lunes, 27 de junio de 2016

NO PREGUNTES





Cuando la fiel llegada de la noche
es criterio constante del crepúsculo
no faltes a la estancia
donde se ofrece alivio
para la sed de lunas
y sosiego a los ritmos cotidianos.
Si mi mano no te toca al instante
quizá oculte el naufragio de la espera:
la ciegue un apagón momentáneo de ternura.
Sólo manos cansadas se adormecen
con el frío invisible del desprecio
si la distancia abraza nuestros cuerpos
y la piel ignorada en la memoria.
Pese a todo, confía y no preguntes.
Acoge ese silencio varado en un momento
baldío como razón de una carencia,
de un estío compartido, de una huida.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


lunes, 20 de junio de 2016

MATERIA CONOCIDA





Siente, amor, el gozoso movimiento
que urge, que precipita, que desboca,
que muere y resucita en un signo,
en una mueca, porque
el tiempo de los besos
inyecta su veneno ya triunfante
en la sangre incolora del deseo.
Ya ves, amor, se olvida la nostalgia
de lo ya consumido,
cuerpo a cuerpo,
con esa desnudez de la materia
que nos es conocida.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


miércoles, 15 de junio de 2016

RAPSODIA EN EL PALACIO DE GUEVARA










La tarde del mayo lorquino otorgaba a la luz el carácter de la belleza. En el patio del Palacio de Guevara, un grupo de jazz interpretaba una versión actualizada de Rhapsody in blue haciendo que las notas de Gershwin hechizaran con su magia a los invitados al concierto. Virginia escuchaba los acordes del piano mientras otra música la transportaba quince días atrás, a la noche en que discutió acaloradamente con Antonio. Desde entonces no lo había visto. Le habían dicho que había viajado hasta Nueva York y que no sabían si regresaría en unos años. Sus amigas habían conseguido que asistiera al concierto con la esperanza de sacarla de la tristeza que se había convertido en tónica general de su estado de ánimo. Ella había accedido por no desairarlas.
Virginia se preguntaba dónde estaba el límite de sus sentimientos. Se reprochaba una y otra vez haber dicho a Antonio que ya no le quería, cuando en realidad no era cierto. Los celos la habían obnubilado. Un rictus de malhumor afloró a su rostro como una bofetada de rencor al ver cerca a Carmen. Ella había sido el detonante de su ira contra Antonio. Le reprochó que la mirara, que le sonriera, que bromeara con ella. En su mente lo imaginaba abrazándola, besándola, haciéndole el amor… Y su sangre se convirtió en un reguero de espinas punzantes que la desestabilizó, que sacó de ella todo lo peor. Ya era tarde para arrepentirse.
La relación con Antonio duraba ya más de dos años. Un tiempo que había posibilitado que toda la naturaleza del joven se convirtiera en un bien necesario para la vida de Virginia. Sin embargo, no estaba segura de él, conocía bien a Carmen, era capaz de seducir al hombre más frío por tal de apuntarse un tanto y hacer una marca de su pintalabios en la piel como señal de victoria. Sus devaneos la ponían muy nerviosa y Antonio no parecía darse cuenta de que le hacía mucho daño.
Virginia levantó los ojos hacia el azul del cielo mientras la rapsodia seguía jugando con el sonido de las notas entre las arcadas del patio. Hubiera deseado tener en ese momento cerca a Antonio para pedirle perdón, para decirle que no sentía todo lo que le dijo. Pero ya era demasiado tarde. Quizá se hubiese cansado de ella y por eso había huido a Nueva York buscando el beneficio del olvido. Las trompetas elevaban el tono de las notas y armonizaban con los violines cuando, allá arriba, se escuchó el lento tableteo de una avioneta. Entonces decidió que ya no aguantaba más, cogería el primer avión e iría a buscarle y le suplicaría que volviese con ella.
Algunas personas comenzaron a elevar sus ojos hacia el cielo con gestos de sorpresa. Virginia hizo lo mismo. Una figura iba creciendo bajo un paracaídas que tejía el aire y que parecía llevar un lienzo azul asido al pecho. La atención de todos se centró en el paracaidista. Carmen se acercó hasta Virginia con una amplia sonrisa y le dijo al oído que había llegado el momento para el que había pedido a sus amigas que la llevasen al concierto. Virginia fijó su mirada en la figura descendente hasta que desapareció por su derecha, mantuvo la mirada y en apenas dos segundos, la figura volvió a aparecer, esta vez en dirección contraria mientras tiraba de los hilos para dirigir el paracaídas hacia el centro del patio. La gente se apartó y el hombre tomó tierra, se liberó del paracaídas, se quitó las gafas con las que protegía parte de su rostro… y entonces le reconoció: era Antonio.
Antonio no le dejó tiempo para que reaccionara de su sorpresa. Se acercó hasta ella entre el murmullo de los asistentes. Extendió el paño azul que llevaba asido al pecho y en cuya esquina figuraba el anagrama de la Brigada Paracaidista donde había pasado los últimos quince días adiestrándose para hacer el salto más peligroso de su vida: renunciar a cualquier mujer que no fuese Virginia. Se detuvo a tan solo unos centímetros de ella, la envolvió en el lienzo azul y le dijo con voz firme y segura: «Éste es el trozo de cielo que he robado para ti. Cúbreme con él para toda la vida porque ni el miedo a la muerte me impedirá hacer la mayor locura imaginable si así te convences de que soy solo para ti». No pudo continuar, los labios de Virginia taparon su boca con una luna de fresa.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©


