jueves, 29 de mayo de 2014

LA INCÓGNITA





Sólo tú sabes cuál es tu verdad.
Sólo tú reconoces el contenido puro
de la naturaleza que te nombra
con la dimensión de la luz perpetua.
Para mí queda toda la incógnita
que supone vivir cerca de tus caprichos.

Cada noche te acercas a mis sueños
con palabras de embrujo,
complejos laberintos de emociones
y la textura ignota de la magia.
Entonces no hay silencio que contenga
la inquietud desbordante del abrazo.
Eres misterio contra toda lógica,
una realidad que no se entiende.
Te amo y no puedo sino intentar descifrarte.



(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)

miércoles, 28 de mayo de 2014

IBN SAID AL MAGRIBI EN ALCALÁ LA REAL




IBN SAID AL MAGRIBI EN ALCALÁ LA REAL

—La dimensión del alba no es medible. ¿Quién puede conocer la longitud del tiempo que transcurre desde que comienza a clarear hasta que sale el primer rayo del sol? ¿Quién puede saber cuáles son los límites exactos del espacio que queda entre la sombra y la luz? Ni siquiera percibimos si existe ese espacio. Por tanto, nadie puede medir la duración del alba, ni calcular la consistencia de su eternidad.
Tras meditarlo, Ibn Said tampoco está seguro de lo que acaba de aseverar. Duda. Piensa en la fugacidad de los conceptos y en su efímera relevancia. El sabio está apoyado en un muro de la cara sureste de la Fortaleza de la Mota. Por el horizonte comienzan a despuntar los primeros tonos rojizos de la aurora. Desde su posición, se adivinan a lo lejos las siluetas ordenadas de los olivos de Alcalá la Real. El aire huele a romero y a almazara.
Ibn Said Al Magribi espera la llegada de Antonio, el actor que representa su personaje en Tu Historia, y que casi todos los días, al amanecer, sube desde su casa hasta un lugar cercano a la Fortaleza, muy próximo al Centro de Recepción de Visitantes, para ensayar su papel a solas. Le espera secretamente, con la incógnita de su asistencia lacerándole la paz del pensamiento, no sabe si llegará antes de la salida del sol o con el primer rayo, momento a partir del cual ya no podrá percibir su presencia.
Durante la noche, Ibn Said ha paseado por el recinto triangular de la Alcazaba, ha observado la erosión que el tiempo ha ocasionado en las piedras de sus tres torres: la de la Campana, la Torre Mocha y la Torre del Homenaje, desde la cual se sigue divisando el paisaje de Sierra Nevada. Ha recorrido el recinto amurallado y se ha detenido en la Torre de la Cárcel y en la Puerta de la Imagen para escuchar el sonido del aire y deleitarse con la musicalidad que los siglos provocan al contacto con los muros. Al igual que los visitantes, ha percibido el pasado de frontera entre culturas de estas tierras, y su naturaleza andalusí.
Ibn Said se ha sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Esperará la posible llegada de Antonio mientras habla consigo mismo.
—Éste es el instante exacto que separa el alba de la noche. Ya no es la hora de la oscuridad pero aún no ha salido el sol. Es tan sólo un intervalo etéreo entre dos mundos: el de las sombras, el de la luz.  Sé que tengo toda la eternidad para contarle mis pensamientos a los olivos, a los grillos, a los jilgueros, a la cara noble de las piedras de la historia, para desvelar todo lo que no pude decir en vida. Tal vez ese hombre moreno, de piel bronceada y carácter alegre que sube a recitar poemas y a ensayar su papel junto al Monolito, pueda entenderme. Y debo decirlo, porque la palabra de Ibn Said Al Magribi, ha de mantenerse viva.
»No tengo frío ni calor, tan sólo la sensación de atemporalidad que me trasmite la distancia. Y qué lejos queda aquella mañana de 1213 en que mis ojos notaron por primera vez la penumbra de un nuevo día. Un día como el que se aproxima, un día en el que quizá vea la luz a través de los ojos negros de Antonio. Estas murallas contuvieron mis ilusiones infantiles, mis primeros juegos, el descubrimiento de la naturaleza y de los sentimientos. Todo se movía alrededor con la certeza de lo concreto y la dinámica de lo ignoto. Y fue así hasta que mi padre decidió que me trasladase a Sevilla, donde comenzaron a crecer mis conocimientos y cambió la perspectiva de lo que hasta aquel momento era mi mundo. Inicié el camino del lenguaje, de la poesía, de la historia y aumentó mi pasión por la cultura. Entonces nació la necesidad de viajar para adquirir y recopilar todo cuanto fuese manifestación de la esencia creativa del hombre.
