miércoles, 20 de agosto de 2014

VENCIDO POR EL DESTINO



Anhelo los paisajes de tu alma.
Buscando ese territorio evanescente
pierdo toda presencia,
no soy nada, quizás un tiempo ido,
o tal vez un guijarro
que rueda por senderos del enigma.

Cuando la noche baila con nosotros
y el aire absorbe pronto los colores
de un cansado crepúsculo,
vuelvo a intentar subirme a los espacios
que moras con matices de misterio.
El mismo aire lleva la cordura
a las zarzas ignotas del deseo.
Y no puedo luchar
en contra del destino.
Me ahogo en el océano
que inunda tu epidermis.


(El fuego del destino. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

domingo, 10 de agosto de 2014

AMÁNDOTE



En tus venas hay un magma incandescente,
una sangre que fluye 
hirviendo sin termómetro
que pueda señalar temperatura.
Son mis arterias fuego
que ilumina la fuerza del instinto.
Es mi forma de amarte.
Mi cuerpo se convierte en un espacio
desasido por todas las materias,
es el aire que enciende la pasión,
un punto sucesivo de la hoguera
que prende su silueta en tu costado.
No me conformo con una mirada,
es toda tu figura el universo 
que para mí reclamo con codicia.
Es mi forma de amarte ya sin límites.



(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)   

LA MIRADA (versión completa)



