sábado, 31 de octubre de 2015

PACTO CON EL DIABLO





Entre las astillas del alba
un ave joven alza el vuelo,
respira la música hueca
del viento del destino.

Malherida la noche,
habla echada en la arena
con la pereza del rocío.

Tú bañada en las olas
del mar de los sentidos,
lamiéndole los pies al sol,
urdes un pacto con el diablo
que acelera rápidamente
el pulso de mi corazón.

Todo sucede cuando
el nuevo día apenas
cuenta sus prolegómenos.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c) 

lunes, 5 de octubre de 2015

UN CUENTO PARA IRENE








UN CUENTO PARA IRENE


Malena vivía en Utopía, un lejano planeta metálico, perdido en el cielo. Era una niña preciosa, de ojos muy vivos y cabello azafranado, que siempre estaba mirando hacia las estrellas. Su sueño era volar, viajar hasta la Tierra, un pequeño planeta que había conocido en las páginas de las miles de enciclopedias de su colegio. La curiosidad le había hecho seguir investigando sobre las maravillas que había leído y que sus profesores le habían confirmado. Por eso, cada noche antes de dormir, deseaba que le creciesen alas para surcar el espacio.
La princesa de Utopía soñaba a veces con tener unas enormes alas de color plateado, suaves y flexibles como el algodón, que le permitiesen moverse a su antojo. Cuando despertaba iba corriendo hasta el espejo de su cuarto, se miraba con la esperanza de ver asomar por encima de sus hombros las puntas de esas alas milagrosas que la llevarían a través de las nubes hasta el lejano planeta Tierra. Pero nunca aparecían.
Cada mañana en el colegio iba a la biblioteca y consultaba todos los libros que hablaban del universo, las nebulosas, los astros, los caminos del cielo… Siempre se detenía en los textos que se centraban en un pequeño planeta azul del sistema solar. Los libros decían que en él vivían los humanos, unos seres que tenían la suerte de habitar un lugar lleno de animales, de plantas, donde la vida era muy variada y la naturaleza era guardián del orden. Aquello era tan extraordinario, tan diferente al mundo en el que vivía Malena, un planeta en el que no había ni animales ni plantas, un mundo artificial, frío y aislado, en el que los seres adultos se aburrían mucho. —Qué bonito sería poder tener alas y volar hasta la Tierra para conocer de cerca todas esas maravillas— se dijo una vez más Malena, mientras cerraba sus ojos de miel y dejaba que la ilusión llenase de nuevo su corazón.
Pasaron varias lunas de cobalto sobre el cielo de su planeta y una noche sucedió algo extraordinario. Mientras dormía, Malena soñó que otra niña también soñaba con viajar hacia las estrellas. La niña se llamaba Irene, era del planeta Tierra y quería ser su amiga. Aquella noche se conocieron gracias a la magia de los sueños y comenzaron a jugar con las luces del firmamento, las nubes de caramelo y los dibujos que pintaban en el aire.
El tiempo parecía no existir mientras surcaban el espacio, se detenían en un cometa, saltaban a la comba con los rayos estelares o se escondían tras los anillos de un satélite para asaltar cestos de golosinas. Reían y corrían por los campos de un planeta de gelatina. Se pintaban las caras con purpurinas para imitar a las estrellas e iban de sorpresa en sorpresa mientras rebuscaban en un viejo baúl donde los duendes de la noche guardaban sus mejores galas. Todo era tan fantástico. Por todas partes aparecían seres multiformes que las invitaban a seguir jugando por senderos de vegetación amarilla y prados donde pastaban ovejas de lana rosa.
Eran muy felices, pero…      
Aquel sueño fue interceptado por un Troler que permanecía vigilante en su plataforma de cristal negro, dentro de un platillo aparcado en un cruce de rutas estelares. El Troler estaba recostado en una tumbona y vigilaba con un ojo las pantallas de sus ordenadores, y con el otro, estaba atento a las pulgas que se escondían entre sus pieles de monstruo sucio y maloliente, para cazarlas y guardarlas en una caja. La mitología del espacio infinito decía de ellos que eran seres malignos, piratas del cosmos que robaban las palabras, devoraban las ilusiones y cortaban las alas a quienes quisiesen volar sin su consentimiento. De repente sonó una sirena de alarma y el Troler apareció de forma súbita en los sueños de Malena y de Irene. Las dos niñas se despertaron muy asustadas, una en su lecho de Utopía y la otra en su cama de la Tierra.
Durante el día siguiente, Malena no dejó de recordar lo bien que se lo había pasado jugando con Irene, quería volver a verla. Pero aquel monstruo se lo impedía. Se armó de valor y preguntó a su maestra cómo podía burlar al Troler mientras dormía. También hizo la misma pregunta a todos los sabios del planeta Utopía. Le dijeron que nadie lo había conseguido, que los Trolers impedían salir del planeta. Una vez que detectaban a un soñador no había ninguna forma de librarse de ellos. Y Malena entristeció mucho, porque eso también significaba que no podría volver a encontrase con Irene.