»Quiero que Antonio pueda comprender esa necesidad, que intuyo, le ahoga, que deje libre su espíritu creativo. Y no quiero que vosotros, olivos de Al Ándalus, arraigados a la tierra sin posibilidad de que por vuestras hojas corra la sabia de otras latitudes, penséis que os quiero contar mi vida, tan sólo os hago cómplices de que a partir de los 28 años viajé por casi todos los países ribereños del Magreb y del golfo Pérsico. Residí en Túnez, Alejandría, El Cairo, Jerusalén y Alepo. También visité otras ciudades en cortas estancias. Así fueron transcurriendo los años de mi vida en que compilé toda la poesía que llegó a mis manos. Lo hice para que no se perdiese en el pozo negro del olvido. Al Ándalus me debe parte de su memoria poética.
»No me pesó la ingente labor en pro de la belleza, del conocimiento y de la razón, que realicé a lo largo de los años. Hoy destacan dos de mis obras: “Lo extraordinario sobre las joyas de Occidente” y “El libro de las banderas de los campeones”. Éste último recoge uno de los pocos restos históricos del amor entre hombres de la época medieval. Mi obra evidencia la importancia de la poesía amorosa en la educación andalusí.
»A lo largo de mi vida muchas cuestiones me han inquietado. En Sevilla preguntaba a mis maestros qué es la materia poética. A pesar de sus explicaciones y de mis reflexiones, nunca me lo aclararon por completo. Me quedó gravado en la memoria un comentario del maestro más sabio: con los años te darás cuenta de lo que es poético y de lo que no debes considerar materia de un poema, lo intuirás, será como un estremecimiento de tu ser más íntimo. Hoy tal vez pueda explicárselo a Antonio. Y también a los grillos, a estos pequeños cantores que han silenciado sus serenatas en este instante de transición de la noche al día.
»Amo el silencio tanto como los grillos. Si pudiera hacer comprender a Antonio que los grillos son insectos revoltosos que llenan de sonidos la paz natural de la noche pero también son naturaleza viva. Marcan sin descanso el ritmo de las horas. El verano se nutre de sus impíos sermones cuando el manto fresco de las horas sin sol cubre los instantes de asueto. No callan, paralizan el pensamiento y lo llenan de su monótono murmullo. Se reponen del fulgor del día y continúan siendo la música del asueto. En ocasiones hay que considerar su actitud con benevolencia para no buscar con ahínco una forma de liberarse de su tiranía.
»Me gustaría que Antonio lo entendiese y que pudiese hablaros a vosotros, grillos, como yo, que pudiese deciros que cuando hay luna, su reflejo ilumina los instintos y que entonces no se escuchan vuestras algarabías, tan sólo las respiraciones agitadas de los amantes. En ese tiempo suben y bajan los ardorosos instintos en la noria de los sentidos igual que el agua de los arroyos burla al relieve para regar los campos. Pensamos que sólo los bohemios somos capaces de interpretarlos, pero no es así, esos incontrolados deseos, donde habita el aliento de la existencia, nos dan a conocer los grandes secretos, el nombre de cuanto es digno de tener en cuenta.
»Quiero que Antonio sepa que los grillos vuelven a sonar cuando la calima vuelca su humo deshilachado en la atmósfera sudorosa de la alcoba. Y su nuevo murmullo rompe la paz del momento. Entonces es cuando nos entrelazamos y pensamos que realmente son los únicos que proponen la alegría del alma y el bullicio de las sombras del verano, unas sombras tibias que ocultan el sabor de los besos que durante el invierno no se han dado.
»Quiero que Antonio sienta también que los grillos son parte de la naturaleza poética de la tierra, son signo de armonía. En la estridencia de su música también hay belleza, una belleza alternativa que habla de otra forma de sentir. Y el sentimiento es poético, como lo es el entorno, la tierra, el mar, el aire…
»En Alejandría solía preguntar a los eruditos que custodiaban la biblioteca que para qué sirve la poesía. Ellos acostumbraban a divagar por casi todos los campos del saber buscando razones convincentes, que ahora no voy a mencionar, pero sólo uno, nuevamente el más sabio, me dijo que con los años, yo me daría cuenta del verdadero servicio de la poesía para con los hombres. Y me convenció de que debía preguntárselo también a los jilgueros que habitaban el Delta del Nilo.
»Recordé mi infancia y a los jilgueros de Alcalá La Real. Y me dediqué a observarlos, a intuir el equilibrio de sus almas. Aprendí a acercarme a lo efímero, a sublimar la belleza de cada instante, porque su canto y su vuelo, son únicos e irrepetibles. Y los vi nacer, salir de sus huevos en los nidos de los árboles. Los vi moverse entre los brozas, torpemente, clamando a la vida, luchando por no ser devorados por las alimañas. Los vi crecer, cambiar su plumaje, alzar sus cantos orgullosos, zigzaguear por el aire… Y pensé que con su canto denuncian todo lo que les inquieta, lo que les coarta su libertad, lo que han perdido, lo que les hiere, lo que les mata. Los vi dar sentido al concepto del amor, a esa entrega íntima ajena a la reproducción biológica. Los vi cortejarse en primavera sin preguntarse para qué sirve la poesía, igual que amantes solícitos y recurrentes.
