jueves, 30 de enero de 2014

METAMORFOSIS


METAMORFOSIS




Trato de comprender 
esta metamorfosis 
que mar y noche tejen
en tu carne de luna levantina.

Tu piel es sólo luz,
aire nuevo en mis manos,
y mientras tanto el tiempo
se inunda de gemidos de mujer.

Mar y noche transforman
la materia concreta de los cuerpos
en caracolas mágicas,
en música rendida
a la luz del encuentro,
al aire de los besos
y a la espuma desnuda de las olas
que abraza la pasión.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados
Mariano Valverde Ruiz (c) 

EL DÍA DE LA PAZ EN SAN CRISTÓBAL





EL DÍA DE LA PAZ EN SAN CRISTÓBAL


Los globos se alejan portando mensajes de paz mientras los niños siguen su camino con los ojos de la esperanza. Hoy celebramos en el colegio el día de la paz. Aunque las Naciones Unidas establecieron el 21 de septiembre como Día Internacional de la Paz, una jornada para la no violencia a nivel mundial, nosotros lo celebramos el 30 de enero como jornada de Educación para la Paz. Es la fecha del aniversario de la muerte de Gandhi, el hombre que con su lucha pacífica nos dijo a todos que es posible un mundo sin guerras.
En nuestro colegio hay niños de 15 nacionalidades. Conviven en paz y armonía niños de Bolivia, China, Ecuador, Marruecos, Cuba, Bulgaria, Nigeria, Perú, Nicaragua, Rumanía, Polonia, Egipto, Ghana, Mali y España. Son de diferentes etnias, religiones y culturas, pero entre ellos brilla el respeto mutuo por las características que enriquecen a todos.
Aunque es una labor diaria, hoy especialmente resaltamos los valores de tolerancia, igualdad, solidaridad y justicia. Llenamos el espacio físico del colegio de buenas intenciones, de comunicación, de manos extendidas hacia un futuro sin miedo. Y lo hacemos con alegría, intentando que la atmósfera proteica de la educación alimente a todos los que componemos la comunidad educativa de San Cristóbal, el colegio decano del barrio arrabalero de Lorca (España).
Durante toda la mañana, las aulas se han llenado de frases salidas de los corazones de niños y maestros; de multitud de expresiones plásticas y artísticas de la tolerancia y el respeto; de canciones, de miradas, de manos blancas, de globos del color de la paz, de palomas con vuelos de versos y nostalgias, de abrazos sinceros… De todas las manifestaciones humanas que hacen que nos sintamos orgullosos de pertenecer a nuestra especie.
El patio del colegio se ha convertido en un coro de 550 voces que elevaban al viento sus mensajes de esperanza para todos los pueblos. Y la luz del sol ha conducido los globos que portaban el espíritu de la limpia inocencia de quienes sólo desean que todos convivamos en un mundo sin fronteras, en un mundo donde la razón sea el vehículo de la esperanza y de la interculturalidad.
Ahora casi está a punto de terminar la jornada escolar. Observo a mis alumnos realizando las últimas tareas programadas. Lo hacen en un clima de armonía y respeto. Doy los últimos consejos de la mañana. Sé que en sus recuerdos van a quedar algunos de los momentos que hoy hemos vivido. Y mi memoria viaja tan sólo unos minutos hacia atrás, al momento exacto en que veía los globos perderse en el cielo y luego miraba las sonrisas ilusionadas con que los niños han dejado volar sus mensajes hacia todas las manos del mundo. Era la esperanza de poder vivir en un mundo que les deje ser felices.

30 de enero de 2014
ARTÍCULOS DE OPINIÓN
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miércoles, 29 de enero de 2014

CULTURA Y ALIMENTO




CULTURA Y ALIMENTO


El alimento es la llave de la vida. La cultura forma parte de la misma vida. Éstas son dos realidades incuestionables. Sin embargo, desde siempre, todas las sociedades marcan sus prioridades en función de las necesidades básicas y no siempre la cultura es una de ellas.
La consecución de los nutrientes para la vida es un objetivo primordial, pero la cultura, que es la esencia de los pueblos, también ha de considerarse una necesidad básica a cubrir. Es el alimento del alma, de la conciencia, del ser, en definitiva.
Casi todas las manifestaciones del hombre que tienen un carácter creativo pertenecen al ámbito de la cultura. Sobre todo las que, además, aportan un matiz positivo al crecimiento del ser humano. La naturaleza de los hombres necesita conocer el pasado para tejer el futuro desde un presente en que el arte, la palabra, la música, la arquitectura, la imagen… sean vibraciones permanentes que nos diferencien de la barbarie.
Todos estamos de acuerdo con la idea de que la cultura es la que hace nobles a los pueblos. Por consiguiente, no debemos dejar que gobiernen quienes tengan algo que perder con la mayor cultura y nobleza de las gentes.
En la actualidad, las políticas aplicadas a consecuencia de la crisis financiera mundial, dificultan que la cultura llegue a todos por igual. En consecuencia, se está produciendo un empobrecimiento cultural que pasará factura tarde o temprano, quizá haciendo que se repitan los terribles errores del pasado.
Decía Émile Henriot que la cultura es el poso que nos queda después de olvidar todo lo que hemos aprendido. Por tanto, es necesario aprender para poder olvidar y para que de ese aprendizaje nos quede una forma de ser y de pensar evolucionada.
Hoy más que nunca recae en aquellos que tengan, o tengamos, las ideas claras sobre la necesidad del alimento cultural, intentar que las palabras lleguen al mayor número de personas, y que esas palabras sean semillas que germinen en la conciencia creativa de los hombres.
La cultura es un valor irrenunciable, al igual que la libertad. Por eso quiero terminar con unas palabras de Miguel de Unamuno: “Sólo el que sabe es libre”.


ARTÍCULOS DE OPINIÓN

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sábado, 25 de enero de 2014

GELATINA


GELATINA



Estás en esos años en que juegas 
al ajedrez de instinto con tu cuerpo
y cruzas la calle presa de mi brazo.
Lo haces con una suerte decidida,
ya sabes que la reina me dio jaque
y que pondrás laurel en tu cabello.

Yo tendré que rendirme si mi sino
es conocer el sabor de tu espuma íntima.

Ante una hembra así, de nada sirve
preparar la cicuta de Rimbaud
con poemas de asombro
bajo el jazmín del verso,
extender alas sobre este papel,
lanzar flechas con arcos de utopía
o ser puro naufragio
como el alma de Rilke.

Contigo el manantial que define las horas
es gelatina al fuego del instinto
en la fragua que alimentan nuestros labios.