                              






martes, 14 de junio de 2016

EL ÚLTIMO SIEMPRE PIERDE de Fran J. Marber





EL ÚLTIMO SIEMPRE PIERDE
Fran J. Marber
ECU Narrativa (2016)
Novela


Fran J. Marber nos sorprende con una magnífica novela en la que el lector se sumerge desde las primeras páginas y no puede detener su lectura hasta descubrir un inesperado desenlace. El autor nacido en Lorca se sitúa con esta novela entre lo más granado de los novelistas nacionales del género negro. Combina sabiamente elementos de la novela americana (Raymond Chandler), de la intriga inglesa (Agatha Christi), de la actual narrativa española (Lorenzo Silva), de la novela negra nórdica (Stieg Larsson) e implementa un sello muy personal en el que destacan el magistral uso del suspense y los guiños al lector.    
El último siempre pierde es su octava novela. En pocos años ya han visto la luz Gusanos de seda, El tercer clavo, El llamador de ángeles, La página 64, Fruta amarga, El juego de la oca y Expediente 19/02, todas ellas de gran éxito. Marber es un creativo que se desenvuelve como pez en el agua en la ficción histórica y ahora en la novela negra. Todas sus obras poseen un llamativo enfoque cinematográfico, el autor también es guionista y sus conocimientos repercuten en el tratamiento de cada una de las escenas de sus novelas.
La depravación del género humano no tiene límites, la realidad nos lo ha mostrado a lo largo de los siglos. La actualidad no es ajena a ello. En el corazón de Manhattan se suceden seis extraños suicidios y cinco desapariciones de niños que solo dejan el rastro de una misteriosa pluma blanca sobre la almohada. Un oscuro pasado toma el presente a manos de un depredador con una mente retorcida y siniestra. Un joven detective y un viejo policía deben enfrentarse a una de las investigaciones más complejas que han afrontado nunca. Y comienza la cuenta atrás con una terrorífica advertencia: El último siempre pierde.
En el prólogo, escrito por Juan Antonio O`Donnell, se nos informa de que el autor ha hecho un pormenorizado estudio de la psicología de los serial killers y de las técnicas de investigación criminal más modernas, un amplio trabajo de documentación para colocar la acción durante el mes de enero de 2013 en Manhattan. A medida que se avanza en la lectura de la novela, nos cercioramos de que se trata de una obra inteligente, bien estructurada, donde la información se ofrece de forma dosificada y cuya lectura es absorbente. La acción y la trama vienen acompañadas de una innegable calidad literaria, con páginas reflexivas que aportan un toque de profundidad y que permiten al lector ir un paso más allá de lo meramente descrito. Los personajes principales están desarrollados en toda su amplitud. Los escenarios son consecuentes con la dinámica de los hechos. Y el gozo por la lectura se va incrementando con cada capítulo al mismo ritmo en que aumenta la tensión y la necesidad de saber qué sucede en las siguientes páginas.
La lectura de esta novela supone un viaje por los conflictos que provoca una infancia desgraciada y las terribles consecuencias de sus traumas. El autor nos advierte en una cita inicial: Los adultos tenemos el deber moral de intentar que la infancia sea en el futuro el recuerdo más feliz… Hay pues, un mensaje de esperanza, un hálito de humanidad, una confianza implícita en que, al final, la infatigable tarea del mal no acabe venciendo a la bondad de los nobles corazones. Pero, no nos confiemos, todo puede ser un espejismo, en cualquier momento el sonido de la pólvora puede despertarnos de una ilusión mientras el frío plomo se aloja en nuestra carne.