»En Córdoba preguntaba a mis maestros sobre la forma, el ritmo y la musicalidad de los poemas. Muchas horas de debate se llevaron esos temas. Unos decían que la forma del poema ha de ser el alma del poeta. Otros aseveraban que el ritmo varía con cada lenguaje y que la musicalidad es consustancial a la forma y al ritmo. Pero hubo un maestro que me dijo que para conocer la medida exacta, la forma correcta, el ritmo preciso y la musicalidad adecuada, debía esperar y leer mucho,  y que cuando entendiese que podía comprender, le preguntase a la naturaleza.
»En El Cairo consulté a mis maestros cuáles eran los límites que hay entre lo correcto y la moral. Cada uno me fue dando su opinión y me combinaron a que estudiase las escrituras de los antepasados y la tradición de cada cultura. Después me sugirieron que cuando alcanzase un grado excelso de honradez, preguntase dónde estaba ese límite a los que hubiesen sentido en su piel las garras de la injusticia.
»En Marrakech pregunté a mis maestros qué sentido poético tiene el compromiso con el hombre, con su tiempo y con los valores universales. Allí me aseguraron que cuando fuese anciano tal vez vería en la distancia un rastro de verdad en las palabras que había dicho, un signo que pudiese interpretarse como compromiso. Y me aconsejaron que preguntase a quienes hubiesen leído mis palabras si habían encontrado consuelo para sus insatisfacciones humanas, sociales e intelectuales.
»Cuando en Túnez o Alepo, no recuerdo bien dónde, entre 1275 y 1286, sentí cercana la presencia de la muerte, comprendí que toda la vida la había pasado buscando respuestas. Igual que ahora espero la de Antonio. Entonces ya había peregrinado a La Meca, había cumplido con los mandatos de mi religión. Pero seguía teniendo una gran incógnita: ¿Qué es la eternidad?...Aún no lo sé. Pero intuyo que está dentro de este espacio que va desde cuando se inicia el clareo del alba hasta cuando sale el sol. En ese tiempo inacabable en el que espero a Antonio.
»Mis biógrafos dicen que mi muerte se produjo en Damasco, que dejé más de cuatrocientos libros y que mi obra capital fue: “El libro de la Esfera de la literatura”. No sé si en realidad fue así. Sólo sé que el sol está a punto de salir por el horizonte y que Antonio aún no ha llegado. Que los grillos están ahí, tras las piedras, sobre la hierba. Que los olivos han cambiado el sentido de las hojas, que los jilgueros pronto celebrarán el nuevo día y que nadie sabe con certeza la auténtica dimensión de lo poético, ni para qué sirve la poesía, ni cuál es la verdad absoluta, ni tan siquiera, si existe la eternidad.
Ibn Said Al Magribi se levanta y pasea fuera de las murallas de la fortaleza. Su caminar es liviano como un soplo de aire. Levanta la mirada hacia la Fortaleza de la Mota, recuerda sus espacios originales y valora los esfuerzos de recuperación de una realidad centenaria que sus actuales habitantes están realizando. Mira la ciudad, el Palacio Abacial, el Paseo de los Álamos, las calles, las plazas... Percibe las diferencias entre las construcciones y las gentes del siglo XIII y los edificios y las formas de vida de 2014. Piensa que ésta es una sociedad más abierta y se siente orgulloso del festival multirracial, y también multicultural, que realiza cada año. Sabe que EtnoSur aúna los valores de respeto y solidaridad, que la música fusiona las culturas y que las artes unen la biodiversidad del género humano.
Ibn Said Al Magribi siente su alma en equilibrio, próxima a la sublimación de la belleza. Y piensa en Antonio, en las interpretaciones de los personajes de la historia que realiza en los recorridos teatralizados que los visitantes pueden disfrutar. Le presiente llegar, camina hasta el lugar conocido como El rincón de la poetas. Baja las escaleras, pasa bajo el arco, entra en el espacio ajardinado, se dirige hacia el Monolito de las Tres Culturas. Observa la pirámide triangular en la que están inscritas la cruz, la media luna y la estrella de David. Lee los saludos en castellano, árabe y hebreo. Vuelve la vista hacia el Muro de la Memoria y lee los nombres de más de veinte ilustres de Alcalá la Real. Y sueña con Antonio.
Está a punto de cambiar el color del alba. La eternidad está en ese preciso momento, en ese túnel del tiempo en que Ibn Said espera que aparezca la imagen de Antonio para poder disfrutar de su figura, de sus palabras… Y vuelve a preguntarse por la dimensión del tiempo y su aurora poética, por el sentido de la poesía, y por la línea infinitesimal de la eternidad  que une los instantes en que puede encontrase a sí mismo en el cuerpo de Antonio, justo antes de que salga el sol sobre la superficie verde aceituna de la tierra, justo antes de que se ilumine el horizonte etéreo de Alcalá la Real con el origen de la luz.


