sábado, 25 de febrero de 2017

JUSTICIA DIVINA






JUSTICIA DIVINA


La sala de espera del juzgado número siete de Madrid había quedado casi vacía cuando llamaron a Engracia para que pasara al despacho del juez instructor que seguía la causa 2006M/98. La mujer había sido citada para una vista previa a fin de que prestara declaración y corroborase, desmintiera, o alegase algún nuevo detalle, a lo que en su día manifestó a los agentes que hicieron el atestado. Estaba acusada de homicidio.
Engracia no estaba nerviosa. Una extraña paz había serenado su ánimo. Desconocía los procedimientos judiciales y había acudido sin abogado con la confianza puesta en que la justicia siempre está del lado de los inocentes. Ella se sentía de ese modo. Vestía completamente de negro como señal de luto por sus seres queridos. Llevaba viviendo en Madrid desde que tenía 19 años cuando su padre, empleado de Renfe, había sido trasladado a la estación de Chamartín. Había nacido en Lorca una soleada mañana del mes de marzo y en esa ciudad murciana había pasado su infancia y adolescencia, los años más felices de su vida. Ahora ya había cumplido los cuarenta y ocho años. Desde que se casó, sus ocupaciones habían sido su casa, su marido y su hija. La fatalidad del destino la había dejado sola. Primero, una tarde en el Retiro desapareció su hija, y después, una noche de invierno se llevó a su marido.
—Tome asiento —le dijo el secretario del juzgado.
El juez, un hombre de unos treinta y cinco años, llevaba poco tiempo destinado en la sala y cubría la baja por enfermedad del juez titular. El hombre permanecía hierático, sentado tras la mesa de trabajo. Tenía a su derecha un enorme paquete de expedientes. Miró a Engracia con una actitud neutral y distante. Empujó sus gafas con el dedo corazón de la mano izquierda y se dispuso a iniciar el procedimiento. Primero se aseguró de la identidad de Engracia. Luego le hizo las advertencias judiciales pertinentes sobre su situación en la causa. Después le preguntó si deseaba la presencia de un abogado a lo que la mujer contestó que la verdad no tenía más que un camino. Acto seguido el juez preguntó al secretario si estaba dispuesto para tomar nota textual de lo que manifestara Engracia, a lo que el secretario asintió.
—Bien, señora, he leído la declaración que usted realizó el día de autos. ¿Tiene usted algo que añadir?
Engracia presionó con las dos manos el bolso que apoyaba sobre sus rodillas.
—Yo no quería matarlo. De verdad se lo digo, señor juez. Escúcheme. Desde que ese individuo fue condenado, desde aquel día que lo sacaron del juzgado con las esposas en las muñecas y se lo llevaron a prisión, yo no le había visto. Y de eso hace ya 18 años. Pero cuando el otro día, a la hora de la comida, lo vi en televisión saliendo de la cárcel, tan tranquilo, tan contento, como si no hubiese sucedido nada de lo que tuviese que avergonzarse, me dije: tengo que hablar con él.
—Sea precisa, por favor.
—Lo que le voy a contar no es una excusa, se lo digo con franqueza, señor juez. Yo tenía que saber qué sintió al hacerlo, tenía que saber por qué le robó la vida a mi niña, a mi inocente pajarillo, por qué la apartó de mí antes de que fuese una mujer.
—Continúe.
—Desde que me falta, yo no he vivido. Desde que ese hombre me la arrebató como un cuervo negro, mis días y mis noches han sido de ese color. He sufrido sin cesar preguntándome entre lágrimas cómo serían su mirada y su sonrisa cada cumpleaños, me he vuelto loca al no poder recordar el tacto de su piel ni la esencia del perfume de su pelo, me he imaginado entre sollozos las notas del colegio que nunca tuvo, o los juegos infantiles con sus amiguitas. He tejido entre suspiros su primer traje de noche para cuando fuese mujer. Nunca podré enseñarle los secretos de la vida, ni arroparla cuando regrese de su primera cita. Ni conoceré a mi yerno. Ni besaré a mis nietos. Tantas cosas…
