domingo, 8 de febrero de 2026

GABO NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

 GABO NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

 

La soledad tiene más de cien años, sobre todo, la soledad eterna, a la que se llega después de abandonar Macondo. Gabriel García Márquez (1927-2014) lo sabía con certeza. El escritor y periodista colombiano, conocido como Gabo, premio Nobel de literatura, nacido en Aracataca y ciudadano de las letras, pasó muchos años indagando en la soledad antes de ser la soledad misma.

A lo largo de su vida escribió novelas, guiones, cuentos, crítica cinematográfica… En sus textos mezcló lo fantástico con lo real, la imaginación y la visión crítica del mundo, reflejó la vida y conflictos de América, y fue parte sustancial de lo que se ha denominado “realismo mágico”. En la mente colectiva de la humanidad van a quedar algunas de sus obras: ‘Cien años de soledad’, ‘Crónica de una muerte anunciada’, ‘El coronel no tiene quien le escriba’, ‘Relato de un náufrago’, ‘El amor en los tiempos del cólera’…

Quizá nunca esperó un reconocimiento más allá de su muerte, era consciente de que el silencio lo cubre todo con una pátina de olvido. Algo que recreó en ‘El coronel no tiene quien le escriba’. En esa novela ensalzó el arte de la espera y la virtud del silencio. Hoy, la ironía se invierte. Tras su muerte, el vacío que dejó no es de falta de lectores sino de la ausencia de una voz capaz de convertir el polvo de un pueblo olvidado en una mitología universal.

Escribir hoy a Gabo es un ejercicio de nostalgia. ¿Qué le podríamos contar de este siglo XXI? Él retrató la dignidad del ser humano frente a la miseria, el tiempo de los gallos de pelea y los regímenes interminables. El mundo ha cambiado mucho, sin embargo, la soledad sigue siendo la misma. La soledad de cada uno de nosotros frente a los retos del presente, frente a las imposiciones del poder, frente a la impotencia ante las fuerzas que gobiernan el mundo, y frente a nosotros mismos y nuestras debilidades. Si el coronel esperaba una carta que validara su sacrificio y le permitiese salir de la pobreza absoluta, nosotros esperamos un relato que nos explique la verdad sobre lo que sucede cada día y condiciona nuestra existencia.

Los nuevos cronistas parecen más preocupados por la inmediatez que por la eternidad de una frase. No hay quien le escriba a Gabo porque nadie se atreve a habitar su sombra. Sus herederos literarios huyen de Macondo para no ser devorados por las mariposas amarillas. Intentar escribirle a Gabo es enfrentarse a un espejo que no devuelve el reflejo de la magia, sino que proyecta la cruda realidad de un continente que sigue esperando su pensión de dignidad.

Gabo se fue sabiendo que la literatura es una carta enviada a un destinatario desconocido. Escribirle a él es buscar un diálogo con un mito que no nos puede contestar. Solo nos queda releerlo para que el olvido no borre sus letras, aprender de su coherencia con las verdades más profundas del hombre, esas que nos mantienen vivos ante un pelotón de fusilamiento, como a Aureliano Buendia en ‘Cien años de soledad’. Futuro, pasado y presente en un trozo de hielo, un instante en la memoria de un niño de Macondo.

Mariano Valverde Ruiz ©

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martes, 13 de enero de 2026

SHAKESPEARE O NO SER

SHAKESPEARE O NO SER

Como todo humano, seguro que se preguntó muchas veces quién era. En su lucha diaria por la subsistencia es muy probable que llegase a la conclusión de que debía ser él mismo o no era nada: uno más de los seres anónimos que pasan por el mundo sin dejar huella. Así que concluyó: “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Esta es la frase inicial del monólogo del príncipe Hamlet, en el que Shakespeare reflexiona sobre el dilema existencial entre el vivir soportando el sufrimiento o acabar con la vida para escapar de él. Se cuestiona la vida, la muerte, la acción, la duda y explora la experiencia humana profunda.

William Shakespeare (1564-1616), “El bardo de Avon”, fue un dramaturgo, poeta y actor inglés. Se le considera el autor más importante en lengua inglesa. Sus obras más destacadas entre las tragedias son: ‘Romeo y Julieta’, ‘Hamlet’, ‘Otelo’, ‘El rey Lear’, ‘Macbeth’, ‘Antonio y Cleopatra’, ‘Julio César’. Entre las comedias destacan: ‘El mercader de Venecia’, ‘Pericles’, ‘Las alegres comadres de Windsor’, ‘Cuento de invierno’, ‘La fierecilla domada’, ‘El sueño de una noche de verano’. Entre las obras históricas: ‘Eduardo III’, ‘Enrique VI’, ‘Ricardo III’, entre otras. También es destacable su producción de sonetos.

Pero la verdadera cuestión no es quién fue, sino cómo es que, siglos después, su obra siga siendo un mapa fiel de nuestra existencia y de la condición humana. Cabe preguntarse cómo un hombre de provincias, con educación limitada, logró captar la complejidad de la naturaleza humana, la política de las cortes reales y la terminología del poder… entre otras cosas, para conseguir elevar a los escenarios una serie de obras universales.

Su legado transformó el inglés de una lengua rústica a un instrumento de precisión filosófica. Su obra es uno de los espejos donde la humanidad se sigue reconociendo tras el paso de los siglos y las vicisitudes del devenir de la existencia. Y es de destacar que esa trascendencia se fue fraguando en los escenarios de los teatros, en los lugares a los que acudía un público que pertenecía a todas las clases sociales, pero, especialmente, a las clases más populares. Cabe imaginarse al escritor, poeta y actor, disfrutando de esa comunión metafísica que se produce entre el creador y el público cuando fluyen las palabras con la magia del conocimiento y la diversión.

A nadie se nos escapa que, salvando las distancias del tiempo, muchas de las situaciones que reflejan sus tragedias, sus obras históricas o sus comedias, tienen un reflejo en la actualidad. De ahí la grandeza de su obra y el talante universal de su figura en la historia de la literatura.    

Sin duda, ser Shakespeare es la capacidad de articular el silencio del alma y el ruido de la historia.


Mariano Valverde Ruiz © 

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