(El fuego del instinto. Ed. Vitruvio)
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Mariano Valverde Ruiz (c)

jueves, 23 de enero de 2014

UN MUNDO NUEVO (Versión para blog)




UN MUNDO NUEVO


Todo ocurrió en el mes de enero del año 1966.
Una tarde de la segunda semana de aquel enero vio a Margarita cruzar el campo arropada en su abrigo camino de Los Jopos. Sus doce años caminaban con soltura para ir hasta el lugar donde había llegado una caravana de un circo ambulante. Se lo habían dicho por la mañana, en la escuela de Las Norias. Una de sus compañeras de clase, que vivía cerca del lugar de acampada, le había hablado de cosas diferentes, de animales enjaulados, de extraños objetos, de personajes peculiares, de carteles con caras pintadas. Y de luces. Y de colores…
Margarita tuvo que caminar más de tres kilómetros. Atravesó la carretera comarcal que partía en dos sus territorios conocidos, siguió por el camino de Las Oliveras, cruzó la rambla y llegó ilusionada hasta Los Jopos. Allí, en una explanada cercana a la carretera, no muy lejos de un grupo de casas rurales, se habían instalado las gentes del circo. Fue aquella tarde de enero, fría y desabrida, cuando el reloj del tiempo dispuso sobre su destino. Había llegado la hora de que supiese cuál era la razón por la que había venido al mundo.
La novedad era muy excitante. Margarita nunca había oído hablar de cosas semejantes. Aquel hecho era algo inusual y extraordinario en la comarca. Aquella mañana había sentido una llamada hacia lo desconocido. Había escuchado una voz interior que fue la que le guió hasta la explanada de piedras y grava donde un mundo nuevo se había instalado. Tenía curiosidad por conocer. Quería aprender cosas diferentes y satisfacer la necesidad de encontrar diversiones. Cuando llegó a la explanada pudo comprobar que allí estaban aquellos hombres escuálidos, de huesos elásticos; allí estaban los saltimbanquis, los malabaristas, los payasos, todos los personajes que juegan con el hambre para convertirlo en humor y espectáculo. Y todos estaban dispuestos a ofrecer sus actuaciones al público y a pasar después el sombrero para enjugar su sudor con unas monedas milagrosas.
A lo largo de toda la tarde Margarita fue observando cómo realizaban los preparativos para la función. Los singulares personajes del circo habían levantando su carpa con palos, hierros oxidados, lonas viejas y otros elementos. En el interior habían dispuesto sillas plegables alrededor de una pista, en cuyo centro, un enorme poste sujetaba la carpa. El tenderete mostraba su superficie tachonada de agujeros, fruto quizá de los accidentes de montaje o de mordeduras de ratones, por los que se colaban los últimos rayos del sol vespertino. Los artistas habían colocado sus carros en círculo para intentar guarecerse de las inclemencias del viento. Cerca de los carros pastaban los mulos y caballos que les servían de medios de transporte.
Antes de la puesta del sol llegó el momento esperado. Los vecinos se habían ido acercando hasta el lugar y aguardaban el instante en que se abriesen las lonas de la entrada. Un payaso de roja nariz y gran boca, pintado hasta las orejas, al grito de pasen y vean, abrió las lonas de la entrada y dejó franca la vista del interior. Y junto con otros vecinos, Margarita y su amiga, se dispusieron a disfrutar de algo que nunca habían visto. En su casa había dicho que esa tarde la pasaría con su amiga Regina y que irían al circo. Sus padres, ocupados con el cuidado de las ovejas, decidieron dejarla ir sola con la promesa de que si se hacía tarde se quedase en casa de su amiga y regresase a la mañana siguiente. Regina también estaba emocionada. Las dos se colaron por debajo de las lonas y fueron a sentarse en un rincón de la segunda fila, donde se dispusieron a observar todo lo que sucediese.
El espectáculo comenzó en pocos minutos. Tras un vigoroso redoble de tambor que predispuso las almas de los asistentes para la admiración de mágicos momentos, el maestro de ceremonias salió a la pista, saludó al público y presentó la primera actuación. De inmediato aparecieron en escena dos equilibristas que pugnaban por el más difícil todavía. Mientras, el maestro de ceremonias, seguía arengando a los campesinos para que aplaudiesen las peripecias de los artistas. Después apareció un trompetista que hizo sonar la oquedad de su instrumento con la fuerza del viento y su pericia. Las notas que salieron del interior de la trompeta parecían poseer el sentido musical de las grandes obras líricas. Más tarde entró en la pista un hombre gordo que con los brazos levantados sujetaba un tablón de aproximadamente un metro de diámetro, sobre el cual giraba, de un lado a otro, un rodillo movido por un viejo mono. El primate tenía el pelo blanco en varias zonas de su cuerpo, y en otras, el vello brillaba por su ausencia. Iba vestido con un pantalón corto y tenía una cinta amarilla alrededor de la cabeza. Resultaba muy cómico.
Después de la actuación del mono, hubo una pausa que se encargaron de amenizar el tamborilero y el trompetista. Mientras tanto, dos señoras fueron pasando entre las filas de sillas unos cestillos para que los espectadores depositasen unas monedas, o cualquier tipo de bien en especie: ropas, embutidos, frutas. Todo era bien recibido. Se premiaban los gestos con agradecidas sonrisas y estrambóticas flexiones de espalda.
Posteriormente, tres payasos llenaron el espacio del círculo central con algo más que colores: inundaron los ojos y las mentes de los asistentes con la plácida sensación del humor simple y la parodia sencilla; chirigotas sobre cosas mundanas y de general conocimiento. El espectáculo era una representación cómica de la vida en la gran ciudad. Y se hablaba de lugares lejanos como Nueva York, Berlín, El Cairo, Buenos Aires, o Pekín. El mundo podía tener el tamaño de un pequeño circo.
Margarita intuyó que algún día podría contar lo que estaban percibiendo sus sentidos y que podría interpretar las sensaciones que generaban en su interior, que lo podría describir todo con palabras, las mismas que entonces le faltaban y que ni siquiera adivinaba pudiesen existir. Ése era el sueño que siempre había tenido: conocer palabras nuevas que le ayudasen a describir mundos propios y adquirir el vocabulario necesario para hacer realidad lo que su imaginación dispusiera.