Relatos
28 de mayo de 2014
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Mariano Valverde Ruiz © 

  
    
          


martes, 20 de mayo de 2014

COSAS IMPOSIBLES



Yo quiero que las luces de tu esencia
se multipliquen más allá de lo real.
Si pudieras ser sueño permeable
que describa las tardes con palabras de cobre
y la sombra de almendro
igual que hilos de azúcar,
podría contemplar la paz del infinito:
esta felicidad sería más completa.
Es tan grato encontrarte sobre el lecho
que eres la otra figura que decora
la imagen del paraíso.
Por eso pido cosas imposibles.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c)   

domingo, 18 de mayo de 2014

NOCHE DE BLUES EN CAZORLA




NOCHE DE BLUES EN CAZORLA

La fuerza del destino es impredecible. Puede cambiar todo lo que hasta un momento preciso parecía previsible. Y lo puede hacer tanto en los paisajes como en la vida de los humanos. Phoenix Simpson había intuido ese mensaje mientras escuchaba un tema de B. B. King en su ciudad natal, pero no imaginaba que en su caso, ese momento estaba muy cercano.
La plaza de Santa María era un maravilloso decorado preparado al efecto para la actuación de esa noche, 25 de julio. La vista era esplendida, viejas casas de un blanco inmaculado de cuyas balconadas colgaban macetas de geranios, las ruinas de la iglesia de Santa María al fondo, tras de ella los molinos del río Cerezuelo que circulaba bajo la plaza bajo una bóveda de casi doscientos metros de longitud y, en el lateral derecho, alzados sobre una colina, los muros imponentes del Castillo de la Yedra.
El pueblo jienense de Cazorla, la ciudad situada a los pies de la sierra del mismo nombre, cerca de donde nace el río Guadalquivir, que es la espina dorsal de Andalucía, celebraba su festival anual de música, el que todos conocen como Bluescazorla. María Sánchez había esperado esos días con una inquietud que no acertaba a explicarse. Se sentía extraña y no sabía cuál era el motivo de sus desvelos. El calor del verano. Su fogosa juventud. Su rebeldía. Su conciencia… Todas esas razones, y quizás ninguna de ellas en concreto, le estaban quitando el sueño durante los últimos meses. El festival le ofrecía la oportunidad de trabajar, obtener algo de dinero para su independencia y conocer nuevas personas.
A lo largo del lateral izquierdo de la plaza estaban situadas las barras exteriores de los bares donde los espectadores podían disfrutar de la música mientras tomaban unas copas. En una de ellas, la de la taberna Quinito, trabajaba María. La joven se movía de un extremo a otro con la ligereza y la gracia de las mujeres andaluzas. Su larga melena morena mesaba el aire decorándolo con aromas de galán de noche. Sus ojos almendrados atesoraban la magia del misterio que recorría cada una de las equilibradas curvas de su figura. La plaza estaba llena de aficionados al blues. Los espectadores habían venido no solo de las zonas cercanas, sino también de toda España, Europa e incluso de Estados Unidos, como era el caso de Phoenix. Toda Cazorla era un hervidero de turistas ya que las actuaciones se sucedían en la plaza Santa María, en el recinto ferial situado cerca del inicio del Paseo de los Poetas y en la plaza de toros ubicada junto a la avenida del Guadalquivir.
En la plaza de Santa María la música modulaba su significado melancólico y sus matices de tristeza. Eran tonalidades que contrastaban con la esencia de la ciudad, no parecía una música propia del lugar, aunque en Andalucía hay un profundo sentido de la musicalidad de los sentimientos y una honda raíz de la pureza expresiva arraigada en las entrañas de sus habitantes. Se repetía el patrón con estructura de 12 compases del genero vocal e instrumental originario de las comunidades afroamericanas. Phoenix escuchaba el concierto con un leve balanceo, sintiendo la música en todo su cuerpo. Llevaba una gorra verde sobre su cabeza rapada que resaltaba sobre el color negro de su piel, al igual que la camiseta de asas en la que, sobre un rojo sangre, destacaban las letras blancas en las que se podía leer el nombre de su ciudad: Memphis. El joven no perdía de vista los movimientos de María tras la barra.
El americano estaba elevando a la categoría de celestiales tanto las vibrato de la guitarra como el crossharp de la armónica junto a la batería y la trompeta. En el mismo umbral de la belleza situaba la imagen de María. De pequeño le gustaba escuchar la música en las calles tanto como ir hasta la orilla del Mississippi para intentar pescar peces de agua dulce. Sus pensamientos volaban de su lugar de origen hasta donde se encontraba y desde su infancia hasta la cintura de María. Se sorprendió a sí mismo pensado que la joven era una flor azul, un mar ondulado en su estado más puro y liviano. La llamó y le pidió una copa de whisky. Cuando se la sirvió la miró a los ojos. Vio que eran negros y profundos, que tenían el misterio de una península interior y desconocida, que eran pura naturaleza inexplorada y que dentro de ellos se intuía un cierto poso de tristeza.