Mientras tanto, en la Tierra, Irene había pasado la mañana inventando un truco para espantar sus miedos y enfrentarse al monstruo que había aparecido la noche anterior en sus sueños. Y creía tener el remedio. Se trataba de una caja de espejos de seis paredes que formaban un cubo y que, en uno de sus vértices, poseía un orificio para poder asomarse a su interior. Estaba deseando dormirse para ponerlo en práctica, ver si realmente funcionaba, atrapar al Troler, volver a soñar y reencontrarse con Malena.
Las cosas sucedieron en poco tiempo. Después de cenar, asearse, lavarse los dientes, ponerse el pijama y desear que todo el mundo fuese feliz y tuviese derecho a soñar, las dos niñas se fueron a la cama. Los astros se confabularon para que lo improbable pudiese ocurrir, las hadas abandonaron sus cuentos y surcaron el firmamento, el reino de la fantasía se adueñó de las paredes del cielo. Todo estaba previsto, menos la actitud del Troler. Y ésa era la inquietud que rondaba por la mente de Irene cuando entornó los ojos y se acurrucó en su cama.
Aquella noche, cuando a millones de años luz de distancia, las dos niñas comenzaron a dormirse y los sueños aparecieron en sus mentes, el Troler se asomó por el orificio de la caja que Irene proyectaba en su sueño. Nunca había visto nada semejante en ningún sueño de los habitantes de Utopía. Y la curiosidad hizo lo demás. El Troler vio su propia imagen reflejada y multiplicada por las paredes de la caja y quedó fascinado. Pasó su cuerpo por el orificio con mil esfuerzos y se adentró en la caja con la intención de tocar su imagen. Pero cada vez que se acercaba, la imagen cambiaba de lugar y no podía atraparla. Así siguió durante toda la noche, de espejo en espejo, y se olvidó de las niñas.
La suerte estaba de su lado. Irene y Malena se encontraron de nuevo. Jugaron a mil cosas, dejaron que los sueños las llevaran de travesura en travesura, se divirtieron como nunca. Hicieron de la fantasía su aliada. Y establecieron una alianza que les permitiera realizar cada noche sus sueños.
Malena vio cómo le crecían las alas y viajó hasta la Tierra para disfrutar de los bosques, del mar, de los paisajes más bellos que jamás había visto. Surcó el cielo admirando cada uno de los rincones que Irene le fue mostrando con orgullo. Ambas se detuvieron un instante junto a los pinos de la Sierra del Caño y contemplaron el valle del Guadalentín y la milenaria ciudad de Lorca. Allá abajo, nadie conocía su secreto, y eso les divertía mucho.  
Irene también viajó de la mano de Malena hasta la enorme biblioteca del planeta metálico. En Utopía pudo leer millones de cuentos y escogió los más divertidos para tenerlos cerca de ella, junto a su cama, cuando regresase a la Tierra. Fue una aventura maravillosa. Nunca había imaginado que existiesen tantas historias, tantas aventuras, tanto misterio, tanta alegría y tantos sueños escritos, como los que habitaban en las páginas ambarinas de aquella biblioteca estelar.  
Con la llegada del nuevo día, las dos niñas se despidieron hasta la noche siguiente, ya no les molestaría nunca más el Troler, que en un lejanísimo rincón del universo seguía persiguiendo su imagen de espejo en espejo, intentando devorarla igual que a una ilusión.
En Utopía, Malena se miraba en su tocador, peinaba las dos alas de algodón plateado que crecían de su espalda y era muy feliz porque había aprendido a volar con su amiga Irene. Estaba deseando contarle a los sabios del planeta cómo había engañado al Troler con la ayuda de una niña que creía que los sueños se cumplen si se sueñan en compañía. Pero lo más maravilloso había sido que en su viaje para jugar con Irene, había aprendido a luchar para hacer realidad los sueños, por inalcanzables que pudiesen parecer.    
Y en la Tierra, Irene sonreía sentada en su nueva silla, una silla especial que Malena le había regalado en uno de los juegos que compartieron y que habían fabricado miles de minúsculas luciérnagas. La pequeña Irene era muy feliz porque había hecho feliz a una amiga que la comprendía y la amaba, una amiga inseparable, que vivía en un lejano planeta, que estaba con ella todas las noches y con la que había conocido la biblioteca más grande jamás visitada. Llevaba un nuevo cuento en sus manos, un cuento para leer y seguir volando con la imaginación. El primer párrafo decía que nada es imposible para un cuento de palabras hechas con alas de cariño.