LA MIRADA



A Flash Vate le conocen más por su nombre de pila que por su apellido. El hecho tiene que ver con su profesión. Es fotógrafo. Sin embargo a él le gusta llamarse Vate por la asociación con la referencia de poeta que tiene la palabra. Se siente feliz cuando va con su cámara al hombro en busca de la foto impactante, aquella instantánea que refleje mejor la realidad. Hoy ha disparado su cámara digital de última generación en muchas ocasiones. Ahora quiere ver el resultado de su trabajo y se ha sentado frente a la mesa de su estudio con todos los instrumentos preparados para seleccionar la mejor fotografía y convertirla en una obra de arte. No imagina lo que le espera.
Flash adquirió su oficio en la Escuela de Ciencias de la Imagen de Nueva York. En ella conoció todo lo relacionado con la fotografía: técnicas de revelado, sensibilidad de las películas y respuestas ante la luz recibida, encuadres, y otras mil formas de obtener la imagen. En su primer día de clase conoció, con asombro, que el instrumento que hizo posible la fotografía databa de la Edad Media. Se llamaba cámara oscura. Le explicaron que su funcionamiento estriba en que los rayos luminosos se propagan en forma rectilínea y que la cámara oscura es una caja hueca ennegrecida por dentro que tiene un orificio en una de las dos caras. Y pudo entender cómo los rayos de luz reflejados en los objetos del exterior atraviesan un orificio y forman una imagen invertida en la pared opuesta de la caja. Luego le dijeron que los hermanos Lumière consiguieron el primer procedimiento de fotografía en color.
Sin embargo, a pesar de sus amplios conocimientos sobre la técnica fotográfica, su mejor escuela han sido las calles de Brooklyn, la ciudad de los árboles, las casas, las iglesias y la gente. El barrio neoyorquino es célebremente conocido por su enorme variedad de personas, de todas las razas y condiciones. Un cartel lo identifica como “Home to everyone fron everywhare”, es decir, “hogar para cualquiera de cualquier lugar”. Flash tiene una foto junto al cartel enmarcada en su estudio que sitúa junto a la de Emily cerca de su mesa de trabajo.
Ahora son casi las doce de la noche. Flash ha pasado el día fotografiando los rincones de la ciudad, explorando el movimiento y las otras caras que posee lo visible. Ha recorrido gran parte de la Avenida Ocean y de Coney Islan. Ha intentado captar con su cámara el tiempo, el espacio, el silencio de los hombres y los sonidos de la urbe. Pero no ha encontrado ninguna imagen similar a la de Emily.
A lo largo del día ha intentado ser creativo. En algunas ocasiones ha optado por impresionar sobre el mismo negativo ya usado, por colocar sobre la sombra de un objeto ya fotografiado otra imagen contrapuesta. Lo ha hecho como si tratara de reproducir su propia verdad. En otras ocasiones ha querido retratar la figura que tenía ante sí combinando dos luces, o acaso dos sombras. Igual que si se tratara de la realidad y el deseo. Y no ha podido olvidar que el objeto de su deseo está a muchos kilómetros de distancia de donde se encuentra su realidad.
Flash ha sacado las primeras pruebas. Mientras las observa, intenta ver, con algo de perspectiva o de alejamiento, la obra realizada. Es como si mirase su propio yo a través de las huellas de los fotogramas. Va pasando lámina a lámina. Mira los negativos con lupa. Procura detenerse en cada detalle, en cada ángulo, en cada color, en cada figura, en cada sombra y en cada luz. Se pregunta por el significado que poseen algunas imágenes, sobre todo aquéllas a las que sólo su imaginación ha dado contenido.
Faltan muy pocos minutos para las doce en punto. Sabe que está haciendo lo que siente, siguiendo los dictados de su vocación. Recuerda algunos de los textos de Charles Bukowski en los que pinta con palabras el realismo sucio y se siente con la misma independencia del autor símbolo de la realidad. Comienza a tener claro la oculta alianza existente entre la poesía y la fotografía. Una alianza en contra de todos los elementos que nos condicionan y en contra de todas aquellas circunstancias que nos obligan a vivir como no quisiéramos. Una alianza nada convencional, y en absoluto alineada bajo unas siglas, o encasillada en una organización jerarquizada. Piensa que esa alianza es algo que sucede sin más para poner un poco de orden en el caos, un antídoto contra el vértigo.
Se siente un poco cansado. No es un cansancio físico, es el tedio que ocasiona la soledad. Echa de menos a Emily, a sus comentarios sobra la vida, a sus chispazos agudos y mordientes, a su manera de ver lo significativo, lo que realmente importa. Deja las láminas que le quedan por analizar sobre la mesa sin advertir que una de ellas ha quedado con una esquina fuera de la alineación con que quedan el resto. Saca del cajón su vieja grabadora. En ella suele guardar algunos de los pensamientos que le afloran, como por arte de magia, en medio de la noche y de la soledad. Pulsa el botón inicio y grava:
—Todos poseemos algo de cansancio en la mirada cuando el tiempo cede a nuestros impulsos y nos muestra, en blanco y negro, las consecuencias de no creer en nada, de no comulgar con ruedas de molino, ni con las doctrinas que intentan inocularnos desde los poderes establecidos. Entonces leemos en las páginas del recuerdo. Lo hacemos sin hacer ruido, con una sonrisa irónica dibujando la comisura de nuestros labios. Luego tiramos por el retrete todo lo que son desechos de la vida. Y nos duele. Nos miramos al espejo y vemos cómo nuestra cara es una cicatriz sin fondo, una triste mueca de la realidad que no acertamos a definir. Pensamos que la vida es un sumidero de ilusiones que se arrastra por las calles, por las estaciones, por los aeropuertos. Todo parece una promesa que queda siempre por cumplirse.