Y en ese momento decidió jugar sus cartas. Esperó el lance de un impulso que trajo a la joven a servir muy cerca de él. Bebió un trago sin perder la compostura y sin perderla a ella de vista. La joven adoptó una aptitud aparentemente distraída pero era consciente de las miradas de Phoenix. El americano metió la mano en su bolsillo y sacó una pequeña botella de cristal transparente en la que durante la tarde había introducido, con mucho cuidado, una flor de romero que reflejaba varias gamas del azul en sus pétalos. La puso sobre la barra con discreción y llamó con un gesto la atención de María. Ella le miró interrogándose por el sentido de la botella.
—Es para ti —le dijo Phoenix.
Ella sonrió abiertamente. Sus labios eran de una expresión dulce y brillante. Una dimensión carente de toda malicia.
—Es para ti —repitió el joven.
María le miró fijamente. Sus ojos enmarcados bajo el peine delicado de las pestañas eran una punzada de desdén.
—Gracias —dijo— pero, esa flor está presa en una cárcel de vidrio, una prisión fría que me asusta. Tan solo acabo de mirarla y siento una punzada de dolor aquí dentro, justo en el corazón.
La joven hizo un movimiento preciso para señalar su pecho izquierdo guardado por una camiseta negra ajustada a su piel como un guante de algodón. Y continuó después de una pausa.
—Esa flor está presa y lo que yo más valoro es la libertad. Toma otra copa e inténtalo otro día. Esta noche la suerte no te ha sonreído.
—Espera. No te vayas. Al menos cuéntame algo de tu ciudad. El sentido de la hospitalidad no te lo impedirá y mi español es bastante fluido como para entenderte. Ya sé que estás trabajando, pero…entre copa y copa pásate por aquí y charlamos.
María se quedó un tanto confundida. La apelación a la hospitalidad que le acababan de hacer la dejó sin salida. Entonces le dijo que esperase un momento. Se alejó unos metros hasta la puerta del local donde habló por unos instantes con el que parecía el dueño. Y regresó con aires distendidos.
—Has tenido suerte. Mi jefe me deja el resto de la noche libre a cambio de que trabaje por la mañana las horas que tenía que hacer esta noche.
Phoenix sonrió y le dijo:
—Estupendo. Tráete lo que quieras tomar y otro whisky para mí. Y nos quedamos hasta que termine la actuación. En ese instante la banda invitada tocaba una versión de Layla de Eric Clapton. A Phoenix le pareció que las notas abrían las puertas del cielo de par en par mientras la joven preparaba las copas. Se acomodaron en una mesa y María le preguntó:
—¿Y qué quieres que te cuente?
—Pues, por ejemplo…¿Qué historia tienen las ruinas de esa iglesia?
—¿Santa María?... Tiene más de cuatrocientos años y nunca se ha llegado a terminar. Primero se realizó una bóveda para conducir el río Cerezuelo. Y luego se levantó la iglesia incluso aprovechando el propio muro de piedra de la montaña. Además de los elementos arquitectónicos y ornamentales, lo más interesante es lo que sucedió el 2 de junio de 1694. Una fuerte tormenta, conocida en la ciudad como “el diluvio” descargó sobre Cazorla en poco más de una hora, y un aluvión de agua, tierra, piedras y troncos, obstruyó la entrada a la bóveda. El agua subió de nivel casi veinte metros y penetró por los ventanales de la iglesia, rompiendo y arramblando con todo lo que había. Se llevó por delante casi a todos los habitantes del entonces pueblo.
—Como una maldición divina. ¿Qué habían hecho sus gentes?...
—Reconquistar estas tierras a los árabes. Pero no es eso todo. Durante la guerra de la independencia contra los franceses la ciudad sufrió cinco incendios como consecuencia de la obstinada resistencia de los cazorleños, cosa que nos valió una consideración especial y el nombramiento de ciudad por las Cortes de Cádiz. La Iglesia no escapó a esos incendios. Y en el siglo pasado, durante la guerra civil, también sufrió las consecuencias de la contienda nacional.
—¡Vaya!
—Su interior sirvió de cementerio e incluso, en los años ochenta, de escenario para actuaciones musicales. Hace pocos años se restauraron las ruinas y se hicieron visitables. En definitiva… como te decía, es una iglesia que no se ha terminado nunca de construir.
—Pero ahí están sus ruinas…erguidas… acaso como vuestro carácter.
María se sintió halagada. Se movió en la silla y se ruborizó. Phoenix no pudo percibirlo porque las luces de la plaza dejaban en penumbra el lugar donde estaban, frente a un medio barril colocado en la pared del que sobresalía la imagen de un hombre con gafas.
—Qué tal si damos un paseo. Me gustaría conocer esa bóveda que hay bajo esta plaza. ¿Es posible?
—La entrada está cerrada…pero tal vez… Hagamos una locura. Sígueme.
Los dos se levantaron y María cogió de la mano a Phoenix para atravesar la multitud y dirigirse hacia una escalera situada al principio de la plaza. Bajaron los escalones hasta el borde del río y continuaron por un pasillo hasta llegar a una verja.
—Si saltamos por aquí podremos entrar. Ayúdame —dijo María.