RESEÑA
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Mariano Valverde Ruiz ©




sábado, 11 de junio de 2016

LEY DEL DESEO






Cuando la llama del amor tirita
procuro que los ojos se sumerjan
en páginas de cera
y así encuentren las luces para ver
la inmensa oscuridad que me derrota.
Palabras de ceniza y desvarío
envuelven el temblor interminable
de las horas, el son lento del día,
el hilo que ata la ley del deseo.
Luego vuelvo a la pizarra vital
donde escribimos nuestras divergencias
para encontrar de nuevo al amor triste,
diluido en sangre sepia que te espera.
Me reconozco en él, y de mis ojos
brota una delicada sierpe que se prolonga
hacia los surtidores mestizos de tu pecho.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
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Mariano Valverde Ruiz (c)

    

lunes, 6 de junio de 2016

PAISAJE






El verano es ojiva de destellos.
El sol roza la piedra
y de sed cubre todo.
Lejos quedaron frías leyendas materiales,
el pueblo, la mentira
y los osos sin alma.
Aquí, olivos, hibiscos y fragancias,
colinas de romero,
hierba pura y rastrojos,
moran dentro del valle
que acuna y araña el aire.
Junto a mí bulle amor cada grumo
de la tierra que somos,
muestra su luz y alza la palabra
para dar voz a nuestras locas manos.
Buscamos los relieves de los iris
y los vemos abriéndose caminos,
pasos hacia otros mundos,
en la luz del trazado de la piel.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)





jueves, 2 de junio de 2016

LA ETERNIDAD PASEA POR ELIOCROCA






Su mano izquierda toca las espigas doradas mientras el aire ulula y acerca a sus sentidos una lenta melodía que penetra en su cuerpo como una ola de dulzura. No es consciente de ello pero una extraña paz le embriaga hasta convertirse en esencia de su pausado movimiento. No puede aspirar la pureza del aire ni notar el bálsamo del oxígeno en sus pulmones, camina hacia un punto lejano que parece estar muy cerca del pulso que marca su anhelo.
El recuerdo le lleva de nuevo a percibir el tacto de la piel de Berenice, a notar la mies nutritiva que colma sus deseos de ternura, que le hace enervar su hombría, que pone de manifiesto toda la intensidad de su deseo y cada una de las verdaderas razones por las que aprendió a ser hombre. Sigue caminando entre los trigales que decoran la huerta y los campos, cerca del río y junto a la vía Augusta. El paisaje se pierde en el horizonte como una ola infinita que acaricia el terreno. Va hacia su encuentro, hacia la unión definitiva entre alma y cuerpo, hacia lo que le han negado, hacia el punto exacto en que confluyen todas las inercias que nadie puede segar en la cosecha permanente del tiempo.
La nota cada vez más cerca, puede sentir su aliento, su templada caricia, escuchar los tonos de su voz armoniosa y reparadora, percibe la gracia de sus requiebros… el signo milagroso de su juvenil alegría… el brillo diamantino de sus ojos … Su corazón parece navegar a bordo de una barca impulsada por velas blancas, una barca que flota sobre los campos amarillos de Eliocroca, una barca que se mueve con el aire que ella sopla suavemente, y que fluye cerca del mismo silencio, lejos del dolor, de la amargura, de la muerte.
Extiende los brazos de nuevo para sentir el tacto de las espigas, de los frutos de su pasión, de los encuentros prohibidos que ya nadie les puede quitar. Su recuerdo es imborrable. Está en el aire, en la tierra, en los trigales… La eternidad es su dueña y les espera. Ya tiene a Berenice en su regazo. Él pronto llegará junto a ella. Lucius lo sabe. Su cuerpo ha quedado junto a la columna miliaria. Su sangre humedece la base de la piedra tallada en el siglo II a de C. El hilo bermejo de su vida se ha unido a la mano de Berenice poco después de que la espada de su esposo segase sus vidas. Ahora ya nadie podrá impedir que su amor sea eterno. Y el mismo aire que mueve los trigales detiene su caminar en el punto exacto en que todo es para siempre.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©





          


miércoles, 1 de junio de 2016

LA CHOZA







En una choza de hierba y de matojos
refulge el corazón de un niño.
Ha levantado su estructura
con cañas y cenizos
para esconder sus formas de la vista
de las aves que acecha.
Fuera cantan jilgueros y gorriones
junto a una pequeña charca
cercada por la red con que quiere atraparlos.
Necesita sus alas. También una casa
donde reine el amor y la armonía.
Espera que las aves beban agua
para tirar del hilo
y hacer saltar la red. Pero también
un instante de paz
para encontrarse a solas
con la voracidad de su ignorancia.
Sabe que aún queda muy lejana
la posibilidad de tener materiales,
pericia suficiente y valor creativo
para que la razón le permita construir
un hogar con palabras.
Mientras tanto caza jilgueros
para que canten en su choza
e imagina la casa que algún día tendrá.



(La intimidad del pardillo)
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Mariano Valverde Ruiz (c)