El maestro de ceremonias había pronunciado palabras que le sonaron a música celestial. Dijo expresiones como antifaz, prestidigitador, argonauta…Aquellas palabras eran un acicate para conocer otras nuevas e ir llamando cada cosa por su nombre. Regina no paraba de poner caras de asombro y de incomprensión en algún caso. Y Margarita empezaba a comprender que el conocimiento de nuevas palabras vendría unido a la curiosidad, a la iniciativa, a la sustancia del ser humano, al interés por observar cada cosa que se cruzase por su camino, a la lectura de todos los libros que cayesen en su mano.
Quizá fue entonces cuando entendió que buscar el significado del flujo de la vida e intentar escribirlo, prestando atención al lado oscuro de las cosas, era algo paralelo a su destino, a la razón prioritaria de su existencia. Imaginó que, poco a poco, las palabras irían llegando a su mente envueltas en el papel regalo de la experiencia y que se acumularían en la memoria con voluntad de permanencia. No imaginaba lo que minutos después iba a ocurrir.
Varios hombres comenzaron a montar una enorme jaula en el centro de la pista. Una vez montada, el maestro de ceremonias anunció la presencia de Hull, el domador de leones. Un hombre forzudo y con un látigo en la mano salió a la pista. Los tambores hicieron el redoble y por un túnel de rejas aparecieron las figuras imponentes de dos gigantescos leones. El hombre comenzó a dar órdenes a los leones y batiendo el látigo les indicó que se subiesen a un taburete. Los leones contestaban con fieros rugidos que llevaban el miedo a los espectadores. Margarita no era una excepción, agarraba los brazos de Regina con fuerza y nerviosismo. Las dos parecían dar cobijo a sus temores en las manos de la otra.
Uno de los leones se abalanzó sobre el domador y éste le castigó con el látigo. El león gruñó con fuerza, apoyó sus patas traseras en un taburete y de un gran salto pasó por encima de la jaula. El animal fue a caer en la segunda fila, justo encima de Margarita. Un espeluznante grito de horror salió al unísono de todas las gargantas. La gente corrió despavorida buscando la salida entre alaridos. Regina cayó hacia atrás presa del pánico. Después, como pudo se levantó y salió de la carpa. Iba desorientada y llamando a sus padres. El león se quedó quieto. Sus patas delanteras estaban sobre el pecho de Margarita. Olió a la joven. Gruñó con fuerza. Su boca dejó a la vista unas enormes fauces llenas de dietes amarillos. Todo el espacio del circo pareció estremecerse. Se olía la tragedia, la sangre, los orines del león. Margarita estaba completamente inmóvil, paralizada por el terror.
Dentro de la jaula, el domador intentaba conducir al otro león al pasadizo. Fuera de ella, otros dos hombres, con lazos y palos, iban acercándose con sigilo hasta donde la fiera tenía presa a la joven. El león giró la cabeza y volvió a rugir paralizando a los dos hombres. Luego volvió a oler a Margarita y comenzó a lamer su cara. Así estuvo durante unos minutos en los que nadie se atrevió a hacer ningún movimiento, ni ningún sonido. Las respiraciones estaban contenidas. El león podía destrozar a Margarita en cualquier momento.
Durante un largo minuto, la fiera y Margarita se quedaron mirándose a los ojos. La mirada de la joven era totalmente inexpresiva, ausente, como si notase la presencia de la muerte o estuviese arropando su piel con la serenidad de que ya nada era posible, que su vida terminaría en un instante, que sería devorada por un león y sus sueños terminarían en un estercolero. Ya nada importaba. Nada. Ni una sola palabra. La mirada cristalina del león estaba fija en los ojos azules de la joven. Parecía que estuviese adentrándose en un mar desconocido, en unas latitudes que jamás había visto, en las dimensiones azuladas de un océano que ejercía un extraño poder sobre el animal. El león se fue calmando poco a poco. Y de repente, como si se hubiese colmado de la paz azul de la mirada de Margarita, como si se hubiese saciado con el agua azulada de sus ojos, separó sus patas delanteras del pecho de la joven y caminó dos pasos. Luego se detuvo y volvió a mirar el cuerpo paralizado de la joven.
Los hombres agitaron los palos y los lazos. Al otro lado de la carpa se escuchó el rugido del otro animal. El león hizo un leve movimiento y luego inició el camino hacia donde había escuchado a su homónimo. Los dos hombres siguieron tras él. Les fue fácil conducirle hasta su habitual jaula.
Margarita seguía en el suelo sin moverse. El maestro de ceremonias y dos payasos llegaron hasta ella, la incorporaron e intentaron ver si tenía algún daño. Por más que insistieron en preguntarle si se dolía de algo, la joven no pronunció ni una palabra. Se había quedado muda. Los intentos porque hablase siguieron al día siguiente en casa de sus padres. No hubo resultado. Y así sucedió durante días, meses y años.
Durante ese tiempo de silencio. Margarita sólo se comunicaba con los demás por medio de palabras escritas. Se esforzó en mejorar su letra y en hacerla cada vez más bella. Quería hacer una vida normalizada pero seguía sin pronunciar ni una sola palabra. Todos los intentos fueron en vano. Sus padres probaron todos los tratamientos de que tuvieron noticias, tanto de médicos especialistas, como de otros menos ortodoxos empleados por sanadores y espiritistas. Éstos últimos les llegaron a decir que la joven tenía los espíritus de la selva en su interior, que por eso sólo emitía gruñidos y sonidos ininteligibles para los humanos.
A los cuatro años de aquella terrible tarde de enero del 66, el circo volvió a instalarse en el paraje de Los Jopos. Cuando Margarita lo supo, pidió que la llevasen de inmediato. Al llegar al paraje, la joven entregó una nota al hombre que reconoció como el maestro de ceremonias, en la que le preguntaba por el león que había conocido. Le decía que quería verlo. El hombre la llevó hasta la jaula del viejo rey de la selva. Cuando el animal vio a Margarita, se levantó y se acercó hasta las rejas con la mirada fija en los ojos de la joven. Margarita supo en ese momento que la razón de su vida era cuidar de aquel animal, y de los que llegasen hasta sus manos. No sabía si recobraría el habla, pero no le preocupaba. Ahora podía escribir cuanto pensaba. Y con sus nuevas palabras, las que había aprendido en cuatro años de lecturas ininterrumpidas, intentaría explicarles a sus padres, que quería irse con las gentes del circo, que quería dedicar su vida a cuidar los animales que le habían demostrado, sin palabras, que una mirada vale toda una vida.
    