—Céntrese en la causa.
—Eso hago, señor juez. Yo no quería matarlo pero tenía que hablar con él. Ya se lo he dicho. Así que me vestí aquella mañana, tomé unos recuerdos de la habitación de mi niña, los metí en el bolso y salí a la calle. Primero fui al cementerio de La Almudena. Le puse unas flores a mi marido y un ramito de margaritas a la cruz con el nombre de mi muñequita, la que dispuse junto a la tumba de mi marido para recordar juntos a los dos soles de mi vida. Recé lo que supe, allí, mirando al cielo, porque ni siquiera tengo unos restos de su pequeño cuerpo a los que poder rezar. Ese individuo me los negó al quemar su cadáver, no se sabe dónde. ¡Podre niña! ¡Qué bonita estaría hoy! No quiero ni imaginarme el dolor que sintió, la incomprensión, el asombro… ¡Lástima de mi niña! Y fui a buscarle.
»Por un amigo al que había llamado antes de salir de casa, supe que ese individuo se había instalado en un albergue de Carabanchel y que iba a estar allí durante un tiempo. Durante el camino me encomendé a todos los Santos. Les pedí que me otorgasen claridad de juicio y mucha paciencia para controlar mis reacciones. Tenía que ir, ya se lo he dicho, señor juez. Tenía que hablar con él. En su día le sentenciaron a treinta años y para cuando saliera, si salía, quizá yo ya estuviese muerta. Pero ahora, con esa nueva disposición, que viene de no sé dónde, le dejan libre. No lo comprendo. Yo creo en la justicia, pero…
—Continúe, cíñase al tema, por favor.
—Ya. Ya. Me dijeron que nunca se arrepintió, que no tenía conciencia de haber hecho nada. No lo entiendo. ¿Cómo es posible en un ser humano?... Cuando llegué al albergue pregunté por él. Dije que era una amiga. Me indicaron que estaba en la última planta del edificio. Subí las escaleras. Llamé a la puerta. Cuando abrió y lo tuve frente a mí, le miré con toda la fuerza de dieciocho años de agonía. No sé qué creyó. Se lanzó hacia mí como un poseso, me sorprendió y me hice hacia un lado. Él resbaló, se dio de costado contra la barandilla y cayó por el hueco de la escalera.
—¿Se ratifica en su declaración?
—Sí. Se lo juro, señor juez. Esa es la verdad. Yo iba a enseñarle en ese momento la foto de mi hija y fui a buscarla en el bolso. Es una foto que nos hicimos un día antes de que la secuestrase, e iba a preguntarle por qué la mató y dónde está mi niña.
Engracia abrió su bolso.
—Esta es la foto. Mírela señor juez. ¡Qué guapas estamos! Sus ojos dicen: te quiero mamá. Mírela señor juez y dígame si ve lo mismo que yo… Sonríe como si supiese que ahora es cuando se ha hecho justicia.
A Engracia se le encogió de nuevo el alma. El secretario sacó los folios de la impresora y se los pasó al juez. Este se los puso delante y le pidió que firmase debajo. Ella tomó el bolígrafo que le facilitó el secretario y firmó. El juez, con la misma expresión hierática, le dijo:
—Esperará usted en la habitación contigua hasta el momento en que disponga sobre su situación. Comprenderá que los hechos que declara deben probarse. Su declaración no la exonera. Mi deber es advertirle de que los abogados de la familia del fallecido mantienen que usted le empujó y además piden una indemnización. Deberé embargar sus bienes de forma preventiva. ¿Comprende, señora?
—Haga usted lo que crea oportuno. Si existe justicia, ya se ha cumplido.
Cuando Engracia salió del despacho del juez y fue conducida a la habitación adjunta no notó la frialdad con que le indicaron dónde debía sentarse, ni observó la forma en que la miraron. En su mente solo había una imagen: la de su niña. Una imagen que había quedado detenida en el tiempo para siempre. Igual que la verdad.