Phoenix unió sus manos para que María pusiese el pie y tomase impulso para elevarse, apoyarse en las rocas y saltar al otro lado. Por el mismo sitio, favorecido por su fuerza, saltó el joven americano. Ya juntos al otro lado ambos sintieron el vértigo de lo prohibido y se abrazaron como si de dos fugados de un presidio se tratase, dos jóvenes que estuviesen saboreando por primera vez la libertad.
La entrada a la bóveda era un túnel cuya boca estaba cubierta de ramas colgantes de hiedra. Estaba iluminado con una luz ocre amarillenta y el rumor bravo del río ocultaba los sonidos de los grillos y el silencio enigmático de la noche. A través de un puente de metal cruzaron hacia la parte derecha de la bóveda e iniciaron el recorrido sobre una pasarela de barras de hierro, debajo de la cual, a pocos metros, corría el agua como una fuerza de la naturaleza recién nacida. Phoenix exclamó de admiración ante la belleza de la construcción de casi cinco siglos de antigüedad. Fueron avanzando cogidos de la cintura para evitar la sensación de vértigo que inundaba los sentidos de María.
A mitad de recorrido perdieron de vista la entrada. Tampoco se  vislumbraba la salida. El sonido del agua era ensordecedor. Tenían que hablar casi a gritos para entenderse a pesar de estar unidos por la cintura. Se detuvieron tras otra boca de túnel que traía un arroyo de la parte izquierda y vertía sus aguas en el cauce del río.
—Aquí encima está el final de la plaza y a partir de ahí comienza la Iglesia. Esa agua es de la fuente que has visto tras el escenario. Una fuente que viene de la montaña.
—¡Maravilloso! —dijo Phoenix.
Siguieron caminando en silencio mientras las manos acariciaban mutuamente sus espaldas. Pronto vieron la boca de salida también cubierta por tallos colgantes de hiedra. Cuando salieron se abrió frente a ellos un pequeño ensanche desde el cual se observaban en un remanso del río varios patos. Al alzar los ojos, Phoenix se detuvo en la construcción que había frente a ellos.
—Es la Casa de la luz —dijo María—. Y un molino de trigo, un molino harinero. Tiene más de doscientos años. Está ahí para aprovechar la fuerza del agua. Te encantaría conocer la historia de sus primitivos habitantes. Nuestra zona está llena de vida, de animales en libertad, de paisajes idílicos. Cada sendero te cuenta una historia, cada rincón, cada árbol, cada piedra…Desde la cultura de los Íberos hasta nuestros días.
Phoenix se volvió y la miró cara a cara. La luna creciente iluminaba aquel bello rincón de la naturaleza. Estaban solos. Nada ni nadie podía ver lo que sus ojos pedían con urgencia. Y sin que transcurriera un segundo desde la respiración acompasada de ambos, se fundieron en un beso con todo el sabor de la sierra, de la naturaleza, de la libertad, del deseo.
Las manos buscaron con ansiedad los cuerpos anhelantes. Se dejaron caer hacia la pared de piedra y apoyados en la caliza dejaron que el sabor de la aceitunas cubriera la saliva de Phoenix y que los aromas de las riberas de Mississippi rociaran los sentidos de María. El tiempo pareció detenerse mientras se hacían el amor con el magnetismo de dos polos opuestos.
Desde la torre del Castillo de la Yedra, el rey de los aires, un quebrantahuesos,  había observado la escena. Fue el mismo ave que desde su atalaya observó el recorrido de la pareja por la calle Corredera, que les vio pasar por la Plaza de la Constitución, que les vio besarse de nuevo junto al Palacio de las Cadenas, y que les vio bajar por el Paseo del Santo Cristo hasta la casa de María, situada al lado del Archivo Histórico de Cazorla. Fue el mismo testigo que observó cómo se demoraba la despedida entre miradas silentes y besos apasionados. Y el mismo que vio como Phoenix continuaba después por la avenida del Guadalquivir hasta el hotel Puerta de Cazorla.
Aquella noche los dos jóvenes apenas pudieron conciliar el sueño. Ambos repasaron sus vidas hasta ese momento. María concibió que su vida estaba dando un giro inesperado, que se abría ante ella un destino ignoto e incierto, pero que percibía con una serenidad desconocida. Phoenix recordó su pasado vagabundo, recorriendo el mundo en la búsqueda de sí mismo, buscándose en las sombras, en los paisajes, en los cuerpos desconocidos que el azar ponía en su camino. Y tomó la decisión de que a la mañana siguiente, lo primero que haría sería reservar para todo el año su habitación en el hotel y llamar a su familia para informarles que había encontrado su destino, que buscaría trabajo como naturalista en la Sierra de Cazorla y que hasta ese momento le enviasen su asignación mensual al hotel. No sabía cómo se lo tomaría su padre, un rico empresario textil, pero tampoco le importaba mucho. Poco antes de dormirse  le vino a la mente el significado de the blues, su referencia a blues devils, la expresión que su español aprendido en la universidad de Memphis le había hecho traducir como diablos azules o espíritus caídos. Él había sido uno de ellos, un diablo azul que había quedado preso en una botella de cristal olvidada sobre la barra de un bar de la Plaza Santa María.