23 de enero de 2014
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domingo, 19 de enero de 2014

LUNA MALVA





LUNA MALVA

Cuando la luna malva creció firme
y lozana, se alzó, cambió el color
y sus formas se hincharon
dentro del firmamento,
su espejo derramó la luz del ímpetu
en nuestros enlazados cuerpos. Luego,
como una lengua ansiosa, recorrió
cada rincón oculto de las pieles.

La arena de la playa y la retama,
el mar, sus algas, todos los idiomas,
los sabores y aromas, el espacio,
quedaron en el verbo de tu piel,
en tus labios y en fuego arrebatado:
llamas entre caderas y pasiones.

En órbita, la luna y nuestra luz,
habían perpetrado sus deseos
y entraban en el ciclo planetario del celo.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
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Mariano Valverde Ruiz (c)  

sábado, 18 de enero de 2014

TRANSLUMINACIONES Y PRESENCIAS de Jesús Cánovas





TRANSLUMINACIONES Y PRESENCIAS
Jesús Cánovas Martínez
Editora Regional de Murcia
Poesía


Tras la serena lectura de Transluminaciones y presencias, el lector tendrá la sensación de hallarse ante un compendio de poesía; sentirá el tacto delicado de un ala de luz que se alza sobre las sombras. Si nos acercamos con detenimiento al libro, podremos entender que la idea fundamental que reside en sus páginas es la de homenaje. El autor celebra la presencia de quienes con su verbo le han tocado las fibras sensitivas de la conciencia. Es la constatación de la realidad textual configurada mediante una presencia atemporal, que no muere porque vive entre las páginas amarillas de los libros, que se encarna y reencarna sucesivamente a través de la escritura, y que se perpetúa más allá de las modas circunstanciales de cada época.
Con Transluminaciones y presencias, Jesús Cánovas da un paso más en su ya sólida trayectoria poética; un paso firme y granado, que marca una dirección ineludible, poema a poema, hacia el horizonte de su propia eternidad. En este poemario nos deja versos necesarios para entrever cuál puede ser el rumbo que debemos seguir los demás en el arduo intento que conforma la búsqueda de nuestra identidad como creadores y como seres vivos. El título de la obra es, de por sí, revelador de su contenido. Los homenajes no se plasman como algo externo a los autores. Se desarrollan conjeturas e indagaciones sobre las identidades poéticas que más hondo calado han producido en el autor; versos y conceptos a través de los cuales ha pasado la luz del tiempo creativo iluminando al vate. Los poemas son una mímesis que no pretende ser cerrada, sino transluminadora (concepto empleado por Juan Ramón Jiménez). El vate intenta entrar más en el fondo de la expresión del autor homenajeado que en la forma —aunque en algunos casos sí lo hace— y desde ese fondo conceptual consigue trascenderlo, iluminarlo. Se desarrolla de manera magistral un discurso íntimo, mesuradamente intenso y reflexivo, que mantiene, a lo largo de las páginas proteicas de este poemario, la inefable vocación poética de su autor, la necesidad vital de la escritura como paradigma de la esencia del ser. Son páginas a través de las cuales se interpreta la tensión de la emoción dramática y sus consecuencias literarias: el conocimiento y la belleza. Y todo ello con lúcida resonancia, con dominio de los recursos estilísticos y con una voz que se tersa y concierta siempre en torno al enigma de la encrucijada existencial.
Estamos ante un libro, en su más pura esencia, polifónico, en el que el autor, sin perder su propia voz, ha sabido mimetizar una pluralidad de voces “asumidas” dentro de un esqueleto armónico que confiere consistencia y entidad a toda la obra. Hay que resaltar el carácter hímnico con el que el poeta se acerca a sus vates favoritos, aquellos que han tenido una influencia trascendental en su forma de entender el hecho poético. Jesús entra en la fragancia, en el estilo, y en algunos casos, en la temática, de los poetas aquí homenajeados. Consecuentemente, podemos decir que los autores festejados —en el mejor sentido poético de la expresión— son pretexto para adentrase en los grandes temas de la poesía.
Jesús consigue con profundidad, hondura de sentimientos, y talante creativo, indagar sobre la esencia del ser desde una privacidad que alcanza tonos universales. Despliega una red con mayas de memoria y nudos metafóricos que lanza sobre los arenales de la muerte, sobre las playas salvajes o las calas dormidas del amor, y lo hace desde la metafísica eterna del tiempo. Nos presenta a Tánatos y Eros frente a frente. Como árbitro de ese juego —sublime y trascendido—, el siempre inefable Cronos.
Las formas que cobijan la arquitectura espacial de los poemas son variadas. Verso libre, sonetos, silva, composiciones en heptasílabos, endecasílabos. En algunos casos, sobre todo en los sonetos, emplea rimas clásicas. En otras composiciones hay requiebros semánticos, tenues asonancias o giros sintácticos que aportan singularidad y cierta originalidad no exenta de riesgos. Mención especial merece el lenguaje utilizado, una amplísima gama de palabras entre las que se usan términos poco usuales, cultismos, y léxico actual, sabiamente mezclados. Según los textos dedicados a uno u otro autor, a una u otra época, Jesús ha sabido elegir aquel lenguaje que mejor sintoniza. Un despliegue de recursos que el vate emplea a su criterio, conocedor de que cada poema, según sus contenidos, pide la forma adecuada para que quede resaltada la máxima expresión, la belicosa serenidad del fruto creativo. Cuestión que ha venido demostrando Jesús Cánovas en sus obras publicadas a lo largo de los años y que sigue acentuando en este libro.
La poesía es para Jesús el aire vital que le mantiene frente al dolor, la realidad cotidiana, o quizá más aún, me atrevo a decir (una vez leídas sus obras) que es una yuxtaposición abierta entre las obligaciones del ser y la necesidad de volar, de dar forma a las esencias primarias y primordiales que sustentan a ese ser. Desde una personalidad compleja y riquísima en registros, el vate construye poemarios en los que ya apunta expresiones que se encuentran en éste. Un mundo melancólico, nostálgico, delimitado por la soledad, también por el amor, y la presencia final de la muerte, como ya se expresa en la Luz herida (Espartaria 1999). La exposición de los sonidos de su entorno, también los que dimanan de su espíritu, como se muestra en Estridularia (Myrtia 1999). El aliento de lo arcano y la exégesis de sus sonetos en A la desnuda vida creciente de la nada (Betania 1989), donde pone su angustia, su zozobra, en consonancia con la de Miguel Hernández. La aventura de la libertad creativa, la arcadia del poeta hecha sinfonía, como refleja Fanal de la aventura (Hipocampo 2000). O la oración trascendente de Kyrie Eleison (1994). Todo hace confirmar que, sin el menor género de dudas, estamos ante un poeta maduro, hecho a sí mismo con esfuerzo y constancia, una vate que disfruta con lo que hace, que se mantiene fiel a sus ideas, que proyecta su perspectiva personal en una obra variada y consecuente con sus inquietudes, y que, sobre todo, se resiste a caer en las tentaciones del verso fácil; prefiere adentrarse en los enigmas filosóficos que desde siempre han fustigado las mentes de los hombres que se han atrevido a pensar.
Antes de adentrarnos en un análisis más pormenorizado de la estructura interna del poemario, en su paladar e intenso sabor, algo ya propio de cada lector en particular, conviene detenerse en las citas que lo introducen.
La primera, extraída del relato de Borges Pierre Menard, autor del Quijote, pone de manifiesto la intención de entrar en cada autor, ser el autor mismo. Aunque no se trata, como se verá, de realizar paráfrasis, sino de alumbrar una identidad.
La cita de Ricardo Reis (heterónimo de Pessoa) matiza a la anterior. Frente al tiempo que todo lo diluye, queda la palabra. Una palabra que supone la difractación del autor que la pronuncia, su pluralidad. En este sentido, el libro constituye una manera singular de entender los heterónimos. Tras la síntesis le sigue el análisis: lo mismo deja de ser lo mismo y se convierte en lo otro.
La tercera cita correspondiente a la Tabla esmeralda hace mención al juego de posibilidades que introducen las comparaciones analógicas. Lo que hemos denominado otro no pierde la semejanza con lo mismo, por lo que se mantiene el gozne entre ambos. Al fin y al cabo, los temas que aborda la poesía —por no decir el tema— son los mismos y se repiten una y otra vez, aunque con distintos matices.
Diremos, para ir concluyendo, que Jesús Cánovas es un heredero de una amplia tradición poética. El vate ha realizado en este poemario un ejercicio de gratitud —de amplio calado—, un recorrido por algunos de los nombres más significativos de la poesía española, que suponen un homenaje a la diversidad en el que Jesús Cánovas afirma su propia voz.
La lectura de Transluminaciones y presencias, constituye un plácido deleite literario, sugiere un proceso de conocimiento, la oportunidad de entrar en la mente del poeta, en su vena creadora, en sus zozobras y en sus virtudes, con la confianza añadida de que con este libro se ampliarán los horizontes sensitivos del lector motivado por crecer.