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domingo, 19 de febrero de 2017

OCHO LETRAS







OCHO LETRAS


Cuando escribo «te quiero»
la realidad sigue con su trama:
insiste en distraer mis sentimientos
con los ruidos mecánicos del mundo,
las normas ortográficas
y la tradición poética.
Cuando escribo «te quiero»
no lo hago porque mida un heptasílabo
ni pretendo evitar asonancias cercanas
o deseo eludir rimas internas,
lo hago porque tú eres
la esencia del origen de la tierra
y su luz se proyecta por tus ojos.
Cuando escribo «te quiero»
nunca cuestiono qué es materia poética
ni copio a usurpadores de palabras
para darte mi cuerpo con una flor de píxeles.
Cuando escribo «te quiero»
tan solo necesito que las palabras porten
el ritmo de mis venas, que digan la verdad,
que no mienta su métrica.
Cuando escribo «te quiero»
la metapoesía busca entre tus caderas
el origen del éxtasis.
Pero mientras lo escribo,
nuestro tiempo consume para siempre
el instante de amarte sin palabras.



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BOOMERANG





BOOMERANG


Igual que si de un sueño se tratara,
imagino que escribo lo que siento.
Sé que hoy ya no soy quien fui ayer,
ni siquiera presiento lo que diré más tarde
y desconozco quién seré mañana.
Miro hacia mi pasado
y alguien cuya mirada me es ajena
camina tras las huellas de mi sombra
portando candelabros para mi funeral.
Sus perezosas llamas
se balancean sobre la cumbre de los cirios.
Forman la imagen tétrica
del fuego pertinaz de la existencia
y del humo que todo lo reclama.
Me espera la hora de los condenados
por todas sus palabras.
Y aunque la muerte siga tras mis pasos,
cada vez más cercana,
imagino que siento lo que escribo
como si de mi vida se tratara.
El eco del silencio camina tras mi voz.
De sus huellas se nutre el boomerang
que lanzan los poemas y acaba con mi vida.



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UNA SOSPECHA FUNDADA





UNA SOSPECHA FUNDADA


Cuando el tiempo remansa los sentidos
las palabras dan forma al pensamiento.
La mente se transforma en un crisol
y cruzan la memoria
sigilosas bengalas de fiesta poética,
luces que han de habitar
el rocío de la belleza
para ser emociones compartidas.
Aparecen olores a recintos abiertos
por la naturaleza,
se perciben, igual que melodías,
los sonidos del mar sobre la arena
y el reino del color es el traje de abril.
Se recuerdan las citas prohibidas
a la sombra del faro,
los besos que se dieron
para robar la calma a las estrellas,
el tacto de la piel,
la tentación salvaje del deseo.
Las palabras se obstinan
en llevarte al lugar donde viviste
la auténtica verdad de los poetas:
el espacio de una mirada,
la inmensidad de un segundo,
el universo de una lágrima…
Hoy sospechas que hiciste el mejor verso
sin que ya jamás puedas escribirlo.


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miércoles, 8 de febrero de 2017

ADVERTENCIA




ADVERTENCIA


Quien escribe derrama toda su alma
sobre la superficie del papel.
Lo sabe y no renuncia
a dejarse morir en cada verso.
Nada le condiciona.
Nadie consigue que detenga
su flujo de palabras,
el eco de su sangre,
las voces pronunciadas con las venas
desde el yo retador de su experiencia.
Si está triste, lo escribe
para encontrar consuelo.
Si ha tocado las fibras de la felicidad,
escribe para que dure un instante más.
Si se busca a sí mismo,
escribe para vencer a sus demonios,
para ubicarse en el mundo,
para crear una ficción,
para ser diferente,
para cambiar lo injusto,
para ganar el cielo…
Quien escribe
sabe que sus palabras,
igual que su existencia,
desaparecerán en el baúl de la nada.
Y no le importa.