Relatos.
18 de mayo de 2014
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz.           
                    

               

jueves, 8 de mayo de 2014

SOMBRAS DOMÉSTICAS




SOMBRAS DOMÉSTICAS

A veces tus contornos son sombras de misterio.

La voluptuosidad de los veranos
y la ternura propia de las etapas frías
que los años proponen,
no son fuerzas nobles suficientes
para que siempre fluya 
la esencia que une nuestros sentimientos.
Eso me desconcierta. Entonces me distraigo.
Dibujo garabatos, arabescos y jergas
que sólo tienen tu significado,
signos surrealistas contra los que no puedo
oponer una luz de claridad.
Imagino proyectos ilusorios
que luego dejan sus lunas de bruma
ensombreciendo todos mis deseos:
son un reino de sombras tan domésticas
como las inquietudes que provocan.

Y es el mismo misterio que siempre me seduce
el que también despierta al dragón de las dudas.


(El fuego del instinto. Editorial Vitruvio)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c) 

lunes, 5 de mayo de 2014

EL LADRÓN DE COLORES






EL LADRÓN DE COLORES


Johan sabe que hoy es un día especial, nadie se lo ha dicho, pero intuye en su más primitivo interior que es el día señalado en el calendario de Eros. Debe proseguir con la búsqueda de su Dafne por las calles de la zona de De Wallen. A Vivaldi tampoco le dijeron con exactitud cuando entraba la primavera y sin embargo, lo intuyó y escribió una partitura de notas musicales con su dinamismo, su color y su belleza. A Johan Van Richmond le sucede lo mismo, pero utiliza un medio de expresión distinto a la música para expresar los colores: la pintura. También tiene otras motivaciones, algunas poco confesables, para utilizar los instrumentos con que crea belleza.
Es 21 de marzo de 2014. Hace una tarde espléndida. La primavera camina por las calles de Ámsterdam con los colores de los tulipanes, las imágenes de los ciclistas y el sonido del agua, al igual que la luz se refleja por los canales y entre las casas flotantes. En una de ellas vive Johan, un joven apuesto, de pelo rubio y ojos azules, cuerpo musculoso y planta de ciento noventa centímetros. Es un adonis de los tiempos modernos.
La casa donde vive está llena de cuadros con motivos florales y figuras de mujer, son obras terminadas que están colgadas en todas las paredes a la espera de compradores. Una brisa suave entra por la ventana del cuarto donde trabaja. El pintor ha dejado el lápiz de labios sobre la mesa. Levanta los ojos y mira el  soporte donde está realizando su última creación. Es un lienzo de dos metros por uno cincuenta, cuya superficie está casi completamente cubierta de colores. Hasta aquí, todo es aparentemente normal, si no fuese porque Johan Van Richmond utiliza exclusivamente para pintar lápices de labios que previamente tiene que robar a las mujeres que ama y que no comparten su sentimiento.
Al caer la noche se produce el milagro de su trasfiguración. Sucede siempre los viernes,  cuando la sangre que ha sido calentada al sol del trabajo en una oficina de atención a los consumidores, donde trabaja de nueve a tres de la tarde, hierve y se precipita sobre el cerebro. Entonces los sueños de Johan pian como pájaros de la noche, bailan en su mente como murciélagos siniestros, y aletean el espacio igual que si subiesen por los andamiajes del edificio de las ilusiones.
Ahora Johan se prepara para salir. Quiere olvidar la desconfianza de su jefa y el dolor que le produce su lucha diaria con las personas que llegan a la oficina cargadas de razones contra todo y contra todos. Quiere afrontar con ánimo las primeras horas de la tarde. Aún no sabe quién será su presa. Tiene que verla, sentir el arrebato de la pasión y proponerle su apasionado sentimiento, para posteriormente setirse rechazo y transformarse en ese ser misterioso que sólo él conoce. Ha de suceder todo lo anterior antes de que Johan decida si la chica puede ser un objetivo a considerar para su labor de ladrón de lápices de labios. Entonces pensará en la forma de conseguir las barras de colores y luego se refugiará en su estudio y se pondrá a pintar el resto de la noche, hasta que salga el sol.
Johan sabe que apenas dormirá, que si hay suerte tendrá que mantenerse en vela para ser luz en la sombra. Cuando salga a la calle pasará las primeras horas en cualquier lugar: un club, una discoteca, una cafetería, un banco... O quizá deje pasar el tiempo colgado de cualquier barandilla o apoyado en el tronco de un árbol del parque.
Mientras se prepara recuerda que su musa, Dafne, rechaza a todos los que la aman, huye de ellos y se convierte en árbol de laurel. Apolo estaba enamorado de ella y quiso llevarla siempre consigo. Y por eso Johan se coloca un laurel sobre la cabeza. Del resto de su forma de vestir no hay nada destacable. Una sudadera de color naranja y unos pantalones chinos de color marrón oscuro.
Van Richmond sale de su reducto con gesto decidido. Observa a la gente caminar por las aceras, junto a los canales de la zona de De Wallen, en el Rosse Buurt. Disfruta del tiempo y de las sensaciones que ofrece el alumbrado público. Ha iniciado su caza sin rumbo fijo. Caminará hasta que su instinto le diga: detente. Mira. Actúa.
La calle está iluminada con los colores de costumbre: fresa pasión, rojos vibrantes, anaranjados que contrastan con los tiernos verdes de los árboles que decoran las aceras. Johan se ha quedado mirando las tenues sombras que habitan bajo el puente y sobre la superficie de las aguas. Por un momento ha imaginado el rostro terrible del mítico monstruo que, de vez en cuando, salta de las sombras para devorar a algún viandante despistado. Sonríe ante la ocurrencia de que tal vez sea él hoy el devorado por los seres malignos que habitan los canales de Ámsterdam.
A la vuelta de la esquina una mujer le sale al paso.
—¿Dónde vas tan sólo?
El pintor la mira sorprendido mientras ella cruza los brazos bajo el pecho y entreabre los labios de forma sensual esperando la respuesta.
—A buscar una ninfa para chuparle la sangre —le contesta sonriente.
—Ja. Ja. Ja…¡Vaya con el vampiro! ¿Y no te sirvo yo? Por solo cien euros te dejo que me chupes la sangre durante quince minutos.
Van Richmond da un paso atrás espantado por la propuesta y horrorizado por la forma tan directa en que se la ha hecho.
—Aléjate de mí. No es sexo lo que busco.
—¿Y qué buscas, entonces, murcielaguillo?
—Busco un amor verdadero. Su más pura esencia. El antídoto que haga transformarse en mujer al laurel que hoy es mi Dafne.
—¿Y yo no te gusto para ser ese antídoto?
—Es más complicado. Tú te estás ofreciendo y yo necesito que me rechacen.