Mariano Valverde Ruiz ©

                       



OPCIONES





Hoy la palabra es cuerpo de mujer
con aroma de luz y sus contradicciones.
Cuando la voz se funde
en la incompleta historia
del hombre que soy,
el silbo del amor
vocaliza el preludio
de un nuevo día.
Y la palabra vuela
hasta las manos tercas del destino.
Vuela sin concesiones
desde un bosque de genes milenarios
hasta las arenas húmedas
del cerebro.
Qué otra cosa me queda
sino saber vivir
entre médanos melancólicos.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)


domingo, 4 de octubre de 2015

EL ARTE DE CONVENCER: PABLO IGLESIAS, de María Alcaraz





EL ARTE DE CONVENCER: PABLO IGLESIAS
María Alcaraz
Ediciones Irreverentes (2015)
Ensayo

Hablar sobre los personajes de actualidad siempre entraña riesgos y sólo las personas valientes se atreven a ello. Si ya el mundo literario es una selva de caimanes, qué no decir del político. Por eso, el primer mérito de este libro es la osadía de ser un serio estudio sobre la prosodia y el arte de convencer de un personaje público.
Con El arte de convencer: Pablo Iglesias, María Alcaraz realiza un concienzudo ensayo sobre el discurso del líder de PODEMOS, un estudio que, fuera de la controversia que pueda suscitar el personaje, es un gran tratado de oratoria escrito con una admirable precisión.
El texto se desplaza desde el recordatorio de las fuentes de la Oratoria y la Retórica, hasta los giros y particularidades de las empleadas por Pablo Iglesias. Con una prosa certera y sin adornos, como corresponde a un ensayo de este tipo, la autora desgrana, uno por uno, todos los aspectos de la puesta en escena política que Iglesias viene realizando. Y lo hace desde el punto de vista técnico, evitando en lo posible juicios de valor, argumentando y apostillando cada una de las características observadas en el discurso del personaje objeto del estudio.
En este libro, el lector encontrará las claves para ser un buen orador, transmitir ideas, estrategias, para escuchar y hacerse oír… Todo se muestra mediante un estudio razonado, ameno y fácil de leer. Su contenido resulta de gran interés para cualquier persona que quiera mejorar en su forma de ordenar las ideas y de expresarlas con acierto. Por eso, independientemente de afecto o desafecto que se tenga por el personaje público de Pablo Iglesias, este ensayo es un gran acierto de María Alcaraz, que mediante un modelo reconocible lleva al lector, de forma entretenida, a plantearse cómo ser un orador que triunfe en su entorno, sea cual sea. Larga vida a las palabras.