Flash pulsa el botón de stop. Respira profundamente y levanta los ojos al techo de la habitación como si buscara la imagen de Emily. Las sombras se han adueñado de las esquinas y sólo la luz refulge delante de su mesa como un chorro de color blanco que anuncia una claridad parcial en la habitación. Baja los ojos y los lleva hasta el pequeño paquete de imágenes que aún no ha examinado. Le llama la atención la esquina sobresaliente de una de ellas. La coge con la punta de los dedos de su mano derecha y tira de ella. La imagen queda ante sus ojos como una revelación instantánea. No recuerda haberla hecho. Es más, después de pensar un poco, está completamente seguro de no haberla realizado. No sabe cómo ha llegado hasta sus manos.
Mira la fotografía con toda la atención que su cansancio le deja poner en una instantánea sorprendente. Es el rostro de un payaso al que unas manos femeninas le han tapado los ojos. Está en blanco y negro, salvo por el detalle rojo de su nariz postiza. La expresión del rostro es serena. —Es la metáfora de la realidad que vivimos, —piensa—. O tal vez mi propia realidad, la de un pobre payaso al que una mujer ha dejado ciego. Sin duda.
Flash conoció a Emily en una sucursal de National Geographic. Recuerda que estaba hablando con la persona que habitualmente le atendía para entregar las últimas fotografías que había realizado cuando Emily se acercó a la mesa para recoger el paquete de fotos. Al mirarla a los ojos intuyó que era una mujer inteligente, echa a sí misma, luchadora, realista, leal... Mientras los presentaban pudo ver que era una mujer resuelta, de formas equilibradas, pelo castaño y unos ojos color miel muy vivos. Pero también intuyó algo extraño en su interior, algo que entonces no supo identificar.
Durante varios años los dos se veían en el trabajo cada vez que Flash llevaba sus fotos. Emily era la encargada de la sección que hacía posible que el trabajo de Flash fluyese con normalidad. En cada una de las conversaciones que mantenían se iban imponiendo las ironías, los diálogos con doble sentido, el humor… Ambos tenían una enorme capacidad para producir momentos de bienestar que alejasen los fantasmas de la cruda realidad del trabajo diario.
Flash no se planteó nunca ir más allá de aquella relación inteligente en la que las miradas se cruzaban, una y otra vez, manteniendo un diálogo ajeno a los demás, con expresiones que sólo ellos entendían. Entre broma y broma, también se alternaban algunas conversaciones, serias y más personales, en las que una y otro hablaban con sinceridad de sus puntos de vista ante la vida, la sociedad, el mundo…
Emily estaba casada y, a tenor de lo que contaba, no había ningún tipo de fractura en su matrimonio más allá de los pequeños conflictos rutinarios. Sin embargo, había momentos en los que sus ojos reflejaban un hilo de tristeza. Entonces Flash seguía jugando con las ironías y el humor para hacerla reír. Lo hacía sin más pretensiones de las que se derivan de querer hacerle pasar el día de la mejor forma posible.
Las visitas de Flash a la agencia eran continuas y los momentos felices se multiplicaban entre otros momentos en los que las tensiones del trabajo impedían una comunicación fluida. Pero todo comenzó a cambiar cuando Flash supo de boca de Emily que la trasladaban a la oficina de otro estado para incrementar la plantilla de una sucursal que necesitaba gente con experiencia.
Conforme fueron pasando los días, Flash fue sintiéndose más extraño. Comenzó a comprender que Emily le importaba más de lo que él mismo creía. Y entonces miraba con atención cada uno de sus gestos para ver sí ella sentía por él algo más que una amistad circunstancial. Así fue como comenzó a interpretar cada gesto, cada palabra, cada silencio, y a introducirse dentro de un mundo de dudas y de desconcierto que condicionaba sus acciones.
Cada día le costaba más mantener su frescura imaginativa, su buen talante, su chispa. Vivía dentro de una terrible lucha interior que sólo él conocía y reprimía constantemente sus impulsos para contarle a ella lo que le estaba sucediendo y lo que realmente sentía. Eso le provocaba realizar acciones en las que no se reconocía, utilizar expresiones que no eran propias de su carácter romántico y apasionado. Estaba perdiendo su libertad sentimental, y a qué precio.
Las fechas del calendario seguían su ritmo inexorable. El día de la despedida de Emily se acercaba. Flash conoció los preparativos de la fiesta sorpresa que los compañeros de Emily estaban diseñando. Y participó en ellos con una cierta agonía en la sangre. Pronto dejaría de verla y lo que tenía que ser alegría por un futuro mejor para ella, se transformaba en un profundo sentimiento de tristeza por no tenerla cerca de él. Aún recuerda los gestos de complicidad con los empleados de la sucursal cuando le advertían de que ella nunca supiese nada de lo que le estaban preparando. Eran momentos complicados para él en los que debía mantener una actitud que no delatara sus verdaderos sentimientos. Y recuerda lo que ella decía en los momentos difíciles: —El que quiera que me quiera como yo soy. Y el que no me quiera, me da igual. Es lo que hay.
La noche de la fiesta de despedida sus compañeros habían invitado también a otros colaboradores entre los que estaba él. Flash esperaba ese momento para ver si afloraba una emotividad que parecía secuestrada en el interior más profundo de Emily, consecuencia quizá de una vida dura en la que había tenido que revestirse de fuerza para seguir adelante. Y pudo percibir con extrañeza cómo Emily afrontó todas las muestras de cariño de que fue objeto sin derrumbarse en ningún momento.
En otras ocasiones había vivido momentos en los que la voz de Emily había sufrido pequeñas alteraciones, leves cambios de tono, momentos en los que Flash había sentido que el simple roce de una mano se había convertido en un mapa de sensaciones parecido al del cielo. Esos instantes se alternaban con espacios en los que ella se alejaba y se mantenía ocupada con sus tareas y responsabilidades.