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martes, 7 de febrero de 2017

LOS SEÑORES DEL MUNDO




LOS SEÑORES DEL MUNDO


Los señores del mundo nos observan
mientras damos prestigio a las palabras
que ensalzan el valor de los sentidos.
Ellos nos van dejando
sin la luz de la luna,
sin tiempo para la ética,
también sin amapolas en los campos.
Los señores del mundo
pintan de pragmatismo
el alba de cualquier canto a las nubes,
inhiben los resortes del asombro,
la respuesta común
ante cada barbarie
cometida en el nombre de la especie.
Los señores del mundo
nos vuelcan cubos de basura
sobre nuestras conciencias
como eventuales pócimas de alimento.
Quienes marcan el ritmo de la vida
no leen los poemas de sus súbditos.
Y así nos va en la tierra.



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lunes, 6 de febrero de 2017

LA TEJEDORA DE COY




LA TEJEDORA DE COY

Las historias que no poseen una explicación lógica siempre me han fascinado. No sé por qué, pero hay algo dentro de mí que me acerca a ellas como atraída por un magnetismo especial, algo que debe provenir de lo más remoto, de los arcanos orígenes de mis raíces. Dicen que mi bisabuela era un poco bruja, mi madre me hablaba de ella cuando yo era una niña soñadora que imaginaba cómo era el lugar donde habían vivido mis antepasados. Y al cabo de muchos años he podido pasear por Coy y rememorar la increíble historia de mi bisabuela.
En las faldas de un cerro de las tierras altas de Lorca, se concentra un pueblo precioso, de casas enjutas y trazado medieval en sus calles. Coy bebe de una fuente de la que también bebieron pueblos argáricos, romanos, árabes y cristianos. Su nombre, que significa colina, también tiene connotaciones judías. Y de ese crisol de culturas venían los genes de mi bisabuela Rosario. Mi madre me contó que era una joven muy resuelta, trabajadora y misteriosa. Tejía como nadie las jarapas, una habilidad que nadie sabía de dónde le venía. Pero tenía un gran secreto, algo que había marcado su vida desde una noche de San Juan. Poco antes de su muerte le contó a mi madre toda su verdad.
En el pueblo de Coy se contaba desde siempre la leyenda de La encantá. Era una historia que había pasado de generación en generación y que tenía algunas variantes según quien la contaba. Unos decían que, la noche de San Juan, una mujer muy hermosa, con una larga melena rubia y unos enigmáticos ojos azules, bajaba desde una cueva del cabezo hasta la fuente del pueblo para peinarse con un peine de oro. Se sentaba en una gran piedra y cantaba con una melodía envolvente para atraer a los pastores de la zona. Cuando alguien la miraba a los ojos, le dejaba encantado. Vestía una túnica transparente y llevaba entre las manos una madeja de hilo de oro que entregaba a quien quisiese casarse con ella. Si era capaz de deshilarla sin romperla, le otorgaba inmensos tesoros. Pero si rompía el hechizo, le arrastraba hasta el fondo de las agua y perecía en ellas.
Había quien decía que la hermosa dama era una bruja que adoptaba aquella forma para seducir a los hombres. Otros comentaban que se trataba de la guardiana de un tesoro que los árabes escondieron cuando huyeron de Lurka tras la reconquista de los cristianos, que era la hija del rey Alí, y que permanecía allí hasta que otro emir volviese a reinar en la zona.
La leyenda de La encantá fascinaba a todos los hombres. Pedro, un joven pastor que pretendía a mi bisabuela, era uno de ellos. Una cálida noche de San Juan se acercó hasta la fuente para ver si veía a La encantá. Y ocurrió tal y como decía la leyenda. A la mañana siguiente, Pedro caminaba por el pueblo como un fantasma. Su cara tenía la expresión de un ser embobado y sus manos giraban sin cesar, la una alrededor de la otra. Cuando la gente le hablaba, él no contestaba, se limitaba a seguir girando sus manos igual que si intentase desliar un ovillo invisible. Rosario le encontró sentado frente a la iglesia aquel medio día. Ni siquiera la reconoció. Mi bisabuela creyó que el estado de Pedro era obra de La encantá y que debía romper el hechizo si quería recuperarle. Cogió a su novio por el brazo y lo llevó hasta la fuente, lo sentó en la gran roca que había cerca de ella. Y se puso a pensar.