—Pues no lo entiendo. Estás solo. Salta a la vista. No te brillan los ojos. Seguro que hace mucho tiempo que no haces el amor. Venga, te lo dejaré en cincuenta euros y diez minutos.
—Ya veo que no lo entiendes. Para eso deberías saber algo de cultura clásica.
—Pues enséñame. Si me convences te lo hago gratis.
—Ja. Ja. Ja. Vale, vente conmigo a ese banco y te cuento —le dice señalando con el dedo hacia el mueble urbano.
—De acuerdo. No pierdo nada. La tarde está floja de clientes y me viene bien sentarme un poco. La competencia de los escaparates es muy fuerte y tengo que ganarme los clientes a pie de calle. Pero deberías, al menos, invitarme a un té.
—Entonces vamos a la tetería Walki.
Una vez acomodados, la charla se hizo más distendida. La chica le dijo que se llamaba Anne y le contó algunas cosas de su vida. Johan comenzó a hablarle de su musa Dafne.
—En la antigüedad clásica Apolo era el dios de la música y las artes. Solía bromear con Eros, dios del amor, sobre sus habilidades y destrezas para manejar el arco y las flechas. Y sufrió las consecuencias de sus burlas. Un día Apolo paseaba por el campo y sorprendió a Dafne, una bellísima musa, cantando, y se enamoró perdidamente de ella. Dafne, al notar la presencia de Apolo, dejó de cantar, quedó inmóvil y buscó un sitio para esconderse. Apolo se acercó hasta ella y comenzó a hablarle con palabras de amor y a seducirla con mágicas expresiones de su encendida pasión. Ella le suplicó que se detuviese, pero él continuó. Dafne echó a correr y pidió ayuda a la Tierra para librarse del acoso de Apolo. La madre Tierra le escuchó y Dafne comenzó a convertirse en laurel, quedó fijada al terreno y se trasformó completamente en un árbol. Apolo abrazó tristemente a su amada y entre lágrimas dijo que el laurel seria consagrado a su culto.
—¡Qué bonito! ¿Por eso llevas esas hojas de laurel en tu pelo? ¿No me digas que tú eres pariente de ese Apolo? Lo que no entiendo es qué tiene que ver ese tal Eros en todo lo sucedido.
—Eros había sido el culpable de todo. Estaba muy enfadado con Apolo por sus comentarios despectivos hacía la forma de lanzar las flechas. Y entonces, aprovechando que Apolo caminaba por el campo, y que Dafne estaba muy cerca, disparó una flecha dorada al dios de la música y las artes para que se enamorase de Dafne, y lanzó una flecha de plomo a Dafne para que le provocase un desprecio irremediable sobre Apolo.
—¡Vaya mala leche la de ese Eros! Pero bueno, vamos a ver si he comprendido: lo que tú pretendes es encontrar a tu Dafne y para eso necesitas que te desprecie. ¡Con lo guapo que eres! Y además me empiezas a gustar mucho…
En ese momento, la chica, de aspecto agradable, pero ninguna gran belleza, abre su bolso, saca su lápiz de labios y se retoca los labios de un color que parece fresa madura. Johan no pierde de vista el gesto. La chica no cumple el requisito. No se siente rechazado. Pero ese color es el que necesita para terminar el cuadro que ha dejado colgado del caballete en su casa. Y decide cambiar de estrategia.
—Sin embargo a mí no me gustas nada. Me pareces una chica vulgar. Sin cultura. No tienes nada que me atraiga.
La muchacha se sorprende y queda congestionada. Apenas puede tragar saliva. No esperaba nada por el estilo. Hace ademán de levantarse y salir sin despedirse siquiera, pero algo la detiene. Le mira directamente a los ojos y le dice:
—Me habías parecido un hombre especial, por eso he aceptado perder mi tiempo contigo. Pero ahora que te miro fijamente, tan solo eres un pobre diablo, un infeliz solitario. Me das pena.
La chica se levantó y comenzó a caminar. Johan no tardó mucho en seguirla a unos metros de distancia. La noche había caído y las luces rojas de De Wallen daban un aspecto mágico a la calle. Johan sentía en su interior que el amor desmesurado que sentía por su Dafne se trasformaba ahora en un odio visceral hacia aquella chica. Un poder sobrenatural inundó su naturaleza. El pintor se escondió en uno de los soportales y acechó durante horas los movimientos de Anne. La vio subir acompañada por varios clientes a un hostal cercano y volver a bajar a la calle con un brillo renovado en sus labios: el brillo de fresa madura que necesitaba.
Con el paso de las horas su ansiedad fue creciendo hasta que tomó la decisión. Se puso un pasamontañas oscuro. Caminó muy deprisa hasta donde estaba la chica. Sus ojos estaban fijos en el objeto de su deseo. Echó a correr y al pasar junto a la chica, tiró con fuerza del bolso, y lo hizo suyo. Anne cayó al suelo entre gritos y maldiciones. Johan ya tenía el lápiz de labios que necesitaba. Ahora corría como alma que lleva el diablo sorteando paseantes y obstáculos. Algunos le soltaban improperios de todo tipo, otros le hacían paso. Desde lejos se escuchaba a la chica llamar a la policía sin cesar. Un resbalón inoportuno hizo que Johan se golpease la cabeza y cayese al canal, justo debajo del puente donde había asociado las sombras a un pez monstruoso. El agua le devoró a la vez que su conocimiento se desvanecía. Dentro del canal la luz se fue oscureciendo y el agua comenzó a penetrar por su boca, por su nariz, por todos los orificios de su cuerpo. Pronto la asfixia comenzó a anegar sus pulmones y todo se precipitó como un cuento que llega al final con la trágica muerte del protagonista, un desenlace que nadie espera.
Pero no fue así. Dos minutos después Johan estaba en la acera de la calle, tumbado sobre el suelo. Dos jóvenes le habían visto caer y se habían lanzado para sacarle al agua. Después de varios intentos no habían podido hacerle respirar, perecía que estaba todo perdido. En ese momento llegó Anne, que había seguido la fuga de Johan pidiendo socorro a cualquiera que pudiese ayudarla. La joven llevaba lo que amaba dentro de su bolso: el pincel de oro que su padre había recibido en herencia de su abuelo con el encargo de que le fuese entregado a alguien que tuviese un talento especial para la pintura.
Y sucedió lo inesperado. Como si los dioses del Olimpo se hubiesen confabulado para hacer las paces, la escena cobró otro enfoque más cercano a un inicio que a un final. La joven, al ver a Johan inconsciente, se abalanzó sobre él sin pensarlo y le hizo la respiración boca a boca. Johan reaccionó. Expulsó el agua de sus pulmones y comenzó a respirar. Ambos se miraron a los ojos como si acabasen de conocerse. Los dos supieron que algo nuevo y maravilloso estaba naciendo. Johan ya no tenía el laurel en el pelo. Ahora flotaba sobre el agua, como una barca verde de esperanza, junto al bolso que contenía el lápiz de labios de color fresa y el pincel de oro.

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Mariano Valverde Ruiz ©