Durante la fiesta Flash apenas pudo hablar con ella. Entendió que debía de ser así, era el centro de atención y se debía a las personas con las que había trabajado durante varios años. Pero Flash hubiese querido quedarse a solas con ella, pasar toda la noche hablando de cualquier tema, incluso de sus sentimientos, del temor que sentía al pensar que ella desapareciese definitivamente de su vida, del miedo a que su amistad no pudiese dar un paso más hacia el interior de todas sus sensaciones, de la agonía que le producía pensar en que no podría compartir con ella sus pensamientos y sus proyectos de futuro, aunque solamente fuese una amistad, una amistad verdadera, una relación en la que las palabras y los hechos fluyeran con naturalidad.
El tiempo transcurrió arrastrando las sensaciones de Flash hacia la nostalgia de momentos pretéritos, paralizándole en ocasiones, dejándole atrapado en una duna de pensamientos, de recuerdos, de vivencias, de miradas…
Y llegó el tiempo de la despedida, un momento que se fue aplazando hasta el último instante. Flash le dijo que no quería despedirse. Ella le contestó que no se despedían, que tampoco iban a estar tan lejos como para no verse alguna vez.
Flash había pasado unas horas en las que sus nervios habían sufrido una prueba de fuego. Era una de las situaciones más desconcertantes que había vivido. No recordaba haberse sentido así desde hacía muchísimos años. En su interior algo le decía que los ojos de Emily hablaban más que sus palabras. Su intuición le decía que sentía algo por él, pero no sabía si era afecto, algo más profundo, o simplemente pena y un sincero agradecimiento por los sentimientos que podría tener Flash hacia ella. Atrapado en tantas suposiciones se sentía ridículo, un iluso adolescente.
Sin embargo, la evidencia vencía todas las conjeturas, ella se marchaba y él se acababa de dar cuenta de que se había enamorado, de que había sucedido sin pretenderlo, con toda la inocencia de quien no busca y encuentra. Estuvo a punto de hacerlo, de confesarle sus sentimientos a quemarropa, de arriesgarse a perder la única posibilidad que le quedaba de conservar su amistad, pero no dijo nada. Y ella se marchó dejando dos fríos besos en las mejillas y un “hablamos” por toda despedida.
Ahora, cuando ya han pasado casi dos horas desde la media noche, cuando el ruido de la calle se ha amortiguado en Brooklyn, Flash quisiera tener la capacidad de expresión de Walt Whitman para poder pasmar en un poema todas sus sensaciones. Recuerda aquella despedida de hace ya varios meses, aquel momento frío y lejano, como cualquier adiós entre dos personas que apenas se conocen. Y le duele.
Se reprocha a sí mismo no haber tenido la certeza suficiente en sus sentimientos para perder lo que hubiese sido necesario, incluso su autoestima, e ir más lejos, haber sacado las dotes de seductor que tanto había utilizado con otras mujeres y que con Emily nunca se planteó siquiera, para haberla hecho suya. Pero ahora ya no servía de nada lacerarse como un tonto que no ha utilizado sus mejores armas para conquistar lo que ya no está a su alcance.
Durante los últimos meses, Flash no llamó nunca a Emily, aunque lo pensara cada vez que miraba el teléfono. Ella tampoco le había llamado. No tenía noticias de cómo le iba la vida. Flash se había debatido muchas veces entre coger un vuelo a Los Ángeles, la ciudad donde había sido trasladada Emily, y presentarse en la oficina con un paquete de fotos y una sonrisa en  la cara, o intentar olvidarla buscando en otras mujeres, sin suerte, lo que encontraba en ella.       
El tiempo no perdona las indecisiones, ni tampoco las consecuencias. Flash ha pasado casi dos horas mirando fijamente la fotografía de Emily y la imagen fantasmal del payaso que el azar ha puesto ante sus ojos. Y se ve reflejado en la cara del payaso, en la serenidad con que afronta su destino, un destino en el cual, igual que al payaso, una mujer le ha tapado los ojos, para tal vez, no poder ver más la realidad. Y piensa en la primera vez que vio los ojos de Emily, en aquella extraña sensación que no pudo definir en aquel momento, y que ahora supone era un miedo encubierto a que la quisieran, o peor aún, era el temor a amar ella, a verse desbordada por la vida y poner en riesgo su estabilidad y su matrimonio. Sabía que Emily es de las personas que no le gusta dejar nada en manos del azar. La vida le había enseñado a controlar todo lo que sucediese en su entorno.
El sonido del camión de la basura saca a Flash del estado alucinógeno que sufre. Entonces recuerda que en el lateral de su mesa tiene anotada una frase de Jacques Prévert. Alarga el brazo, toma el folio y lee: El seguía su idea. Era una idea fija y se sorprendía de no avanzar. Y piensa que al día siguiente debe volver a la calle con su cámara de última generación bajo el brazo. Debe salir con ilusión renovada. Debe seguir preguntándose dónde está la verdadera realidad. Quizá encuentre la respuesta que busca en los ojos de los demás.
Pasan cinco minutos de las dos de la madrugada. Suena el timbre de la puerta del estudio. Es un toque leve, casi tímido, pero suficiente para que Flash se dé cuenta de que hay alguien al otro lado de la puerta. Se levanta de la mesa con extrañeza, preguntándose quién llama a estas horas, —tal vez algún vecino con problemas—, piensa.
Al abrir la puerta se encuentra de frente con los ojos de Emily y su mirada inteligente.
—He encontrado tu dirección en los archivos de la empresa y cómo andamos escasos de buenas fotos, me he preguntado si tenías algún trabajo pendiente de entregar, ya que en los últimos meses no he recibido ninguna foto tuya, y no me gusta que nuestros colaboradores se relajen. ¿Es que se te ha agotado la memoria de la máquina?
—Mi memoria sigue intacta —contestó Flash.
Los dos sonrieron. Una mirada había sido suficiente para decirse todo lo que las palabras esconden y los silencios dificultan.