RESEÑAS
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz ©

 










sábado, 3 de octubre de 2015

EL GUARDIÁN INVISIBLE de Dolores Redondo





EL GUARDIÁN INVISIBLE
Dolores Redondo
NOVELA
Ediciones DESTINO (2013)


El objetivo de algunos escritores es escribir novela de género y convertirla en una novela total, una obra redonda en la que el lector pueda encontrar todo lo que le apasiona. Dolores Redondo lo consigue en El guardián invisible, la primera entrega de las tres que componen la Trilogía del Baztán. A mi juicio, ésta es más que una novela negra, es la primera parte de una auténtica obra completa, de las que podemos denominar gran novela.
La autora nos muestra con maestría, impropia de una ópera prima, y una narrativa contundente, todo un mundo donde se conjugan el lado más oscuro del ser humano, la mitología tradicional navarra y vasca, la naturaleza y el paisaje, y la investigación policial. Y todo ello sin dejar de lado un sutil aliento poético.
En las márgenes del río Baztán se suceden las apariciones de los cadáveres de jóvenes asesinadas. Los cuerpos son expuestos con una particular puesta en escena, que el asesino considera su firma. El tiempo juega en contra de la inspectora Salazar, que se ve obligada a regresar a su inquietante pasado, a su pueblo y a su familia, para realizar una investigación con un final desconcertante. La acción va dejando al lector casi sin aliento, y le lleva página tras página, hasta descubrir el origen del horror.
El guardián invisible es una novela muy recomendable para todos aquellos que gustan de la lectura, que disfrutan con cada palabra, con cada escena, con cada descripción, con los perfiles psicológicos de los personajes, con el conocimiento, y con el encuentro en esa dimensión entrañable que se establece entre escritor y lector, más allá de las palabras, más cerca del corazón.

RESEÑAS
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Mariano Valverde Ruiz ©



      






LA NAVAJA DE AURORA de María Alcaraz





LA NAVAJA DE AURORA de María Alcaraz
NOVELA CORTA

En la actualidad, la novela corta es un género no demasiado utilizado por los creadores. Tal vez sea por estar a medio camino entre el relato y la novela, o tal vez, por la dificultad que entraña poder aunar la concisión e intensidad del relato, con el desarrollo de los personajes que requiere la novela. Pero, de vez en cuando, los lectores encuentran una obra que es capaz de sortear las dificultades y tomar forma en el papel.
La navaja de Aurora, de María Alcaraz, une los dos aspectos más significativos del relato y de la novela. Por un lado posee la intensidad y la lógica argumental requerida para cuadrar un buen relato. Y por otro, expone un adecuado desarrollo de los personajes y de los escenarios, condición ineludible en las novelas.
La historia que nos narra María Alcaraz, se desarrolla en una villa donde todos miraban pero nadie quería ver, en un mundo sórdido dominado por la maldad y por la imposición de la voluntad del poderoso sin escrúpulos. La  autora dibuja un panorama donde lo único importante era poder sobrevivir. Y todo ese mundo de abusos y de necesidad se manifiesta frente a la inocencia de Ernesto, una realidad que le alcanza y le pinta la tragedia en la piel y en el alma.
La lectura del texto lleva al lector a otra época, sin embargo podemos reconocer los viejos males del género humano, tan similares a los que se dejan ver entre las fauces de los depredadores de los derechos humanos. La acción, el sufrimiento, la asfixiante atmósfera que rodea a la inocencia del personaje principal, terminará por germinar en la tierra de la venganza. Sin embargo, el lector tendrá la posibilidad de interpretar sobre la moralidad de los actos que se desencadenarán.
La navaja de Aurora es una novela corta con una trama sólida, bien resuelta, que muestra un recorrido equilibrado en la acción y en el desarrollo de las escenas más significativas. Es una obra en la que queda patente la defensa de la humildad y de la justicia, valores que el lector puede percibir también como propios de su autora. Recomiendo su lectura antes de que los caballos galopen hasta la cabaña de los inocentes y no haya piedad para el dolor y la dignidad.

RESEÑAS
Mariano Valverde Ruiz ©