sábado, 30 de enero de 2016

ASESINATO EN CHICAGO






ASESINATO EN CHICAGO


A las once y media de la noche de ayer, Fran me dijo que ya le habían disparado. Todo estaba en su sitio. En un acto reflejo, quizá para tranquilizar mi conciencia, metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué de su interior la carta que interceptaron en su correo. Volví a leerla y me detuve en la frase que yo mismo había subrayado: “no volverá a cruzarse en mi camino”.
Eché la cabeza hacia atrás y recordé que dos días antes me había despertado de la siesta el maullido de un gato. Me levanté del sofá y fui a curiosear por la ventana. Hacía un calor del mil demonios y la tenía abierta de par en par, por eso no me costó trabajo mirar hacia ambos lados. Mi edificio tiene forma de u y los ventanales de los laterales son bien visibles desde el mío. Y entonces fue cuando me di cuenta de que algo extraño sucedía en el apartamento de al lado.
Mandé a Fran a investigar qué ocurría. Tuve que hacerlo por teléfono, porque mi guardaespaldas no estaba en la casa. A las dos horas, Fran me informó que había descubierto algo que no me iba a gustar. Le costó trabajo decírmelo, carraspeó varias veces, y luego con esa voz de bulldog tan característica, me espetó que mi amante se veía con un policía. Me llevaban todos los diablos, di un puñetazo sobre la mesa y le ordené que registrara concienzudamente el apartamento que le tenía acondicionado a todo lujo. Esa misma tarde me trajo la carta que delataba a ciencia cierta que me estaba traicionando. Y tomé la única decisión posible.
Después de ordenar su asesinato, esperé pacientemente hasta que Fran me trajo noticias, y posteriormente pasé desde las once y media hasta las doce de la noche bebiéndome un whisky, momento en el cual, sonó el teléfono. Me llamaban de la comisaría para que reconociera un cadáver. Me desplacé hasta el lugar que me indicaban pensando en la cara de sorpresa y tristeza que iba a poner. Cuando levantaron la sábana que cubría el cuerpo, vi la cara de una muñeca hinchable. Tras mi sorpresa, esta vez no fingida, me hicieron escuchar una cinta en la que reconocí mi voz. Estaba ordenando a Fran que enviase un sicario para asesinar a mi amante. Y acto seguido me colocaron las esposas y me leyeron mis derechos bajo la acusación de inducción al asesinato.
Confundido y enrabietado, llamé a mi abogado para que se hiciera cargo. Ahora, mientras espero en comisaría, he vuelto a escuchar unos maullidos que me son familiares. He buscado por la sala y he visto al dichoso gato de mi mujer rozando sus piernas mientras ella me mira y se ríe a carcajada limpia. A su lado está mi amante con su sonrisa cómplice, agitando el cheque que acaba de recibir. Les acompaña el hombre que reconocí en la foto que me dejó Fran sobre la mesa cuando me habló del policía. Tiene cara de ser su abogado. Y lo acabo de comprobar hace unos instantes, cuando le he firmado todas las escrituras de mi propiedad con la promesa de que retirará la denuncia. Los tres siguen riéndose mientras se despiden con sorna. Y para colmo, me han dejado al gato, para que me haga compañía en el calabozo mientras sale el juicio. El animal se ha escapado por una reja cuando han metido en la celda a cinco energúmenos que me la tenían jurada. Ahora sí es posible que haya un nuevo asesinato en Chicago. No hay escapatoria.

RELATOS BREVES
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Mariano Valverde Ruiz ©

             
        





ENTREVISTA EN LOS ALCÁZARES (MURCIA). UN MAR DE LIBROS. BALNEARIO LA ENC...

domingo, 17 de enero de 2016

EL DESEO O LA LUZ





Entre las sombras tétricas descubro
la luz y el claro signo que me ofreces
como dádiva tierna. Nace en mí
la fuerza necesaria para verme
esbozado en colores de osadía
sobre el lienzo del tiempo. Con escalas
de besos y esperanza somos prófugos
de la existencia, dos alientos libres
que descubren la tierra desde el cielo
flotando con el aire que da vida
y son completamente. Comparamos
la luna de los sueños con el lápiz
que traza los senderos del futuro.
Convertimos los días en mirada
perdida entre las sábanas del alba.
Somos briznas de hierba en el desierto,
la raíz del destino, o sólo seres
buscando el pergamino que describe
cómo son los secretos de la vida.
Somos luz o deseo en un momento
de piel en llama cerca de las horas
que olvidan el invierno tras las manos.
Y lo demás,si existe, no nos falta.