16 de julio de 2014
Relatos
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz ©       
            
    

       

martes, 22 de julio de 2014

IMÁGENES



La perversa sonrisa de una joven
y el aire que entrelaza sus cabellos.
La terraza de un bar y el flujo de la luna.
Las olas acercándose al oído
como una melodía ya anacrónica.
El perfil de una villa de verano
y más tarde las sábanas
de un hotel muy discreto.

Pudo haber ocurrido
pero tan sólo son imágenes 
esparcidas sin orden
por las páginas de este poemario.
Lo que más me sorprende,
ahora, en este invierno sosegado,
es esa gelidez anticipada
que recorre mis células con premura
portando la cicuta del deseo.
Quizá mañana pueda despertar
y nuestros cuerpos sigan aún en aquellas sábanas,
envueltos en la luz que une las pieles.


(El fuego del instinto. Ed.Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

sábado, 12 de julio de 2014

ALMINARES DE CEREZA



Para la sed me ofreces
la niñez del arroyo de sonrisas
que te define, el río clandestino
de las caricias -fuente de salud-,
el océano dulce de los besos,
su almíbar, el lentísimo almidón
de la complicidad y el manantial
acuarela que nace de tus ojos.

Por alimento: más dulzura,
el calor y la tibia dimensión
de los abrazos -pura vitamina-,
el sonido de frases que comprenden
mis cansadas neuronas, los latidos
del corazón -imán frenesí o embrujo
que envuelve la textura de tus senos-
y el blancor voluptuoso 
que escondes entre nalgas,
todas las proteínas necesarias
para tener la vida entre paréntesis
o láminas de luz enfebrecida.

Cuando siento el voraz
mordisco que la vida a veces da
y palidece el alma, también su eco,
libo tus alminares de cereza
porque sueles dejar la fruta más jugosa
junto al vértice cálido
de tu flor femenina.
Nada más necesito.

He aprendido a amarte
al lado del cerezo de tu pecho,
bajo su fugaz sombra,
comprimiendo a hurtadillas
una gota diluida en nostalgia.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c) 

jueves, 3 de julio de 2014

PAISAJE



La mañana sujeta nuestro tiempo
con alfileres, mar y tiernos gestos.

La luz es puro mimbre 
en manos de gitana.

La paz guía los ojos hacia dentro
y el cuerpo se transmuta en resplandor
o en fábula marina.

Todo es piel predispuesta
al viento favorable del abrazo.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

martes, 1 de julio de 2014

LA CALAVERA (Versión completa)