Reseñas
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jueves, 16 de enero de 2014

TE ACERCAS





TE ACERCAS

Ya presiento que te acercas,
vienes, ya lo percibo en el balanceo
suave de tus caderas. Junto a mí
hablan tus ojos claros, los entiendo,
palpita su sonido en mi interior.
Eres la tentación del creador,
la luz virgen raptada al firmamento,
y estás aquí, en la noche
y su lugar insólito. Me tienes
dentro, sí, quedamente, ya lo vivo
en mis órganos. Salgo al exterior,
lo confieso, mantengo
abiertas las barreras que mi piel
tejió con el estío. Soy tu boca,
te recibo, soy labio, éter noble,
gas volátil e inédito, me expando
como fluido, átomo que ama.

Estás aquí y yo en ti. Eres. Soy. Somos.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
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Mariano Valverde Ruiz (c).

miércoles, 15 de enero de 2014

REGALO DE REYES





REGALO DE REYES


Para Carlitos soñar era esperar la llegada de los Reyes Magos. Durante los tiernos años de su infancia anhelaba ese momento, pues siempre abrigaba la esperanza de encontrar algo nuevo. Esperaba la noche de Reyes con una ansiedad que pintaba de luces la presencia, o más bien la evidencia hecha objeto, de aquellas majestades cuyos reinos no conocía y que, a lomos de sus camellos, portaban la cara amable del año, la blanca ilusión de la sorpresa.
Según la tradición, oro, incienso y mirra eran las ofrendas para el Niño, y regalos para premiar la inocencia o el buen comportamiento, los obsequios para el resto de los mortales. Carlitos, que recuerda con cierta candidez cuáles eran sus deseos, ponía sus zapatos —el calzado de fiesta— bajo la chimenea de su casa. Lo hacía siempre con la esperanza de que a la mañana siguiente hubiese junto a ellos algo con que jugar. Y las sorpresas llegaron solamente durante dos años consecutivos.
El pequeño siempre pedía un deseo que nunca confesó a nadie. Quería un libro, un objeto del que había oído hablar alguna vez, y que para él encerraba muchos misterios. Lo pedía así, en singular, porque pensaba que todos los libros eran iguales. Sin embargo, nunca halló en el hueco de la chimenea, donde ponía sus zapatos, el ansiado libro.
En aquellos años de la infancia, las fechas navideñas no estaban moteadas por la tristeza o la melancolía. Tampoco representaban un guiño a la frustración por aquello que no se había conseguido a lo largo del año. Ni tenían las formas del vacío que dejan las ausencias de las personas queridas. Ni portaban las yagas de los dolores irreparables, esos que dejan agujeros en el alma por los que se cuela la nieve del destino, la misma que luego se queda junto a las venas para congelar los tejidos que genera la alegría momentánea. Aquellas fechas eran el cordón umbilical que unía a Carlitos, de forma transitoria, a un sentimiento más etéreo de la vida que el que posee ahora. Entonces no suponía siquiera que tan pronto pasasen los años en que la felicidad era el signo definitorio de un niño ignorante, la vida le echaría encima un manto de realidades que llevaría incrustado en sus fibras el olor de la crueldad, y que dejaría en el baúl de los recuerdos el aroma de los años de la inocencia.
Carlitos creía que la vida iba a ser siempre hermosa, tan preciada como las pocas cosas que tenía, tan aprovechable como la pelota que encontró un año junto a los zapatos, o el camión de madera que encontró al siguiente año. Aquellos fueron juguetes para todo el año. Y para más de un año. En esas dos ocasiones, su padrino y su padre no quisieron que despertase y encontrase el hueco de la chimenea vacío, y propiciaron que mantuviese la ilusión que había puesto en aquel misterio. Si Los Reyes le habían traído una pelota y un camión de madera, ¿por qué no le iban a traer el libro?
Quizá en algún lugar había una tierra que hacía posible que germinasen los sentimientos y se precipitasen como lluvia milagrosa durante la mañana del día 6 de enero. A Carlitos nunca le asaltó la duda de que no fuese cierto que durante la Navidad, los Reyes Magos de Oriente no viajasen desde el lejano desierto hasta la chimenea de su casa, perdida en un paraje rural del sureste español, para luego quizás rendidos por el esfuerzo del viaje, estrechar lazos de amistad con la belleza de la sonrisa que dibujó su boca cuando encontró la pelota o el camión. Pero nunca llegaba el libro que él les había pedido con todas sus fuerzas en el silencio de su cama de lana, la lana de las ovejas que habían esquilado sus abuelos. Y así pasaron los años.
Carlitos ya había cumplido los diecisiete años cuando, en enero de 1937, un grupo de milicianos llegó hasta su casa y le preguntó a su padre que de qué parte estaba, con el Alzamiento Nacional o con la República. Su padre les dijo que él solo tomaba parte con el sol y el trabajo diario, que era lo que necesitaba para poder dar de comer a su familia. Que no entendía de otra cosa que no fuesen las tareas del campo y el cuidado de los animales. El que parecía el jefe de los milicianos le ordenó que les diesen de comer y propiciasen aposento durante una noche, que a la mañana siguiente seguirían su camino. El padre de Carlitos pidió a su mujer que preparase la cena con lo que hubiese en casa y les ofreció el porche para que pasasen la noche.
Durante la cena, el jefe de los milicianos y los otros cuatro hombres, comieron mientras hablaban de la situación en el frente, de las zonas en que la República estaba perdiendo el control y de los desmanes que las tropas franquistas estaban realizando en todos los pueblos que tomaban, y en los que fusilaban a cualquiera que fuese sospechoso de defender las libertades.
Tras un momento de silencio, aquel hombre se dirigió con firmeza al padre de Carlos y le dijo:
—Mañana por la mañana tu hijo vendrá con nosotros para defender la República, que es su deber.
—Pero si es sólo un niño y lo necesito en el campo.
—No tendrás nada si perdemos esta guerra. No hay otra opción.
Aquella noche Carlitos tardó mucho en conciliar el sueño. Recordó la ansiedad de las noches de Reyes, pero aquélla era muy diferente. Iba a partir para un destino peligroso. Tal vez una bala perdida le estuviese esperando tras las montañas.
La mañana del seis de enero de 1937 amaneció nublada. La tierra estaba cubierta de una gélida escarcha. Carlitos se despidió de sus padres. El grupo de hombres se fue alejando de la casa mientras, de los ojos de la madre de Carlitos, brotaban lágrimas de desconsuelo.
Durante el camino hacia el monte, el jefe de los milicianos preguntó a Carlitos si sabía leer. El muchacho le dijo que no. Entonces el jefe sacó de entre su chaquetón de cuero un pequeño libro, se lo dio y le dijo que fuese mirando los dibujos, que después le enseñaría las letras. Carlos le preguntó que si era un libro. Le dijo que sí. Que se trataba de un libro de Juan Ramón Jiménez: Platero y yo.
—Ahora este libro es tuyo. Yo ya me lo sé de memoria.
—Pero…
—No digas nada. Mi padre, que ha sido asesinado por los golpistas, hubiese querido que se lo diese a alguien como tú.
Cuando lo tuvo entre las manos, Carlitos entendió que quizá aquél era el regalo que tantas veces había pedido a los Reyes Magos. Sin embargo, los avatares de la guerra le harían comprender la verdadera dimensión de aquel regalo.
Durante aquel invierno no pararon de moverse entre los montes de la Cordillera Bética. Tuvieron algunas escaramuzas con patrullas franquistas y perdieron a uno de los hombres de la milicia. Carlitos aprendió a leer y fue, poco a poco, entendiendo el significado de las palabras de Platero y yo. Se veía reflejado en el burrito. Y comenzó a soñar que si salía vivo de aquella guerra pondría una escuela para enseñar a los niños las maravillas que le había revelado el libro.
Un día de primavera, la patrulla caminaba a ambos lados de un camino que unía dos pueblos de la sierra de Jaén. El miliciano que iba delante de Carlitos pisó una mina y la explosión mató a varios compañeros, y a él le arrancó de cuajo parte de la pierna derecha. El ruido de la detonación alertó a una patrulla franquista que seguía las huellas de los milicianos. Cuando llegaron al lugar de la explosión se produjo un tiroteo entre los que quedaban y los legionarios. Murieron el resto de los compañeros de Carlitos.
Al reconocer la zona, el sargento que mandaba la patrulla, vio a Carlitos encogido y con la pierna destrozada. De su chaquetón sobresalían las pastas de un libro. El sargento montó la pistola y con la punta del cañón separó el libro hasta que quedó a la vista.
—Si es un burrito. Este tipo debe de ser un acemilero. Ponerle un torniquete y a ver si se salva. Nos será útil para cuidar los mulos de la compañía.
El libro le había salvado la vida. Por suerte para Carlitos, el sargento no sabía leer y no consideró un peligro el contenido del libro. Los Reyes Magos habían cumplido su deseo, el deseo que jamás había confesado a nadie.
Cuando Carlitos me contó esta historia, era un hombre triste, un hombre con una pierna de madera que se ganaba la vida trenzando esparto en un pueblo de la sierra de Jaén. No se había casado y tampoco tenía hijos. Pero cada año, todo lo que conseguía ahorrar era para comprar libros, ejemplares de Platero y yo que dejaba la noche de Reyes en las casas de los niños del pueblo.