(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia.)
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lunes, 4 de enero de 2016

EL PASEO DE UNA ESTRELLA






EL PASEO DE UNA ESTRELLA

Faye ha abierto el paraguas tras notar las primeras gotas de lluvia sobre su rostro. El suelo de la acera de Hollywood Boulevard comienza a humedecerse y las estrellas de cinco puntas del Paseo de la Fama se ven salpicadas por el líquido del cielo.
Se ajusta la chaquetilla de visón y a cobijo del agua nota el tacto de la empuñadura del viejo paraguas. Recuerda que lo compró en una pequeña tienda de Rapid City, su tierra natal. Casi puede percibir los aromas de las montañas de Dakota del Sur, añora las esencias de su infancia. Reconstruye aquellos decorados en su mente como si se tratase de los escenarios del gran proyecto de la historia de su vida. ¿Si tuviese que comenzar de nuevo?
La estampa del Monte Rushmore viene a su cerebro como una visión instantánea y una lejana incógnita que llega a su corazón con el mismo ritmo que las gotas de lluvia. Hace tantos años que frente a las imágenes esculpidas de los cuatro grandes presidentes de la nación soñó despierta, y se plateó que ella también quería ser famosa, que quería ver su nombre inserto en el paisaje, expuesto ante los ojos de cualquiera. —Lo conseguiré— Se prometió a sí misma. —Escaparé de este pueblo y del anonimato, y escalaré hasta lo más alto. Quiero ser una gran estrella del cine.
Ya hace más de treinta años que aquellos pensamientos marcaron su rumbo. Cuando llegó a Los Ángeles, recuerda haberse quedado fascinada con las imágenes de Marilyn en grandes carteles. Tenía lo que ella buscaba, pero entonces… ¿Por qué parecía esconder un tono de tristeza en su mirada? Faye camina con pasos armónicos y estudiados por la acera, va interpretando a otra mujer muy distinta de la que lleva dentro. Bajo la urdimbre del paraguas, lo único que queda de aquella juventud gloriosa, es su elegancia.
La vida ha corrido por sus venas como el veneno de una víbora. Durante los últimos años ha buscado el amor verdadero, algo que siempre parecía un altísimo precio a pagar por la fama, el éxito y el dinero; algo que tuvo que sacrificar en tantas ocasiones por su carrera cinematográfica, pero que entonces no supo valorar suficientemente. Hoy se está preguntado si realmente mereció la pena, si una vida anónima, tranquila y sencilla junto a su primer novio, habrían hecho de Rapid City el universo que buscaba.
Faye comienza a confundir las gotas de lluvia con la humedad que le ofrece una visión difusa de la calle. Ha llegado hasta la altura de su estrella y se detiene para contemplarla. Su nombre y las huellas de sus manos figuran en el suelo, inmortalizados como aquellos rostros de Rushmore. Pero esas huellas que ve hoy, están solas, poseen la misma soledad que las manos que se aferran al paraguas bajo la lluvia. El agua del cielo y la que mana de sus ojos, mojan el suelo con la esencia del tiempo. Ahora conoce el porqué de aquella mirada de Marilyn. Cada mañana, antes de salir a la calle, ve en el espejo el precio de la fama. Y ya no puede cambiar el rumbo de su estrella.

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sábado, 2 de enero de 2016

LEVE RETÓRICA DEL DESEO III






Eres toda palabra que pronuncia
mi boca, agua hirviendo entre mis labios
que hurga dentro, amor, deseo, lengua.
Te amo prendido a ti, siendo más hombre,
hablando con los ojos, sin palabras,
en este nido, bajo un mar de abrazos
donde todos los besos son clamor
de vida y difuminan las imágenes
de todo cuanto queda ya vivido.
Te derramas y viertes en mis carnes
la fuerza de pasiones sólo nuestras,
rasgas la veladura del silencio,
enervas toda luz con tu figura:
adagio de la música del alma
que describe la curva del placer.
Cuando llueve, la lluvia es liturgia
sobre tu vientre y luego se evapora,
es mar que vuelve al mar siendo tu nombre,
la paloma salada que me nutre.
Eros tiene contigo un templo único
para guardar el germen del deseo.
Tú, toda la belleza conocida.
Junto a ti quiero ser infinitivo:
amar, amor, amar, tan sólo amar.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
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Mariano Valverde Ruiz (c)