LA CALAVERA



La lluvia golpea con fuerza los cristales de la ventana del camerino. El cielo parece desplomarse sobre las calles de la ciudad con la violencia de una tormenta otoñal que llevaba días creciendo en el aire madrileño. Mara no mira cómo se desliza el agua por los cristales, está intentando centrarse en la preparación del momento más importante de su vida. La joven promesa de la canción calienta la voz y repasa su atuendo ajena al estrépito que los truenos generan fuera de las paredes aislantes del estudio de televisión.
—Cinco minutos y a plató.
Tras la puerta del camerino se escucha la voz concisa del regidor. El hombre está muy pendiente de que los tiempos se cumplan con escrupulosa exactitud.
—Ya va.
Mara contesta como si reaccionara mecánicamente ante la punzada de un incisivo rayo. Cambia de posición y sigue hablando en voz baja, lo hace igual que si junto a ella le estuviese escuchando con atención un extraño interlocutor.
—Es la hora. ¡Qué nervios! No voy a llegar a tiempo. Este traje me ajusta demasiado. ¡Ufff!...Y los zapatos rojos que no me entran…
La joven se mueve con inquietud por la habitación. Tiene la impresión de que un imperio de hormigas negras le recorra el cuerpo. El cosquilleo es casi insoportable.
—A ver. A ver. El collar de conchas marinas. ¿Dónde está?...
Se mira al espejo durante un segundo para ver cómo lleva el maquillaje. Hace una hora ha pedido a la maquilladora que realzara sus facciones y que dibujara las sombras de los ojos con precisión para que su mirada resulte muy penetrante. Ahora no está segura del resultado.
—Sí. Sí. Está muy bien. Las tonalidades acarameladas me sientan de maravilla. Pero esta parte del mentón…
Gira la cabeza de derecha a izquierda y mira de reojo hacia el espejo. Un instante de inseguridad se cruza con la calma necesaria para seguir concienciándose de que ésta es una oportunidad que no debe perder.
—¿Estaré guapa?
Se mira de nuevo en el espejo con mucha atención mientras coloca ambas manos en su cintura y realiza un ligero balanceo al igual que si estuviese interpretando delante del micrófono y de las miradas examinadoras del jurado.
—¿Cómo se verá un primer plano de mi cara en la pantalla?— Pregunta elevando un poco la voz para que su extraño interlocutor pueda percibir la inquietud latente en su duda. Nadie responde.
Mara vuelve a girar la cabeza con celeridad buscando la esquina del camerino donde dejó la pequeña maleta de viaje que ha traído desde Canarias.
—¿Y mi talismán? ¿Dónde he dejado la calavera? Debe de estar en la maleta, acurrucada entre mis ropas, con sus dos esmeraldas en las cuencas de  los ojos, igual que dos pasajes al paraíso. Pero ahora no tengo tiempo de volver a tocarla, de pedirle suerte…
La joven se queda totalmente inmóvil durante unos segundos. Parece reflexionar a la velocidad con que se transmiten las ondas electromagnéticas que portan las imágenes y los sonidos.
—Nadie conoce mi secreto. Nadie sabe nada de la historia y de los poderes del objeto que mi tatarabuelo trajo desde una cueva fría y húmeda, perdida en la selva africana del Congo. Un objeto que tuvo vida y que ahora tiene algo más que vida.
La joven toca sus pómulos con la punta de los dedos de la mano derecha mientras piensa en el tacto de los huesos que lleva en su maleta.
—La calavera tuvo que pertenecer a un ser muy importante. Estoy segura. Su origen debe remontarse hasta cerca de los orígenes de la creación humana. Sé que sus características no son las de los primitivos habitantes del Congo. Así me lo hace pensar todo lo que he podido averiguar sobre anatomía humana. Mi abuelo me contó que mi tatarabuelo supo de su existencia por boca de un chamán de la tribu de los Bunga, los hombres silenciosos. El hecho que cambió su vida le sucedió mientras exploraba un territorio selvático en busca de minerales preciosos para una empresa holandesa. Fue a principios del siglo XIX. Mi abuelo cuenta que cuando su antepasado supo de los poderes de la calavera, se armó de valor, la robó y huyó de la zona. Luego dejó a sus empleados a merced de las fieras, abandonó todo contacto con la empresa para la que trabajaba y viajó por todo el mundo hasta que, ya de viejo, se instaló definitivamente en la isla de La Gomera. Allí vivió durante el resto de sus días con una extraña costumbre: visitar el bosque de Garajonay una vez por semana. Siempre a solas. Él sabría para qué. Antes de morir confió  su secreto a su nieto y éste, a su vez, a su nieto. Y así fue cómo me enteré yo de la existencia de la calavera y de su extraño poder: tiene la potestad de hacer realidad los sueños de quien la posee. Sólo hay un pequeño problema, casi sin importancia o con muchísima, según se mire: han de ser deseos puros, sueños totalmente alejados de la codicia y del egoísmo.
Mara recuerda entonces que tuvo la calavera por primera vez en sus manos hace muy pocos meses, justo la semana anterior al día en que se decidió a mandar la solicitud de inscripción para participar en un famoso concurso de televisión que busca voces nuevas.
