita. Rufina enjugó sus lágrimas mientras le decía: «Cuando das tu alma sin que te la pidan, la vida te devuelve su agradecimiento cuando más lo necesitas».

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miércoles, 7 de septiembre de 2016

MISCELÁNEA


MISCELÁNEA


La memoria es la luz de los recuerdos
y la sombra difusa de la realidad
que se gravó en la carne a base de experiencia.
Hoy veo los reflejos de mi infancia
en las ondulaciones del agua de un embalse
del que se alimentaban los frutales
de la finca del señorito.
También veo reflejos de la sombra del tiempo
en el fondo del pozo que enriquecía al hombre
para quien trabajaba mi padre sin contrato.
La luz sigue buscando su brillo más hermoso
dentro de las acequias, entre la grama y el barro,
sobre las piedras blancas y la arena.
Encuentra los destellos del color de las ranas
que eran luz en las algas de la balsa,
en la hierba silvestre de los campos
y en los sueños perdidos sin remedio
entre las negras fauces del pasado.
La memoria envejece la luz de la esperanza.
Mientras tanto la sombra conspira sin pudor
en el fondo del pozo que los años secaron.



(La intimidad del pardillo)
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sábado, 3 de septiembre de 2016

A RAS DEL CIELO



A RAS DEL CIELO


Nubes de algodón púrpura
decoran el cielo Mediterráneo
que pinta el universo en la distancia.
Con un trozo de caña
y sobre la pendiente de un bancal,
un niño traza nubes en la tierra
con formas caprichosas.
La imagen se proyecta junto a los escenarios
que fraguaron la faz de los deseos
en un punto concreto de los campos lorquinos,
muy cerca de las faldas de la Sierra Almenara.
En ella permanecen un niño y su memoria.
Al mirar la instantánea
intento comprender las sensaciones
del soñador que huía de la realidad
para alcanzar las sendas del misterio.
Y por más que lo intento tan solo puedo intuir
la presencia remota de la magia
que movía mis manos para que conformaran
los perfiles del aire que acogerá mi aliento.


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