15 de enero de 2014
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz ©      

      

lunes, 13 de enero de 2014

NO EXISTE NADA MÁS


NO EXISTE NADA MÁS



No dejes el presente 
perdido entre deseos reprimidos,
antesala de algo por venir
o quizá la nostalgia del pasado.
Vive y siente te digo, y después vive
sin mirar lo que dejas consumido.
El tiempo no perdona, ya lo sabes.

Estás aquí, limando el dorso tenue
de cada decisión, dudando aún,
y el momento de ser un solo cuerpo
aguarda ya impaciente tras la piel.

No existe nada más
en la pupila azul del universo,
no existe nada más bajo la luna,
sólo las miradas dulces
que se cruzan ansiosas y brillantes,
sólo el aroma denso del amor,
su lazo y su dinámica
y la fuerza del mástil del placer
socavando con ritmo tu fisura.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)

EL CICLISTA




EL CICLISTA


La carretera no tiene final a la vista. La cumbre no se vislumbra aún y la cuesta sigue empinándose. Hilario pedalea sin descanso con la mente puesta en la cima. Escucha la respiración de Rigaudeau, su compañero de escapada, que le sigue a un metro de distancia. Más lejos quedan los restantes ciclistas. Ninguno imagina que entre ellos viaja un asesino.
El sol da de frente en este tramo de carretera. La nítida luz descubre ante los ojos de Hilario un horizonte ocupado totalmente por la ansiedad de recorrerlo. Tiene un fuerte viento de cara y eso hace más dura la subida. Sabe que tendrá que poner algo más que ilusión sobre los pedales para llegar a la cumbre.
Rigaudeau mira de reojo la forma de pedalear de Hilario. Le está estudiando. Espera el momento en que el cansancio y la fatiga acumulada le hagan desfallecer para asestar su golpe final. Hilario pedalea y escucha el silencio sobrio que tienen las montañas. Su ánimo está sereno, sabe que es la última oportunidad que tiene para poder llegar a lo más alto, a conquistar la cumbre mítica del Tourmalet. Respira con dificultad a consecuencia de la altitud y del cansancio. Es un aire frío y húmedo el que llena sus pulmones. Nota el aroma primigenio de los pinos, esa fragancia límpida con que se reviste el aire.
Los dos escapados llevan casi dos kilómetros de ventaja sobre el resto. La mayoría de los integrantes del pelotón sienten el peso del los kilómetros en las piernas. Y comienzan a dar por perdida la posibilidad de ser los primeros en la cumbre. Todos los ciclistas examinaron el perfil del recorrido antes de salir. Esta mañana, sobre el papel, no se adivinaba la dureza de los 2115 metros de desnivel con que el Tourmalet reta al viajero. Es un puerto durísimo, que permanece cerrado durante el invierno, y que no tuvo carretera hasta que en 1846, Napoleón III ordenó la construcción de una ruta termal.
A Hilario le tiembla el pulso sobre el manillar. Quizá también le tiemble el corazón. En su fuero interno desea que Rigaudeau abandone. Cree que los demás ya están descartados. —Ellos no necesitan llegar hasta arriba tanto como yo— piensa. Observa a su rival y no ve síntomas de flaqueza. Vuelve la cabeza hacia delante y continúa con el esfuerzo. Se siente cómplice de estos parajes. Algunos montes sienten el hambre de los pobres arañando sus peñascos.
Rigaudeau tiene mucha confianza en que todo va a ir tal y como lo ha planeado. Siente la camiseta pegada al cuerpo con el sudor del esfuerzo mantenido. Por su frente corren las gotas del sudor, un líquido viscoso que enjuga el estrés de la necesidad y los malos pensamientos. Intenta que su rival no note que las fuerzas comienzan a flaquear y que sus piernas ya no caminan como hace unos kilómetros.
Hilario saca su pundonor a relucir cuando ve que Rigaudeau intenta pasarle y arrebatarle la primera posición. Se levanta del sillín y pedalea con fuerza. —Pundonor. Sé valiente— se dice. Ambos saben que el misterio de la escapada es simple. Seguir hacia delante pedalada a pedalada y no perder el ritmo. Los acelerones brutales pueden ser demoledores y el desfallecimiento puede llegar en cualquier momento.
La cumbre esta ya cerca. El relieve es cada vez más yermo. Ambos estás solos en un paisaje que parece extraído de una foto marciana. No hay testigos de su esfuerzo. En la meta esperan los jueces para proclamar al vencedor. Parece que todo se va a decidir entre ellos.
Rigaudeau ha hecho su penúltimo intento por dejar atrás a Hilario, pero éste ha resistido con todas sus fuerzas. Los dos pedalean ahora a la par. Las  cabezas están inclinadas sobre la bicicleta y las pedaladas se suceden a la vez que los balanceos de los cuerpos sobre la montura. Hilario está casi exhausto. Intenta mantener la concentración en el esfuerzo mientras su mente olvida el cansancio. Piensa en la historia que tantas veces le contaba su abuelo. Un cuento de ciclistas en el que ganaba el más humilde del pelotón, el que llevaba una rueda de repuesto a la espalda y una cantimplora con agua y miel colgada del cinto. En el cuento, el líder de la carrera sufría una recaída y se iba contra una roca, se golpeaba en la cabeza y caía al suelo. Todos sus oponentes le pasaban, pero, milagrosamente, era recogido de la carretera por las alas de un águila y su ascensión meteórica le hacía llegar el primero.