—Me atenazan los nervios. Ya tengo todo mi vestuario colocado en su sitio. El maquillaje está perfecto. Eso creo. No me falta nada…¿Y la letra de la canción? ¿Cómo era?...¡Qué nervios!
—Tres minutos— dice el regidor tras la puerta del camerino a la vez que da dos golpes con los nudillos en la madera.
—Vaaa… Ya va— contesta Mara. Y sigue pensando.
—No sé cómo estuve para hacer lo que he hecho. Pude vender las esmeraldas en el mercado negro, ofrecérselas a algún comerciante hindú, de los muchos que hay en Tenerife y resolver el resto de mi vida. Pero no lo hice. Yo tenía un sueño. Un sueño que se ensanchaba día a día, que crecía conmigo mientras rebañaba platos de potaje, lentejas con chorizo y conejo con papas arrugás. Un sueño que volaba por los tejados de mi cabeza mientras hacía boca para la siguiente comida con kilo y medio de chocolate. Yo soñaba con cantar ante muchas personas y pensaba que ese momento llegaría antes cuanto mayor fuese la capacidad de las ollas que vaciaba.
—Dos minutos y a plató— insiste el regidor.
El regidor es un hombre joven, de pelo moreno y buen aspecto físico. Viste vaqueros ajustados y una sudadera con las imágenes de Mortadelo y Filemón grabadas a la espalda con colores chillones. El hombre ha abierto la puerta y ahora apremia a Mara para que salga del camerino y se coloque en el pasillo de entrada al plató.
—Vamos. Estás en antena inmediatamente.
—Un segundo y salgo.
El regidor asiente con la cabeza y deja la puerta franca.
—La letra…La letra de la canción. Se me va a olvidar. Tengo que ser natural. Es lo que intuyo que me aconseja la tela de araña que decora el interior de mi calavera, mi fetiche mágico. Seré natural. Comenzaré a cantar y mi voz tendrá el color del melocotón, la esencia del ritmo afroamericano, nada que ver con el registro clásico de la voz española, los tonos de mantilla y peineta, que eso ya está pasado.
La joven echa una última mirada al espejo.
—Nunca he sido muy coqueta. Ni tengo mucho que contar de las andanzas de una moza que se sentía el patito feo de la clase. Sin embargo, en los últimos meses todo ha cambiado. Desde que descubrí mi talismán he adelgazado. Conozco casi todos los remedios para perder peso, las dietas más agresivas, los mejores tratamientos de belleza.
—Treinta segundos.
—Que ya voy.
Mara apura los últimos instantes en el camerino.
—Y es que entre la tela de araña de mi calavera vi un poder sobrenatural: el secreto de la luz. Entonces decidí vivir para hacer realidad mis sueños. ¡Vamos allá! Ya sí que no recuerdo nada de la letra de la canción. Se me ha ido el santo al cielo. Confiaré en mi talismán. Sé que si no consigo triunfar como cantante, lo haré como promotora de productos dietéticos. Pero no va a ser así. Estoy segura. Quiero tener cientos de zapatos organizados en estantes por fabricante, estilo y uso; quiero tener miles de vestidos de todos los colores en un vestidor de cientos de metros cuadrados; quiero viajar por todo el planeta siendo una estrella, soportando el alago de personas importantes y la envidia de los miserables; quiero ser objeto de toda clase de atenciones por parte de los poderosos; quiero convertir todos mis deseos más ocultos en excentricidades; quiero…más…más…más…
Mara sale decidida de su camerino y se dirige con celeridad al plató, donde, en el centro del escenario, le espera un trípode con un micrófono situado a la altura de la cara. La joven se coloca en posición, justo delante de la cruz que tiene marcada en el suelo. Cambian las luces de los focos. Una luz verde se enciende bajo los objetivos de las cámaras de televisión, es la señal de salida de la imagen, también una premonición. Mara coge el micrófono con las dos manos y comienza a cantar las notas de un tema compuesto para la ocasión.
La cámara número uno toma un primer plano de la cara de Mara. La joven vuelca toda su energía en la canción. Quiere seducir al público, conseguir hipnotizar a la audiencia, hacer cómplices a los espectadores de su ambición, de sus sueños. No tiene constancia de ello, pero su mente se está transformando por segundos, el poder de los ancestros que poblaron la selva del Congo se acumula en sus neuronas como un enorme generador en el que cada hecho, cada imagen, cada pensamiento, cada idea, se proyecta por los ojos de la cantante y sale al exterior como una ráfaga de energía imperceptible para los sentidos de los mortales.
En su mente se confunden las percepciones de la realidad y la memoria ancestral de los hombres. Y algo sobrenatural y misterioso se superpone a las palabras de la letra de la canción, es la imagen de un grupo de homínidos que danzan desnudos en torno a una hoguera. Un chamán en estado de trance les salpica con hojas secas que previamente humedece en un cuenco con la sangre, aún caliente, del que hasta hace unos momentos era el jefe de la tribu y que ha sido colgado de un árbol con lianas, degollado, desangrado lentamente para que su sangre no se coagulase, y por último, en un acto fulminante, el mismo chaman, tras lanzar a la luna un grito ensordecedor, le ha separado la cabeza del cuerpo con golpes violentos de un hacha de afilado pedernal.