Observó con mucha atención cada uno de los movimientos que hacía Pedro con sus manos. Permaneció de ese modo durante toda la tarde. La noche les cubrió con su manto en la misma posición. La luna les iluminó y proyectó sus sombras sobre la superficie del agua. Rosario estaba ya casi desesperada. No encontraba el modo de sacar a Pedro de aquel estado, de aquel insistente movimiento de manos, de aquel obsesivo proyecto para intentar deshacer el ovillo de oro que La encantá le había entregado. Mi bisabuela desvió por un instante la vista y la dirigió hacia donde se proyectaban las sombras de sus cuerpos en el agua. Y entonces vio que su mano detenía la mano derecha de Pedro, la hacía girar en sentido contrario varias veces, luego giraba hacia izquierda y derecha, hacia arriba y abajo, se detenía de nuevo, cruzaba las manos en ambos sentidos y por último, iniciaba el giro en sentido inverso. Entonces volvió la vista hacia Pedro y repitió los mismos movimientos que había visto en las sombras. Cuando concluyó, Pedro sonrió, la miró a los ojos y como salido de una extraña turbación, le pidió que se casara con él. Rosario, emocionada y temblorosa, le dijo que sería su mujer para toda la vida y se fundieron en un beso tan dulce como el sabor de las aguas.
Cuando los dos jóvenes volvieron a tener consciencia de la realidad, encontraron junto a la piedra un pequeño cofre de monedas de oro. Quizá fuese La encantá quien premiase la nobleza de sus sentimientos, o quizá fueron las influencias de otras fuerzas misteriosas las que motivaron el prodigio. El caso es que mi bisabuela contó antes de morir que aquel cofre fue el origen de su fortuna, lo que les permitió viajar hasta Cataluña y fundar una fábrica de tejidos que durante las primeras décadas del siglo XX les convirtió en ricos.
Pero mi bisabuela no desveló jamás cuál era la verdadera razón del extraño poder que ejercía sobre mi bisabuelo, ni sobre otros hombres que la veneraban y a quienes ella rechazaba, porque nunca fue infiel a su marido. Y ese misterio es el que todavía me intriga.
Cuando he paseado por las calles de Coy he podido comprobar el magnetismo que ejerce sobre mi piel. He visitado la Casa Grande, he visto los planos de las rutas de senderismo que expone la Asociación Espartaria, he leído las curiosidades del Cerro de las Viñas y visto los restos arqueológicos. También he disfrutado de sus tradiciones y de las fiestas populares de la Virgen del Rosario. He admirado los paisajes y notado los aromas de la tierra mientras recordaba el cuento que Josefita del Amor dejó escrito sobre La encantá, una de las versiones de la historia…
Al llegar a la fuente centenaria, he tocado el agua y no he podido remediar el estremecimiento que ha recorrido todo mi cuerpo. He tenido la sensación de que los ojos de mi bisabuela eran los que escrutaban cada uno de los rincones de Coy, y que desde la cueva del cerro, La encantá sentía la presencia de la joven que deshizo el ovillo de oro con que había atrapado a Pedro. Convencida de ello, he decidido quedarme aquí hasta la próxima noche de San Juan. Tal vez pueda comprender por qué la magia ancestral de los sueños se hace realidad en la fuente de Coy.

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miércoles, 1 de febrero de 2017

HABITAR EL AIRE





HABITAR EL AIRE


Concluye la jornada de trabajo.
Es viernes y la noche tiene sabor a menta.
Con su manto hipnótico recubre
las heridas sufridas
y todas las afrentas provocadas
por la necesidad de permanecer vivos.
La nobleza detiene por un tiempo
la rutina del ser depredador
que llevamos por dentro.
Buscamos en los seres que nos aman
una oportunidad para el encuentro.
El polvo de las horas
se reposa en las manos
y construye la hacienda de los sueños.
Una paz momentánea
endulza el sueño mágico
que nos va transformando en seres voladores.
Los sentidos reclaman el espacio
donde habita lo auténtico:
el amor, la belleza, nuestra vida…
Y vuelan las palabras como pájaros
que buscan en el aire
un hogar donde no lleguen las balas
de nuestros enemigos.
La esencia de un suspiro es nuestro lecho.


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