Los dos ciclistas están al límite del esfuerzo.
—Hay que continuar, —piensa Rigaudeau— la victoria será mía.
—Tengo que superarlo por mí mismo. Esto es igual que la vida. Aquí no hay amigos que te ayuden a pedalear. —Piensa Hilario.
Acaban de pasar por una curva muy cerrada, tras la cual, los dos han podido leer el significado del monte mítico, el Tourmalet quiere que sepan que es un camino de mal retorno.
Rigaudeau ha sido siempre muy ambicioso. Persigue la gloria, la fama, el reconocimiento.  Nunca ha reparado en nada con tal de conseguir sus objetivos. Algunas de sus argucias parecen argumentos de una novela de ficción. Sabotajes mecánicos, contaminaciones de alimentos, ruidos nocturnos para impedir el descanso, etc. Pero sólo lo sabe él. Sin embargo, ninguna de ellas le ha servido para tumbar en la carrera a Hilario. Su figura pedalea a su lado como un mal sueño que avanza cuesta arriba. Rigaudeau mira hacia los lados y no ve a nadie. ¿Quién podría descubrirlo si lo hiciera?
Para Hilario la posibilidad de perder no existe. Se lo juega todo. Su futuro. El de su familia. El dinero del premio es absolutamente esencial, tendrá que dedicarse, en parte, para pagar la operación de caderas de su abuelo, y en parte, para dar estudios a su hermano. No puede fallarles. Está dispuesto a lo que sea con tal de ganar.
La meta está ya muy próxima. Después de pasar la próxima curva, los comisarios tendrán a la vista a los dos ciclistas y podrán seguir la evolución de los últimos metros hasta que uno de ellos cruce la meta como ganador. Rigaudeau sabe que es ahora o nunca. Gira la bicicleta y apunta a Hilario con el manillar. Da una fuerte pedalada y choca con su adversario haciéndole caer. Hilario se golpea contra una roca. Entre la sorpresa y la conmoción pasan por su mente las imágenes del cuento de su abuelo. Pero las alas del águila no aparecen. Se remueve en el suelo y ve cómo comienza a alejarse Rigaudeau, que ya se siente ganador. Todo está perdido.
Hilario maldice su suerte y la mala acción de su oponente, sabe que no podrá demostrar nada ante los jueces. Apoya sus manos en el suelo para intentar levantarse. Y nota la dureza de una piedra clavándose en la piel como un aguijón mortal. Su mente se convierte en un río de sangre negra que anega todas las ideas menos una: lanzar la piedra contra su adversario. Y como un latigazo de energía fatal, la fuerza recorre sus músculos haciendo que la piedra vuele como un disparo certero hasta las sienes huidizas de Rigaudeau. El impacto es certero y el ciclista cae fulminado al suelo. A los pocos segundos, un cerco de roja muerte se dibuja junto al cráneo del abatido.
Hilario se levanta e intenta montar en la bicicleta para llegar a la meta. Tras ellos se acerca el grueso del pelotón. A los pocos segundos, los ciclistas se detienen para auxiliar a Rigaudeau. Mientras Hilario pedalea con sus últimas fuerzas hacia la meta y la cruza con los brazos en alto. Es el ganador.
Al día siguiente, el periódico local daba la noticia de la muerte de un ciclista en la carrera del Tourmalet. Concretaba que la carrera se había suspendido y que Hilario había sido desposeído de la victoria y detenido para prestar declaración ante la prefectura. Había sido acusado por un pastor que desde lejos presenció lo sucedido. El periodista narraba la versión del pastor y terminaba con una frase de Thomas Carlyle: Estamos a punto de despertarnos cuando soñamos que estamos soñando.
Y con esas palabras retumbándole en los sesos, el ciclista despertó en su dormitorio. Poco después, Hilario decidió no participar en la que iba a ser la carrera de su vida, la ascensión al camino de mal retorno.


13 de enero de 2014
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz ©   
             


viernes, 10 de enero de 2014

EL ÁMBAR DE TUS BESOS


EL ÁMBAR DE TUS BESOS



Algodón de sabores en la boca.
En la boca y en el alma: algodón de sabores.
En el alma tus labios y en la carne
algodón en el alma de los besos.

Como islas tus labios, como islas.
Tierra joven, destino de verano,
y un brillo blanco sobre nuestros labios.
Selva pura en la boca, selva y luz.

Luz esmeralda en cada beso. Ámbar
intacto que voltea los sentidos.
Ámbar y cielo, labios y universo.
Sin límites, sin límites tu agua.

Conozco ahora el ámbar que guardabas
en las islas de fresa y albaricoque
de tus labios. Allí quiero quedarme
siempre de vacaciones.