La ceremonia del sacrificio del líder de los Bunga se ha producido como consecuencia de una inspiración divina que el chamán ha tenido mientras observaba cómo el jefe preparaba el camino para abandonar la tribu, llevándose con él las piedras preciosas que él había encontrado durante la mañana, mientras recogía hierbas para las curas metódicas de las enfermedades del alma que los malos espíritus provocan a los miembros de la tribu. Tras cerciorarse de las intenciones de su jefe, el hechicero había comenzado a emitir sonidos guturales al ritmo del retumbo de un tronco hueco que dos homínidos golpeaban con furia, clamaba a los dioses de la selva e insistía en señalar a los demás la traición del jefe. En pocos minutos, una reacción de odio y de violencia había sacudido los cuerpos de los miembros de la tribu al advertir la infamia de su jefe. El desenlace fue muy rápido. Todos los dioses de la naturaleza acudieron en auxilio del chamán, que consiguió, en poco tiempo, que el deseo de su jefe acabase con la muerte mientras pronunciaba una oscura maldición.
Durante los días posteriores, el chamán se ocupó de que las termitas vaciaran la cabeza del jefe y dejasen a la vista sólo los huesos desnudos de su calavera. El hechicero colocó en el interior de las cuencas de los ojos las dos esmeraldas objeto de la discordia. Preparó un altar en el interior de una cueva cercana a los dominios de la tribu y allí colocó la calavera con la advertencia de que quien la tocase correría el mismo final que su anterior poseedor. Nadie se atrevió a alterar el orden de aquella disposición y además, con un grito unánime, el chamán fue reconocido inmediatamente como nuevo jefe de la tribu, consiguiendo así su más oscuro deseo. Y el de perpetuar el poder para todos sus sucesores.
Todas esas imágenes obnubilaban la mente de Mara mientras cantaba mecánicamente la canción. Era una canción que hablaba de que todo vale para conseguir los fines últimos que cada cual se propone, una canción que cuestionaba los límites del bien y el mal en favor del poder supremo de la ambición. Pero muy cerca de ella, el hombre que la había acuciado para que estuviese preparada, en el momento exacto y en el tiempo preciso, para salir a escena, la observaba con un rictus de inquietud en la comisura de sus labios.
El regidor se ha dado cuenta de que algo no va bien. Hay un magnetismo en la escena que excede sobradamente lo que pudiera considerarse normal. Un escalofrío le recorre el cuerpo al comprobar que un cable de iluminación está despidiendo chispazos en el techo, justo a dos metros de su cabeza. La visión que la conexión eléctrica ofrece a sus ojos, le paraliza. No acierta a reaccionar. La emisión del programa está en antena y una interrupción del directo podría resultar fatal para los resultados de la audiencia del día. El hombre sigue con los ojos la posible trayectoria del cable si terminase desprendiéndose y cruzando el cuadro de la imagen que está saliendo al exterior en riguroso primer plano. Y se horroriza al ver la posibilidad de que la caída del cable pueda alcanzar el rostro de la joven cantante.        
Fuera del edificio, la tormenta ha ido adquiriendo el tamaño de una ciclo génesis explosiva. En el plató de televisión nada grave parece que estuviese ocurriendo en las calles de Madrid, pero en el exterior del estudio diluvia ahora con una furia desconocida en muchos años en la capital del estado. El cielo, negro como la piel de los Bunga,  se quiebra tras el choque de las nubes, es una catarata de bruma que seccionan los estriados filamentos blancos de los relámpagos. El sonido de la naturaleza iguala en amplitud al que producen los fenómenos inexplicables que asociamos a un dios remoto y todopoderoso. Y sucede lo imprevisto. Un rayo con la energía de un ciclón de iones negativos cae sobre la antena parabólica de la emisora de televisión, la que conecta los estudios con el repetidor general, conocido en Madrid como el pirulí. El relámpago de dimensiones bíblicas, va seguido de un trueno ensordecedor que deja en el aire una milésima de segundo vacía de toda realidad, de toda lógica.
En los hogares de los aficionados al programa de nuevos cantantes, la pantalla del televisor cambia y pasa de ofrecer los colores habituales a presentar una arenilla aleatoria en blancos y grises. El sonido de la canción que canta Mara desaparece súbitamente. En el centro de las pantallas comienza a dibujarse una silueta amenazante: es la imagen de una calavera. Y en las cuencas de los ojos de la imagen de la muerte, un verde intenso se abre paso entre las sombras como una luz cegadora que turba las mentes de quienes la miran absortos. Los relieves de dos esmeraldas de luz selvática se distinguen con claridad en medio de un silencio enigmático. La maldición sigue su camino entre los mortales.


1 de julio de 2014
Relatos
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Mariano Valverde Ruiz ©