(El deseo o la luz. Ed. Universidad de Murcia)
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz (c)

jueves, 9 de enero de 2014

ENTREVISTA CON EL VAMPIRO





ENTREVISTA CON EL VAMPIRO


—Buenos días señor director. Yo venía…Yo quería…
—Siéntese señora. Siéntese y cuénteme.
—Verá el caso es que acabo de separarme de mi marido y necesito una ayudita para cubrir los agujeros que ha dejado abiertos. No es mucho dinero. Sólo para salir adelante durante un tiempo.
—Bueno, bueno. Este banco es de su total confianza. Puede sincerarse como si de un confesor se tratara. ¿Y de qué clase de agujeros estamos hablando?
—No se trata de pagar los muebles de la casa. No. Ni la mensualidad de la hipoteca. No. Ni la factura de psicólogo. Eso tampoco. Ni lo que me reclama un club de alterne que mi marido y sus amigos frecuentaban. No. Es que no puedo vivir…¡Yo quiero morirme!
—La entiendo señora. Pero debemos fijar una cantidad para comenzar a hablar. Y luego veremos qué garantías tiene usted para poder devolvernos lo que pueda prestársele.
—Pues no sé. Así, de primeras, podríamos decir que con 400.000.- Euros me apañaba.
—Una cifra redonda. Sí señora. ¿Y con qué garantías cuenta? ¿Propiedades? ¿Derechos? ¿Cualquier bien a su nombre?...
—Propiedades a mi nombre, ninguna. Derechos, eso sí, los que cualquier mujer pueda tener cuando demande a mi marido y la justicia le condene a una pensión o a una indemnización por los daños ocasionados.
—Malas noticias señora. A simple vista parece que no podremos ayudarla.
—Tal vez pueda haber algo que haga cambiar su decisión. Se lo voy a contar.
—Sea breve señora. Tenemos muchas cosas que atender.
—Verá. No sé por dónde empezar. Mi marido es concejal del ayuntamiento. Es el encargado de las obras y servicios. Vamos, el que realiza los contratos con las empresas de mantenimiento y las obras que necesita el pueblo. El caso es que, en las navidades pasadas, una de las empresas que trabaja para el ayuntamiento le regaló, a él y a otros concejales, décimos de lotería de Navidad. Y sabe lo que ha sucedido. Pues que ha tocado el premio gordo.
—Entonces…
—Cuando me enteré de la noticia, antes de que mi marido llegase a casa, fui al cajón de su mesita de noche, y rebusqué entre los papales. Allí tenía el número. No tardé ni un segundo en tomar la decisión de esconderlo. Pero todo se complicó de inmediato.
—Dígame, dígame…
—La noticia corrió como la pólvora por el pueblo y los vecinos presentaron una reclamación en el juzgado.
—¿Una reclamación? No entiendo.
—Sí. Dicen que el dinero que ha tocado a los concejales es del pueblo. Que si los décimos fueron entregados a los concejales a consecuencia de la relación contractual entre la empresa y el ayuntamiento, el beneficio del premio debe recaer en las arcas municipales y ser repartido entre todos los habitantes del pueblo a partes iguales.
—Interesante…
—Mi marido ha buscado y rebuscado en la casa. Ha puesto patas arriba todo. Cree que ha perdido el décimo. Incluso me ha acusado a mí de haberlo cogido.
—Yo, naturalmente, lo he negado. Y le he dicho que quizá, con los traslados ocasionados por la separación, se haya perdido.
—Y… ¿Tiene usted en su poder el décimo premiado?
—Sí. Lo tengo a buen recaudo. Donde nadie se imagina.
— ¿Entonces?
—Verá, señor director, lo que yo le propongo, es que me pague el importe del décimo, es decir, los 400.000.- Euros. Y se quede con el décimo, para que sea el banco quien lo cobre de la Administración de Loterías del Estado.
—Lo entiendo señora. Pero déjeme explicarle. Lo que usted me pide tendríamos que estudiarlo detenidamente. Le abriríamos una cuenta con nuestra entidad para cargarle los gastos, comisiones de mantenimiento, impuestos y tasas derivadas, más el importe de una póliza de seguro por el doble de la cantidad objeto de estudio…entre otras cosas. Lo haríamos para que usted esté tranquila. Y…
—Señor director, le sigo contando. Es que tengo un agujero que me tiene sin vivir. Aquí, aquí mismo, junto al alma. Es como si la polilla de los días me hubiese dejado el corazón al descubierto. Vivo bajo un vestido por el que circula el aire a su antojo. Y eso duele…Más que el trato déspota del rufián egoísta de mi marido. No sé cómo he sobrevivido en medio del espolio de mi condición de mujer. ¿Qué difícil debe ser para usted creerme? Quizá todo le suene a trapisonda. Pero es verdad. Tan solo le pido un crédito para la esperanza. Para tapar la cara al rostro siniestro de mi desamparo. No es que haya venido a pedirle sin más, mi desgarro no me autoriza a ello, le ofrezco el décimo premiado. Ustedes lo cobran y ya está. También puedo entregarle las joyas que guardaba escondidas y este paquete con las cartas de amor de un antiguo novio, que ahora creo trabaja en la competencia de su entidad, y al que despaché para casarme con quien ahora me he de divorciar.
—Vamos a ver. Vamos a ver. El tema de la demanda de los vecinos es un problema. Quizá tengan derecho al cobro. O No. Un juez lo dirá. Mientras tanto…podríamos… Esas joyas parecen de valor y nos pueden interesar.
—Haga lo que pueda señor director.
—Bueno. No me cuente más. Entrégueme el décimo y las joyas. Firme aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, y aquí también. Es para lo de los estudios y la póliza de seguro de que hemos hablado antes.
—¿Y todo se arreglará?
—Ya no tendrá que preocuparse por su futuro, aunque tendrá que buscar trabajo, lo digo por la posible subida a medio plazo de los intereses del préstamo que le vamos a conceder. El banco se ocupará de resolver los temas relacionados con el décimo. Las joyas quedan a nuestra disposición en la caja fuerte. Y por sus desvelos actuales tampoco tendrá que preocuparse. Ya no querrá morirse, como me decía.
— ¿Y cuando dispondré de liquidez?
—Ya le informaremos. Los trámites y papeleos llevan su tiempo. Tranquila. Le adelantaremos lo justo para que pueda vivir. Y nos lo irá devolviendo en cómodos plazos.
—Si no queda otro remedio… ¿Y por qué decía usted que ya no querré morirme?
—Porque señora, ahora está usted en nuestras manos. Está usted sujeta a posibles contingencias de los mercados. Tiene que vivir para trabajar y pagarnos el crédito, los gastos, los seguros y los intereses. Qué tenga un buen día señora.


9 de enero de 2014
Todos los derechos reservados.
Mariano Valverde Ruiz ©